Shishido decidió que su encuentro con la muchacha había sido bastante conveniente. Por lo menos ahora no tendría que llamarla e invitarla a salir para hablar con ella. Sabía que la presidenta los había estado espiando, y le sorprendía que no hubiera pensado en esa opción antes.

            –¿Cómo estás, Fukumori?

– Un pequeño malentendido

Capítulo trece –        

            –Siempre pensé que “¿cómo estás?” era una pregunta retórica –opinó Akina, medio pensando en voz alta–. Siempre sabes la respuesta a eso. Sólo que la respuesta suele cambiar. Igual, de todas formas, si eres un poco perceptivo, la respuesta es clara siempre. Así que te preguntaré, ¿cómo crees que estoy?

            Shishido largó una risotada –La verdad que no me importa.

            Fukumori se había estado semi-esperando eso –No me extraña –se encogió de hombros, y frenó su marcha hasta que Ryou pudo alcanzarla–. Shishido-senpai, ¿por qué no me ignoraste y seguiste caminando? ¿Qué tienes para decirme?

            El morocho silenciosamente le indico que caminaran, y Akina lo siguió, sin dejar de ojearlo tras sus gruesos lentes.

            –¿Está divertido espiarnos todo el tiempo? Y yo que pensé que con Inui ya era suficiente…

            –Me imaginé que no eras tan distraído como para no darte cuenta –a Shishido no podía dejar de pertubarle la forma en la que la kouhai actuaba como si todos fueran una piecita de ajedrez más en su tablero–. Pero no puedes realmente obligarme a dejar de hacer esto.

            –Honestamente, sí puedo. Pero en realidad, me gana la lástima que tendría por los neuropsiquiatras a los que les toque atenderte –y Ryou no estaba bromeando, pese a que su tono de voz denotaba otra cosa–. Fuera de chiste, Fukumori. ¿Te das cuenta que nos estás acosando?

            –No veo como mi obsesión llegue a afligirlos –Akina se encogió de hombros inocentemente–. No les hecho nada.

            –Excepto, claro, mandar a tu escuadrón de fuerza o lo que sea a matar a .

            Fukumori se sonrió y regocijó de alegría –¿De veras, eso hicieron? Bueno, yo no las mandé.

            Ryou le echó una mirada asesina.

            –No me creas, no me interesa si no lo haces. Sé lo que te estoy diciendo: yo no las mandé a hacer nada. Muy contrariamente, les dije que hicieran lo que les pareciera correcto –la presidenta rió en un tonito en el que lo haría una muñeca vieja cuando le jalas la cuerda–. No me puedo hacer responsable por la falta de moral de los miembros de mi club.

            –¿Decirles que hagan lo que quieran no te hace responsable, tampoco? Eres increíble –pero a esto, Shishido rió, pese a que era más preocupante que entretenido–. Aunque no suenas realmente convencida de tus mentiras, lo cual es bueno. Todavía no comenzaste a delirar.

            Los ojos de Akina se abrieron curiosamente tras los lentes –¿Me odias?

            –No te imaginas como.

            –Qué sincero –admiró Fukumori, ni un poquito afligida pro el comentario.

            –Mira, déjame ser más sincero todavía –Shishido estuvo tentado a empujarla frente a un auto mientras cruzaban la calle, pero se resistió–. Yo, como persona, no puedo realmente hacerte nada para que decidas no seguirnos o molestarnos más. Pero te contaré un par de cosas que quizá te hagan cambiar de opinión. Escúchame bien.

            –Siempre lo hago.

            Ryou ignoró por completo esta acotación rara –Debes saber lo de Choutarou y , así que ni me molestaré en ocultártelo. Esto no es invento nuestro: es verdad. No están saliendo todavía, pero lo estarán, y debido a que no tengo ningún tipo de interés romántico en Choutarou –Shishido dijo esto con un énfasis especial, como quien le explica algo a un bebé que todavía no sabe hablar– no frenaré esto. De hecho, puedo hasta considerarme medio culpable de que ahora estén más juntos que antes.

            Akina se miró las uñas –¿Algo que no sepa?

            –Fukumori, acabo de decirte que la razón por la cual tienes un club ya no tiene fundamento. Choutarou y yo podemos estar juntos hipotéticamente, en sus sueños, pero no en la vida real –Shishido sintió como que la castaña realmente no quería entender, o estaba ignorando este hecho–. No me molesta que sigas queriendo tener el clubcito, pero sí molesta que intentes matar a ni bien me descuido. Créeme, llegas a tocar a , o a Choutarou, cualquiera de los dos, y te mato. No estoy exagerando ni mintiéndote, Fukumori. Te ahorco.

            Akina no cambió de expresión.

            –Te importa un diablo. Lo sé. Debí imaginarlo. No te importará un diablo cuando Atobe eche tu trasero -y el de los que sea necesario- de la escuela.

            Y ahí se escuchó esa molesta risita de nuevo –¿Shishido-senpai me está amenazando?

            –Esto te puede parecer todo muy gracioso, pero no lo será cuando Atobe realmente te siente de trasero en la calle. No me interesa si no te intimida ahora –Ryou se encogió de hombros–. Eventualmente te interesará.

            –¿Así que, qué me gano por matarla a -senpai? ¿Una muerte segura? –la sonrisa de Akina fue fácilmente borrada por el sentimiento de ser apretada contra una pared: Ryou la tomó de ambas muñecas y la forzó a mirarlo a los ojos.

            –Escúchame –después de percibir la ira en el tono de voz del morocho, miedo se esparció por el rostro de Fukumori–. Esos dos van a terminar juntos. Yo quiero que sea así. Si les llegas a hacer algo -cualquier cosa- o te llegas a entrometer, me voy a olvidar que eres mujer y te defiguraré la cara. No sé si fui claro.

            La soltó, y Akina se ajustó los anteojos tímidamente, intentando recuperar el aliento.

            –Perfectamente claro, Shishido-senpai.

            Ryou sonrió –Me alegra que nos entendamos.

            Akina no podía hablar: como pocas veces en su vida, se había quedado sin palabras.

            –Por cierto –la sonrisa del morocho tan sólo de pronunció todavía más–, dile a Fuyumi que la felicito por decidir ser mejor persona que tú. Escuché que ella le salvó el pellejo a : no sé si la estúpida le agradeció bien, así que yo agradezco por parte suya y por la mía, porque sino Choutarou se habría quedado sin chica.

            Fukumori asimiló la información –S-sí… Yume-senpai… estará feliz de escuchar eso.

            –Ni tengo ganas de decir “hasta luego”, así que simplemente te desearé que te vayas al diablo –Shishido comenzó a alejarse de la presidenta hasta que ya no se hizo visible.

            A Akina le tembló el corazón. Jamás en su vida se había sentido tan intimidada, y esto la había tomado por sorpresa. Decidió volver a la escuela y borrar las iniciales de sobre el pizarrón. Era momento de terminar con esto.

 

***

 

            –Algo que a veces me molesta del invierno… –Choutarou alzó su vista al cielo–. No es tanto el frío, sino el hecho de que anochezca más temprano.

            El cielo iba en degradé de un gris que prometía lluvias hasta el naranja del sol naciente. Los colores se mezclaban, encajando entre sí como piezas de un rompecabezas; pese a que las nubes opacaban la ciudad, el sol lograba colarse por ellas, prometiendo una noche placententera.

            –Bueno, a mí, contrariamente, lo que me molesta es el frío – cruzó sus brazos alrededor de su pecho en un obvio gesto de intentar darse calor a sí misma–. Igual, el invierno recién empieza. Es tolerable, todavía.

            Ohtori la miró por unos segundos. A causa del frío, sus mejillas estaban rosadas. Sin contar, claro que se veía muy linda intentando protegerse del hostil clima. Choutarou escribió como nota marginal en su cabeza que sus ojos la verían linda aún con una motosierra funcionando y cara de asesina.

            –Ohtori-kun –su voz lo puso de nuevo en la Tierra–. ¿Qué suerte estuviste teniendo con el baile de navidad? ¿Alguna pretendiente?

            Choutarou suspiró –Muchas –pero luego agregó para no sonar tan ostentoso: –Bueno, exagero, no tantas, qué se yo.

            –Debe ser difícil ser Ohtori-kun –opinó , aunque medio en broma–. ¿Las rechazaste a todas?

            –Sí –admitió Choutarou–. Pero no porque realmente haya querido. Es decir, , quería rechazarlas; mejor dicho, no quería realmente ir con ellas. Pero verás, no puedo ir con nadie.

            alzó las cejas, intentando que la desilusión no se tradujera en su rostro. Por lo menos no muy evidentemente, porque era obvio que iba a traducirse.

            –Tengo que tocar para la orquesta durante el baile. Es… una porquería, lo sé, porque realmente quería divertirme –el peliplateado frunció el entrecejo–. Pero si tengo que hacerlo, tengo que. De todas formas, seré parte del baile, en cierto sentido. Como encargado de la musicalización y todo…

            –¿Vas a tocar todas las cuatro horas, completas? – inquirió, extrañada, como si por esto lo estuvieran sobre-explotando.

            –O quizá me manden a volar en el medio del baile y me reemplacen por un diskjockey. Aunque Sakaki-sensei no mencionó nada de esto, sólo dijo que nosotros no bailaríamos –Choutarou sonrió amargamente–. Me puso nervioso la forma en la que lo dijo, como si tuvieramos que actuar felices por el hecho.

            –Sakaki-sensei me aterra –confesó –. Es demasiado estricto… mi tarea es siempre igual a la de Kai-kun, pero admito que para música realmente me esfuerzo.

            –No debería de, pero a mí también me asusta… un poco –Choutarou se rió con suavidad–. No necesita decirte nada. Te mira, y ya te sientes mal.

            –Te sientes pequeño…

            –Y midiendo uno ochenta y cinco, eso es difícil de lograr, pero créeme, lo logra.

            frunció el ceño –¿Estás muy orgulloso de tu altura, no?

            –Perdón. ¿Toqué un tema sensible? –Chouta dio una sonrisa que era demasiado falsamente inocente como para que no le den ganas a cualquiera de ir y abrazarlo. Hasta mi abuela lo abrazaría. Pero a mi abuela le causa gracia que se llame “Choutarou”. No, nada que ver.

            –No, para nada, fue sólo un comentario – sonrió, para demostrar que en serio no pasaba nada–. Recuerdo cuando te llegaba por la nariz, en tu primer año. Qué tiempos aquellos.

            –No nos conocíamos en ese entonces –reconoció Choutarou, extrañado de que su senpai supiera este dato que sólo podría saberse si uno observa atentamente.

            –No, pero yo te había visto. Creo que entré a tu clase, una vez – tuvo que forzar ese “creo” para sonar más insegura sobre sus recuerdos: en realidad, recordaba todo como si hubiera pasado ayer–. Estabas tocando el violín. No sé, creo que eras más pequeño en aquel entonces, aunque supongo que inventé cuando dije “por la nariz”…

            –Crecí dieciocho centímetros en el verano de primer a segundo año –informó Choutarou–. Y los últimos cinco son recientes, aunque no recuerdo de cuando. Aún así, ahora estoy un poco arrepentido. Me destaco mucho.

            –¿Eso es malo?

            –Depende como lo veas… pero muchas veces, sí.

            –Claro –comprendió , asintiendo con la cabeza–. Cuando tienes que huir de las fanáticas el catorce de febrero… ahí es malo, ¿ne?

            –Sí –repuso Choutarou, medio distraído en ver como el viento sacudía las copas de los árboles.

            se distrajo con exactamente lo mismo antes de volver en sí. Aún tras este silencio, la situación entre ellos no había sido incómoda: por lo menos no hasta ahora. Era como si alternaran entre dos formas de ser todo el tiempo: entre ellos como buenos amigos, entre ellos como “Gusto del otro y no sé/sí sé lo que el otro siente por mí”.

            -senpai –Choutarou por fin encontró una forma con la cual rellenar el silencio–. ¿Qué haces en estos días?

            –Bueno… – no detuvo en pensar el significado oculto tras la pregunta– Hoy pasaré las navidades con mi familia, mañana viene Nanako a dormir, el martes no tengo mucho que hacer… y el miércoles es la fiesta, ¿ne?

            –Ah –Choutarou absorbió la información–. Qué… mal. Yo tengo práctica mañana y el martes. Sakaki-sensei nos va a anunciar hoy que pieza tocaremos y todo, no me preguntes cómo conseguiremos hacer todo en dos días, no lo sé. En fin, había estado pensando en que podríamos salir a algún lado algún día de estos –esta frase le salió inintencionalmente apresurada–. Pero veo que no hay tiempo.

            frunció el ceño, aunque sin realmente darse cuenta de que en su rostro se transparentaba… bueno, casi todo. La desilución, el nerviosismo, pero a la vez el calorcito en su corazón y sobre sus mejillas que surgía con cada palabra del chico.

            –Supongo que nos veremos recién en la fiesta –completó , anunciando lo obvio.

            –Así es –Choutarou largó el aire, observando que ya comenzaba a reconocer los edificios, las calles. Estaban cerca de la casa de la joven, de eso estaba seguro. Se estaba quedando sin opciones. O le decía ahora, o esperaba a que Sakaki-sensei lo dejara respirar en el baile, o…

            La miró. ¿Por qué era tan difícil decirle? Ya sabía cual sería la respuesta. Ya sabía que ella sentía lo mismo por él. ¿Entonces? ¿Qué esperaba?

            comenzó a caminar a su propio ritmo, lo cual hizo que estuviera un paso atrás de Choutarou. El aludido, al percatarse de esto, le tendió su mano.

            –Ven. No sería bueno que tus padres te castiguen por llegar de noche a casa –dijo el peliplateado con una sonrisita, por fin sintiendo los dedos de tímidamente acercarse a los suyos. Sin pensarlo, apretó la mano de la muchacha.

            Siguieron caminando así hasta llegar a la puerta de la casa de , ambos en completo silencio.

 

            Choutarou soltó a en cuanto ésta se sumergió en la búsqueda de las llaves de su casa por los bolsillos de sus jeans. Observó con cuidado sus cambios de expresión: su obvia irritación y frustración cuando no encontraba las llaves; el brillo que adquirió su cara cuando por fin las halló; la tristeza que pareció invadirla al darse cuenta que debía irse.

            –Nos vemos dentro de unos días, entonces. Muchísima suerte –deseó sinceramente, dando una reverencia.

            Choutarou la frenó con una mano sobre su brazo, jalando suavemente, por lo cual la muchacha se vio obligada a voltearse.

            -senpai –Ohtori no necesitaba meditar sus palabras: le salieron solas–. Me cuesta creer que seas la misma revolucionaria del otro día, que quería un mundo más liberal. ¿Qué tal si comienzas poniendo un ejemplo? –El peliplateado se golpeó la mejilla dos veces con su dedo índice–. Me lo merezco por acompañarte, después de todo, ¿no?

            sonrió apenas. Subida al escalón de su puerta de calle, mirar a los ojos al alto kouhai era mucho más fácil –Claro, Choutarou-kun.

            Ella se inclinó hacia adelante para darle el “merecido” beso, en su mejilla, como habían acordado. Él no pudo resistir aquel súbito cambio de apellido por nombre. Sonaba irreal, escuchar “Choutarou” pronunciado por su voz.

            Ohtori era de pensar las cosas. Sí, se los juro. Sólo que no ahora. No importaba ni el club de fans, ni las palabras de sus senpai, ni las confusiones, ni los malentendidos. Tan sólo importaba la calidez que sintió en sus labios cuando los impactó contra los de la chica.

            El primer instinto de fue echarse hacia atrás, pero decidió no dejarse llevar por este estúpido impulso. Eso, y los brazos de Choutarou estaban demasiado firmemente enroscados en su cintura. Cualquier intento de escapar sería inútil.

            No estuvieron así por mucho tiempo: Ohtori, realmente, no se animaba a estirar más la cosa. No quería hacerla sentir incómoda, aunque eso era, seguramente, precisamente lo que estaba logrando. No había sido su intención, tampoco, llegar a realmente besarla en el día de hoy; había pensando que un besito en la mejilla bastaría. Pero, entonces, claro… “Choutarou-kun”. ¿Qué no se daba cuenta? ¿No tenía idea de lo que generaba en él?

            Pronto el kouhai se separó de ella, pero sin lucir avergonzado: más bien, arrepentido. Aún así, no estaba ni cerca de disculparse.

            –Te veo en el baile –Ohtori intentó dejar claro que esto era una promesa más que un simple comentario–. Matta ne, senpai.

            –Matta ne –respondió con el poco aliento y ganas de hablar que le habían quedado, dejando caer sus brazos inmóviles, haciendo que sus manos reboten contra su pierna. Observó a Choutarou sonreír e irse, y tuvo que esperar unos tres minutos de reloj a que dejara de hiperventilar y de estar roja como un tomate para decidir, entonces, que recién ahí estaba decente como para que la vieran sus padres.

            Una vez dentro de su casa, se apoderó del teléfono y comenzó a hacer sus llamadas. Había alguien a quien le quería hablar antes que a Nana-chan. Para agradecerle, como mínimo.

~ Aori

25/12/06
"Matta ne" significa "te veo luego". No voy a poner referencias. Tengo mucho sueño y pocas ganas.

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