Michelle frunció el ceño, observando a su amiga, sentada a pasos suyo, en el frío piso del baño.

            –¿Estás segura sobre esto, ?

            –Claro –respondió la aludida, dando tijeretazos–. Jamás estuve tan segura. Además, ya me puse bastante pesada con tal de que papá me dejara volverme a Japón. No puedo retractarme ahora.

            La estadounidense miró hacia otro lado melancólicamente –Bueno, si tenés que… pero te extrañaré mucho.

            no escuchó esto: simplemente se levantó, admirando su cabello en el espejo.

            –Lo que me supera, –dijo Michelle, sus ojos en la joven nuevamente–, es por qué tuviste que cortarte el cabello sólo para ir allá.

            –Ah… bueno, ¿no se ve más bonito así? –la sonrisa de ocultaba una profunda razón que no estaba preparada para decir, ni siquiera a su mejor amiga. No la habría comprendido, de todas formas.

Hanazakari no Kimitachi E ~For you in full blossom~

- i ti -      

            “Esto no está bien, ¡no está bien! ¡Llegando tarde el primer día de clases!”

            luchaba entre terminar de acomodarse la corbata, balancear su maletín en un brazo y correr al mejor estilo maratón hasta la escuela. Por suerte, el tenis le había dado piernas firmes. Lo que no le había dado, evidentemente, era completo reconocimiento de sus alrededores: golpeó a alguien/algo con el hombro en su pelea por llegar al aula.

            –¡Perdone! –casi-gritó sin siquiera levantar la vista, siguiendo su camino.

            “¡Soy !, diré… con la espalda firme y las piernas separadas, diablos, cuesta recordar eso”, la muchacha se mordió el labio inferior, “Bueno, creo que la arruiné con el ‘perdone’ de recién. Pero… ¿qué diría un chico? Hm…”

            Cuando por fin cruzó la línea de meta/puerta del aula, largó un suspiro aliviado.

            Sanada Genichirou, en cambio, frunció su delicado ceño, mitad-apoyado sobre el escritorio –Atobe Keigo, que estés lleno de dinero no te da necesariamente el derecho de venir a clase cuando querés.

            “¿¡ATOBE!? ¿¡KEIGO!?”, los ojos de se iluminaron, “¿¡DÓNDE!?”

            “Atrás tuyo”, le dijo su conciencia, y ella volteó. ¡Por Dios, era él a quien se había llevado por delante!

            –Disculpe, Sanada-sensei –Atobe sonaba bastante desinteresado–. Y tú… –la miró a con el mentón en alto–. Se te cayó esto. Tomá.

            Golpeó con un libro la cabeza de la joven, la cual lo atajó. Acto seguido, Atobe tomó asiento. lo siguió desde que pasó por su lado hasta que se acomodó en su silla, maravillada.

            –Chico nuevo –Genichirou gesticuló para que se acercara–. ¿Te gustaría escribir tu nombre en el pizarrón?

            “¡CLARO! ¡Eso estaba mal en mi introducción! No puedo decir que me llamo … entonces…”, hizo tiempo mientras se hacía la que buscaba la tiza con punta más afilada, “Seré…”

            No pudo pensar por mucho más tiempo.

            –murmuró , escribiendo el primer nombre que se le vino a la mente en el pizarrón. De cualquier forma, de seguro la llamarían “” por un tiempo.

            –Bien. Sentate por allá –indicó el profesor, señalando al lugar vacío al lado de Atobe.

            “¡Junto a él! ¡Está en mi clase! Yo que me vine acá para conocerlo…”, se le acercó y le sonrió, “¡Yoshi! Es mi hora de causar una buena impresión.”

            –¡Hola! – sonrió, sin darse cuenta de lo femenina que se veía–. Es un gusto en conocerte. Me gustaría que seamos amigos, Atobe-kun.

            Atobe Keigo era un ídolo del tenis juvenil. ¿? Su fanática número uno, dispuesta a meterse en una escuela pupilo de hombres tan sólo para verlo. Sí, hasta ese punto de obsesión había llegado. Perdonen, ¿dije obsesión? Quise decir fanatismo.

            “Recuerdo lo que dijo en una revista… ‘cree en tus habilidades, y tus esfuerzos serán seguramente recompensados’. Y pensar que ahora lo tengo tan cerca…”

            –… –Keigo lo observó y analizó de pies a cabeza con sus ojos oníces, pero siempre con esa mirada de yo-soy-mejor-que-tú-y-PUNTO–. Mil disculpas. Ore-sama no va para ese lado.

            A se le cayó la mandíbula mientras todos sus sueños se hacían miles de pedacitos. A sus espaldas, los alumnos cuchicheaban.

            “Atobe... Atobe Keigo se creyó que era hombre, y, por lo consecuente… piensa que soy… homosexual…”, analizó su situación. Esto no se veía bien.

            “Es… tan… arrogante… no, este no puede ser mi ídolo… ¡ah, no importa! ¡Me convertiré en su amiga, no sé como, pero lo voy a lograr!”

            Atobe se puso elegantemente de pie y cambió asientos con un chico de por ahí.

            “Es… esperá…”, lloriqueó para sus adentros, con una mano intentando alcanzarlo, “Escuchame un segundo…”

            –No prestés atención. Su ego pasaría en tamaño al Empire State –despreocupó un morocho, palmeándole la espalda a nuestra protagonista–. Además, entendió todo mal. Pero vos… vos me caes bien. Sos un tipo interesante.

            volteó, aún poco acostumbrada a que la llamaran “tipo”.

            –Soy Shishido Ryou –el joven se introdujo, sonriente–. Capitán del equipo de fútbol de la secundaria Osaka. Yo vine acá por una beca que me gané en la escuelita en la que entrenaba, pero… ¿vos, jugás a algo?

            se encogió sobre sí misma –Gusto en conocerte. Yo, bueno… juego un poco al tenis pero no soy demasiado buen –y casi la traiciona el subconciente al soltar esa “a” –o.

            –Hablando de otras cosas –y con esto, el morocho de gorra la trajo muy cerca para susurrarle en el oído–. ¿Cómo son las chicas allá?

            “¡¡¡HEEEENTAI!!! ¡Cómo se atreve a preguntarle a-a u-una chica e-eso!”, quiso que la tragara la tierra en ese instante. ¿Qué podía decir?

            –Ehm… bueno, supongo que eso depende… de cada uno, no…

            –¡Me imaginé! Todavía virgen, ¿eh? –cargoseó Shishido, cosa por lo cual se horrorizó y escandalizó a la vez.

            –Pero, , cuando estás con hombres –repuso el morocho–, más bien, con chicos de tu edad, esas cosas son importantes, viste. Es parte del “moralismo bifurcado” de la especie masculina o algo así…

            La puerta del aula se abrió de golpe, y Shishido recibió un golpecito en la nuca.

            Carácter moral, baka. Moralismo bifurcado… cualquier cosa –regañó un hombre de cabellos negros y apenas enrulados, de unos veinti-tantos años–. No inventés palabras. ¿Acaso sos idiota?

            –¡Doctor sádico! –se quejó Shishido Ryou fogosamente–. ¿Qué te pensás que hacés?

            A lo cual el supuesto “doctor” tan sólo sonrió –Cada día estás más lindo, Shishido-kun… nfu~

            “¿... es eso normal, viniendo de un profesional…?” y esta sería tan solo uno de los problemas más mínimos que tendría en su vida en la escuela de hombres.

 

***

 

            “Atobe Keigo / ”.

            –Claro, con que eso era –comprendió Shishido de repente, observando el panel que le indicaba a cada uno qué dormitorio ocuparía–. Siempre tuvo un cuarto para él solo, que de repente tener que compartir lo puso de mal humor.

            “Estoy contenta de compartir un cuarto con él, pero…”

            –Bueno, yo estoy en el docientos veintitres, así que, si necesitás algo, me avisás –Shishido dio una amigable sonrisa–. Nos vemos.

            “Mi visión de él cambió bastante en estas últimas… que, ¿dos horas…?”

            –¡Karupin, pará!

            Lo próximo que supo , y que terminó sacándola de su súbita depresión, fue que un gato himalayo blanco se le tiró encima y comenzó a saltar sobre ella en excitación. Shishido Ryou quedó helado, observando esta escena con una ceja levantada.

            –¿Q-qué le pasa a este gato? –soltó , ya sin saber qué esperarse.

            –Ese es Karupin; es un gatito que vive acá, en los dormitorios –explicó Shishido–. Pero es raro… ese gato a lo único que se le sube encima es a una mujer.

            tragó saliva sonoramente.

            –Perdón –se disculpó el cuidador; un hombre adulto y vestido de lavandero. De seguro estaba encargado de los baños aparte del gatito–. Lo perdí de vista –dijo mientras levantaba a Karupin en sus brazos.

            –No es problema, en serio –aseguró , mentalmente abofeteándose a sí misma por sonar demasiado femenina–. En serio… – y su voz se perdió en el aire.

            –Bueno, se ve que realmente pareces una chica –Shishido largó una risotada, palmeando el pecho de repetidas veces–. ¡Si tuvieras un poquito de grasa acá, estaríamos en problemas!

            intentó no fruncir el ceño ante el comentario sobre su escaso tamaño de copa. En vez de eso, se horrorizó y congeló en el lugar, pero pronto comprendió que no tenía nada de qué preocuparse. Suspiró aliviadamente.

            –Supongo que ahora sí me voy –Shishido hizo un gestito con su mano–. Nos vemos, .

            “Fiu… eso estuvo cerca.”

            –Nos vemos –replicó ella naturalmente y marchó hacia su dormitorio.

 

            “Esto es algo estresante”, opinó mientras buscaba entre todos los cuartos el que le pertenecía, echándole pequeñas miraditas a los números, “Ahora, con qué cara miraré a Atobe-kun… ¡bah! ¿Qué estoy pensando?”, apretó el puño, decidida, “Todo se puede solucionar con palabras. Estoy segura de que Atobe-kun comprenderá al instante el malentendido de hoy a la mañana”.

            Al llegar al dormitorio, se percató de que la puerta estaba abierta, y entró con confianza.

            Atobe se hallaba tirado cómodamente sobre la cama de abajo, leyendo un libro titulado, “Poetas Griegos”. Alzó la vista, percatándose de la presencia de la chica –Ah. Sos vos.

            –Hola –titubeó –. Ehm… l-lo de esta mañana fue una confusión tremenda de palabras. Pero… lo de ser amigos, lo decía en serio –sonrió ella, ignorando la mirada aburrida que le estaba clavando Keigo–. Es más, vine hasta acá para verte jugar al tenis. A-así que…

            –Ore-sama se siente halagado –respondió Atobe, sin moverse del lugar y sin sonar realmente sincero–. Pero Ore-sama dejó el tenis.

            Un viento helado sopló los cabellos de .

            –… ¿¡PERO POR QUÉ!? –chilló la muchacha, tomando a Atobe del cuello de su polera y zarandeándolo de atrás para delante.

            –Acaso necesitaba tu permiso, ¿ah~n? –inquirió Keigo, algo ofendido, pero mayoritariamente completamente indiferente.

            “… No lo puedo creer. Es un tarado”, decidió , más enfadada que desilusionada, pese a que esto rompía todos sus sueños en mil pedazos, nuevamente.

            –¿Vas a soltar a Ore-sama? –inquirió éste, como ya asqueado de tanto contacto físico.

            “¡No soporto esto! ¡No puede ser verdad!”, dejó a su ídolo en paz y se encaminó hasta la puerta, “No sólo es un completo idiota, sino que…”

            Golpeó su cabeza contra el pecho de alguien ni bien puso un pie afuera, y levantó la vista.

            –Ah, perdón –se disculpó , devolviéndole la mirada a un peliazul de anteojos.

            –Perdoname a mí –repuso éste al instante–. Ah… ¿sos -kun? –la observó atentamente.

            se echó hacia atrás, en una actitud de instinto de supervivencia –Ajá.

            –Yo soy Oshitari Yuushi, el encargado de los dormitorios. Una especie de “guía” –explicó éste–. Mirá vos… sos más lindo que lo que proclaman los rumores –se le acercó de más, haciendo que terminara contra una pared, haciendo esfuerzos atroces para no sonrojarse–. Bueno, vení, seguime. Estabas yendo al comedor, ¿no? Voy con vos, así te explico un par de cosas, de paso –se alejó y comenzó a caminar. “” no vio otra salida más que seguirlo.

            –Hay un baño en cada cuarto, pero lo cierran a la medianoche –explicó Oshitari mientras caminaban–. Aparte de eso, la cena es desde las seis hasta las nueve, pero creeme que si no llegás rápido lo único que te va a quedar va a ser comida fría y sobras.

            Un pelirrojo que pasaba por su lado le golpeó el hombro intencionalmente fuerte. lo miró, y éste frunció el ceño, enfadado.

            –Soñá con que te voy a entregar la posición de ídolo de la escuela –gruñó efusivamente–. Ni siquiera se te ocurra intentar, ¿¡me entendiste!?

            Y así como así, se fue, caminando y echando humo.

            parpadeó –¿Qué fue eso?

            –Ah, bueno, Gakuto es así –Yuushi se quedó pensativo–. Aunque probablemente se deba a eso de allá –señaló a unos carteles.

            miró, y volvió a perder el aire por quinta vez en el día.

            “¡ÍDOLO ESTUDIANTIL!”, profesaban los carteles, uno con la foto del pelirrojo de antes, y otro con la foto de . El póster de la muchacha era más grande que el otro y estaba mejor decorado, “FOTOS: QUINIENTOS YENES. FOTOS DE MUKAHI GAKUTO: DOSCIENTOS YENES”.

            largó un chillido. En el puesto de fotos había un morocho de lentes rectangulares que no permitían ver sus fotos.

            “¿¡En qué lugar me vine a meter!?”

            –Inui –llamó Oshitari, pero con una sonrisa en su rostro–. Por favor, no te pases de tu autoridad como fotógrafo escolar. Creo que asustaste a -han.

            –Mis disculpas –la sonrisa del morocho era casi perturbadora–. No quise causar ningún daño. No tenemos mucho con qué entretenernos en una escuela de tantos hombres, así que, por favor, ¿no te molestaría dejar pasar esto?

            –No, no me molestaría –replicó , aunque poco convencida.

            “Pero creo que voy a tener que ser más cuidadosa…”

            –¡! –llamó una voz conocida y amigable.

            volteó –Hola, Shishido.

            Casi automáticamente, Oshitari tocó el hombro de la muchacha murmurando un “hasta luego” y yéndose por ahí.

            , ¿a dónde estabas? ¡Te iba a invitar a comer y no te encontré por ningún lado! –repuso Ryou, pero observando como Yuushi aceleraba la marcha.

            –Gracias –contestó con una sonrisita.

            –Por cierto, ¿de qué hablabas con ese? –Shishido señaló al peliazul–. Tendrías que tener cuidado. Alguien tan inocente como vos podría quedar embarazado de sólo hablar con él, aunque eso sea biológicamente imposible.

            Yuushi giró la cabeza apenas, sintiéndose ofendido “Te estoy escuchando, Shishido. ¿Te pensás que estoy sordo? ¿O realmente no te interesa si yo sé lo que pensás de mí? ¡Además, yo prefiero a las mujeres! Bah… qué más da…”

            –Y ya es hora del postre –dijo Shishido–. Lo cual es una pena, yo quería compartir con vos un sánguche de queso. ¡Si tan sólo dejaras de dar vueltas por la escuela sin rumbo…!

            captó con sus ojos algo que la hizo frenar sobre sus pasos –Shishido… perdoná, andá sin mí a comer.

            –¿Eh? –el morocho alzó las cejas–. Ah, bueno, está bien. Nos vemos, entonces, . ¿Querés que te guarde algo para comer?

            –No, dejá –repuso más concentrada en salir al patio que en cualquier otra cosa.

 

            Al respirar el aire fresco, vio como Atobe Keigo yacía apoyado en una pared, inexplicablemente dormido. Sus finos rasgos inmaculados, casi parecía estar hecho de porcelana.

            “Atobe-kun… ¿y está dormido?”, se inclinó para verlo de cerca, “Jamás pensé que sería de los que se duermen en cualquier lado. Pero parece estar tranquilo…”

            Al sentarse a su lado, se percató de que Karupin se había acercado al lugar. Con un dedo sobre sus labios, le pidió silencio al gatito, quien acató.

            –Tarado – hurgó el lunar de Atobe con un dedo–. Realmente me gustabas. Tu tenis siempre me maravilló. Y ahora…

            Atobe se tambaleó y amenazó con caer seco en el suelo. Por suerte, lo atrapó justo a tiempo. Hasta Karupin había sudado.

            “Uh, eso estuvo cerca… sí que es pesado”, pensó la joven al intentar volver a ponerlo en su lugar. Inadvertidamente, Atobe volvió a querer caer al piso, pero en vez de eso, golpeó contra el hombro de , descansando su cabeza allí.

            La muchacha se lo quedó mirando, maravillada. No podía ser tan lindo, tan elegante, tan…

            Karupin tomó esto como la ocasión perfecta para tirársele encima a Atobe y hacer que éste, a causa del peso extra, cayera sobre .

            “Aia…” suspiró al dar la cabeza contra el pasto. Keigo seguía sobre ella, semi-desmayado con la cabeza en su pecho “¿Qué…?”

            Y de pronto, Atobe se levantó, utilizando sus brazos como soporte. Karupin seguía sobre sus espalda. Al mirar a la joven a los ojos, terrminó de sentarse con una expresión incrédula en su rostro.

            –Karupin se nos tiró encima –explicó la muchacha, sin lucir muy impresionada que digamos.

            Atobe frunció el ceño –¿¡Qué se suponía que creías que estabas haciendo!?

            Con un sonrojo, se enfadó –¡Cómo que qué estaba haciendo! Te podría haber dejado solo, ¿sabés? ¡El problema es que después yo te iba a tener que soportar resfriado! –entonces, se calmó un poco–. Quise despertarte, pero dormías muy profundo, así que directamente me senté al lado tuyo para protegerte del viento.

            Atobe Keigo quedó, por unos instantes, inmóvil. Entonces, largó una risotada –¿Es eso lo que sucedió?

            asintió con la cabeza, pero poniéndose cada vez más colorada.

            –Sos… peculiar, –Atobe se levantó, sin molestar en ayudarla a ella a pararse también–. Pero mejor vayámonos, ahora sí. Nos vamos a terminar enfermando en serio.
            “Pero puede ser considerado cuando quiere, ne…”

            El viento suspiró en sus rostros, moviendo los cabellos de Atobe, logrando una escena casi onírica que no pudo ignorar.

            –¿Ah~n? –inquirió Atobe, devolviéndole la mirada–. ¿Qué te pasa? Parecés un zombi.

            –No, nada –repuso la muchacha, poniéndose de pie lentamente, y caminaron, ambos, hasta adentro. Una vez allí, Atobe se perdió de vista.

 

***

 

            –¡, VENÍ, UNITE A NUESTRO EQUIPO!

            –¡NOOOO! ¡, AL NUESTRO!

            le agradeció al tenis por la velocidad que la había hecho adquirir, pero no le hacía ninguna gracia tener que salir corriendo después de educación física sólo porque nadie la podía dejar en paz. En su vida se había imaginado que sería tan popular en una escuela de hombres. Podría haber llamado la atención si todos supieran que era mujer, pero, no, nadie sabía…

 

            Atobe Keigo, por su parte, estaba sentado bajo un árbol tranquilamente, leyendo las últimas páginas de su libro de poesía griega. Allí fue cuando observó que se acercaba corriendo a toda velocidad, y, sin mencionar palabra, se ocultaba tras el árbol.

            El soberbio chico observó como los miembros de varios clubes (fútbol, carrera, tenis y hockey sobre hielo, entre otros) se acercaban a verlo.

            –Atobe –llamó uno de los chicos–. ¿Lo viste a ? Lo estábamos buscando, pero salió corriendo.

            –¿? Ah, sí, se fue por allá –Keigo señaló a su izquierda. , detrás del árbol, le agradeció mentalmente por esto–. Por cierto, paren de gritar de una vez. No dejan a Ore-sama leer.

            –Perdonanos –replicó el muchacho de antes–. Bueno, ¡nos vemos!

            Y salieron a buscar a a toda velocidad.

            Atobe volteó –Le debés una a Ore-sa––

            Pero no había nadie detrás del árbol. Keigo frunció su ceño “Qué raro. Se esfumó.”

 

***

 

            –¡Hey, !

            La muchacha giró la cabeza –¿Shishido…?

            El chico de gorra estaba vestido con ropa deportiva (probablemente Adidas), y lucía como que estaba a punto de jugar un partido de fútbol.

            –¿Vendrías conmigo un minuto?

 

            –Bueno, las reglas son simples –explicó Shishido Ryou, señalándo hacia un arco con una red–. La primera persona que meta la pelota ahí gana. Me imagino que sabrás jugar al fútbol, así que no creo tener que explicarte mucho más.

            –Ehm… en Estados Unidos, le decimos soccer, y no es tan común, pero sí, sé jugar –aseguró . “Aparte, ahora soy un hombre. Tengo que aceptar cualquier desafío. Igual, esto no lo veo bien…

           

            Atobe Keigo, mientras tanto, seguía a Karupin a paso lento. El gato ya estaba tan acostumbrado a que lo paseen por ahí, que casi parecía un perro: hasta se negaba a hacer sus necesidades en un montón de piedritas; siempre pedía que lo sacaran afuera.

            Al llegar a las canchas de fútbol, su vista se perdió en lo que yacía más allá de las rejas. ¿Shishido y … jugando al fútbol…?

            –¡La tengo! –exclamó Shishido, victorioso, interponiéndose en el camino de y dándole un codazo en el proceso. Lo que no se esperaba era que la chica cayera seca sobre el pasto artificial. Casi automáticamente, Atobe entró corriendo a la cancha.

            –¿¡!? –Ryou se arrodilló para verla–. ¿Estás bien? ¡Diablos, eres un debilucho!

            –No te está escuchando, Shishido –repuso Atobe fríamente, haciendo que el morocho de gorra voltee–. ¿No lo ves? Se desmayó.

            Ryou observó como Keigo la examinaba, algo ofendido por la forma en la que éste lo trataba. Era insoportable… tan arrogante…

            –Ore-sama corre más rápido, pero prefiero que vayas vos a buscar a ese doctor de todas formas. No es que me caiga mal; es que no me cae bien –explicó Atobe–. Dale, andá. Se debe de estar yendo y tenemos que apurarnos.

            Shishido se levantó, pero como quien no quiere la cosa –Lo voy a buscar, pero no es porque vos me lo pediste, ¿entendido? Tendrías que dejar de hablarle así a la gente, Atobe. Yo no soy uno de tus sirvientes.

            Keigo le echó una mirada fría y ofendida, la cual Ryou no pudo ver de todas formas: ya se había largado a correr.

            “Sos un problema viviente”, pensó Atobe mientras observaba a la muchacha. Se sonrió levemente cuando rozó con sus dedos el tremendo chichón que ahora adornaba su frente.

 

***

 

            –Váyanse, váyanse, chicos –Mizuki Hajime, el doctor oficial de la secundaria Osaka, los empujó hasta afuera–. Esto no es una sala de espera. Cuando él esté bien, les aviso. Ahora, si quieren esperar afuera, por mí, hagan lo que quieran.

            Y cerró la puerta.

            –Y yo que me estaba por ir a casa… –el doctor se quejó, volteando y encontrándose con que estaba sentada sobre la cama–. Ah. Estás despierto. ¿Cómo te sentís?

            –Mejor –aseguró con una sonrisa.

            –Qué bien, nfu~ –Mizuki sonrió, complacido, y se le acercó a la chica.

            –Bueno, ehm… ya que estoy mejor, creo que me voy a casa –repuso ella con rapidez. No podía quedarse ahí mucho tiempo, y arriesgar que la sometan a un examen médico.

            –Entonces, ya que estás bien –Hajime le levantó el rostro con una mano, cosa que la joven no se estaba esperando–. ¿Por qué no me explicás que hace una nena como vos en este lugar…?

~ Aori

30/12/06
Bú, gente. Sep - este capítulo esta completamente basado en el capítulo uno del manga de Hana-Kimi. De todas formas, no es que esta DN vaya a estar completamente basada en eso: tendrá muchas situaciones similares y todos los personajes que se encuentran en Hana-Kimi (manga que, por cierto, les recomiendo le den una oportunidad), pero de todas formas, no será igual. Será... ehm... Ao-chan style x) wi~