-No…- dijo ni bien se enteró de lo que pretendían hacer, retrocediendo con un brillo aterrado en sus ojos celestes.- No, no, no. No voy a entrar ahí.- lloriqueó, aferrándose a lo primero que encontró firme en su camino.- ¡NO PUEDEN OBLIGARME!-
*BELONEFOBIA*
Resultó ser que lo que había considerado una firme y cálida saliente de la pared, no era otra cosa que el brazo de un chico. Un chico muy alto que se había sonrojado violentamente al sentir el cuerpo de la chica pegado al suyo. Al percatarse de que los demás se habían quedado callados, levantó lentamente la cabeza para encontrarse con los ojos verdes de Ootori Choutarou.
miró al chico por unos largos segundos, intentando racionalizar la situación, hasta que finalmente, pudo asimilar que sí, estaba aferrada al brazo del muchacho, y que sí, estaba pegada al cuerpo de él… Bueno, no era algo que le molestara especialmente, pero estaba segura de que no se vería bien con todos los titulares mirando. No es que fuera un secreto, pero tampoco lo habían hecho oficial, y si había algo que no quería era importunar a Ootori Choutarou, SU novio… Y aún así no se podía explicar por qué no sólo no lo había soltado, sino que además se había aferrado más fuerte, negando lentamente con la cabeza.
-No vas a dejar que me lleven ahí. ¿Verdad?- insistió , señalando con un brazo tembloroso la puerta blanca sobre la que le leí “Enfermería” en letras de imprenta, y debajo, en un papel impreso, “Programa Nacional de Vacunación”. Ootori suspiró mientras pasaba un brazo por los hombros de la chica.
--chan, tenés que entrar.- sonrió conciliador.- Si querés, yo entro con vos. ¿Qué te parece?- La rubia asintió con la cabeza rendida, no tanto por la obviedad de su derrota como por la sonrisa deslumbrante y el tono tranquilizador del chico.
-Finalmente. Oresama estaba empezando a creer que iba a tener que arrastrarla él mismo.- sentenció Atobe cruzándose de brazos.
El equipo de tenis al completo había decidido, dado la obligatoriedad del Programa de Vacunación (NA: Excepto para mí, porque YO no tengo que darme vacunas. ¡Viva la homeopatía!), tomar esa tarde libre de entrenamientos para asistir a la Enfermería del colegio para darse las vacunas correspondientes, y Ootori, seguro de que la muchacha no lo haría a menos que fuera obligada, había insistido en que lo acompañase, la conocía tanto como para saber que era capaz de inventar algo como que era alérgica a la penicilina con tal de no darse las vacunas.
había dejado su turno premeditadamente para el final, especulando con poderse librar de esa tortura pese a saber las escasas posibilidades que tenía con Kabaji ubicado obstruyendo el único paso fuera de la salita de la enfermería. Pero, como ya sabía, no funcionó, y le pareció de lo más injusto, porque todo el mundo sabía que no se podía resistir a esa expresión de niño desamparado que ponía Ootori inconcientemente cuando se empeñaba en que alguien hiciera algo. Así que, con el entrecejo fruncido y proyectando el labio, como una niña a punto de llorar, entró a la Enfermería de la mano de Ootori.
-Señorita… . ¿Verdad?- sonrió el hombre vestido con una bata blanca (y pantalones y camisa de bajo, obvio) mientras la aludida, asintiendo con la cabeza tenuemente le dirigía una mirada de brillo aterrado a las jeringas cerradas puestas sobre la mesita. El hombre se dio cuenta enseguida de lo que sucedía con la chica, y empezó a explicar el proceso y el propósito de la vacuna. Pero no escuchó nada, de hecho, estaba pensando en lo injusto que era esa carita que ponía Ootori cuando quería. A veces sentía que toda su relación existía gracias a esos ojitos de cachorrito. Cuando se conocieron, a él lo habían mandado sus sempai a hablar con la niña nueva para comprobar si la chica era tan simpática como se decía, y Ootori, después de charlar durante toda la hora del almuerzo con ella olvidándose de sus compañeros por completo, y tras enterarse de que la chica tocaba el piano, le había pedido, con esos ojos de cachorrito, que tocase para él. no se había podido negar, y estaba segura de que, si hubiera sido cualquier otro, se hubiera negado rotundamente.
Estaba claro que se habían querido desde el primer momento, pero no habían empezado a salir sino hasta un año después de esa primera sonrisa alegre que compartieron, unas semanas antes del incidente de las vacunas. Ambos se habían retrasado en el aula de música, evitando hablarse por una pelea tonta que habían tenido, hasta que Choutarou, inspirando aire y tomando coraje, le había dicho todo lo que sentía por ella, culpándose de la pelea con tal de que ella no se alejara de él, era demasiado importante para él…
La muchacha rubia sonrió al recordar eso, sólo hasta que, en su campo de visión, apareció la cosa más terrorífica que podía existir después de una cucaracha de Madagascar: una jeringa llena, lista para ser usada en su brazito.
-Señor Ootori, creo que debería hacer algo para distraerla.- comentó el hombre al ver los ojos dilatados de la muchacha. Choutarou asintió con seguridad, aunque no se le ocurría nada que pudiera distraerla lo suficiente.
-Anou, -chan…- comenzó, y se detuvo; , pese a haberlo escuchado, no podía apartar la mirada del monstruo amenazador. Choutarou sonrió mientras, con delicadeza, tomaba el rostro de la chica y la hacía mirarlo.- Te amo…- susurró contra los labios de ella antes de besarla con suavidad. estaba tan sorprendida por las palabras del chico y por el beso, que ni siquiera se enteró cuándo la pincharon o cuándo el médico, con sonrisa cómplice, hizo mutis por el foro para darles unos momentos de intimidad a la pareja.
-¡Yo te amo más!- exclamó la chica cuando pudo procesar y asimilar lo que él le había dicho. Luego, se levantó de la sillita y saltó sobre sus brazos, estampándole un beso en los labios, más demandante, menos casto y con más pasión que el anterior.
~Izzy