Era un Sábado precioso y ella no pensaba pasarlo encerrada en su casa. Si ninguna de sus dos amigas no estaban, iba a encontrar alguien que la acompañara, y si no lo hacía iría sola. Pero bajo ninguna condición iba a pasarse el día entero encerrada en su casa.
Mistletoe
-¡Kenya! Necesito que vayas a comprar esto.- ordenó Kouji, tendiéndole a su hermano menor una lista de cosas necesarias para la fiesta de navidad que venían preparando desde hacía unas semanas que harían en el jardín donde se juntaban la casa y la casa Oshitari.- ¡¡Shiraishi te acompaña!!-
El muchacho rubio agarró la lista mascullando improperios contra la prometida de su hermano mayor que los obligaba a redecorar casi todo el jardín y la metió hecha un bollo en el bolsillo de su jean; se puso la campera y los guantes de cuero que eran su orgullo, y luego salió de la casa, sin importarle si su capitán lo seguía o no. Pero instantáneamente volvió a entrar, sólo que esta vez cayó sentado en el porche con la muchacha pelirroja que estaba por golpear la puerta encima.
-¡ ! ¿Estás bien?- exclamó el chico, agarrándola de los hombros y ayudándola a levantarse al tiempo que él mismo lo hacía. era su vecina desde que tenía memoria, y con el pasar de los años y las prácticas de tenis que tenían de pequeños en el jardín, habían llegado a ser amigos.
-Sí, sí. Venía a preguntarte si qu…- comenzó a explicarse la pelirroja, pero fue interrumpido por un grito masculino procedente de la cocina.
-¡KENYA! ¡¡Lo necesito para hoy!!
-Che… Si no puede controlar a Lielia él solito, que se joda.- mascullo el castaño mientras salía de la casa con de la mano. No fue hasta mitad de cuadra, cuando terminó su perorata, que la notó, bastante sonrojada.-¡ -chan! Discúlpame, es que con todo esto de la fiesta estoy algo… ¿Qué era lo que querías? Seguro que me encantaría pero tengo que ir a comprar todo esto para “Santa Leilia, patrona de los torturadores diseñadores de interiores sádicos”, porque, claro, “Kenya no tiene nada más importante que hacer que hacer los mandados de todo el mundo”. ¡Como si no fuera MI fiesta de navidad también!-
-¡Kenya!- interrumpió , riéndose abiertamente- Te acompaño a comprar, ¿querés? Te venía a preguntar si querías ir a algún lado, de todos modos.-
-¿De verdad?- preguntó el chico con los ojos brillantes, y la muchacha asintió sonriendo.- ¡ , te adoro! ¡No sé que haría sin vos!- Ella se sonrojó violentamente al escuchar eso, y sólo asintió con la cabeza y dirigió sus pasos al centro comercial, algo ensimismada.
-¡HEY! ¡¡Se olvidan del más sexy!!- se quejó el muchacho de cabello plateado corriendo detrás de ellos.-Y sos la manager, se supone que tenés que cuidar de nosotros…- agregó melodramáticamente.
-¡Hola, Shira-kun!- saludó sonriendo. Era cierto, era la manager del Shitenhouji Chuu, o Shiten como ella le decía, y debía velar por el bien de “sus chicos”. Por eso siempre se encargaba de hacerles el almuerzo, o aunque fuera algo dulce por el esfuerzo que siempre ponían. Pero todos sus esfuerzos estaban basados en una sola cosa: que su vecino la notase no como la niña con la que podía jugar tenis y sabía hacer ramen exquisito, sino como la muchacha encantadora que era.
Kenya Oshitari era su amor platónico desde siempre… Bueno, quizás iba justo después de Peter Pan, pero seguramente antes que Rimbaud y Brandon Lee, y desde luego mucho antes que Shiraishi Kuranozuke. Es que era tan comprensivo, tan encantador, y tan… tan tantas cosas, pequeñas o grandes, que lo hacían tan innegablemente Kenya Oshitari, incluido el hecho de tener un primo en Hyotei con fetiche por las piernas largas… Más de una vez, ella se había sorprendido pensando si a Kenya también le gustaran y evaluando si las suyas eran lo suficientemente largas, cosa algo extraña para su metro sesenta y cuatro. Pero el chico era más críptico que una novela de Agatha Christie…
les sonrió a ambos muchachos alegre, adelantándose para pasar por las puertas del centro comercial. Shiraishi las cruzó con ella, tomándola de la cintura en un gesto que a Kenya, que los siguió escasos segundos luego, se le antojó demasiado íntimo. El rubio, mientras, pensaba en las diferentes formas que podría encontrar para detener el tiempo y quedarse con ella solo, sin la molesta presencia de Shiraishi. No porque le cayera mal el capitán, sino porque, misteriosa e inexplicablemente, ver al de cabello plateado con su mano en la cintura de la chica, ambos riendo, le molestaba enormemente.
Casi cinco horas después, y Kenya estaban sentados sobre uno de los banquitos frente a la fuente del centro comercial, con las bolsas de las compras de los tres desparramadas a sus pies. Regalos, la lista de Kouji, un par de sandalias que a se le habían antojado y por las que había hecho ojitos, caritas y pucheros hasta conseguir que el vendedor les ofreciera un descuento del 10% y que los dos muchachos que la acompañaban se las comprasen en conjunto, un peluche de una frutilla gigante vestida con una remera de pintitas negras y naranjas que a Shiraishi le pareció idéntico a Kintaroh Tooyama y se lo había regalado, y una cajita que contenía una gargantilla de filigrana que Kenya le había comprado a la pelirroja en un impulso, todo eso estaba entre las miles de bolsas.
Y finalmente se habían sentado a descansar, después de tanto caminar y recorrer. Shiraishi los había dejado solos porque había visto a Kintaroh con la familia, y se dirigió a ellos sonriendo. Por lo que abandonó a Kenya y a sentados allí, intentando descansar sus agotados piececitos.
Kenya sonrió al oír suspirar a , y la observó interesado; la chica se veía preciosa con la luz de sol de frente, que le hacía entrecerrar los ojos, con las mejillas sonrosadas del calor, con los labios entreabiertos…. El joven sacudió la cabeza para quitarse esos pensamientos de la cabeza, y se agachó para atar los cordones de sus zapatillas para esconder el rojo que sentía subir a sus mejillas.
-¡¡Tienen que besarse!!- gritó una voz aguda de pronto por encima de ellos. Ambos levantaron la mirada para encontrarse con un niño pelirrojo sosteniendo una rama en su mano derecha, justo sobre sus cabezas. Ambos lo miraron sin comprender y el niño sonrió aún más.-¡¡Tienen-que-besarse!!- repitió alegre, como si le hablara a dos tontos.
-Anou… No creo que…- comenzó , más roja que el peluche de la frutilla, balbuceando de los nervios. Nervios por el hecho en sí y nervios por el deseo que sentía de verdaderamente besarlo.
-¡No! ¡Tienen que besarse! ¡Es muérdago!- respondió el niño, sacudiendo la rama sobre ambos.- ¡Es … una ley! Tienen que besarse.-
-Pero no…- no pudo terminar, porque al voltearse para mirar a Kenya, en lugar de ver la mirada desconcertada que esperaba encontrar, sintió los labios de él posándose suavemente sobre los suyos, besándola. La muchacha cerró los ojos y pasó sus brazos por el cuello de él, mientras él la abrazaba por la cintura. Lentamente se separaron, mirándose a los ojos, aislados del mundo.
-Ya. ¿Feliz?- le preguntó Kenya al niño pelirrojo, que los miraba regocijado.
-¡¡Sí!!- exclamó, mientras su madre aparecía y se lo lleva a la rastra disculpándose por el comportamiento del niño.
-Me alegro, porque yo también.- dijo Kenya en voz baja, mirando solamente a .- Porque todo el día quise hacer eso.- le sonrió, y la chica, sonriendo divertida, se acercó y lo volvió a besar, más intensamente que antes.
* * *
Unos metros más allá de la fuente, Shiraishi, Kintaroh y el entrenador Osamu Watanabe sonrieron complacidos al observar el segundo beso, más apasionado que el primero. El niño pelirrojo, que había logrado desembarazarse de su madre nuevamente, se acercó a los tres varones sonriendo interesado.
-Lo hice. ¡Hice que se besaran!- exclamó el niño emocionado.
-Sí, sí, y acá tenés tu paga.- replicó Shiraishi, ofreciéndole al pequeño pelirrojo una bolsa de dulces que había comprado originariamente para Kintaroh. El pelirrojo mayor lo miró frunciendo los labios en un puchero, con los ojos anhelantes, y el de cabello plateado sonrió aún más, mientras el niño salió corriendo a buscar a su madre.- Toma.- dio, ofreciéndole un chupetín de cerezas. Kintaroh sonrió encantado y se le colgó del cuello al capitán, infantilmente.
-¿Lo ven?- preguntó el mayor.- Dije que iba a funcionar. Esos dos tenían que estar juntos. Siempre tengo razón.-
-Claro, entrenador.- corearon los dos chicos al mismo tiempo, con cierta ironía.
-¡Sólo necesitaban un empujoncito!- exclamó Kintaroh, lamiendo la golosina.
-¡Y el muérdago nunca falla!- agregó Osamu divertido.
~Izzy