Detrás de una ventana cae la lluvia, como si fuera el eco de un mundo separado, y solo el agua que se filtra por las rendijas es testigo, y todos suspiran, y todos se deprimen. Todos menos una o dos personas.
Esta es la pequeña historia de esas dos personas.
Kokoro wo akete
Las clases habían terminado por el día y la lluvia parecía haber elegido ese exacto momento para desatarse. Choutarou miró por la ventana rápidamente, recogió sus cosas, tomó su violín y bajó al club de música. Mientras descendía entre el ruido de mil voces, la lluvia parecía desaparecer y volverse una especie de empapelado cubriendo las ventanas; pero a medida que se alejaba de la parte principal, la lluvia parecía encerrar una soledad pacífica perfecta para pensar. Apoyándose en la pared miró el techo. Una gota de agua se formaba lentamente cerca del borde superior de la ventana y luego caía limpiando una línea empañada. Ootori se quedó mirando como varias se acumulaban en el borde inferior y, finalmente, caían a lo largo de la pared hasta acumularse en un charquito que crecía lentamente. ¿Cuándo había empezado a gustarle? ¿Cuándo había empezado a dejar de pensar en ella como una amiga? Tal vez hubiera sido durante esas tardes que pasaron solos ensayando, piano y violín, violín y piano. Inmersos en ese pequeño mundo, Ootori había sentido por primera vez que el entrelazarse de las notas era algo más que una hermosa melodía, era la unión de sus labios, la única forma que tenía de por fin besarla suavemente, gentilmente, apasionadamente, posesivamente dependiendo de las notas que las cuerdas de los instrumentos dispersaban en el aire. Pero aquellas tardes habían acabado con demasiada prontitud para ambos, y aunque odiaba ya no poder encontrarse con ella y, aunque le diera vergüenza siquiera pensarlo así, esconderse secretamente en un pequeño cuarto, por otro lado era un alivio a su pulso tembloroso y al nerviosismo imperante.
Recordando el tiempo se levantó con cuidado de no pisar el charco y se dirigió al cuarto de música de una buena vez. Cuando entró, ligeramente tarde, ya habían comenzado y alguien se estaba presentando.
El estuche del violín golpeó el suelo.
– ¡Choutarou-senpai!
–…¿”Senpai”? Pero… sos vos la que tiene un año más…
– ¡No importa! Durante estas dos horas, todo es dominio de la música, y en música, sos mi senpai. ¿Ne?
Choutarou sonrió interiormente. Aunque era la primera vez que asistía a la orquesta, se veía simplemente… natural. Parecía natural verla sonreír ante él con inocencia, parecía natural verla terminar rápidamente su presentación, sonrojándose al recordar que no eran los únicos. Eran como leyes de la naturaleza.
Es posible, si no probable, que hayan sido los celos de oír el piano besando a los otros instrumentos lo que lo haya impulsado a pedirle tocar una pieza solos al final del ensayo. Se retractó inmediatamente, cambiando su gesto serio por uno avergonzado.
– ¿Qué pieza querés tocar?
– ¿Eh?
– Dijiste que querías tocar una pieza. Me encantaría. ¿Cuál querés tocar? –se rió suavemente ante el cambio de actitud de Ootori.
La escasa luz que entraba por la ventana parecía ser sometida a los caprichos de los cánones, de los duetos, de las improvisaciones, hasta que de escasa pasó a nula. La música había ganado el día, pero a la noche aún la lluvia caía.
Ninguno de los dos había traído paraguas, y corrieron bajo la lluvia hasta la casa de ella, la más cercana. Ootori veía resbalar las gotas por los labios vírgenes de mientras respiraba agitada, los ojos abiertos, atentos al camino. Hasta ese momento, siempre había mantenido su amor en secreto, deseando lo mejor para ella, repitiéndose como tema de examen que su felicidad era lo primero. Ya era suficiente. No quería, si era posible, dejar su felicidad en manos de un desconocido. ¡Maldición, estaba harto de mirar! Hermosas melodías, hermosos poemas de amor no bastaban, hasta las gotas de lluvia parecían reírse de él mientras manchaban su rostro. No podía asegurar nada, no podía obligarla a nada. Pero si iba a tener que ser solo testigo, quería saberlo y prepararse en vez de seguir sufriendo en la duda. Estaba cansado, era desgastante. Sintió su garganta cerrarse ante la perspectiva de perder una amistad, pero necesitaba saberlo… Por favor…
De la carrera pasó al trote y del trote al paso, hasta detenerse completamente. se detuvo metros después, y su pregunta de preocupación quedó algo ensordecida por el ruido de la lluvia.
– -chan –llamó, bajo pero audible, cuando ella estuvo suficientemente cerca– . Los fantasmas caminan sobre la Tierra aferrados a un remordimiento. Odio. Culpa. Amistad. Amor. Por eso, si muriese ahora…
– ¡No digas eso! – interrumpió , pero Choutarou siguió.
– …si muriese ahora mismo, me quedaría en este mundo. -chan. Pero, aún así, porque no soportaría ser un fantasma y no poder protegerte... por favor, …
Sintió cómo un dedo se apoyaba sobre sus labios y calló, sorprendido.
– Si te vas a morir ahora, por favor, llevame con vos. Y si no, no lo menciones. No necesito protección de nadie más que de vos –sonrió–, tanto como vos la necesitás de mí. Después de todo, ¡quién más desearía quedarse así, bajo la lluvia, para siempre!
Choutarou se inclinó y la besó suavemente, asegurándose de no dejar ni una sola gota de agua. Mientras se lo permitiesen, esos labios serían suyos.
~Miyod, en respuesta a Hitomi o Tojite