En el paulatina, insistentemente calor corroído por la lluvia que lo descosía con etéreas, pacíficas manos arrugadas, la misma calma lejana susurraba un invisible pésame pidiendo que los pequeños, casi imperceptibles hilos rojos se lavaran con el agua y desaparecieran suavemente.
. [ Lluvia ] .
La calma(Eiji)
El cielo gris cosía una tormenta con ráfagas y pequeñas gotas que, casi como lágrimas, eran detenidas sin piedad por las incomprensivas ventanas, puertas, paredes. Eiji pasó una mano por el vidrio empañado lentamente, contemplativo, mirando las gotas robadas a la fría superficie deslizarse por su muñeca y su brazo, dejando una estela helada que le provocaba escalofríos, para finalmente caer sobre su zapato o sobre el suelo con un sutil plic. Y una. Y otra…
– ¿No es hermoso? – preguntó a Ooishi, quien, al voltear vio que su mirada comía los bordes de las nubes, y no pudo evitar mirar el cielo él también. Era ferroso. Sólido. Frío. Obvio. Riguroso. Y sublime en su permanencia eterna.
– Hoy no va a haber práctica – contestó, sin embargo, con cierto rencor, alejándose de la ventana con una mirada sombría. Eiji asintió extrañado ante la actitud tajante de su amigo, tan ajena a él, pero con el pasar de las horas fue olvidándola hasta que, cuando Tezuka les dijo a la salida que las actividades del club se suspendían, ya no acertaba a qué era lo que le molestaba desde el fondo de su mente.
El camino a su casa era corto, pero la lluvia, gracias al viento que la custodiaba, lo empapaba aún cuando se mantuviera debajo de algún techito esporádico. Resignado decidió seguir camino bajo la tormenta que inundaba las calles y nublaba la audición con el estruendo de centenares, miles, millares de gotas deshaciéndose contra el duro asfalto.
En medio de esa niebla húmeda, al final de la cuadra, una figura se hallaba detenida, estática, pensativa, dejando que su cabello fuera la materialización de la dirección del viento y que las gotas de lluvia formaran pequeños ríos basados en las formas de su cuerpo. Eiji detuvo su carrera y se acercó caminando, como si se tratara de un gatito que pudiera salir corriendo si sintiese su presencia. Cuando llegó a su lado consiguió ver, entre las flechas de agua, que se trataba de una joven de más o menos su edad. Tenía los ojos cerrados y la cara mirando al cielo; y solo abandonó esa posición meditabunda cuando Eiji le preguntó, con curiosidad, qué hacía ahí.
Miró al frente unos segundos, extendió las manos y juntó un pequeño lago en ellas. A continuación, con suavidad casi maternal, se lo llevó al corazón. “¿Te gusta la lluvia?”, y ella asintió, “¿sos… muda?” y ella repitió el gesto con una pequeña, nostálgica sonrisa. Dibujó en el aire las kana [1] de su nombre como si de un cuadro fantasma se tratase, y Eiji las pronunció una a una con cuidado, recibiendo un pequeño asentimiento al acertarles. “ ”, y ella abrió mucho los ojos y sonrió ampliamente, una o dos gotas saladas escondiéndose entre un mar de agua dulce.
Eiji le preguntó si no quería refugiarse de la tormenta en su casa, pero negó con suavidad y una reverencia. Aún así, siguió sus pasos bajo la lluvia en un monólogo contestado por gestos y una o dos palabras escritas en el aire, con la pacífica interferencia de fondo de la lluvia que ambos habían aprendido a ignorar.
Se despidieron en la puerta, pero antes de irse tuvo que prometer que volvería a encontrarse con él. Señalando el cielo, hizo a su nuevo amigo adivinar que sería, siempre, en el próximo día de lluvia.
Nadie más que él entendió, durante meses, de dónde salía esa inusual alegría con la que Kikumaru Eiji recibía cada gota que caía del cielo, ni porqué siempre se apuraba bajo la lluvia hasta desaparecer entre una cortina de agua. Solo una vez pudo Ooishi seguirlo, y solo esa vez no encontró a nada más que a Eiji hablando solo, y solo esa vez fue notado. Dándose cuenta de algo extraño, apenas Ooishi desapareció luego de una breve excusa, Eiji miró a y miró a Eiji con ojos tristes pero resignados. Señaló por donde Ooishi se había ido y luego se tapó delicadamente los ojos. “No puede verme.” Cuando le tocó explicar por qué, se quedó mirando el suelo casi diez minutos, diez minutos en los que fueron objetos del capricho del agua, y luego hizo que Eiji la siguiera. Por fin llegaron a una esquina, una como cualquier otra, pero no la cruzaron ni siguieron camino. Al voltear, estaba más etérea, más transparente, más lejana. Eiji pensó un segundo y sonrió. “Voy a ayudarte”, y se fue corriendo.
[ ] [ · ] [ ] [ · ] [ ] [ · ] [ ] [ · ] [ ] [ · ] [ ] [ · ] [ ] [ · ] [ ] [ · ]
Los diarios apilados sobre la mesa, la computadora procesando información y la tarea a un lado [2], Eiji no podía estar más frustrado. “Un espíritu atado a la Tierra no puede ir al Paraíso o al Infierno porque aún tiene algo que hacer o se arrepiente de algo”, le había explicado Fuji Syuusuke una vez pudo demostrarle la existencia de (y por fin confirmando que él mismo no estaba alucinando, de paso, lo cual fue tranquilizador). “-chan. ¿Por qué seguís con nosotros? Sabés que estás muerta, ¿no?”, preguntó Fuji ante un Eiji escandalizado (“¡No es necesario que se lo digas así, Fuji!”), pero ella asintió con seguridad. “¿Entonces?” negó con la cabeza, ligeramente sonrojada. “¿Te gusta Eiji?”. Ella volvió a negar.
[1] Kana es cada sílaba del silabario japonés (A, I, U, E, O; KA, KI, KU, KE, KO; SA, SHI, SU, SE, SO; etc.), sea hiragana (para palabras propiamente japonesas) o katakana (para efectos de sonidos y palabras extranjeras).
[2] *Mira sus preguntas de Historia*… Te comprendo, Eiji.