No. Era mentira, ¿verdad?

            No había leyes en este universo que justificaran esto. Atobe Keigo amaba a su prima… la amaba lejos de él, cabe acotar. Y, pensándolo así, ni siquiera era la prima, así que para qué dar datos imprecisos. La ahijada de okaasan y otousan, así era como la llamaba Atobe - para no decir engendro del anticristo.

            Y eso era. Por lo menos para Keigo, y él estaba seguro de que todos concordarían con su opinión si tan sólo se les concediera una hora (sí, una mísera hora) con ella.

            El nombre de la criatura era , y era quizá una de las únicas cosas a las que Atobe realmente temía.

 

Histrionisa

            Atobe Keigo dejó caer su tenedor –¿Qué?

            –Dudo que estés sordo, Keigo– su padre enfatizó su habitual frialdad, mientras se limpiaba con un pañuelo de tela su boca, delicadamente –El padre de debe tomar un viaje de negocios, y como sabrás, no tiene madre que la cuide.

            –Pueden contratar una criada– repuso el más joven de los Atobes, convencido de que mandar a la chica a su casa (remarquemos: su casa) era una locura –¿Por qué debe venir aquí?

            –Keigo, eso hemos arreglado con Hatori– el capitán revoleó los ojos al escuchar este nombre salir de la boca de su madre. Siempre lo trataban de víctima, como que porque era viudo debías tenerle pena… ¡por Dios! ¡Si el tipo estaba lleno de dinero! ¡Nadaba en dinero! –Sabes las complicaciones que ha tenido desde que su esposa falleció, le daba miedo dejar a su hija única con una criada––

            –Más bien– corrigió el morocho –Dejar a una criada con su hija única.

            –¡Keigo!– reprochó su madre, en aquella voz que siempre lo hacía sentir un poco arrepentido por dentro –Pobrecita, no seas así.

            –Es verdad, okaasan, pobrecita– el hijo forzó una sonrisa comprensiva –Ore-sama opina que está para tenerla medicada.

            Su padre resopló –Keigo– comenzó en una voz que advertía desgracias –No me gusta que hables así de ella. No está en tu decisión, la recibiremos en casa– el joven tenía todas las intenciones de acotar delineadas en su rostro, pero Atobe padre lo frenó –Punto final.

            –Bien– asintió Keigo, visiblemente más nervioso y muy indignado –¡¡MITSUKO!!– chasqueó sus dedos desesperadamente, hasta que la criada anciana a la que le confería más confianza se acercó –Por favor prepara mi baño. Ore-sama está estresado– se aseguró de que sus padres oyeran esto, echándoles un vistazo de reojo –¿Puedo levantarme?

            –Keigo– su padre seguramente iba a reprimirle algo, pero no era prudente; se arrepintió. Si total, el chico iba a hacer caso omiso a cualquier tipo de sermón… –No importa. Puedes irte.

            El hijo único no dijo nada más, y se retiró a su lujoso baño.

***

            Atobe Keigo siempre había sido un buen actor, pero ahora sí que no sabía ocultar su cara de asco.

            Ahí estaba ella; el engendro. Vestía una blusita roja y suelta con una pollera de jean revestida de piedrillas en los bolsillos, sus pies adornados por dos sandalias haciendo juego con su remera. Y, claro, también, esos anteojos anchos que se quitó sacudiendo el cabello dramáticamente; los lentes Dolce & Gabbana, la carterita de Louis Vuitton. En fin, sí, un asco: no pregunten por qué Ore-sama se detenía a observar detalles.

            Corrió hacia Atobe con su habitual gracia, su seda de cabello agitándose con cada paso. Le dio un fuerte abrazo al muchacho: no, ella nunca respetaba las tradiciones japonesas del saludo mediante reverencia –¡KEI-CHAN~!

            –– devolvió el soberbio chico, un poco incómodo. Ahora se veía linda y agradable: ya, cuando entrara en confianza, se volvería a transformar en el diablo que él conocía.

            –¡Ah~! ¡Hace cuánto que no te veo!– Atobe hubiera deseado que ella no forzara apretar sus casi inexistentes pechos contra el suyo. Si era algún tipo de intento de provocarlo, no funcionaba; daba lástima –¿Cómo estoy? ¿Lindo mi bronceado~?

            –Sí– estaba su mamá presente, así que Keigo no podía hacer más que sonreír como estúpido. Como si ella no se diera cuenta de que era actuada la sonrisa…

            –Acompañé a mi otouchan (1) a un viajecito a Kuwait hace una semana y aún sigo quemada, ¿puedes creerlo?– sonríe y niega con tu cabeza, Keigo. Ya se irá. –¡Lo sé, yo tampoco!– "Todo esto es un acto, " Atobe rechinó los dientes "¿Por qué no dejas de actuar en frente de okaasan? ¿Será que no quieres que se de cuenta de lo falsa que eres?" –¿Y tú? ¿Qué te cuentas, carilindo?

            –He estado bien– Keigo apretó sus mandíbulas juntas (para no largar un grito, obvio) un poco más cuando la muchacha le aventó su cartera en el rostro y él se vio forzado a atajarla y llevársela.

            –Siempre tan caballero– clamó, refiriéndose al gesto de cargar con su Louis Vuitton. La madre de Atobe sonrió a esto, pensando ingenuamente que él había accedido a llevarle la cartera, pero, ¿qué podría saber ella? Mejor dejarla en su bella ignorancia –¿Y qué cuarto de tu lujosa mansión me toca?– se invitó a sí misma por la mencionada, pasando la puerta y corriendo hacia adentro.

            Atobe la siguió con la cartera en mano, dándole una hipócrita sonrisa a su madre al pasar por el lado de la misma.

            –¡Ah~! ¡Todo tan lindo~!– se recogijó , dando vueltas por el gigantezco living, sus chillidos haciendo eco por las paredes. De pronto, ahogó un grito y se lanzó en los brazos de Atobe padre, quien presentemente estaba bajando las escaleras –¡Tío postizo~! ¡Tanto tiempo sin verte!

            Sí, ella tenía esa forma de comprarse las personas. Por esta personalidad, aunque Keigo hubiera querido explicarles a sus padres lo insoportable que era, ellos no le hubieran creído. Es que, seamos sinceros - Atobe padre le sonreía más a en dos minutos que lo que le sonreía a Keigo en dos meses (si es que se dignaba a sonreír aunque sea una vez) –, qué bueno que hayas llegado. Tienes tu cuarto al lado del de Keigo, para que no tengas que ir perdiéndote por la mansión si necesitas algo.

            –¡Oh! ¡Qué bien!– el rostro de la única hija de Hatori se iluminó. Acto seguido, salió disparada hacia la dicha "habitación".

            Keigo seguía arrastrando la maldita Louis Vuitton. La siguió, pero a su propia velocidad, por las escaleras, echándole mal de ojo a su padre al pasar - gesto que éste se encargó de devolver con gusto.

            Habiéndose adentrado ya en la mansión, cuando ni Atobe padre ni su esposa podían verla, dejó de sonreír. Su primo –igual ella, por las dudas, se fijó– seguía errando tras la chica como le había sido ordenado.

            Le dedicó la primera sonrisa verdadera a él, frenándose de repente –Keigo. Se un amorcito como siempre y pídele a las criadas que limpien mi cuarto, quieres…

            –Ya está limpio– devolvió Atobe, con algo de sequedad –Está más adelante.

            –Llévame a él, Keigo– chasqueó sus dedos impacientemente, tendiéndole luego su mano al chico para que la tomase.

            Atobe la negó educadamente. Tenía suficiente con la estúpida cartera –Te llevaré a tu suite, pero tú no le das órdenes a Ore-sama.

            simplemente sonrió y alzó una ceja, como cuestionándolo.

            Keigo, sin más ni más, decidió llevarla al cuarto y terminar con esto por hoy. Necesitaba una ducha, pese a que ya se había bañado a la mañana.

***

***Flashback***

            –Keigo– el tono de voz de la niña no era muy diferente del de ahora. ¿Qué hacen ocho años? Para Atobe, evidentemente, nada. –Keigo es un lindo nombre, pero es mejor.

            –No– negó el Atobe de seis años, aún peleando por el juguete que ella le había quitado –Keigo es el nombre más mejor de todo el mundo.

            –No se dice "más mejor", baka– las palabras de la nena, pese inocentes, iban degradando de a poco la dignidad del heredero Atobe –Se dice sólo "mejor".

            –Yo quise enfatizarlo– replicó el niño vorazmente –Y no importa como me llame, ese juguete era de Ore-sama.

            –¿Ore-sama? Cómo te atreves a referirte con tal superioridad a ti mismo, ¿ah~n?– Atobe le había contagiado esa expresión hace unos días –La princesa le está pidiendo a su súbdito que obedezca. Obedece.

            –No– Keigo frunció el ceño –¡No soy tu súbdito!– exclamó en aquella vocecita infantil, aún no desarrollada.

            –Sí, eres mi súbdito– contradijo –Porque eres feo y tienes una verruga en la cara.

            –¡Es un lunar!

            –¡Verruga!

            –¡LUNAR!

            –¡VERRUGA!

            –¡MITSUKO!– Atobe se hartó. Nadie iba a decirle que su preciado lunar era una berruga, no señor –¡HAZLA DESAPARECER, NO LA SOPORTO!

            Ante este comentario, la heredera rompió en lágrimas –¡Y YO NO TE SOPORTO A TI!

            Ahí comenzó una pelea de grasnidos y rasguñazos hasta que vinieron las criadas (incluyendo a la entonces un tanto más joven Mitsuko) para separarlos.

            , en ese momento, estaba aún sufriendo el luto de su madre.

***Fin del flash back***

***

            Primer día en el infierno.

            Atobe lo percibió al levantarse: después de su ducha matutina, pasó por el pasillo donde se encontraba el cuarto de la muchacha y, al mirar, la presenció durmiendo en culottes y una blusita algo transparente, toda destapada y en una pose que daba pudor mirarla.

            Lo hacía a propósito, concluyó Keigo. Era más que obvio. Mocosa, siempre queriendo llamar la atención…

            Tiempo después se reunieron los dos en la puerta, esperando a que se alistara el chofer de la limusina.

            Atobe la miró de reojo. Había algo realmente… ¿cómo expresarlo? …inmoral en su apariencia, y no era exactamente su rostro. Estaba vestida con una pollera a cuadros marrón y una chomba blanca con una conocida insignia que decía "Hyoutei Gakuen".

            Atobe sabía que esto era una broma. Primero la instalaban en su casa, luego la vestían con el uniforme de su colegio, y ahora le comunicaban que ella iba a estar en la Hyoutei con él.

            –Keigo– llamó de pronto –¿No estoy linda?– se volteó varias veces, la pollera volando por doquier y mostrándole cosas que él realmente no tenía ganas de ver –¡Estoy tan emocionada! Por fin iremos al colegio juntos~

            Atobe esperó que ahora saliera Ashton Kutcher, aquel estadounidense idiota, y le dijera que había sido Punk'eado ("Lo que fuere que hayan querido decir con eso",  anotó Keigo) y que estaba en TV internacional, así que mejor que saludara a la cámara.

            Atobe realmente lo esperó, pero… Ashton nunca llegó. Bueno, estaría atrasado con Demi, quién sabe.

            Entonces, el capitán fue devuelto violentamente a la realidad: para cuando se dio cuenta, ya estaba entrando a la limusina con la muchacha.

            Atobe fijó su vista en la ventana y decidió no moverla de allí, sin importar cuánto le sedujera mirar a la chica sentada a su lado.

            –Keigo– llamó seriamente . Bueno, "seriamente": con esto me refiero a más seria que lo normal, lo cual no es tan serio –¿Qué te sucede? ¿No vas a mirar a tu prima?

            –No eres la prima de Ore-sama– negó Atobe, recordándose a sí mismo que no debía, bajo ningún tipo de circunstancias, mirarla –Eres la ahijada de mis padres. Es distinto.

            –Si me vas a tratar así desde el comienzo, empezaremos mal– devolvió, algo indignada –No creas que estar aquí fue mi decisión. Como si quisiera ir a tu casa, pudiendo quedarme con una criada.

            –Entonces me contento con saber que nuestro odio sigue siendo mutuo– replicó Keigo con calma. Observó como gotas comenzaban a pegarse a la ventana: para colmo de los colmos, estaba lloviendo –Genial.

            –No me digas– repuso –¿Estás molesto porque llueve y no tendrás práctica de tenis?

            –Baka. Hyoutei tiene un gimnasio techado– contestó Atobe con obviedad en su voz –No estoy molesto por sólo eso. Es toda la situación en general.

            –Ese insulto es una falta de respeto hacia hime-sama (2)– Atobe sintió como la mano de tomaba la suya, por lo cual la apartó rápidamente –Retráctate.

            –Te dije miles de veces que Ore-sama no es tu súbdito, histrionisa– la primer mirada directa que Keigo le echó a en el día fue fría, fulminante –Intenta cooperar con la convivencia tú también. Total, eres experta en fingir, ¿no?

            mofó de una forma algo inmadura.

            Atobe le devolvió con un bufido.

***

            –Hola– dio una reverencia, y se puso a escribir su nombre en el pizarrón; todos los chicos mirando hasta dónde tapaba su pollera (Oshitari incluído), Atobe largando un resoplido –Soy . ¡Es mi placer conocerlos!– esa sonrisa falsa. Maldita histrionisa… –Cursaré en Hyoutei por un tiempo, así que espero llevarme bien con todos.

            –Muy bien, – le sonrió la profesora –Siéntate, por favor. ¡Bueno, clase!– llamó la atención de todos al ver que estaban un poco dispersos –Sigamos con el tema de ayer. , si tienes alguna duda, levanta la mano y pregunta.

            ¿Qué duda iba a tener? La chica era increíblemente inteligente, no cabía ningún cuestionamiento sobre eso.

           

            Casi dos horas después, ya era la chica más popular de Hyoutei. Ya había hecho un grupito de amigas, los hombres le suspiraban por detrás, y… Keigo seguía mirándola con asco.

            –Oi, Atobe– Oshitari lo miró, teniendo cuidado de que , quien estaba en la misma aula pero en el fondo, no escuchase –¿No te cae bien la nueva? No has hecho más que mirarla mal.

            –Baka, ¿no la escuchaste? Lo anda proclamando por todo el colegio– respondió el capitán, visiblemente irritado –"Soy la prima de Keigo".

            Yuushi se sacó los anteojos, para ver si estos hacían que sus ojos alucinen, pero no –¿¡Es tu prima!?

            –Postiza– aclaró Atobe, suspirando –No comparte mi sangre, sólo es hija de unos -eh- un amigo de mis padres.

            –Ya veo– Oshitari analizó la situación –¿Está libre?

            –No te la recomiendo– aconsejó honestamente Atobe –Es decir, si quieres relacionarte con una hipócrita que te mentirá cada sonrisa, adelante. Sino, se prudente y sigue los consejos de Ore-sama.

            –No entiendo, Atobe– Shishido frunció el ceño, habiendo escuchado la conversación desde el banco de al lado –¿Es realmente tan mala?

            –Parece muy simpática– admitió Gakuto, pero entonces aguardó a la respuesta de su capitán.

            –Es-- ah, Ore-sama no sabe como decirlo– suspiró Atobe, su cabeza comenzando a doler aún más que antes cuando vio que la muchacha se le acercaba.

            –¡Keigo~!– ella se le colgó del cuello –¿No piensas presentar a hime-sama?

            –Seh– asintió Atobe de mala gana –Ellos son Oshitari Yuushi, Mukahi Gakuto, Shishido Ryo. Chicos, conozcan a – Keigo entonces le plameó la espalda a la aludida –¿Feliz?

            –Siempre un buen súbd-- digo, ¡sí! Feliz– se sonrió, por poco dejando que su verdadera naturaleza sobresaliera –Gusto en conocerlos, chicos.

            –El gusto es mío– repuso Oshitari, adelantándose a la respuesta de los demás.

            A Atobe, la situación le dio asco (palabra que siempre, inevitablemente, asociaba con su prima). Basta que uno pusiera un par de piernas en frente del tensai para que corriera tras ellas como caballo tras zanahoria.

            No tenía idea de la magnitud que esto tendría tiempo después.

***

            –Keigo– llamó , fingiendo (seguramente) preocupación, angustia –Keigo, ¿por qué me miran así? ¿T-tengo algo?

            –Estás de la mano de la persona más popular en esta escuela– explicó Atobe, ya deseando soltarse del agarre de la muchacha –Claro que van a mirarte. Ahora, , ¿podrías actuar más como mi prima y menos como mi novia?

            –Oh, Keigo, que no te incomode que piensen que estás con hime-sama– rió la misma –Es decir, soy tan linda, no entiendo cómo te da vergüenza…

            Sí, ella convertía cualquier tipo de situación en una situación para halagarse a sí misma. En eso, quizá, Keigo y no eran tan distintos; la diferencia estaba en que transformaba todo tipo de comentarios en su mente. Un "qué linda que estás hoy" se transformaba en "eres una diosa, te adoro" con facilidad.

            –Ore-sama no siente ningún tipo de pudor por asuntos tan insignificantes– declaró Atobe –Pero sí le parece exagerado que deba darte vueltas alrededor de la escuela agarrados de la mano. Suéltame.

            hizo lo pedido, frunciendo el ceño, intentando verse muy vulnerable –Siempre tan amargo, Keigo… yo con mi mejor predisposición, y tú…

            –Basta– el heredero perdió su paciencia de una –Deja de hacerte la víctima, no eres nada parecido.

            se sonrió, complacida –Si me conocerás, Keigo. Pero recuerda que cualquier comentario llegará a los oídos de tu querida kaasan, y me parece que tu okaachan no es nada agradable cuando se enoja…

            Atobe alzó sus cejas. ¿Quién se creía que era? –¿Me estás chantajeando? ¿A mí? ¿A ore-sama?

            –Tómalo como quieras– se encogió de hombros juguetonamente –Y si piensas mantener esa cara de pocos amigos, mejor me iré con Oshitari-kun. El tenía ganas de mostrarme la escuela.

            Keigo hubiera querido frenarla, pero no lo hizo. Él mismo se detuvo. ¿Quería irse con el tensai? Que se fuera con el tensai. Qué importaba.

***

            Without the mask

            Where will you hide?

            Can't find yourself

            Lost in your lie…

           

            le subió el volumen a su reproductor de MP3. Tanto, que ni siquiera se escuchaba a sí misma susurrando la letra de la canción.

            La primer evaluación del trimestre vendría pronto, y de su materia favorita: matemáticas.

***

            –¡Ay~~!– se arrojó dramática y ensoñadoramente al sillón de la biblioteca, por lo cual Atobe, leyendo tranquilo un libro hasta entonces, la miró raro.

            –¿Qué te sucede?– tuvo que preguntar, sin darse cuenta de las consecuencias que esto traería.

            –Oshitari-kun es ta~an guapo– suspiró la muchacha, sonriéndose –¡Lo viste hoy! Ofreciendo hacerme la tarea, mi amor~

            Keigo sintió algo raro naciendo dentro suyo: una especie de rechazo por Oshitari que superaba incluso al rechazo que le tenía a su querida "prima". No pudo explicarlo en el momento, ni tampoco se le ocurrió justo allí que lo que sentía eran celos: lo descartó como algo sin importancia.

            –¿Qué dices? Es decir, si él me pide salir, ¿qué hare, Kei-chan? Soy capaz de morirme de la vergüenza~

            –No te creo– pero esta no era una desaprovación juguetona. Él realmente no le creía. No creía que pudiera sentir vergüenza, no creía que ella no sabía que hacer, no creía ni siquiera que realmente estaba enamorada de Yuushi; es más, Atobe no dudó ni por un segundo que esto no era verdad.

***

            Por dentro, se frustraba. Ahí estaba el producto de su plan: ella suspirando por Oshitari, y Atobe inmóvil.

            "No te creo".

            "¿No me crees?" lloriqueó por dentro, cansada de forzar aquella sonrisa "¿Pero, por qué, Keigo?"

            En lo profundo de su alma, lo lamentaba. Lamentaba el incidente de la verruga, el siempre haber sido tan mala con él, el tratar de comprarse a sus padres, el frío que se sentía cada vez que él le dirigía palabra. Si tan sólo las cosas hubieran sido diferentes…

            –Veo que no te importa, Keigo– en broma, pretendió ofenderse -¡Adiós! Me has perdido para siempre– mientras decía esto le sacó la lengua la morocho.

            –Mejor.

            Esa fue la respuesta de la persona a la que más admiraba en este mundo. "¿Te perdí? MEJOR."

            Ella sólo rió.

            Rió, y en cuanto llegó a su cuarto, dejó de sonreír, los músculos de su rostro doliendo de tanto forzarlos.

            Se calzó el MP3 al oído.

            It never was and never will be.

            Have you no shame? Don't you see me?

            Eso se preguntaba ella: ¿qué, acaso Atobe era ciego, o era otro actor más, sólo que él pretendía no ver en vez de sonreír?

            Subió el volumen. Subió un poco más. Subió hasta que sintió que estaba en el medio de un concierto. Subió hasta que no escuchaba nada más que el sonido de la batería. Subió hasta que sus oídos comenzaron a doler.

            Look, here she comes now,

            Bow down and stare in wonder!

            Oh, how we love you!

            No flaws when you're pretending.

            Su buen inglés hacía que esta última frase repicara en su mente por largas horas: "no hay fallas cuando finges". "Te amamos, porque no hay fallas cuando finges".

            La evaluación trimestral acercaba, y no habría forma de pretender. No era como estar en casa; hacer escuela por internet y que una criada borre tus notas reprobadas cuando se lo pidas.

            Esto no sería así, y era consciente de ello. Ahora que lo pensaba… su mamá nunca había sido demasiado buena con las matemáticas, tampoco…

***

            estaba más que decidida. Si su rostro no era suficiente, la pollera corta haría el truco. Algo debía hacer que Oshitari cayera por ella, hecho que, había resuelto, de seguro haría que Keigo tuviera que meterse en el medio. Y al meterse, se preocuparía por . Y al preocuparse por ella, ella se sentiría bien, y…

            Estaba volviéndose del colegio, desprevenido. Keigo estaba hablando con Sakaki-sensei sobre idioteces con respecto al club de tenis, así que está era la única oportunidad que ella tendría.

            Empezó por tocarle el hombro suavemente, pero luego lo hizo voltear de un movimiento brusco y lo besó, sin saber si era para sacarse toda aquella bronca que tenía oprimida en el pecho o si era porque aún tenía la estúpida ilusión de que su amado Keigo los vería besándose.

            Eso nunca sucedió. Comprobado: la vida real es más cruda y mucho menos oportuna que una novela.

            Oshitari la apartó a la fuerza, perplejo y agitado –¿¡Qué haces, -han!?

            "Te beso" era lo que planeaba responder, sonriendo seductoramente "¿Qué, no puedo?"

            Esas palabras nunca pudieron salir de su boca. Cayó de rodillas al suelo, y se largó a sollozar.

            –-han– el peliazul intentó sostenerla, sin resultado alguno –Tranquilízate. -han––

            –Yuushi– ni titubeó al llamarlo por su nombre por primera vez –Lo siento, yo––

            Era la primera vez que se disculpaba, y estas palabras sonaban ásperas.

            –Te… perdonaré lo que acabas de hacer– Oshitari no entendía nada, pero no parecía estar en el estado como para discutir –Pero, ¿por qué…?

            no sabía ponerlo en palabras. ¿Qué se suponía que debía decir? ¿"Porque soy insegura, estúpida y quise darle celos a Keigo"?

            –Q-quería usarte– admitió , aún llorando, sin fuerzas para mirar al tensai a los ojos.

            Yuushi comprendió después qué significaba esto. Por el momento, él decidió que lo mejor para hacer era callar y darle contención, aunque fueran unos segundos.

            intentó explicarse de nuevo después de recuperar el habla –Iba a usarte para darle celos a Keigo.

            Los ojos de Oshitari se abrieron de par en par –B-bueno… eso no es algo que la gente admite todos los días.

            –Pero no quiero usarte más– aseguró la muchacha, en un súbito ataque de paranoia –Me arrepentí. No quiero usarte. Fue una estupidez pensar…-- l-lo siento…

            Oshitari la escuchó en silencio mientras volvían hacia la escuela a buscar a Atobe. Para ese entonces, ya estaba tranquilizada del todo, aunque debió negar todas las alegaciones de Keigo sobre que había estado llorando.

***

            Y de alguna forma, ahora, ella tenía todos engañados - tal y como lo decía la canción. La gente la amaba, era popular… sólo le faltaban dos cosas. De hecho, tres.

            Su madre, un don para las matemáticas y Atobe Keigo.

            Se sentó para la prueba, con una sonrisa confianzuda. Por dentro, moría. Sabía lo mucho que le costaba el tema, y lo difícil que sería pretender que todo estaría bien.

            A su lado, Atobe, con exactamente la misma expresión que ella. ¿Sería que él también estaría…? No, no dejó que su mente pensara estupideces. Keigo realmente era inteligente, él realmente se tenía confianza. La joven … la actuaba. La actuaba porque era mejor dejar que la inseguriad obtuviera lo mejor de ella.

            Al tener la evaluación en la mano, la mano de temblaba.

            Pero su rostro seguía con aquella sonrisa intacta.

***

            –– Gakuto se le colgó por los hombros desde el banco de atrás –¿Qué te sacaste?

            Ella quiso tapar la nota, pero su mano no fue lo suficiente rápida.

            –¿Reprobaste?– el pelirrojo sonaba genuinamente apenado –Qué mal. Con calma; la tipa esta es una verdadera hija de su madre cuando quiere…

            No había sido culpa de la profesora. Era ella. Lo que más recordaba de su madre era aquel odio por las matemáticas y conversaciones sobre como éstas "no servían para nada", y por eso, cuando "okaachan" murió, comenzó a reprobar todas las pruebas que involucraran números.

            –¿Reprobaste?– la noticia llegó, lamentable pero previsiblemente, a los oídos de Atobe –Qué raro, . Siempre tan buena alumna, ¿has perdido tus dotes?

            La voz de Keigo era burlona. Sí, él había aprovechado esta oportunidad para devolver el infierno que le hacía vivir cada día. Para hacerla sentir un poco mal, cosa que, según la teoría de Atobe, ni sabía sentir.

            Pero él estaba equivocado. Eso era lo que más enfurecía a . La persona que más lo conocía no tenía ni idea de como era ella en realidad.

            –Fue a propósito– aseguró , peinando su cabellera hacia atras en un gesto soberbio –Me gusta sorprender a las profesoras. Están acostumbradas a que los que prestan atención en clase se saquen buenas notas; quise romper con el esquema.

            Atobe alzó una escéptica ceja –¿De veras?

            –Claro, Keigo– aseguró la chica, interiormente temblando y gritando –Ore-sama no bigi ni yoina.

            –Baka– el capitán se sonrió. Sí, el capitán había sonreído para ella –No le robes la frase a Ore-sama. Y, más importantemente, no me mientas. Si necesitas un tutor en matemáticas––

            –No seas ridículo– contestó de mal modo, sin poder ocultar su indignación –¿Cómo se te ocurre que hime-sama va a necesitar clases? Las princesas somos perfectas.

            Oshitari, Mukahi y Shishido ahora veían de dónde eran primos.

            –Dejaste de ser una princesa hace mucho, – devolvió Atobe –A menos que sigas teniendo seis años…

            –¿No me escuchaste? No necesito tu ayuda– cerró el último libro y salió del aula sin escuchar más.

            Obviamente, y no para su alegría, la siguieron.

***

            –, en serio– aún no se sabía por qué la evaluación de la joven estaba en manos de Atobe. Descuido por parte de ella, debió ser –Puedes preguntármelo si no entiendes algo.

            Estaba teniendo lo que quería: la preocupación de su amado.

            Pero…

            Pequeño gran problema: esto se traducía a "eres una retardada mental, eres inferior; por eso necesitas mi ayuda".

            –No tienes idea de lo mucho que irrita a Ore-sama que no quieras aprender de tus errores– Atobe seguía regañándola, ignorando las miradas significativas (que obviamente decían "déjala en paz") que estaba recibiendo por parte de sus compañeros de clase.

            –Te dije que reprobé a propósito.

            –Y Ore-sama cree haberte dicho que no te creía.

            La espera para la limusina se estaba haciendo bastante larga.

            –Te reitero––

            –¡Basta ya!– era el límite de . Ya no podría soportar esta personalidad más: hace rato que se venía desmoronando –Siento mucho que no todos seamos perfectos, gran Ore-sama, ¡¡pero déjame en paz de una buena vez!!

            Ahí fue cuando los otros chicos de tercer año decidieron emprender la retirada.

            –, estás siendo insensata. Ore-sama sólo––

            –¡Te dije que me importan tres pepinos si eres el mejor del mundo o no, no necesito tu maldita ayuda!– se estaba vendiendo a sí misma. Estaba admitiendo indirectamente de que la prueba sí había sido reprobada por falta de inteligencia (o eso siempre se decía a sí misma) –¡Eres el mejor, te amamos todos, pero CÁLLATE!– la muchacha terminó gritando. Luego, agregó en voz baja: –…sólo cállate.

            –– Atobe frunció su ceño, ahora preocupado –Por favor escúchame. Todos––

            No necesitaba más sermones sobre lo imperfecta que era. No tenía por qué oír ese tipo de sandeces.

            Así que lo calló: el cuerpo de Atobe se sacudió con una violenta bofetada.

            Esto no estaba bien. Él jamás la había visto así; ella no era así. Ella era la princesa perfecta, huérfana de madre pero consentida por su padre, millonaria, provocativa, falsa.

            Pero esto no era falso. No era otra exageración de la histrionisa: era real. La inseguridad era real, la angustia era real.

            –––

            –¡No me hables, Keigo!– estaba tan sacada de sus casillas que ni se molestó en guardarse los gritos, los cuales estaban cautivando la atención de miradas indeseadas –¿Sábes? Pensé que te amaba, pero te odio.

            –¿Me… amabas…?

            –¡PERO TE ODIO!– repitió , comenzando a llorar sin control –Te odio porque te piensas mejor que el resto. Te odio porque me tratas de inferior, de estúpida; ¡te odio porque me conoces desde pequeña y aún así, en ningún momento intentaste conocerme a fondo!– era todo lo que ella siempre había querido decir, y ahora salía con tanta facilidad –Te quedaste con la impresión de princesa perfecta. No soy ninguna princesa, Keigo, sé eso, por más que parezca una maldita loca.

            A Atobe se le había secado la garganta. Verla así, verla llorando y gritándole cosas horribles – eso era ella. No era aquel engendro del diablo al cual el detestaba y aborrecía con alma y vida, era una pobre niñita confundida.

            Esto no anulaba del todo la teoría de Keigo sobre que debía estar medicada, pero ponía una seriedad completamente nueva sobre el asunto.

           

            Él la rodeó con sus brazos. , por su parte, ni siquiera intentó seguir insultándolo: estaba demasiado destruida como para omitir palabra.

            Dèja vú. había vivido esto. La única vez en toda su vida que recuerda que Keigo hubiera estado abrazándola fue en el entierro de su querida madre. Él la abrazó tan fuertemente como ahora, y no la dejó ir.

            La muchacha dio una sonrisa; una de verdad. Era él, era Keigo, y estaba abrazándola de nuevo.

            Al mismísimo Atobe le dieron ganas de llorar, pero no estaba a punto de admitirlo. Había sido un tirano con ella. Tratándola mal, sin poder comprenderla, creyendo que la causa de la hipocresía de la chica era simple estupidez.

            No, no era estúpida – era débil.

            –Lo siento, – estuvo bien olvidarse del "Ore-sama" por esa vez –Lo siento mucho. Está bien, ódiame.

            –No puedo, Keigo– ella enterró su cabeza aún más en su pecho, aún sin consolar el llanto –¿Crees que no lo intenté?

            La envidia llevó al odio. El odio llevó al amor. Y el amor a la obsesión. No era como debían ser las cosas, pero así eran las relaciones para .

           

            Cuánto tiempo estuvieron así abrazados, ninguno de los dos recuerda ni tiene intenciones de recordar - pero el abrazo se sintió eterno.

            No era como revivir el funeral; era como dar inicio a una nueva etapa.

 

Epílogo

            –Keigo– lucía realmente desilusionada al abrir su regalo de navidad –¿Qué es esto? Esta blusa es horrible.

            Atobe hizo una mueca disconforme. Estaba acostado boca arriba sobre el regazo de la chica, pero le daban ganas de levantarse e irse ante esta actitud –Se dice "gracias".

            Pero había dejado de ser ese tipo de persona hace tiempo –¡Lo sé, baka! Me encanta la blusita– le acarició el cabello al chico, pasando las yemas de sus dedos por su rostro –Cierto que era un lunar. Bueno, de lejos siempre me pareció una verruga.

            Era una bonita navidad para los Atobe y los . Hacía mucho que no se sentía tal clima familiar.

            –Verruga, ¿ah~n?– Atobe rió, y, levantándose, atrapó los labios de la chica en un breve beso –Parece que olvidaras lo mucho que me molesta que digas eso.

            –No, de hecho, creo que jamás podré olvidar cómo llorabas cuando te dije que tenías una verruga.

            Atobe rió –Ore-sama también lo recuerda con claridad.

            –¡! ¡Keigo! ¡La cena está servida!

            Él se levantó primero, y le tendió la mano.

            –Vamos, princesa.

            –Si ese fue un intento de que te diga príncipe, no funcionara~– ella le sacó la lengua y se apresuró a correr hacia el comedor.

            –¡Ba-baka!– él la siguió.

            Capturándola en el medio del pasillo, plantó otro beso en los labios de la joven.

            Keigo no había cambiado de opinión: era una fortuna de que no fueran primos de verdad - no compartían la misma sangre. Sólo que ahora esta opinión tenía un fundamento diferente.

           ~Aori
25-10-06

NOTAS.

1 – El término cariñoso -chan se le agrega a otousan para agregar otouchan. Esto es para resaltar la personalidad de la chica, y, honestamente, creo que lo inventé XD

2 – "Hime" significa "Princesa" en japonés.

"Histrionisa" es el femenino de "Histrión", un actor que exagera mucho, o bien, una persona que tiene las cualidades de este actor y exagera todo lo que le pasa y siente. Al mismo tiempo, también se usa para calificar a las personas con trastorno de personalidad histriónico, y he ahí el título xDD Si quieren más info, les recomiendo wikipedia.
Admito que al principio me daba cosilla publicar esto porque dije, "Nadie se va a poder sentir identificado con la protagonista", pero, bue, tuve el ataque de inspiración y que voy a hacer XD

CANCIÓN.
Los pedazos de canción que ven son de "Everybody's fool", de Evanescence. Acá van traducidos, en orden de aparición:
Sin la máscara,
¿dónde te esconderás?
No puedes encontrarte a tí misma
Perdida en tu mentira.

Nunca fue y nunca lo será.
¿Que no tienes vergüenza? ¿Que no me ves?

Miren, allí viene ella
¡Arrodíllense y mírenla con admiración!
¡Oh, como te amamos!
No tienes fallas cuando finges.