K i k o e t e

[ 4 ] B i t t e r

llevaba el uniforme de Hyoutei.

 

estaba en el club de tenis.

 

creía ser feliz.

 

La vida era fácil. Levantarse, escuela, estudiar, ayudar gente con sus problemas, estudiar, almorzar, estudiar, tenis, ayudar gente, tarea, ayudar gente, dormir, enjuágese y repita. Cada día era una nueva miríada de vidas. Cada día era una sonrisa, unas lágrimas, un plan o unas palabras. Cada día era felicidad.

 

Cada día era igual, monótono, sencillo.

 

Doscientos días habrían pasado. Doscientos días de mirar el cielo y suspirar, orgullosa, de las parejas que había reconciliado. De las vidas que había arreglado.

 

Aún así, en mi interior, sabía dos cosas. La primera, que era falso. Que la mayoría luego creían (¡pobres ilusos!) que realmente me caían bien. No, no, no, no es eso lo que quiero decir… me refiero a que… a que les creaba dependencia. Y eso les hacía mal a ellos. A mí no me importaba (bueno, no demasiado). La segunda… que en cualquier momento… iba a hacer un crack…

Una carta cayó al suelo, miedo. “Te amo”. Matate, pensé. El nombre le resultaba familiar, era otro de esos random que había escuchado, que había acompañado, a los que había sonreído sabiendo que, al mes siguiente,  iba a tener que encontrar una excusa para sacárselos de encima.

 

No otra vez.

 

No otra vez.

 

La gente se empujaba en una masa informe de calor corporal y voces distorsionadas.

 

No otra vez.

 

Por favor… no otra vez.

 

Ruido, ruido, calor y ruido, y la garganta seca… y las náuseas, y las ganas de huir, de salir corriendo.

 

Corrí atravesando la pared humana. Corrí al campus, lo más lejos que pude, y rompí la carta sin pensarlo. Amor, amor, amor. ¿Qué es eso? ¿Atarse a alguien? ¿Depender de alguien? Alguien tan traicionero como uno mismo… alguien tan egocéntrico, tan falso como uno mismo. No se dan cuenta, no se dan cuenta de que son unos imbéciles… amor… Sin embargo, se ven felices. Las parejitas. A quienes intenté, con mi poco conocimiento pero todas mis ganas (obligadas moralmente) a que llegaran a su objetivo. Porque para ellos era un objetivo como cualquier otro, sí. Pero para mí, era un tabú.

 

No necesito el amor a alguien. Mi vida es hermosa tal como está. Mi misión es ayudar a la gente. Ayudarla a ser mejor. Ayudarla a ser feliz. No es fácil, pero yo soy feliz, me corresponde ayudarla.

 

Eso creía… Mirando para atrás, estaba en un frenesí. Tal vez buscaba justificar mi constante preocupación por los demás, preocupación en cierta medida falsa. Lo cierto es que, palabra a palabra, sonrisa a sonrisa, me había cansado.

 

Solo en ese momento, sin embargo, me di cuenta. Estaba harta. Sentada en el pasto, abrazando mis rodillas, llorando. El mundo, la gente, me había cansado. Quería desaparecer del mundo. Quería volver a empezar mi vida. Y aún así, creía que yo “era feliz” y que no tenía derecho a quejarme. Además, si volviese a empezar mi vida, ¿no cometería los mismos errores? Y cuando recordaba eso, no sé porqué, volvía a llorar más fuerte… Era… Soy, vulnerable, tan vulnerable, tan hipócita, tan egoísta.

 

Alguien me corrió el pelo la cara. Apenas levanté la vista para ver quién era, sentí que apoyaba toda su mano en mi frente y presionaba suavemente. Ah, no me había dado cuenta de cuánto me dolía la cabeza… además tenía la mano fría, era tan lindo, tan cómodo…

 

Perdón –murmuré mirando el suelo, dándome cuenta de cuán impresentable debía estar. Un paquete de pañuelitos de papel apareció en mi campo de visión– Gracias.

 

Me soné la nariz, me sequé las lágrimas e intenté peinarme. Aún así, sentía los ojos hinchados y sabía que debía tener toda la cara roja… y apenas sacara la mano de mi frente, estaba segura de que el dolor de cabeza iba a volver con creces.

 

– ¿Cómo te llamás?

 

Era una voz dulce, alegre, que iba perfectamente con el rostro ligeramente infantil de mi “interlocutor, un especimen XY del año superior, perteneciente al equipo de tenis”. Eso pensé exactamente.

 

susurré.

 

– ¿Eh? Hablás muy bajo…

 

repetí un poco más fuerte, mi voz quebrándose un poco.

 

– ¿-chan?

 

Asentí. ¿Qué más podía hacer?

 

– Este es un lindo lugar, ¿no? Ah, tengo sueño~ –y en un segundo se acostó a mi lado, los brazos estirados, los ojos cerrados– Anou… ¿por qué estabas llorando? ¿Te lastimaste? ¿Perdiste algo?

 

Naïf…

 

– ¿Por qué existe el amor?

 

Jirou frunció el entrecejo, pensativo.

 

– Para fines… repro… reproductivos. Eso dijo el profesor de biología, al menos.

 

– No me gusta… Solo causa problemas… –el dolor de cabeza efectivamente había vuelto, y yo hundí más la cabeza entre mis brazos– me esfuerzo lo más que puedo en ayudar a todos… A la vez… a la vez me alejo, porque no quiero… no quiero que vean que tengo problemas, que soy un ser despreciable, que…

 

– Hm… No soy bueno en esto… pero… no es necesario que ayudes a todos… No es cierto que todos tengan grandes problemas, y… –bostezó– … tampoco estás obligada a ayudarlos… No creo que seas un ser despreciable.

Un círculo vicioso… ¿cuándo habrá empezado?

 

Si soy la psicóloga de todos, tengo que ocultar los problemas que no puedo solucionar: los amorosos, los que no dependen para nada de lo racional (o al menos, me asustan demasiado como para comprobarlo o refutarlo).

 

Si oculto esos problemas, tengo que ocultar mis sentimientos.

 

Al ocultar mis sentimientos, la gente me trata mal. No sé por qué. Pero es así.

 

Al tratarme mal, termino molestándome y aguantándome el odio hasta que un día estalla…

 

Para compensar eso (para compensar que me odien) los ayudo.

 

Pero eso borra el odio que impide el amor.

 

Y de nuevo, todo de nuevo, todo otra vez, con cada persona en una etapa distinta, viviendo el círculo completo día a día.

 

Pero este chico no sabe eso. Este chico no entiende que, por lo que me acaba de decir, tengo que irme ahora mismo.

 

– Ne, -chan… –parecía que la mitad de su cerebro estaba dormida, y que la otra mitad estaba poniéndose el piyama– si no te gusta el amor, podés evitarlo… totalmente… eso también… es… posible…

 

No estoy segura de a qué se refería con eso. No podía controlar los sentimientos ajenos, cosa que sí podía con los míos.

 

Luego de un tiempo, llegué a una conclusión: era necesario evitar lo más posible sentimientos románticos hacia mi persona, pero no me importaba que me gustara alguien. Es decir, realmente no era mala idea: si me gusta alguien, tengo la perfecta excusa para decir no a todos y a su vez, mi pequeña venganza al ellos saber que hay alguien más que me interesa que no tiene nada que ver con ellos. Y tenía el control absoluto.

Pero no podía ser de Hyoutei. Tenía que, más bien, pertenecer a un ámbito distinto. No podían conocerlo (sería un peligro si no fuera más que una especie de fantasma), pero tampoco podía inventarlo o tarde o temprano comenzarían a sospechar. Tenía que ser alguien inalcanzable, como un idol… pero no, o no lo iban a tomar en serio… tenía que ser un “paciente”, o arruinaría más de lo deseado el ego de los otros y mi credibilidad al contradecir mis palabras sobre las debilidades y su necesaria presencia para “ser más humano” (miren quién lo dice. Pero no busco ser persona, busco ser útil).

La llegada tarde al club de tenis me ganó entrenamiento extra, pero no me importó demasiado (aunque descubrí que el chico de antes supuestamente me había ido a buscar). Lo cierto es que normalmente, cuando jugaba el equipo masculino solíamos ir a verlos. Ese fin de semana también había un partido.

 

Lo cierto es que, decepcionada al ver los oponentes de Hyoutei, me había ido a ver otros juegos. RikkaiDai contra SeiGaku fue el que más me llamó la atención.

 

Retrocedí y un ruido medio metálico, medio plástico me asustó. “¡Perdón!”, me disculpé. El otro (un varón de mi edad, aproximadamente) me miró de mala manera y levantó la laptop del suelo. “No te preocupes. No le pasó nada.”

 

– Mil disculpas… Soy , segundo año, Hyoutei.

 

Sonrió de un modo ligeramente escalofriante, pero racionalmente atractivo.

 

– Mizuki Hajime, tercer año, SeiRudolph.

 

Miyod

 

[1] Si alguna vez lo leés… vos, sí, *vos*. Vos que no deberías estar leyendo esto pero tal vez lo hagas igual. No sos ese remitente anónimo. En tu caso, la situación es algo distinta. No asumas. No te obsesiones. Y gracias…

[2] Ataque de pánico, transtorno de ansiedad. Créanme que los conozco -_- Es como si alguien te susurrara al oído “vas a morir, vas a morir, te van a matar, ahora, mirá, vas a morir, te voy a matar, mirá, ¡mirá!…”. Nu es bunitu :D