Shishido Ryou miró su celular con una ceja levantada.

            “LLAMADA ENTRANTE: ~” – y había un par de corazoncitos adornando la pantalla externa, los cuales de seguro habían sido configurados por su hermano mayor.

            –¿Moshi moshi?

            –¿¡R-Ryou-kun!?

            Sonaba como si a) hubiera corrido una maratón; b) hubiera recién salido de un ataque de pánico; c) se hubiera encontrado a Brad Pitt caminando por la vereda de enfrente. Shishido no se podía decidir.

            –¿? Escúchame, cálmate –el morocho decidió que la presión sanguínea de la chica debería bajar unos cuantos… em… insertar-métrica-de-presión-sanguínea aquí antes de que pudiera formar una frase coherente–. ¿Qué te pasa?

            –Ryou-kun… – tomó una gran, gran bocanada de aire para permitirse volver a hablar con normalidad–. N-no te preocupes, no es nada realmente serio –despreocupó al darse cuenta que sonaba como si hubiera tenido un derrumbe emocional–… es que…

            Shishido apartó la oreja del celular cuando sintió un “BEEP BEEEEEP” molesto y ensordecedor. “Llamada entrante”, y había dos opciones: “Poner llamada actual en espera”; “Iniciar conferencia”.

            Iba a tocar la segunda cuando se percató que la pantalla estaba adornada con aún más corazoncitos (cosa que Shishido definitivamente no olvidaría: se encargaría de trompear a su hermano ni bien pisara su departamento), y decía: “Choutarou”.

            , mira, necesito que me esperes un segundo –Ryou dijo con una voz tranquila, intentando que esto se le traspase a la joven–. Ya vuelvo. Te lo prometo.

            –Cla-claro – asintió, aprovechando el silencio del tono para intentar recuperar su aliento. De nuevo.

            Ryou, en una maniobra rápida, la dejó a esperando y puso a su compañero de dobles en la línea.

            –¿Hola, Choutarou?

            –¿¡Shishido-san!?

            Lo curioso es que tenía exactamente la misma dósis de pánico en su voz que .

            –Choutarou –reiteró Ryou, frunciendo el entrecejo. Todo esto era medio raro. ¿Podría ser…?–. ¿Qué sucede? Suenas… mal.

            –¿Sí? Ja… en realidad, no sé ni como estoy. ¿Tienes tiempo?

            Shishido no sabía cómo balancear entre su mejor amigo y .

            –Mira, necesito que me esperes un segundo. Te prometo que es un segundo –dijo en la misma voz que había utilizado con –. Tengo alguien en la otra línea.

            Y cambió de líneas antes de que el peliplateado pudiera decir “Ikkyunyuukon”.

            –¿, sigues ahí?

            –¡A-ah, sí! –la aludida sonaba muy aliviada de escuchar la voz del morocho.

            –Todo esto es muy raro –Shishido intentó llevar la situación para que le contara qué diablos estaba ocurriendo–. Choutarou acaba de llamarme - lo tengo en la otra línea, esperando. ¿Tienes idea de qué podría ––

            –¡AY NO, AY NO! No, no, no, no me pases con él –pidió desesperadamente, comenzando a hiperventilar de nuevo–. Está bien. Puedo llamarte luego.

            –No, tú llamaste primero. Habla. Choutarou puede esperar –aseguró Shishido.

            –Bien, sí, sí sí, supongo que sí. Ryou-kun. Él y yo…

            Las piezas encajaron de golpe, como cayendo del cielo en su lugar mágicamente.

            –¿¡SE BESARON!?

– Un pequeño malentendido

Capítulo catorce –        

            se alejó del tubo del celular por unos instantes, y, sin pensarlo, hizo lo que jamás pensó que haría: cortó.

            No era Shishido realmente el problema – no hubiera podido soportar tener a Choutarou de la otra línea, esperando contarle, con seguridad, lo mismo que ella le había dicho al morocho. Fue como un golpe de obviedad: ambos estaban yendo a Shishido por sus consejos… y él, manteniendo confidencias, se los daba, a cada uno por su lado. Sonaba casi ilógico que alguien hiciera algo así.

            se lanzó sobre su cama, sabiendo que debería de llamar a Nanako, pero sin poder encontrar la fuerza para levantarse, o las ganas como para ir a buscar el teléfono. Lo obvio fue haciéndose más obvio todavía, mientras se preguntaba cómo era que no se había dado cuenta de lo que sentía el chico por ella… suponiendo que sentía algo, porque se fue sin tón ni són; sin siquiera mencionarle una palabra más que “nos vemos”.

            El baile estaba a un par de días, pero los nudos estomacales no podían aflojarse. Pensó en ir a la cocina a buscar una aspirina, pero reconoció entonces que eso sería, inexcusablemente, drogarse, porque, realmente, lo único que tenía eran nervios, cosa que ningún tipo de droga podría remediar.

            –Choutarou-kun… –el nombre rodó por sus labios al caer profundamente dormida, como casi siempre hacía cuando las cosas en la realidad eran demasiado confusas como para afrontar.

 

***

 

            Tan pronto cortó con su kouhai, Shishido decidió firmemente que, si no quería hablar, tendría una visita qué hacer. Mínimo, para ir, felicitarla, y decirle cara a cara que no tenía absolutamente nada de qué preocuparse.

            Tomó un abrigo para protegerlo del frío en el fresco día de invierno, y salió por segunda vez en el día. La noche ya se posaba sobre los techos de las casas, pero ya era bastante grande como para que sus padres le reprocharan que no podía salir cuando estaba oscuro.

 

***

 

            abrió los ojos de golpe. Había dormido media hora, más o menos: lo suficiente como para tener sueños vívidos que incluían navidades, bailes, y Choutarous-en-traje.

            De pronto recordó que debía hacer algo importante, y manoteó su mesita de luz en búsqueda del teléfono.

            Giró sobre sí misma, quedando boca arriba, y apretó “Redial”.

            –Residencia Napporo.

            “Siempre suena tan seria cuando atiende el teléfono”, se sonrió apenas –Nana-chan, traigo noticias.

            –¿-chan? –la voz de la morocha sonó del otro lado del tono, ahora esperanzada, alegre.

 


***

 

            Shishido frenó sobre sus pasos cuando observó como una esbelta figura se hamacaba en el parque cercano. Decidió desviarse un poco de su camino por unos minutos. Probablemente no tardaría mucho.

            Fuyumi Yumeko tenía la vista tan fija en el suelo y estaba tan concentrada en lo suyo, que ni lo notó acercarse.

            El muchacho se dejó caer sobre la silla de la mecedora, mirando a la morocha sentada a su lado –Es de mala educación no saludar, Fuyumi.

            Con esto, Yumeko dio un salto y volteó su cabeza involuntaria y bruscamente, por poco rompiéndose el cuello en el proceso. Se quitó el cabello del rostro, observando, atónita, como Ryou le devolvía la mirada –¡Shi-Shishido-kun!

            –¿Cómo estás? –preguntó el aludido.

            Un calorcito recorrió las mejillas de Yumeko. Shishido… estaba… ¿preocupada por ella? ¿Le interesaba saber cómo se sentía?

            –Estoy bien… –repuso Fuyumi, sonrojada, y se volvió a sentar–. ¿Qué… qué te trae por aquí? –intentó sonar lo más casual y normal posible.

            –Nada, realmente. Te vi, pensé que no lastimaría a nadie saludar –Shishido se encogió de hombros, mirándola sin miedo. La joven, muy contrariamente, se hacía pequeña con cada mirada que intercambiaba con el chico–. Gracias por lo del otro día. Por proteger a , digo.

            Fuyumi alzó sus finas cejas –¿Pero, por qué me agradeces tú?

            –Porque es un caso perdido, y probablemente no entiende que le salvaste la vida aquella vez –Shishido medio-sonrió–. Así que te estoy agradeciendo “en su nombre” –Yumeko encontró particularmente encantador que hiciera el típico gesto de “comillas” con sus dedos.

            –De nada –la morocha manejó -pese a su obvio nerviosismo- dar una brillante sonrisa.

            Hubo un pequeño silencio.

            –Shishido-kun…

            El morocho la miró, algo inseguro de por qué él no se había ido todavía.

            –¿Te gustaría venir conmigo al baile?

            La pregunta quedó colgada de un hilo por unos segundos.

            –No puedo, Fuyumi, lo siento –la disculpa de Ryou había sido tan sincera que la de bucles no pudo ni sentirse defraudada u ofendida al respecto. Tan sólo sonrió lastimeramente–. Le prometí a Choutarou que “cuidaría de” . No creo que sea por mucho tiempo; es hasta que él termine de tocar, supongo, pero no puedo decir que te llevo al baile si luego, quizá, ni siquiera baile contigo.

            Yumeko mantuvo la vista fija en el suelo.

            –Pero te diré algo –propuso Shishido–. Si en algún momento puedo dejar de vigilar a , podríamos bailar una canción. Creo que eso no le haría mal a nadie.

            El rostro de la morocha se llenó de esperanza.

            –Shishido-kun –profesó Yumeko, sus manos tensas e inmóviles en su regazo–. No tienes idea… no puedes imaginarte lo que eso significa para mí. Gracias.

            –De nada –replicó el chico con naturalidad–. Y de hecho, sí me doy una idea. Fuyumi, soy más observador de lo que piensas. ¿Creíste que no me daría cuenta que los teleteatros que desempeñabas como presidenta no eran del todo verdad? En realidad… ¿yo era lo único que te interesaba, no es cierto?

            La joven se encogió en su asiento –Debí imaginarte que no te engañaría con eso… ne… Shishido-kun…

            –Espero no estar dándote la impresión equivocada. No me gustas –y con esta honestidad suya, Yumeko sintió como si le estuvieran clavando un puñal, pero se mantuvo sonriente–. Aún así, puedo ver que eres una buena persona. Deja de velar por mí, ¿sí? Hay mejores peces en el mar, créeme.

            Luchando contra las lágrimas, Fuyumi miró a Shishido –Te equivocas. No hay algo mejor - por lo menos no para mí. Igual no te molestaré más, yo… yo no me hago ningún tipo de ilusiones. Sabes que… sabes que siempre te amaré, no importa qué suceda.

            El morocho abrió sus ojos, alzando las cejas –“Amar”… es una palabra fuerte. Pero si tienes la seguridad para usarla…

            –Estoy segura de que te amo, sí –Yumeko sonrió con una paz perturbadora, que lo único que hacía era mostrar que se estaba muriendo por dentro.

            –Allá tú, entonces –Shishido se puso de pie de un saltito, quedando de espaldas a ella–. Pero no llores. No por mí, por lo menos. No me lo merezco, Fuyumi.

            No tenía caso: la bucleada se había largado a sollozar, pero en un turbulento silencio.

            –Ya –Ryou se le acercó y borró con su mano las lágrimas que caían por las pálidas mejillas–. Basta. Me voy ahora, ¿sí? No quiero seguir haciéndote llorar.

            “Esto es un sueño, ¿no? Shishido-kun…”

            –S-sí… –asintió Yumeko, conmovida, pero sonriendo–. Creo que será lo mejor.

            Le limpió un par de lágrimas más y, así como así, se alejó, dispuesto a perderse entre la gente. Fuyumi Yumeko lo siguió con la vista hasta donde pudo. Cuando lo perdió, comenzó a hamacarse cada vez más y más rápido, intentando que el viento que golpeaba su rostro eliminara las lágrimas.

 

***

 

            Nanako quedó boquiabierta y privada del habla. Cuando por fin articuló algo, sonó como un…

            –No.

            –Sí, Nana-chan.

            –¡¡NO!! ¡¡MENTIRA!! ¡BAKA! ¿QUÉ TE HIZO TARDARTE TANTO TIEMPO EN DECÍRMELO?

            ya estaba acostumbrada, así que, para ese entonces, ya había apartado el teléfono de su oído. La voz de Nanako se escuchaba con claridad igual. , entonces, volvió a acercarse al tubo –Sinceramente, me quedé dormida –y lo volvió a apartar.

            –¿¡QUÉÉÉÉÉÉ!? ¿¡QUEDARTE DORMIDA, CUANDO SUCEDE ALGO TAN IMPORTANTE!?

            Acercó –No puedo evitarlo, Nana-chan… –y alejó.

            –¡TONNNTAA! ¡CUÉNTAME TODOS LOS DETALLES! ¡VAMOS!

            Y acercó definitivamente –Por favor deja de gritar, Nana-chan. A eso voy.

            –Ajá. Sí, sí, está bien, me calmé –aseguró Napporo, respirando a bocanadas.

            –Te decía…

 

***

 

            –…el ganador es Mori Makoto, con su pieza, “Recortes de una infancia”.

            Choutarou levantó su cabeza y, en una reacción involuntaria, inquirió: –¿Qué?

            Makoto lo miró, ofendido. Sakaki Tarou, por su parte, se limitó a pausar por una milésima de segundo para echarle un vistazo asesino.

            –Y las nominaciones especiales, las cuales recibirán un diploma por su esfuerzo y desempeño, son: “Viento otoñal”, de Namikawa Rei. “”, de Ohtori Choutarou.

            “¿Diploma? ¿Para qué mierda quiero yo un diploma?”

            El aula se llenó de murmullos.

            –No te sientas mal por no poder tocar eso en frente de -chan –Makoto le palmeó la espalda hipócritamente–. Ella no hubiera querido escucharlo, de todas formas.

            –Cállate. Y es -senpai para ti –repuso Choutarou, visiblemente enfadado y apartando la mano del ganador–. Eres un kouhai al igual que yo, así que ten más respeto.

            –Y tú, aprende a perder –Mori contestó con resentimiento. Ohtori hizo caso omiso: si tenía que seguir con la pelea, iba a terminar golpeándolo, y eso no sería bueno. En vez de eso, se puso de pie (cosa que asustó a Makoto, quien en ese momento creyó que era su fin) y caminó hasta el profesor.

            –Sakaki-sensei.

            El aludido alzó su vista de unas partituras –¿Qué se te ofrece, Ohtori?

            –Vengo a retirar mi diploma –pero el tono que utilizaba no era muy digno del agradecimiento que debería estar sintiendo–. Gracias. Aunque honestamente, creo que mi pieza ––

            –Tu pieza, Ohtori –Sakaki lo interrumpió vorazmente–, era sumamente egoísta. Incluía pocos instrumentos, demasiados solos de violín. No dudo: era hermosa, conmovedora y todo lo que quieras. Pero estás en la orquesta de la escuela. Te incito a que vayas al balcón de la muchacha y toques sonatas, pero esto no será posible aquí.

            Choutarou apretó los dientes –Sensei ––

            –Itte yoshi.

            –¡Sense ––

            –Itte yoshi.

            El muchacho recibió su diploma, apretándolo en su puño –Sí.

            –Ohtori –llamó Sakaki por última vez antes de que él pudiera volver a su asiento–. Si tan ansioso estás de tocar esa pieza, te reemplazaré una hora antes de que termine el baile, así puedes bailar, tocar tu pieza encerrado en el cuarto de música, hacer lo que quieras. Después de todo, debe de haber muchos muriéndose por reemplazarte.

            Choutarou consideró la posibilidad –Pero esto me baja de rango en la orquesta, ¿no?

            –¿Estarías dispuesto a eso, Ohtori?

            Ya le habían preguntando esto antes. “¿Cederías tu puesto por Shishido, Ohtori?” – como si la respuesta no fuera obvia.

            –Sí –dijo el joven, sin pensarlo.

            –Nunca cesas de asombrarme –Sakaki Tarou admiró con un suspiro, pero su rostro, estoico–. No veo por qué haya necesidad de sacarte como primer violín. Ahora sí, hazme el favor de irte.

            El peliplateado dio una reverencia y se reincorporó en su silla.

 

***

 

            Shishido Ryou observó la pantalla de su celular, esta vez, desilusionado.

            “ryou, por favor, vuelve a casa antes de las siete y media.”

            Eran siete y veinte.

            Con un resoplido, se dio media vuelta y decidió que las felicitaciones a podrían esperar. De seguro podría llamarla una vez en casa, si es que lograba sobrevivir noche buena con todos sus parientes y, especialmente, con sus primos mellizos de cuatro años.

~ Aori

25/12/06
La fecha de arriba no es un error. Escribí dos capítulos en un día, sí.

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