enredó sus dedos en el cabello del pelinaranja, suspirando mientras enterraba su cabeza en el sillón. Sentada en el suelo, con mitad del cuerpo sobre el sofá, uno pensaría que la posición de era bastante incómoda. Pero no. No al estar al lado de Akutagawa Jirou.

 

De lo que están hechos los sueños.

 

            Y entonces, Jirou comenzaría a soñar. Y a apretar más la mano de su amiga. Y a seguir soñando. A veces, tenía pesadillas en las que de pronto la perdería de vista, o la vería precipitarse en la oscuridad mientras Jirou se mantenía en la segura luz: ahí Jirou se despertaría, y se daría cuenta de que ella estaba a su lado. El problema era cuando despertaba y no la tenía cerca, como pasaba casi cualquier día. Entonces, la angustia aumentaba. Era difícil diferenciar el sueño de la realidad, y ambos se mezclaban, en algún tipo de pesadilla contigua. Despertar sin ella era despertar con una sensación de vacío en el estómago, algo que ni Jirou había podido comprender, pero que Atobe lo llamaba “amor”. Y había momentos en los que Jirou reparaba en este “amor”, y no le encontraba explicación. Para él, que los momentos despierto eran tan confusos como aquellos en los que dormía, poder entender el significado de este “amor” le resultaba una pérdida de tiempo – pero por lo menos era un somnífero eficiente.

            Aún así –fuera lo que fuera el “amor” –, lo que Jirou sí sabía era que no había mejor almohada que el regazo de la chica. Y que a veces le hubiera encantado que Morfeo lo dejara despierto por lapsos más grandes de tiempo, porque aunque su sonrisa se veía realmente bonita en sueños, en la vida real era otra cosa.

            Y Jirou no cambiaría esa “otra cosa” por nada. Por absolutamente nada. Excepto, quizá, por la calidez de su abrazo. Y lo que más le gustaba a Jirou era poder abrazarla, pero las veces que había estado a punto de exteriorizarlo, se había quedado completamente dormido. En sus brazos, por lo menos, y con su deseo cumplido, pero también con un millón de sentimientos raros que se resumían en un “me gustas”, frase que, para ambos, era algo áspera al paladar.

            Hablando sobre paladares, Jirou también solía soñar que compartía Poky de mousse de chocolate con leche con ella. En los paquetitos chiquitos suelen venir cuatro o cinco, así que se dividían dos y dos si era la primera, y dos y medio y dos y medio si era la segunda. De cualquier forma, siempre disfrutaban de los palillos. generalmente era la que palmeaba las mejillas de Jirou si este se dormía con uno en la boca, y simplemente se reía, en vez de regañarlo como lo haría Atobe, o Gakuto.

            Gakuto también decía que estaban enamorados. se sonrojaba. Jirou ignoraba el pensamiento y atinaba volver a dormir.

            Dormir…

Dormir era placentero al tener un hombro sobre el cual reposar – pero cuando se enfermaba, Jirou debía mantener su distancia. Como si esto importara. Jirou estaba casi todos los días en casa de . Jirou reflexionaba que quizá era bueno que se enfermara, porque eso significaba que ahora podía verla dormir, porque dormía casi todo el día. A veces Jirou dormía con ella, brazos y mitad del torso esparcidos en su cama, su cabeza descansando en el estómago de la muchacha. Entonces era despertado con un sacudón, y una algo enfadada regañándolo porque pasar mucho tiempo con ella haría que Jirou se contagiara de su fiebre, también. Pero Jirou ya no sabía cómo decirle que le importaba un bledo si se contagiaba, aunque entonces se recordaba a sí mismo que no podría verla dormir por una semana o dos, y esto lo entristecía y hacía que decidiera dejar a dormir sola.

            Pero al cabo de quince minutos, Jirou volvía a ver si se había dormido, y si era así, Jirou se quedaba callado viéndola dormir. Y la situación se repetía.

Un día, Jirou se dijo a sí mismo que, si iba a verla dormir, se quedaría despierto y la cuidaría mientras lo hacía. Por lo menos así podría mirarla por más de cinco minutos (el tiempo que le tomaba quedarse completa e irrevocablemente dormido). Pero sus ojos comenzaron a cerrarse… y Jirou…

            -chan –llamó, y la aludida abrió los ojos. Ajustó el pañuelo húmedo sobre su frente antes de inquirir:

            –¿Qué sucede?

            –Puedes… puedes dormir tranquila –aseguró Jirou, con una mano sobre la de la joven, apretándola y sintiéndose raro al sentirla tan caliente, pensando en cuándo se le iría la fiebre–. Yo estaré aquí cuando despiertes, así que sueña cualquier cosa.

            –¿De qué hablas, Ji-chan? – arrugó las cejas, tosiendo suavemente en el proceso.

            –No… no importa. Lo importante es que yo estaré aquí. Te estaré cuidando, como tú siempre me cuidas –una mano de Jirou revolvió el cabello de la joven–. Me quedaré despierto para asegurarme que no te pase nada.

            –Ji-chan… qué raro estás hablando… –pero, a pesar de esto, ella se sonrió–. No importa. Ji-chan… si Ji-chan me cuida, estoy segura de que me pondré mejor.

            Jirou sonrió. Este amor… sin duda era un sentimiento bastante placentero. Era como soñar sobre volar. El mismo tipo de sensación de que lo mundano estaba por debajo de uno. Y que las nubes eran almohadas gigantes en donde uno podía hacer nido y descansar…

 

            Pese a su decisión por quedarse cuidándola, Jirou tan sólo duró veinte minutos antes de dormirse sentado en su silla. Cuando despertó, tan sólo rió y se levantó con las pocas fuerzas que tenía, besándole a Jirou los labios. Y así como así, volvió a su descanso. Y sintió que, ahora que era cuidada, se mejoraría pronto.

 

            Dedos entrelazos, no era difícil que sus sueños terminaran entretejiéndose también.

 

~ Aori

 

            No sé si capturé la naturaleza “infantil” de Jirou, pero espero que sí. La cantidad de veces que repetí los nombres fueron intencionales. El fluff también, aunque creo que debería dedicarme a otra cosa.