–¡Hoy –decidió Sengoku Kiyosumi ni bien se sentó en su cama, llamando la atención de su hermana mayor– será el mejor día del año!

            Sengoku Hikari alzó una ceja –¿Kiyo?

            –¡Así es, Kari! –el pelirrojo sonrió convincente y convencidamente a la vez–. ¡Hoy es mi

día de suerte~!

 

           

            –¿De verdad, Sengoku-san? –inquirió Muromachi Touji, semi-preocupado por las cosas que podría llegar a hacer Sengoku con mucha suerte, si ya de por sí era suertudo–. ¿Qué te hace pensar eso?

            –¿No ves, osito panda inverso? [1] –repuso Kiyosumi, sonriente–. El sol salió, no hay una nube en el cielo, y hoy, ¡hoy voy a invitar a salir a -chan!

            –Debería dejar de llamarla así, senpai –Muromachi gesticuló para que el anaranjado bajara la voz–. Usted sabe que no le gusta que la llamen por “-chan”. Además de eso, senpai, ¿no sería esta la ––

            –Sí, es la quinta vez que intento que salga conmigo y me dice que no –asintió Sengoku, como no dándole demasiada importancia–. Pero no te preocupes, pandita. ¡Como siempre digo, la sexta es la vencida!

            “… ¿no era la tercera?” pensó el de lentes (aunque de sol) dejando que su senpai se adelantara, y esperando, por lo consecuente, perderlo de vista. No quería estar cerca cuando la muchacha le diga que…

 

~~~

 

            –No.

            Sengoku sonrió, esperando haber escuchado mal –¿Perdona?

            –Que no, senpai –reiteró con un suspiro–. No se lo tome a mal.

            –Pero pero pero pero ––

            –No volveré a explicarle por qué – frunció el entrecejo, harta–. Ya lo sabe: usted no me gusta, senpai.

            –Por lo menos… –Kiyosumi lloriqueó–. ¿N-no podrías reconsiderar cortar el trato de senpai?

            La mirada de fue terminante –No –le dio un portazo a su lóquer y se marchó, a paso rápido, dejando a Sengoku solo y desolado.

 

~~~

 

            –¡AY, PANDITA, ES HORRIBLE!

            Muromachi Touji tomó esto como su señal para salir corriendo lo antes posible.

            –¡No sabes lo feo que fue! Yo que tenía tantas, tantas, tantas esperanzas de que me dijera que sí en esta vuelta, pero ni la suerte me sonríe cuando estoy con ella… ¡me deja indefenso! ¿Serán las maravillas del amor?

            Y Sengoku se dio cuenta que le estaba hablando a una columna.

            –… –miró a su alrededor–. ¿Pandita?

            Escondido entre los arbustos, Muromachi suspiró. Esa había estado cerca…

 

~~~

 

            solía ser una chica accesible, con la cual era fácil hablar, que siempre llevaba una sonrisa. ¿Qué podía, posiblemente, hacerla actuar como una persona tan cerrada al estar con Sengoku?

            Su inseguridad, claro. No hubiera podido soportar el salir con él y que todo saliera mal, o que las personas pensaran cosas de ellos y comenzaran a cargosearla, o esto… o lo otro… así que simplemente decidió que era mejor ignorarlo, ponerse una máscara fría y esperar que se crea todo. La única verdad aquí, sin embargo, era que la chica no podía dejar de pensar en él. O sea, ¿qué se hace cuando se quiere a alguien pero no se quiere estar con él? Simple: uno se calla la boca.

            Pero debería de haberse imaginado que Sengoku no iba a desistir tan fácilmente. Después de saber que sus sentimientos eran devueltos por el chico, era obvio que comenzaría a intentar salir con ella, pero no pensó que insistiría de tal forma. Después de todo, era un imán para la mala suerte. ¿Por qué, entonces, habría tenido tanta suerte como para que alguien como Sengoku se interesara en ella?

            –¡-chan! –y hablando de Roma…–. ¡-chan, espera!

            Volteó y casi sin querer puso una cara que el mismísimo demonio envidiaría. Una expresión que podría congelar el fuego, o contrariamente derretir todos los glaciares del mundo y dejar a miles de pinguinos sin poder descansar en un buen témpano, por lo cual aprenderían a adaptarse bajo el agua y se convertirían en gigantescos pingui-ballenas asesinos que intentarían dominar el mundo. Así que la próxima vez que usen un desodorante que dañe la capa de ozono, piensen en los pingui-ballenas. Ehm. La cuestión es que lo fuliminaba con la vista, y no de buena forma –No me llames -chan.

            … perdona. -cha

            –¡Sólo ! ¡O kouhai! –insistió la chica, exasperada–. ¡No chan!

            –Bueno… ehm, espera, –se corrigió por última vez–. En realidad, tan sólo quería saber qué te pasa conmigo.

            Por unos segundos, reinó el silencio [Silencio-sama: ¡Ore da!].

            –Es que –Sengoku continuó, viendo que iba a ser más difícil de lo que él creía poder hacer que la chica hable–, mira, entiendo que no quieras salir conmigo, pero, parece que me odiaras.

            formó un “oh” con la boca.

            –No lo odio –replicó ella, mirando el suelo–. Pero… no quiero salir con usted, tampoco, senpai.

            –¿Por qué no?

            , entonces, atinó a mirarlo, pero apartó la vista demasiado rápido, y se atragantó con sus palabras. Su mirada ya no era ni la mitad de escalosfriante que la de hace unos segundos (lo cual era bueno: a nadie le hubiera gustado que los pingui-ballenas dominen el mundo, de todas formas).

            Sengoku clavó sus ojos en ella, pero después de un rato entendió que esta no era forma de hacer que una chica tímida se soltara. Muy opuestamente, la ponía cada vez más nerviosa.

            –N-n-no lo sé –soltó por fin, bajando la cabeza–. Lo siento.

            –Una sola cita –ofreció Sengoku, poniéndose muy cerca de ella al hablar tan estusiasmadamente, lo cual hizo que la joven se echara hacia atrás–. Una sola. Si no te convence, lo… lo dejamos en nada.

            –…está bien.

            recordó golpearse a sí misma por esto cuando pueda estar sola. ¿¡Cómo se le ocurría desistir!? Se ve que realmente no tenía caso. O autoestima. O autocontrol. O quizá no podía decirle que no a nadie, y le había costado cada neurona en su cerebro decirle que no a Sengoku seis veces, y no podría soportar una séptima.

            –¿Está bien? –repitió Kiyosumi incrédulamente.

            –Sí. Una vez. Supongo que… estará bien –contestó en voz baja, y lo próximo que supo fue que se veía estrujada por los brazos del chico.

            –¡Eres la mejor, -chan! –y la aludida hizo una mueca ante esta forma de denominarla–. No te arrepentirás –aseguró Sengoku, apartándose de ella con una gran sonrisa adornando su cara–, no te arrepentirás.

            dudó esto con todo el alma, pero aún así sonrió.

 

~~~

 

            Fue cuando vio la cara de Sengoku Kiyosumi aquel día que sintió la peor sensación de náuseas posible. Era oficial: mantener el control aquí iba ser más difícil que poder acariciar a una ardilla (si disculpan el mal ejemplo – es que, ¡es imposible!). Aún así, no tenía pensado escapar como lo hubiera hecho antes. Esta vez era diferente.

            Él la recibió y juntos comenzaron a caminar por el centro comercial. pocas veces frenaba para ver una vidriera, y estaba más que nada en hacer lo posible para seguirle la conversación a Sengoku, pero él de a ratos decidía no parar de hablar, y eso estaba bien para : después de todo, su constante inseguridad la hacía morderse la lengua antes de hablar, y siempre terminaba callándose, pensando que su comentario era demasiado estúpido o poco interesante.

            Sengoku consiguió helados para ambos y, pese a que había jurado mantener esa dieta que empezó como resolución del 2007, no pudo declinarlo.

            –Me gusta esa casa de helados –comentó el pelirrojo, sonriente–, porque siempre los hacen muy grandes. A muchas personas se les caen, pero a mí, hasta el día de la fecha, jamás se me cayó uno. Podrías decir que tengo suerte~

            Suerte. sonrió, pero se preguntó si también pensaba que tenía suerte en salir con ella. Ante este razonamiento, simplemente fruncía el ceño y meneaba la cabeza. No habría posibilidad alguna de que tener una cita con alguien tan inservible podría ser considerado “buena suerte”, y por eso no podía dejar de indagar en qué podría haber hecho que Sengoku quisiera salir con ella en primer lugar.

            –Bueno… hay una regla de la física que se le aplica a todas las cosas que yo toco: si tiene posibilidades de caerse, se caerá –acotó en voz bajita y vista fija en el suelo, manos juntas en frente suyo–. Yo no tengo suerte.

            Esto causó que Sengoku la mire –¿Con que es así? Bueno, creo que eso tiene más que ver con una ley universal que con tu desgracia.

            –¿Usted cree? – sonó muy poco entusiasmada, y Kiyosumi lo notó, preguntándose si todo esto había sido buena idea.

            –Sí, yo cre –y antes de decir la “o”, pasó lo inimaginable. Sengoku giró para sonreírle, y la cucharada de vainilla que coronaba su helado se resbaló y precipitó contra el suelo.

            miró la situación con cara de nada.

            Y Sengoku se rió. Una risa completamente nerviosa y poco convincente –… ups. Qué raro.

            –¿No había dicho que tenía muy buena suerte, senpai? – lo miró con una ceja levantada, y Kiyosumi se encogió de hombros, por lo cual la joven rápidamente se retractó de hacer tal comentario irónico–. Lo siento. Supongo que… que un poco de mala suerte podemos tener todos.

            Acto seguido, Sengoku se llevó por delante una columna. Y tenía dos teorías: o era un mentiroso y nunca tenía buena suerte (cosa que era imposible porque, bueno, no lo llamaban “Sengoku el afortunado” por nada), o ella misma se había convertido –oficialmente– en un mal augurio.

 

~~~

 

            Sengoku Kiyosumi se tiró un vaso de jugo de naranja encima ni bien lo tocó. Ahí, desesperó por completo, preocupada de que su primer cita con un chico había sido arruinada, así como así – pero el pelirrojo no estaba molesto, sino que no podía parar de reírse.

            –Sengoku-senpai… –suspiró mientras conseguía una servilleta y limpiaba su remera, sin realmente darse cuenta de lo que estaba haciendo–. Lo siento. Creo que esto es mi culpa. Y-yo soy un imán para la mala suerte…

            –¡Ay, pero no te preocupes! –Sengoku le arrebató la servilletita de papel y se puso a limpiarse él mismo, aún sin poder consolar la risa–. Supongo que…

            Plaff. Tararara… fiuuu, ¡clang! O sea: se cae el vaso, rueda por la mesa, directo al suelo, se hace mil pedazos. Kiyosumi abrió más los ojos y quedó con una sonrisa mecánica puesta, antes de entrar en razonamiento de lo obvio:

            –¿¿D-D-D-DÓNDE ESTÁ MI SUERTEEE??

            Eco: suerte, te, te, te. Este grito evidentemente fue tan fuerte que fue escuchado hasta en Kazajistán – no importa si las leyes de la lógica dicen lo contrario.

            Change point of view: en Almaty, Kajistán, un puñado de nieve cae de un árbol a causa del grito de Sengoku y aplasta un pajarito. ¡Sengoku, por favor, pensá en los pajaritos!

            Ejem.

            Volviendo a lo anterior.

            Scene change!

            –… S-Sengoku-senpai… ¿está bien…? –inquirió , aferrada al borde de su asiento, asustada.

            –Mi suerte… perdí mi suerte… –Kiyosumi se desinfló, observando como un par de mozas limpiaban su desastre, pero con cara de absolutamente nada–. ¡-chan! –golpeó la mesa, levantándose.

            –¿SENPAI? – se puso de pie como si estuviera en el ejército, poniéndose dura.

            –Hay tan sólo una forma de averigüar si mi suerte está perdida por siempre –estableció Sengoku, tomándole la cara–. ¡Por favor, quédate quieta!

            –¡HA –

            ¿I?

            comenzó a desesperar al ver que ahí estaba, él, Sengoku Kiyosumi, el chico más adorable y lindo en *su* universo, agarrándola por ambas mejillas, besándola. Perdonen, eso no tiene el énfasis suficiente: besándola. Y si leyeron esta palabra antes de seguir, leyeron un spoiler. Jo, jo. No es que no se lo hubieran estado esperando, de todas formas.

            Se separó. Sengoku abrió los ojos. Sonrió, pese a que todas las personas en la cafetería que los tenían en su campo visual los estaban mirando.

            –¡Pude besarte! ¡Me dejaste besarte! ¡Mi suerte no se fue! –Kiyosumi la estrujó, por poco haciéndola que se trague la mesa que aún los separaba–. ¡Es oficial, -chan! ¡De ahora en más, serás mi amuleto de la suerte!

            A no le desagradaba mucho la idea, pero, de todas formas, no hubiera podido contestar. Estaba poniéndose violeta del estrujón del pelirrojo, y luego rosa a causa de su comentario. Un arcoiris de colores. Seh. Pero por lo menos lucía como un final feliz para los dos.

 

            Change of scene! En algún lugar lejano…

            Un hombre cuya apariencia no vamos a describir ya que en Fly High respetamos todas las religiones palmeó la espalda de un tipo de piel morena, sonriente, alegre.

            –Qué bien, Murphy –admiró aquella deidad, sonriéndose ante la escena que les mostraba su Estanquecito “Cinematomágico” (debería registrar eso, por si las dudas…)–. La verdad que tenías toda la razón es someterlo a un poco de mala leche, a ese pibe –agregó entonces, en un perfecto acento argentino [2].

            –Sí, pero creo que sería muy cruel seguir enfatizando mis reglas en él –el señor “Murphy” se encogió de hombros–. Vamos, compañero, devuélvele la suerte. Creo que nuestro trabajo está hecho.

            –¿Hecho? ¡No, esperá! ¡Le voy a devolver la suerte al pibito japonés, obvio, pero vos me debés un par de partidos de póquer!

            –¡Ja, ja! ¿Nunca te vas a olvidar de eso, eh? ¡Pero va a ser imposible ganarme, aunque tengas tanta autoridad! Después de todo, si te puede tocar una mala mano, lo más seguro es que te toque. ¿Es mi ley, no?

 

~Ao-chan

 

*~*~*~*

 

[1] – en un omake del manga, o... bueno... en un lugar, no me acuerdo cual, leí que Sengoku le decía a Muromachi "oso de panda inverso" porque, como está tostado por el sol y tiene anteojos siempre puestos, el chiste era que al sacarse los anteojos tuviera una gran mancha de piel pálida, y que pareciera, como suena: un oso panda, pero al revés xD
 
[1] – si no entienden las referencias de “Dios” siendo argentino, busquen "Maradona" en Google. Gracias. Yo no voy a explicar.

 

            Esto. Es lo más. Flashero. Que escribí. En mi vida. De hecho, creo que ni drogada podría escribir algo igual de… WTF. Esta va para Aio ^w^ ¡Espero que te guste!

            Ah, y claro, ustedes disfruten, también. ¿Por lo menos díganme que los hice reír un rato? Y perdonen lo de Dios y la argentinidad. Es un chiste y una burla a mi país, supongo, más que una muestra de racismo XD