Wakare ~separación~

Te había conocido una noche de enero, cinco años antes, y bajo el cielo plomizo me encontré con tu mirada nublada…

¿Cómo te conocí?… Choutarou.

Algún día, me dijiste, vamos a tener que separarnos…

La noche había caído sobre el campus, pero yo seguía ahí.

Te tomé las manos, que temblaban, sin saber qué decir.

Miraba las estrellas solitarias bajo el frío viento.

Un trueno a lo lejos rompió el silencio.

Deseaba obtener alas y volar hasta ellas como si el mundo no existiera.

De repente, me abrazaste.

Suavemente, el sonido igualmente solitario de un violín me pareció acercar a ellas.

Las gotas de agua se confundían con tus lágrimas.

Sentí que yo misma me volvía una estrella.

Te rodeé con mis brazos, contendiendo mis propias ganas de llorar.

El mundo era una gota azul en medio de la seda del espacio, salpicada por otras como yo.

Aún llovía cuando cerraste la puerta.

El calor de todas me abrazaba, me contaban historias que no conocía…

No queriendo volver a mi casa, decidí dar un paseo bajo la lluvia, con la esperanza de encontrar mi respuesta.

Éramos una collar de sueños.

Quería probarte que siempre…

Los fragmentos de un alma.

Siempre voy a ser tu “ángel”…

Las plumas de un ángel.

Dos plumas cayeron del cielo.

La música se detuvo cuando mis pies volvieron a tocar el suelo.

Me incliné a levantarlas.

Finalmente miré hacia la ventana a mis espaldas.

Bajo ellas descubrí un pequeño anillo.

Un ángel. No podías ser menos.

Lo sostuve en mis manos con cuidado, como si fuera aire solidificado por arte de magia, como si fuera a desaparecer.

Me mostraste los sueños de las estrellas.

Pero, a la luz de los truenos, brillaba como el fuego.

Me mostraste la belleza de las flores.

Tenía la belleza inescrutable del hielo.

Pero vi el dolor de las hojas marchitas.

Era una respuesta del cielo.

Me preguntaste qué me pasaba.

Lo guardé en mi bolsillo y volví a mi casa.

Mucho tiempo después, al atardecer, mientras entregábamos nuestros ojos a la corriente del río…

Tiempo después, al atardecer, mientras entregábamos nuestros ojos a la corriente del río…

Con una sonrisa calma como el cielo y ojos sinceros me señalaste unas hojas que eran arrastradas por la corriente.

“No podemos parar el tiempo, ,

pero podemos vivir juntos hasta que la muerte nos separe”

 

Las campanas de la Iglesia anunciaron a la noche, que tanto había hecho por nosotros, que empezaba nuestro día. El pavimento se aleja…

– ¿Cuánto falta, papá? – escuchamos una voz a nuestras espaldas. Nos miramos y, conociendo los pensamientos del otro, sonreímos.

– Ya sabrás cuando sea el momento, hijo…

Algún día lo entenderá.

~Miyod