Ni bien Fuyumi Yumeko entró a su habitación, cambió la postura: se encogió sobre sí misma, dejó de caminar con el mentón alto, comenzó a arrastrar los pies. El acontecimiento de hoy (mejor dicho, el hecho de que Shishido se hubiera enojado con ella) le había sacudido el alma.

            Se lanzó sobre su cama boca abajo, tanteando con los dedos la mesita de luz para agarrar un portarretratos y, entonces, colocarse con los ojos mirando el techo para llevar la foto hasta donde su campo visual pudiera captarla.

            –Shishido-kun…

– Un pequeño malentendido

Capítulo 7 –

 

            Volvemos a donde los había dejado en el capítulo anterior (o sea, colgando de un dedo del risco de una montaña [o el punto más alto del país en donde estén]. La caída cuesta abajo se ve bastante dolorosa, también. Ouch).

            –Choutarou, ese alguien eres tú. le gustas a .

            Ohtori quedó sin palabras. Miró a su senpai con un hilito de sangre cayendo por su boca, y ahí se dio cuenta… “¿Qué diablos acabo de hacer?”

            Las rodillas se le vencieron y se cayó al suelo, sollozando contra una pared. Shishido se le acercó, dispuesto a palmearle la espalda, pero luego de decidir que eso quedaría gay de más, apartó su mano y lo observó llorar.

            –Te perdono, Choutarou.

            Los ojos miel se levantaron suavemente del suelo. “No. No merezco que me perdones.”

            Parece que su expresión lo delataba, por lo que Shishido despreocupó: –Yo habría hecho lo mismo –Por alguna razón en este mundo, no estaba realmente enojado con su kouhai. Y aunque lo estuviese, no era el momento para estarlo. Verlo en ese estado dejaba a cualquiera apiadado del muchacho–. Así que no te sientas mal.

            –Es… ¿es una mentira, cierto? No… no hay forma de que -senpai…

            Shishido sonrió apenas, encogiéndose de hombros –Sabría que no me creerías aunque te dijera. En realidad, te lo dije porque aprecio mi dentadura completa. No se supone que debas saber…

            –¡Actuaré como que no sé! –interrumpió Ohtori–. Pero… júrame que es cierto.

            –¿Cuándo en mi vida te mentí?

            Ohtori pensó la respuesta –… nunca.

            –¿Entonces, Choutarou?

            Sonreía. Su senpai… sonreía.

            Lamentablemente, esto no hacía sentir mejor al pobre peliplateado.

            –¿Quieres… pegarme? Me debes un par de golpes…

            Shishido largó una risotada –Yo no soy tan barbárico.

            Y con esto, comenzó a reírse de su propio chiste, haciendo que Ohtori se medio-sonría con suavidad y sutileza.

            –Senpai…

            El morocho se limpió el hilo de sangre con el dorso de la mano al cesar de reírse –Bienvenido, Choutarou-que-conozco. Te extrañé.

            –Lo siento.

            –¡Pedazo de molesto! ¿No te lo dije ya? Te perdono –Shishido abrió la puerta a los baños–. Pero no te perdonaré si sigues en ese estado. Te ves patético. Vete a tu casa y piensa en qué hacer sobre , ¿sí?

            Ohtori dio una sonrisa como respuesta cuando la puerta se cerró [DETRÁS DE TI, Y ASÍ DETRÁS DE TI SE FUE EL AMOR (8) *la killean*] detrás del morocho.

 

***

 

            Akina ojeó a su senpai tras sus cuadrados y gruesos anteojos.

            –¿Yu––

            –¿Qué?

            La expresión en el rostro de Fuyumi hizo que Fukumori se asustara un poco y dudara antes de comenzar a hablar.

            –Yume-senpai, ¿te encuentras bien?

            La morocha frenó su hamaca –Shishido-kun me gritó. ¿Lo viste, no? ¿Fuiste testigo?

            Akina suspiró y, contrario a la otra chica, aceleró la velocidad de su mecedora, pero sólo un poco –Senpai…

            –¿Debería dejar esto, no? No tiene sentido. Siempre soñé con ser popular y que Shishido-kun me tome en cuenta, pero…

            –Deberías de haber pensado que admirar la pareja que hacen el chico que te gusta más su mejor amigo no era la forma más apropiada para lograr que se fije en ti –dijo Fukumori fríamente–. Por lo menos no positivamente.

            Yumeko se encogió sobre sí misma –Lo… lo sé.

            –Entonces eres simplemente estúpida, senpai.

            La Fuyumi-normal habría exigido un poco de respeto, pero ella no tenía ganas de armar un escándalo. No ahora.

            Akina se ajustó los lentes, observando cuidadosamente a la morocha –Yo me quedaré a cargo, senpai.

            La presidenta la miró con sus oníces ojos –¿Nani?

            –Del club. Y tú vete y haz lo que puedas con Shishido –se explicó la de cabellos color miel–. Después de todo, es bastante irónico que nuestra presidenta no sea ni fanática del shounen-ai. Me da vergüenza.

            Sí – Fukumori decía las cosas más frías con la cara más estoica. Siempre había estado allí para Yumeko, pero era imposible considerarla amiga. Era… rara.

            –Akina-chan… ¿estás segura? ¿De que te deje así?

            –Claro. ¿Qué podría pasar?

            La vicepresidenta ocultó una sonrisa tras sus cabellos castaños.

            –Tienes razón. Sí… no puedo continuar esta farsa –Yumeko saltó de su hamaca, cayendo en puntas de pie en el suelo–. Te lo encargo, Akina-chan.

            La aludida dio una preocupantemente peligrosa sonrisa –Por supuesto, estate tranquila. Hasta luego.

            La de bucles le devolvió el gesto y dio una reverencia ante la ahora-presidenta, para marcharse a su casa.

            “Pero, una pequeña advertencia, senpai”, Akina miró entretenida como sus piernas se doblaban y estiraban para impulsar la hamaca, “Mientras que no estés en el club y gustes de Shishido-senpai, eres una amenaza para nosotras. Y sabes la política que tenemos con ese tipo de amenazas…”

 

***

 

            Ohtori giró una vez sobre sí mismo e intentó cerrar los ojos, cuando notó el suave crepitar de su puerta (alguien debía arreglarla – ya estaba comenzando a molestar). Escaneó el cuarto en busca del visitante, pero con lo único que se encontró fue con un pequeño gatito gris. Esto le arrancó una risita a los labios de Choutarou.

            –Ven, ven, Johann –el muchacho lo llamó dándole besitos al aire para cautivar la atención del curioso neko–. Aquí, aquí.

            “Johann” [1] (mejor conocido como “Johann Sebastian”, pero el nombre era demasiado extenso) entendió el mensaje y subió a la cama. Una vez allí, comenzó a ser llenado de besos en el cuello por su dueño [gato de ¡@#$%...].

            El gatito gris maulló placenteramente [quién no lo haría, ¿no?] y quedó en los brazos de Choutarou.

            –¿Sabes, Johann? Estoy muy feliz –comenzó Ohtori, pasando por alto el hecho de que el gato no iba a contestarle–. Pese a que casi muelo a golpes a Shishido-san, todo resultó bien al final…

            –¿Nyaaa?

            –Ajá –Choutarou dio una sonrisa, y se puso boca arriba, sentando a Johann en su pecho–. -senpai… pese a que no me dijo nada, gusta de mí. ¿Increíble, no?

            –¡Nya, nyaa!

            El peliplateado le hizo unos masajes en la papada a su gato, provocando un suave ronroneo por parte del minino.

            –Pero no tengo ni idea de cómo declararme, Johann… tan sólo pensarlo, ah, me hace nudos en el estómago –Ohtori hizo un pucherito–. ¿Qué dices?

            “Digo que te dejes de juegos y que la beses de una vez, nyaa~”, pero tan sólo exteriorizó un mero “miau”.

            Choutarou suspiró, “Si tan sólo mi gato pudiera responderme…”

            Johann inclinó la cabeza ante el súbito silencio de su humano, pero decidió que no era nada que mereciera mucha importancia. “Tengo frío”, decidió, metiéndose detro de la remera de Ohtori, “Acobíjame, humano”.

            El de ojos almendrados largó una risita –¿Oye, qué haces? ¿Tienes frío?

            “No, te doy una demonstración de afecto gay. Pfft. Sí, tengo frío. Inocente, inocente humano…”, se lamentó Johann Sebastian Ohtori, utilizando a su dueño como un poste en donde clavar sus uñas.

            –¡¡AAAAAIAAA, JOHAAAANN!

 

            En el piso de abajo, su hermana mayor alzó una ceja.

            –Mamá… Choutarou está teniendo fantasías con el gato otra vez.

            –No digas eso de tu hermanito, hija…

 

***

 

            –Me pregunto qué le habrá pasado a Ryou-kun, que salió corriendo de tal forma el otro día… –comentó a sus amigos, medio pensando en voz alta–. ¿Ustedes qué creen? ¿Debería preocuparme? …Nana-chan, Kai-kun, ¿me escuchan?

            Los aludidos, estratégicamente compartiendo un set de auriculares y escuchando música a todo volumen para bloquear cualquier pensamiento-en-alto que tuviera , se quitaron los audífonos y fruncieron el ceño.

            –¿¡Qué!? –casi gritaron, obviamente aún sordos por el efecto del iPod.

            –No, nada –suspiró , abrazándose a sus libros y resumiendo la marcha.

            De pronto, el trío se cruzó con una bola bastante desprolija de bucles negros. Pese a que Sakai y Nanako siguieron como si nada, frenó.

            –Chicos… esa no es…

            –¿¡QUÉ!?

            se hartó y les desconectó los auriculares.

            –Esa –señaló nuestra protagonista a la morocha que se iba alejando–. ¿No es Fuyumi-san?

            –A quién le importa –Nanako se encogió de hombros.

            –Bueno… parece serlo –repuso Sakai, con una actitud muy distinta a la de Napporo–. Qué raro que no te haya atacado…

            –…sí, precisamente a eso iba – repuso, quedándose pensativa–. Qué habrá pasado…

            -chan, ni se te ocurra –amenazó Nanako–. No nos incube ni importa lo que le pase a esa. Después de todo, es una perra.

            Ante esto, Yumeko, metros atrás, giró su cabeza apenas y ojeó nerviosamente a Nanako, pero sin decir nada. Decidiendo ni siquiera molestarse en acotar, siguió caminando.

            –Extraño – alcanzó a sus dos amigos y siguió en lo suyo, pero sin dejar de preguntarse qué podría, posiblemente, haberla afectado a la soberbia presidenta del club de ToriShishi.

            En su distracción, pisó algo… algo duro. Apartó el pie para encontrar que debajo de él yacía una cruz.

            –…

            –¿QUÉ TE PASA, AHORA? –Nanako no quiso sonar tan estricta: era culpa del iPod, de veras.

            –Na… nada… es que…

            –¿Qué? –su amiga se quitó el audífono–. No te escucho un pepino. Habla más fuerte, -chan.

            –Bueno… – se agachó y tomó la cruz, apretándola en su mano–. Es que, esto…

            Nanako se lo arrebató y lo examinó –¿Es lo que Ohtori-kun lleva siempre puesto, ne?

            –Ajá –asintió –. Dame. Se lo daré mañana.

            A Sakai se le encendió una lamparita sobre su cabeza. No literalmente, pero más o menos así parecía.

            –¿Y si vas ahora hasta la casa de Ohtori y se lo das personalmente? Es una excelente excusa para visitarlo –sugirió Mitsukoshi, con el dedo índice erguido–. ¿Qué dices?

            –Kai-kun… nah, no digas tonterías…

            –¡Es un plan perfecto, -chan! –sonrió Nanako, como intentando alentarla–. Además, no vive lejos de aquí. Una vez acompañé a mi hermanito hasta su casa, yo podría llevarte hasta allá…

            –Si me acompañas, voy –resolvió , convencida.

            –¿Vienes, Kai-kun? –inquirió Nana.

            –Claro –sonrió el chico–. No podría perderme de esa…

 

***

 

            –Choutarou, te obligo a que la invites a salir.

            –No.

            –Te estoy obligando, ¿escuchas? Ahora sí, no tienes nada que perder: dime cuál diablos es tu problema.

            A esto, Atobe alzó una ceja. Shishido y Ohtori venian discutiendo desde el segundo en el que se metieron en las canchas, y parecía que no tenían pensado parar.

            –… –Oshitari se ajustó los anteojos, también mirándolos con curiosidad.

            –Bueno… –Gakuto se encogió de hombros, susurrándole al resto–. Es mucho mejor que tenerlos insultándose, ¿no?

            A esto, los titulares debieron adherir unánimemente.

            –Choutarou, no me provoques…

            –¡Shishido-san! ¡Me da––

            –No me vengas con el “te da cosa”. A todos nos da cosa, no jodas.

            Siguieron por un rato más, provocando varias gotitas (más cariñosamente, “sweatdrops”) en todos los presentes en el cuarto. Cualquier cosa era mejor que ver a los dobles uno seriamente peleados. Sí, incluso esto.

            Con un inmaduro “¡No, no quiero, basta!”, el peliplateado se excusó del cuarto y se fue rumbo a su casa, cansado de escuchar los sermones de su senpai morocho.

 

***

 

            Napporo Nanako le dio un empujoncito a su amiga –Ve.

            –¿Q-q-qué? ¿So-sola?

            –Claro, tonta.

            –Pero… – jugueteó con el borde de la falda del uniforme escolar–. Me… me dijiste que me acompañarías, Nana-chan…

            –Sí… hasta la puerta –repuso la susodicha.

            –¡Oye!

            –Yo no escuché que hayan arreglado hasta dónde –Sakai la defendió a Napporo.

            –Bien. Bien. Perfecto – se cruzó de hombros–. Complótense contra mí cuando quieran. Qué amigos…

            -chan, ¡ve! –insistió Nanako–. ¡Es tu oportunidad!

            –… pero no voy a pasar adentro –decidió nuestra protagonista, aferrándose a la cruz–. Sólo iré hasta la puerta y le dejaré esto a… quien me atienda.

            Napporo y Mitsukoshi se miraron y suspiraron, pero la dejaron hacer lo que quisiera.

            caminó toda la vereda hasta llegar a la puerta de la casa de su kouhai y llamó al portero eléctrico.

            –¿Hola?

            Era una voz femenina, pero no muy adulta. ¿¡Chan!? [2] ¿Una hermana?

            –Ho… hola… –“¿Qué clase de primera impresión quiero causar?”, se regañó internamente, “¡Vamos, , confianza! ¡La cabeza en alto! ¡Ore-sama no bigi ni… no… personaje equivocado”–. Soy una compañera de la escuela de Choutarou –“Si digo Ohtori-kun, probablemente haya unos cuantos presentes en la casa, y genere confusión…”–. Se olvidó algo y vine para…

            –Ya te abro –cortó la voz detrás del tono. Segundos después, una rubia (aunque seguramente teñida) muy alta cruzó el jardín y abrió la puerta de calle.

            –Hola –saludó ella, sonriente–. ¿Cómo estás, hum…?

            . Un gusto –saludó la susodicha–. ¿Y usted es…?

            –Ohtori Chikaze –la “modelo” ( decidió llamarla así, porque era bastante flaca, demasiado rubia y demasiado alta) tomó a la chica de la mano y la jaló hacia adentro–. Ven, pasa. Ni idea de en qué anda Taroupon en este momento, pero iré a decirle que viniste.

            –P-pero…

            No quiso ser maleducada y negar la invitación, sin embargo, entonces, así, fue prácticamente arrastrada hacia adentro de la casa.

            Era acogedora, pero no exactamente pequeña, aunque tampoco un palacio. El estilo arquitectónico era más bien occidental, y hubiera lucido todo muy frío si no fuera por la cantidad de cosas que había… bueno… en todos lados. Paredes llenas de fotos, una decoración con colores cálidos (rojos oscuros, marrones, naranjas), y un amplio sillón con un televisor plasma adornaban el living. Si seguías caminando, tenías la cocina. A un costado, las escaleras hacia los cuartos.

            –Ponte cómoda, voy a verificar si siquiera está despierto –decidió la tal Chikaze–. ¡CHOUTAAAROUUU!

            –A-ah… pero… Chikaze-san, yo… yo sólo vengo a devolver algo que él se olvidó –soltó por fin .

            La rubia le echó una miradita –¿Oh? ¿No te quedarás un rato? ¡Que pena! ¡No es todos los días que Taroupon trae a una chica a casa!

            se sonrojó apenas –Sou… sou ka… [3]

            Chikaze dedicó una última sonrisa a antes de colocarse al pie de las escaleras y gritar a todo pulmón: –¡CHOUTAROU! ¿VIENES O TE BAJO DE LOS PELOS?

            –¡YA VOY, NEESAN! –contestó por fin una voz. Su voz. El corazón de se aceleró, cual manga shoujo.

           

            Arriba, Choutarou ahogó un bostezo.

            –Oneesan está fastidiosa, ne… –comentó el peliplateado acariciando la barbilla de Johann, quien en estos momentos estaba sentado sobre el pecho desnudo del chico–. Bueno… a ver qué quiere.

            “Huelo a otro humano, Choutarou. Sí, otra chica está abajo. Deberías ponerte una remera, nya…”, dijo Johann Sebastian. O sea, “nya, nya nya, nyaaa~”. Ohtori pronto comprendería que la mejor opción era comenzar a tomar cursos para entender las palabras de su gato.

            Choutarou ni se molestó en cambiarse, y bajó en unos jeans gastados y, ya que estamos remarquémoslo, sin remera. No, nada. Bueno, sí, algo: su típica cruz. No, ya sé que esto no hace sentido ahora, pero esperen a leer lo que sigue…

            –¿Qué suce ––

            El menor de los Ohtoris quedó en modo de espera al ver que su senpai, sí, aquella senpai, estaba en casa, y él… y él…

            “Te lo dije”, maulló Johann, correteando por las escaleras y subiendo por la falda de Chikaze hasta su hombro.

            quedó en un estado similar al de su kouhai después de ver, bueno… digamos que no es particularmente poco normal que los hombres anden sin remera por la vida (de hecho, Sakai la había recibido así en su casa un par de veces), pero ya si hablamos de Choutarou, estamos hablando en otros términos…

            El mencionado se excusó rápidamente, corrió a su cuarto, se colocó cualquier remera (y encima de todo, al revés), y bajó, encontrándose con la escena de Chikaze sosteniendo a Johann en brazos y haciéndole caricias al aludido. Sí, gato suertudo, no importa cómo sea vista esta afirmación (si es desde nuestro punto de vista, porque es capaz de meterse dentro de la camisa de Ohtori y arañarlo; o si es desde el punto de vista del mismísimo peliplateado, porque es capaz de ser acariciado por -senpai así).

            exteriorizó, por fin, una sonrisa –Hola, Ohtori-kun.

            –Ho… hola, senpai –saludó éste–. ¿Qué te trae por aquí?

            –Disculpa, por casualidad te… ¿te olvidaste esto hoy en la escuela? – le mostró la cruz que se había encontrado.

            Choutarou tuvo el ceño fruncido por rato largo, hasta que tanteó la zona cerca de su clavícula con una mano y sacó de adentro de su remera su típico collar –No. Mi cruz está aquí.

            “¿¡TODO ESTO POR NADA!?”, pensó , mentalmente dándose golpes contra un escritorio repetidas veces. Frente, escritorio, frente, escritorio. Piel, madera, piel, madera.

            –Ah… sería de alguien más, entonces… –a le apareció una gotita en la frente–. Qué raro, nunca vi alguien que tuviera una igual…

            –Sí, son prácticamente iguales –Choutarou apreció–. Sin duda, extraño.

            Chikaze pasó la vista de su hermano a la chica, a su hermano, a la chica. Se sonrió. No la dejaría ir ahora.

            –¿Quieres algo de tomar, -chan? ¿Galletitas? Las horneé esta mañana, y sorprendetemente, son decentes –ofreció Chikaze–. ¿Un té, café, leche chocolatada…?

            –¿Eh? No, no, Chikaze-san, yo ya me voy, pero gracias por su hospitalidad – dio una muy agradecida reverencia–. De verdad no tengo nada que hacer aquí, vine nada más que para eso…

            –Bueno… –Choutarou vio la oportunidad–. Tengo que devolver una película al club de alquiler hoy, y todavía no la vi. ¿Quieres verla conmigo, y luego me acompañas hasta el videoclub y de ahí vamos para tu casa, senpai?

            Idea marca registrada de Shishido-san. Sep, así como suena.

            “Okay. Eso fue raro”, quedó en blanco, pero luego volvió de su viaje a Saturno –Claro, claro. Espera a que llame a mi mamá para avisarle…

            –Usa el teléfono de casa –la hermana mayor de Choutarou sugirió al ver que estaba a punto de sacar el celular–. No gastes crédito para una llamada que puedes hacer desde aquí, linda. Reitero: ¿algo para tomar?

            –Un... té, por favor –pidió , con una sonrisa incómoda.

            –Yo también, neesan –Choutarou estaba marcando un número en su celular.

            Chikaze frenó sobre sus pasos –¿Qué haces, hermanito?

            –Invito a un par de amigos más.

            Su hermana se vio claramente decepcionada, pero desistió –¿Quiénes?

            –… creo que tan sólo invitaré a Shishido-san…

            No. No desistió un cuerno. Al escuchar esto, Chikaze se llevó a Choutarou a la cocina, dejándola a un poco confundida.

            –Olvídalo –la mayor de los Ohtoris se puso firme en cuando nadie podía verlos–. Shishido-kun se sentirá como un cuelgue total [4].

            –Neesan… –Choutarou fijó sus ojos en el suelo–. Lo necesito aquí, necesito algo de apoyo moral.

            –No, ‘Tarou. La chica se sentirá incómoda siendo la única entre dos chicos, y Shishido-kun intentará tanto en no entrometerse entre ustedes dos que se sentirá incómodo también –regañó Chikaze–. No, no y no.

            –Es que ella es…

            –Ya me di cuenta, tonto. Soy tu hermana por algo –y de seguro era la única que, sin tener que ponerse en puntas de pie, podía besar las mejillas de Choutarou–. Ve por ella, tigre.

            –Neesan, por favor, esa expresión fue patética.

            Chikaze largó una risita al verlo irse hacia el living, y puso la pava a calentar.

            –Haz crecido mucho, Taroupon… ya no eres mi osito de peluche, ne… –se lamentó ella, pero decidió que era tiempo de dejarlo crecer tranquilo. Cosa que Chikaze jamás pensó que se propondría: ¡llevarle las galletitas y el té, y no molestarlos más en todo el día!

            “Pfft. Sí, claro.”

 

***

 

            -san hace una inesperada visita a la casa de Choutarou. Esto va para demostrar que ella sí está teniendo algo con él y que el club de shounen-ai debe hacer algo al respecto.

            Fukumori Akina apagó la videocámara. No se había esperado que realmente decidiera devolverle la falsa cruz perdida en mano a Ohtori, pero era una suerte que haya decidido ser tan predecible.

            –Yume-senpai… ojalá estes orgullosa de mi trabajo…

 

~ Aori

12/12/06

[1] – Por cierto, yo nací el mismo día que Bach. Veintiuno de marzo. No, no es que tenga algo que ver…

[2] – “CHAN”, imagínense la onomatopeya. No… díganla en voz alta. ¿A qué suena? Sí, a los violines/instrumentos de cuerda diversos que en las películas cantan, “chan” cuando hay algo muy dramático.

[3] – “Ya… ya veo…”

[4] – Por si el significado no queda lo suficientemente claro, esta frase significa “se sentirá como el tercero en discordia”.

 

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