Un paso hasta la medianoche

– ¡Fuegos artificiales! – fue lo primero que escuchó Ryoma al llegar a casa. Cierto. Era el 31… era ese día.

– Calmate, viejo –dijo, ignorando (o simulando desinterés en) los cohetes que Nanjirou le mostraba (demasiado cerca de sus ojos, en realidad, como para que pudiera verlos), y, en cambio, dirigiéndose a su habitación directamente. Pero su padre no lo dejó pasar.

– ¡Ryouma! ¡Ponele emoción, emoción! ¡Es año nuevo!

– No todavía –respondió intentando esquivar a su padre–. Además, sos vos el que está demasiado emocionado.

– ¿Hmmmm? Ryouma… ¿por qué tenés tantas ganas de llegar a tu cuarto?

– No es así, en realidad…

– No me digas que… –por un segundo, Ryouma hubiera jurado que vio una expresión en la cara de su padre que nunca había visto, o, tal vez, nunca entendido: la del repentino entendimiento y, por un segundo, una sonrisa que decía “te la voy a dejar pasar”– ¡tenés revistas porno abajo de la cama! ¡Lo sabía, lo sabía!

– ¡NADA QUE VER! –gritó, finalmente empujándolo y corriendo a su cuarto. A sus espaldas, Nanjirou sonrió. “Cómo crecen… ¡AHH, SUENO TAN VIEJO!”

Echizen (hijo), era cierto, tenía algo que hacer en su habitación, aunque no tuviera que ver con pornografía: una llamada. Solo era una llamada. Una simple, sencilla, pequeñísima llamada…

La “pequeña, insignificante, estúpida” llamada, sin embargo, lo hacía sentirse increíblemente nervioso. “Mada mada da ne”, se murmuró a sí mismo. El nudo en su estómago se apretó considerablemente cuando del otro lado lke respondió una voz femenina. “Yo… eh… si no tenés nada que hacer… es decir, si tenés algo no importa…”, dijo rápidamente. “¿Verías…? No, quiero decir, por favor acompañame a ver los fuegos artificiales. Te espero en la escuela”, y colgó.

 

 

¿Interesado? Sí, muy, gracias. Fuji Syuusuke tenía aún la voz de su hermana rodeando su cabeza, con sus lecturas del tarot y sus predicciones amorosas. No podía, sin embargo, admitir ante ella cuánto le importaba ese campo especialmente, aún cuando le costara disimularlo… y aún cuando supiera que, por mucho que fingiera, su hermana lo conocía tan bien como él a sus cactus. Y eso es mucho.

Zapatos… zapatos… sí, en el fondo del armario. Syuusuke se acomodó con cuidado la corbata y revisó, de paso, el resto de su vestimenta por novena vez. Se volvió a poner perfume. Se arregló el pelo. Iba a salir bien, iba a salir bien.

 

 

A las diez servían la comida. Normalmente, es cierto, Momo hubiera estado descontando minutos y segundos, pero, sin embargo, por alguna extraña razón no quería que pasara el tiempo. Bueno, sí, la comida seguía siendo comida, y el seguía siendo Momoshiro (y su abuela seguía cocinando manjares dignos del emperador), pero… ¡pero! Si llegaban las 10 llegarías las 11, y las 12, y eso querría decir que... que… que…

– ¿Ñoquis? –preguntó su abuela, una cuchara en la fuente. Momoshiro, confundido, ojeó el reloj. En la pantalla digital titilaba “22:04”. Su abuela no entendió nunca por qué su adorado nieto se puso tan pálido de repente.

 

 

Otori le había mandado un mensaje. “¡Buena suerte, Akutagawa-senpai!”. Jirou se sentía menos dormido que nunca. “Gracias (>~<)” escribió rápidamente, y pulsó enviar. “Red ocupada”. Extrañado, buscó la hora del mensaje recibido. Media hora antes. Bueno, digno de año nuevo…

No te dejes vencer, Jirou. No permitas que se te vuelva a ir esta oportunidad. Respirá hondo. Tomale la mano. Uh… bueno, ahora… decile… decile… vamos, yo… me… eh…

Una nube de colores estalló en el cielo cuando llegó la medianoche, pero Jirou sabía que no tenía punto de comparación con aquella propia que sentía estallar dentro de sí cuando consiguió entender que el calor que sentía sobre los labios no era una simple ilusión.

 

 

El sonido de los cohetes sobre el cielo se fue apagando, y el cielo ya no pareció una lluvia de colores. La calma antes de la tormenta, y luego, la calma nuevamente, pensó Shiraishi. Bueno, no había sido exactamente calmo el día anterior (¿podía llamarse así a lo que había pasado hacía hora y media, si era la una y cuarto?)… pero había valido la pena.

Viento, lo que se dice viento, no había, pero eso no lo privó de abrazar protectoramente el cuerpo que se recostaba sobre el suyo. Ah, tenía sueño él también. Esto no podía ser bueno para su salud… suerte que era una vez al año… aunque en realidad era más probable que hubiera sido más bien la adrenalina y la falta de sueño, ambas culpa del nerviosismo, lo que… le hubiera acortado realmente… su vida…

¿O sería el conjunto de emociones que sentía cada vez que la miraba?... Bueno, no importaba. Si, a cambio de estar así, bajo el cielo oscuro que era iluminado cada tanto por una bengala perdida, estar así abrazados, estar así dormitando y confundiendo realidad con sueños… si por estar así tenía que dar la mitad de su tiempo sobre la Tierra, que así fuera. Ecstasy.

Nuestras palmas son demasiado pequeñas para tomar la eternidad.

Entre nuestros dedos solo caben fragmentos de instantes que se funden y confunden, como vidrios de colores, como un caleidoscopio.