[ Explicaciones ]

En Japón, hay una diferencia entre “Giri-choko” y “Honmei-choko”, aunque ambos se usan para denominar la caja de chocolates que uno le regala a un amigo, novio, o conocido. “Giri-choko” es un chocolate obligatorio, que regalas a todos tus amigos o personas importantes por agradecimiento y amistad. “Honmei-choko”, contrariamente, es el chocolate que uno le regala a su verdadero amor.

"Rabu" es la pronunciación japonesa para la palabra "Love".

Además, existe el “Día Blanco”, donde todos los hombres le devuelven el favor a las chicas que les regalaron cosas durante San Valentín. En otras palabras, San Valentín y el Día Blanco son más o menos lo mismo, pero sólo que en el primero las chicas le dan chocolates a los chicos y en el último los chicos con quienes hacen el regalo.

 

 

  I count the minutes

 

          This world don’t turn when you’re not in my arms…

 

            Kaidoh Kaoru se sonrojó visiblemente al apuntar con su dedo hacia la pequeña jaula, cosa que causó que la señorita que atendía lo mirara raro, pero pronto sonriera ante la ternura de la situación.

            –Jovencito, estás… ¿estás seguro de que quieres comprarle esto? Todavía no es el día blanco –la joven repitió su pregunta con paciencia, aún ojeándolo curiosamente mientras se ocupaba de abrir la jaulita.

            –E-ella… ella es… es extranjera –manejó decir Kaidoh, aún con los cachetes rojos, sus puños tensándose cada segundo un poco más–. Entonces… no… festeja… el día blanco, señorita.

            La muchacha soltó un “Ahh” en entendimiento, y luego de volver a sonreírse ante lo lindo que lucía aquel estudiante de secundaria (cómo extrañaba aquellos días…), le entregó una minúscula bola de pelos castaña –Su nombre, incidentalmente, es “Rabu”. Es un macho de un año y medio, pero es muy chiquito, ¿ves?, Sostenlo con cuidado.

            Kaidoh hizo lo pedido, al gatito haciéndole unas caricias en su papada –¿Se llama… “Rabu”...?

            –Sí, porque cuando le crecen los pelos de alrededor de la nariz, le queda una formita de corazón. En muchos gatos pasa esto, pero a Rabu le queda bien marcada –repuso la joven, extendiendo una mano para masajear la nuca del gatito suavemente–. ¿Te lo llevas...?

            Kaidoh dirigió su vista al gato, un sonrojo de nuevo asaltando sus mejillas. Cerró los ojos con fuerza, sin poder creer lo que estaba por hacer –Sí, me lo llevo.

 

            El joven de bandana hubiera corrido mucho más rápido, pero la caja que debía llevar en sus manos se lo impedía. De alguna forma, llegó hasta donde su amiga esperaba pacientemente, piernas cruzadas en un banco de plaza, vista fija en el suelo, y luciendo bastante nerviosa. Por lo menos esto tampoco era fácil para ella, por lo cual Kaidoh no tenía que temer el lucir estúpido.

            –¿…? –y con esto, ella levantó los ojos, encontrándose con un muy exhausto Kaidoh.

            –Kaoru-kun –reconoció la extranjera con el rostro iluminado, poniéndose rápidamente de pie y dando una forzada reverencia a la cual no estaba demasiado acostumbrada–. Ten, esto es para ti –le aventó una cajita en el rostro al chico, algo sonrojada, evadiendo contacto visual–. Va-valentine omedetou.

            Antes de darle su regalo, Kaidoh tomó la caja de entre sus manos, no sin antes dejar su regalo en el banco de la plaza. La abrió, con cuidado de no romper ni un centímetro del envoltorio. Adentro había, esperadamente, una caja de chocolates, con una pequeña notita:

“Estuve leyendo las tradiciones japonesas, y…

Sólo quería que sepas, este no es un giri-choko… ¡para mi es un honmei-choko...! Espero que entiendas, Kaoru-kun.

¡Valentine omedetou!”

            Kaidoh se puso rojo fuego antes de decidir que, quizá, él también debería darle su regalo. Luego de tomarlo de donde lo había dejado, se lo entregó mientras se reincoporaba en el lugar, sin mencionar palabra, sólo apretando los ojos y esperando que le gustara.

            Con el mismo cuidado que su amigo anteriormente, desató los moños que cerraban la caja. Rabu, al ver que podía salir, asomó la cabecita dándole un golpe a la tapa. ahogó lo que hubiera sido un sonoro chillido, tomando a la castaña bola de pelos entre sus manos y dejando caer el cartón que lo aprisionaba.

            –Kaoru-kun… es… pero… –no parecía encontrar las palabras justas. Se abrazó al gatito, quien frotaba su cabeza contra su pecho–. Los chicos aquí no deberían… regalar…

            –No importa –despreocupó Kaidoh bruscamente, por poco asustándola, así que suavizó su tono de voz–. Realmente no importa.

            Juntando todo el valor que le quedaba, dejó a Rabu cuidadosamente en el banco y le dio un estrujante abrazo a su amigo, casi podiendo escuchar lo rápido que latía su corazón. Suprimiendo un sonrojo, Kaidoh intentó devolverle el gesto, pero estaba demasiado ocupado en observar a Rabu por encima del hombro de la chica. El gatito le echó una mirada juguetona, maliciosa, casi algo preocupante.

            No tuvieron ni tiempo a seguir abrazándose, de si quiera besarse o confesarse de una buena vez, porque ambos tuvieron que salir corriendo tras el maldito gato. Una vez lo atraparon, sin embargo, fue otra la historia.

 

The sun don’t shine whenever I’m without you…

and there’s an empty space inside my heart when you’re gone

 

            El estómago de Fuji Yuuta rugió de hambre.

            … ¿a dónde estás?”, ya no lo preocupaba tanto el estar muriéndose por un pedazo de comida – lo único que ocupaba su mente era que aún no había visto a su novia, y se suponía que tenían que verse allí, en esa misma silla. Bueno… ¿se suponía, no?, Yuuta volvió a ojear el pequeño papelito, asegurándose de no haber cometido ningún error. Luego de concretar esto, se dijo pacientemente a sí mismo que no habían pasado ni diez minutos de la hora establecida, y las chicas suelen tardarse su tiempo, a juzgar por lo mucho que tardaba su hermana en salir del baño.

            Dejó caer su cabeza algo bruscamente contra el respaldo del banco, lastimándose un poco en el proceso, aunque no cometió ni un gemido de dolor. Yuuta examinó el cielo gris con sus ojos: que día poco adecuado para ser el día de San Valentín. Aún así, ¿no importaba, verdad? No mientras estuviera ella… Su vista se desvió ligera, perezosamente hacia un lado mientras seguía las líneas de las nubes.

            “Por favor, no dejes que el cielo se venga abajo ahora…”

            No sabía a quién le hablaba, pero Yuuta puso toda su convicción en las palabras que pensó. No podía llover, no hoy. No era que le tuviera miedo a los malos augurios, sino que simplemente arruinaría todo. Su ropa, la sonrisa de la joven, el brillo en sus ojos cuando reflejan el sol.

            Quedó en la misma posición por un buen rato, a veces intentando perseguir a los pájaros con los ojos, admirando su ajetreo de aquí a allá, de lugar a lugar. ¿Por qué tenían que tomarse la vida tan en serio…? Era bastante injusto. Uno pensaría que las aves son libres al poder volar, pero tienen que, y están, constantemente en alerta. Volaban bajo cuando las lluvias acechaban, Yuuta había notado, y ese descubrimiento apoyaba aún más su teoría de que San Valentín sería arruinado por un par de malditas nubes. No… Yuuta era estúpido al pensar eso. Una fecha así no podía ser arruinada tan fácilmente: significaba más que un lindo día y un paseo por el parque.

            Un pajarito revoloteó hasta llegar a donde Yuuta, colocándose a su lado en el banco, picoteando restos de migas de algo que habrían comido los estudiantes que se sentaron allí antes. No tan intrigado como terminantemente aburrido, Yuuta lo observó en silencio, uno tal que casi ni se dio cuenta que las primeras gotas de lluvia comenzaron a precipitar del cielo hasta que se pudo decir que llovía furiosamente.

            “El cielo se nos vino abajo después de todo”, pensó Yuuta sin dejar de mirar al ocupado pájaro, sintiendo como el agua resbalaba por sus mejillas, “Creo que sería mejor… que la espere en otro lugar.”

            Se levantó con tanta calma que el pájaro, pese a que le echó miradas furtivas, decidió quedarse en el lugar, sin considerar a Yuuta como un posible peligro. El humano, pareció estar muy decidido en un instante, pero automáticamente pasó a dudar de sí mismo y volvió a sentarse en el mojado banco con un estruendo de las maderas y un golpe que lucía bastante doloroso en la nuca.

            “No puedo irme de aquí. me dijo que nos encontraríamos aquí… aquí”, se dijo Yuuta firmemente, “Si me voy, no logrará encontrarme, y no puedo… no soy quién para hacerla preocuparse…”

            El pájaro, le alzó una ceja imaginaria e inexistente al humano, habiéndose creído que la mayoría de humanos odiaban la lluvia y siempre corrían a buscar refugio tapándose a sí mismos con lo que tuvieran a mano cuando el cielo empezaba a llorar. ¿Qué podía hacer, entonces, que este joven tan valientemente soportara la lluvia, solo, así?

            –¿No tienes un hogar al que regresar? –Yuuta habló abruptamente, sin detenerse ni un segundo a pensar en lo ridículo que era iniciar una charla con un pájaro–. ¿O simplemente tienes algún tipo de razón para quedarte solo en la lluvia, como yo...?

            Lo próximo que presenció el menor de los Fujis fue como la pequeña ave levantaba vuelo súbitamente, saliendo espantada por algo. ¿Habría sido él?

            –¡Yuuta...!

            Sus ojos se dispararon hacia arriba para ver como una conocida joven empapaba su buzo escolar para salvarlos a ambos de la despiadada lluvia –¿…?

            –¿Yuuta, qué haces aquí? –exclamó, empapada en agua, jadeando a causa de haber corrido por mucho tiempo.

            , pensé que querías que espere aquí…

            –¡Lo sé, tonto, pero no tenías que quedarte aunque lloviera! –ella se sonrió apenas y agitó la cabeza–. No tienes caso, no tienes caso. Ven, ¡Vamos a cubrirnos! ¿O te gustaría enfermarte ahora? ¡Tu cumpleaños es dentro de poco! – le extendió su mano y, cuando vio que el joven la aceptaba, le dio un tirón y lo puso de pie–. La próxima vez, espera adentro.

            Yuuta ignoró el comentario, pasando su mano por los hombros de su novia –¿Hiciste la torta, por lo menos?

            –Sí, aunque probablemente esté fría y todo, pero… – pausó y se animó a levantar la vista del suelo para mirarlo a los ojos–, ¿bueno, espero no te importe?

            –Claro que no, no mientras… mientras tú me cocines, -chan –dijo Yuuta sonrojándose y rascándose la nuca avergonzadamente. Acto seguido, aceptó la caja blanca de las manos de su novia y depositó un pequeño beso en sus labios –Gracias.

            sólo sonrió –Espero el mismo esfuerzo en el día blanco.

            Con un carcajeo, Yuuta se dispuso a suspirar: tendría que haberse esperado que pedir una torta de frambuesa para San Valentín no iba a ser gratis.

 

and whenever you’re gone, it’s too long

 

            Ohtori Choutarou poseía una cruz adornando su cuello, pero no estaba seguro de si creía en este tal “Dios” o no. Pese a todo, las iglesias eran un lindo lugar para meditar. Pintorescas, sobre todas las cosas, pero aún así, la existencia de un ser todopoderoso lo intrigaba. “Intrigado”, ríe Choutarou, encerrando la cruz con su mano, sus dedos trazándole el contorno una y otra vez. El hombre esculpido en piedra le devolvió la mirada, y Choutarou no se animó a apartarla, considerándolo una falta de respeto. Jugueteó con su cruz.

            Juguetea con su cruz, dudando, casi avergonzado, ahora, de querer levantar la vista. Se dice a sí mismo que dudar es simplemente estúpido, y que aceptar lo que la situación trae es, después de todo, la mejor idea. Su corazón esta inquieto a punto de salírsele del pecho. Rezó: “Por favor, Dios, lo único que quiero para San Valentín, lo único, es ella”. Olvida los chocolates, los regalos de cumpleaños caros. Sólo ella. Quizá haber mirado con tanta valentía en sus ojos había servido de algo, y Choutarou ahora tenía más fé que antes.

            Tiene fé en quitarse la cruz del cuello en cuanto escucha las palabras esperadas, con un par de lágrimas que se rehúsan a gotear de sus ojos, mirada fija en ella. No va a llorar, aunque si lo hiciera, sabe que ambos entenderían que él no está triste. Se hundió en el asiento de madera, mirada fija en el techo; los ventanales. La luz se colaba por el cristal, sombras jugueteando en el suelo.

            Le aparta el cabello al asegurar la cadenita alrededor de su cuello. abre más los ojos, con toda intención de preguntarle qué podría posiblemente impulsarlo a tomar aquella acción, a mirarla y decirle que ya no encuentra razón a llevar consigo un amuleto de buena suerte, objeto de plegarias, como quieran llamarlo. Apretó los ojos y pidió un único deseo.

            Cuando ella casi rompe en lágrimas de felicidad, comprende que los milagros existen, pese a que no es necesario ser tocado por una deidad para hacerlo. Choutarou intenta atribuírle esto de alguna forma a ese Dios que él intentó llamar aquella vez en la iglesia, pero en vez de eso, sus manos roban las de la chica y se concentran en el momento –Pero… tu cruz… – encuentra un momento para protestar.

            –No –Choutarou agita la cabeza, y se la acerca–. No la necesito. Teniéndote a ti, no tengo por qué atribuirle mi suerte a un objeto inanimado –explica, su mano acariciándole la mejilla, sus labios sonriendo–. Prefiero tener fé en ti.

            Ahoga un grito, porque no se necesitan palabras. Sí Dios existía, entonces, ella era su milagro, y daba gracias por no haber tenido que esperar más tiempo para que se haga realidad.

 

and the waiting’s driving me crazy

baby, I’m not alive ‘til you’re here by my side

 

      –Seiichi-kun –susurra la joven, tirando de la camisa del chico a modo de llamar su atención. Yukimura entonces voltea la cabeza, sonríe con pocas ganas de hacerlo. Se sentía culpable, por más que le hayan asegurado un millón infinito punto rojo de veces que esta era la mejor forma de pasar el San Valentín juntos.

            , no tenías por qué venir –Yukimura recuerda, llevando su mano hasta la quijada de la chica, acariciándola. No es un tacto sutil, pero es bienvenido, a juzgar por la leve sonrisa que queda colgando de los labios de .

            –No digas eso, Seiichi-kun –niega la muchacha sacudiendo la cabeza de lado a lado con algo de brusquedad, como intentando apartar la mano de Seiichi, cosa que logra – pero el ardor en cada pedacito de piel que rozó los dedos del chico no desaparece, y la mano del joven ahora apreta la suya–. Yo quise venir.

            Yukimura Seiichi había sido víctima de una recaída causada por su enfermedad una semana antes de aquel esperado día, y aún durante San Valentín, ahí estaba él, aunque, también estaba . Quizá era egoísta de su parte, sí, pero el sentimiento de culpa se estaba desvaneciendo – en cambio, cada vez se iba acostumbrando más a su sonrisa, a la forma en la que sostenía su mano, toda preocupada. Instantes después Yukimura se consideró un desastre de novio, porque no tenía derecho a hacerla quedarse así, pese a que toda la idea de acompañarlo había sido voluntad de la chica después de todo.

            … –Yukimura murmura, maldiciendo la camilla, las paredes blancas, el suero, todo: lo único que quería era volver a tener la fuerza para poder ponerse de pie y sostenerla entre sus brazos–. Disculpa que te ocasione molestias…

            –¡Basta! – pierde la paciencia de una, pero la recupera en cuanto ve que Seiichi se sobresalta un poco a causa de esto. Apretó más la mano de su novio–. Basta de echarte la culpa. Seiichi, yo no quiero pasar este día de ninguna otra forma.

            –Quizá te tomas el día demasiado a pecho –Yukimura ríe suavemente, regocijándose ante el pálido sonrojo en los cachetes de la chica–. , yo…

            –Me iré sólo si supiera que eso te haría más feliz –repone la susodicha, sus dedos desesperadamente buscando entrelazarse con los del chico–. Quizá a ti te haría sentir mejor, pero… –está al borde de las lágrimas, por alguna razón que Yukimura teme, pero no puede imaginar–. Es egoista, pero… pero yo estaría m-muy triste si t-tengo que pasar San Valentín sin ti…

            Es demasiado joven para sufrir así por alguien, anota Yukimura, alzando su mano para limpiarle las lágrimas –Por favor, no llores.

            –¿Soy una novia muy dependiente, verdad...? –su voz quiebra en ese preciso momento, y comienza a sonar cada vez más nasal y apenada–. S-sé que es b-bastante tedioso que e-esté apegada a ti de esta forma, pero, Seiichi… ¡no puedo verte así! Aunque sepa… aunque sepa q-que no va a pasarte nada, no… ¡no te lo mereces! ¡Es absolutamente injusto!

            Yukimura presiona sus labios para mantenerlos cerrados, y larga un pequeño suspiro. Claro que no le molesta que ella esté siempre pendiente de él; de hecho, es como tener a un ángel siguiéndolo, y Yukimura agradece infinitivamente por esto, pero maldice que no haya forma correcta de decírselo. Por más que ella piense que lo único que hace es molestar, Yukimura contrarresta que una de las pocas cosas que lo hacen sentirse verdaderamente bien es tenerla molestando; pero no puede acotar más, puesto a que se arrodilla en el suelo y, abrazada a la mano de su novio, decide que no tiene pensado moverse de ahí durante el resto del día. Yukimura acaricia su cabello hasta que puede conciliarse con el sueño. Ahí, Yukimura se dice firmemente que no va a ni siquiera pensar en dormise hasta poder verla a los ojos y desearle un feliz San Valentín.

            Después de todo, es lo menos que puede hacer.

 

‘til I look in your eyes again.

 

~Ao-chan
[13/02/07]
¡Gracias Megu-chan por el proof-reading!

 

Este mundo no gira cuando no estás en mis brazos,

El sol deja de brillar cuando no estoy contigo.

Y hay un vacío en mi corazón cuando te vas,

Y cada vez que te vas, es por demasiado tiempo…

Y el esperar me está volviendo loco

No vivo hasta que estés acá, a mi lado.

 

Cuento los minutos,

Cuento las horas,

Cuento los segundos,

Hasta que vuelvas a mi lado, otra vez

Y cada minuto

Parece durar horas

Hasta que estes conmigo

Hasta que vuelva a mirarte a los ojos.

 

El tiempo se queda helado hasta que vuelves a mí,,

Necesito tu amor, liberame, liberame

 

Cada noche es una eternidad si no estoy contigo,

Y los días parecen durar para siempre

Estoy perdido, y debería estar besándote…

¡No puedo esperar!

Porque vivo por el amor que creamos

No puedo respirar hasta que se siento a mi lado

Y estoy perdido en la oscuridad, hasta que estes en mis brazos…

 

Cuento los minutos,

Cuento las horas,

Cuento los segundos,

Hasta que vuelvas a mi lado, otra vez

Y cada minuto

Parece durar horas

Hasta que estes conmigo

Hasta que vuelva a mirarte a los ojos.

 

El tiempo se queda helado hasta que vuelves a mí,,

Necesito tu amor, liberame, liberame

 

No puedo esperar ni un minuto más para tocarte,

Porque te amo.

No me hagas estar lejos por tanto tiempo…

Porque el esperar me está volviendo loco

No vivo hasta que estés acá, a mi lado.

 

Cuento los minutos,

Cuento las horas,

Cuento los segundos…

Para que regreses a mi lado…

 

Cuento los minutos,

Cuento las horas,

Cuento los segundos que faltan para que estes a mi lado

Y cada minuto, cada minuto,

Dura horas,

Hasta que vuelva a mirarte a los ojos.

 

Cuento los minutos en los que no estoy contigo,

Cuento las horas,

Cuento los segundos hasta que estes a mi lado

Y cada minuto, cada minuto

Dura horas, dura horas

Hasta que vuelva a mirarte a los ojos.

 

Hasta que vuelva a mirarte a los ojos.

I count the minutes – Ricky Martin (a quien Aori adora con todo su corazón de fangirl por inspirarme)

 

Si no entienden el de Choutarou, releanlo, esta vez prestándole atención a los tiempos verbales. No, no es un song-fic, per sé, porque como verán la canción no tiene mucho que ver con los fragmentos, pero cada fragmento lleva un “título” que es una frase de la canción – este fragmento fue inspirado en esa frase de la canción, por más que no trate exactamente sobre eso XD