K is back and guess who’s lucky
Atobe Keigo no era un hombre impaciente. Aunque, claro, tampoco había muchas ocasiones en las cuales esta cualidad suya se pusiera a prueba. Si no tenía que esperar interminablemente para conseguir mesas en Beige Tokyo o en New York Bar o en Ekki, o hacer colas larguísimas para entrar a SuperDeluxe o Ageha o Air; si no necesitaba viajar en taxi o autobús porque tenía una limusina y un Toyota Century listos a toda hora; si no tenía que aguardar los dos minutos que tardaba en hacerse el Latte Mochachino, y tenía una provisión interminable de la preparación del Café au Lait original del Café du Monde junto a una mujer encargada exclusivamente de eso, no había forma concreta de saber si Atobe Keigo era o no impaciente.
Sencillamente, no era aceptable que lo hicieran esperar. Al fin y al cabo, era Atobe Keigo.
Llevaba sentado en el hall del lujoso Park Hyatt Hotel más de media hora, esperando. Había llegado el día anterior del exclusivo internado en Alemania, y ahora tenía que esperar.
¿Quién se creía esa chica que era? Desde luego, no una persona con un futuro cercano si pretendía llegar en los próximos veinte minutos. Había pensado en unas 160 formas diferentes de asesinar a , y otras tantas de conseguir un sicario que lo hiciera por él. Estaba tan aburrido, que comenzó a imaginársela colgando de los brazos sin nada de ropa puesto excepto un par de Manolo Blahnik (lo único que la chica calzaba) en la cámara de congelación de Saw III.
Afortunadamente, la chica en cuestión, completamente vestida (si a eso se le podía llamar ‘vestida’), apareció en la puerta del hotel cargada de bolsas, a interrumpir su epifanía mientras él se incorporaba. Es que esa sádica idea se estaba tornando demasiado sexy al intentar imaginar el cuerpo desnudo de la joven. Y, como todos los Elegidos sabemos, hay una ley implícita sobre la imposibilidad de relacionarse más allá de los estrictos negocios entre y Atobe Keigo.
-Querido Atobe, que encanto volver a verlo. ¿Lo hice esperar?- sonrió la joven quitándose sus guantes Marc Jacobs lentamente, conciente de que todas las miradas masculinas estaban fijas en ella.
Lógicamente, para algo se había puesto su nueva minifalda Gucci de jean tableada y la camisola negra de Theory. estaba convencida de que las leyes estaban para romperse, y que no había ningún problema en incitar el deseo de Atobe Keigo para su diversión. Y si mientras se ocupaba de eso conseguía mejor atención y atentos camareros embobados en sus piernas, mucho mejor.
Atobe sonrió hipócritamente ante el comentario de ella. Obviamente que lo había hecho esperar, y ella lo sabía. Pero no podía soltarle un “sí, demasiado, pendeja insoportable”, porque, aunque los modales de ella estuvieran en discusión, él era todo un caballero.
-No, en absoluto. Por favor, siéntese.- indicó, señalando el sillón opuesto al que él había ocupado.
miró evaluativamente el sillón, tratando de dilucidar si era lo suficientemente bueno para apoyar ahí la nueva falda que cubría su perfecto y bien formado trasero. Frunció el ceño levemente, y a Atobe le recordó a una niña haciendo mohines.
-Yo había pensado en el New Cork Bar.- comentó ella.
Atobe asintió, sólo la había hecho esperar ahí para molestarla.
-Oh, sí, perfecto. Después de usted, .- sonrió.
La aludida le devolvió el gesto y se volteó para dirigirse al elevador, ofreciéndole al muchacho una perfecta visión de sus panties violetas y rojas cuando la falda giró con ella por el brusco movimiento. Un sonrisa sádica se formó en los labios de Atobe mientras se la imaginada de rodillas frente a él ocupada en demostrarle todo lo que lo “admiraba”.
se contoneó seductoramente hasta el ascensor, sin preocuparse en anunciarse en recepción, disfrutando el suave calor de la mirada fija del chico en su parte trasera. Los Elegidos siempre tenemos mesa apartada en el New York Bar, desde luego.
Cuando la puerta se cerró con ambos adentro, el mayordomo, con una gran sonrisa dedicada al escote de ella, los subió al piso número 52 sin ningún tipo de pregunta. De igual modo, la recepcionista los ubicó en la mejor mesa frente al gran ventanal y se deslizó dentro de la cocina para traer el pedido. Era algo usual, los Elegidos no esperamos nunca.
-Así que…- comenzó , acomodándose en el silloncito. Atobe la observó de arriba abajo, deteniéndose en las sombras que su cabello marcaba en su cuello. Se la imaginó incitándolo a seguir mientras él disfrutaba de su cuerpo contra el mostrador de vidrio del New York Bar, e inmediatamente después se golpeó la frente mentalmente.
Dumm Atobe Keigo, Sie hat nichts, was nicht gefunden werden kann auf der Straßen von Tokio. (NA: Estúpido Atobe, ella no tiene nada que no pueda encontrar en las calles de Tokio)
-De vuelta en Tokio, queridísimo Atobe.- continuó , soltando una risa musical y cristalina cuando el joven camarero le sirvió una copa de vodka con lima. Luego, el mismo joven le alcanzó a Atobe una botella individual de Dom Perignon y una copa con el borde cargado de azúcar y esencia de canela, exactamente como a él le gustaba. -Muchas gracias.-
-Es un placer, señorita.
Atobe bufó al escuchar eso, se suponía que los ‘mozos’ no podían insinuárseles a los clientes, y mucho menos cuando los clientes resultaban ser, en primer lugar, chicas que estaban sentadas con él, y en segundo lugar, . Y tampoco se suponía que señoritas del status de la chica sonrieran y coquetearan con mozos cualesquiera, mucho menos cuando tenían a un hombre mucho más atractivo y perfecto en frente. Además, no era p-
Se detuvo ni bien se dio cuenta que toda esa sarta de estupideces que recitaba su cerebro provenía de un sentimiento mucho más mundano: el hambre (claro, Atobe Keigo no iba a admitir bajo ningún concepto que lo que sentía eran celos, así que culpó al hambre y a la mala atención del camarero). Además, había que tener en cuenta la reputación de ella. Cuando él se había ido, Yuushi le había mencionado que había tenido una cita “común” con un croupier del Mandarin Oriental en su receso de primavera, un profesor de la Universidad de Kyoto en navidad, y el equipo de football nacional de Portugal entero para año nuevo.
El camarero, por su parte, se alejó de allí sonriendo para traer las entradas. No siempre se tenía la suerte de atender a , la hija de la famosa diseñadora de modas y del dueño de las tiendas Barneys New York. Y mucho menos, se lograba una sonrisa dedicada pura y exclusivamente a uno.
-Keigo, si sigue frunciendo el ceño le van a salir arrugas antes de tiempo.- rió la joven. Atobe bufó, algo tan poco Atobe-ish que lo sorprendió a él mismo.
-Está de buen humor, ¿verdad? ¿No me diga que es porque volví a la ciudad?- inquirió él con un falso entusiasmo. , sin embargo, asintió sonriendo.
-No tenía a nadie más a quien molestar, queridísimo Keigo.
-Claro, cómo no me lo imaginé.- masculló él, al tiempo que el camarero les traía las tablas de frutos de mar y quesos importados.
Atobe la observó lamerse el labio inferior con anticipación a la comida y tomar los pequeños palillos de acrílico en lugar de los cubiertos; era tan europea que molestaba. Sin embargo, no pudo quitar sus ojos de la lengua de ella pasando en cámara lenta por el labio superior, a la vez que se inclinaba sobre la mesa ofreciéndole a Atobe (y al camarero, que estaba atendiendo una mesa detrás de ambos) un vistazo a su brassier rojo con una lazo violeta anudado entre ambos pechos. Si no fuera porque estaba sentado y tenía la mesa de por medio, hubiera buscado una excusa para salir de allí y tomar una ducha helada… O también podría haberse abalanzado sobre ella y hacerla suya a como dé lugar. De cualquier forma, debía agradecer a la mesa por interponerse en su camino.
-¿Cómo te fue en Alemania?- preguntó de golpe la joven, limpiándose la boca suavemente con una de las servilletas de algodón. Él se encogió de hombros.
-Bien, lo normal. No tenían equipo de tenis, por increíble que le parezca, pero yo lo creé.- comentó el castaño con orgullo.
-Es difícil imaginarlo sin una raqueta de tenis en mano.- sonrió , absteniéndose de agregar “y una de esas horribles camisas violetas tan podidamente sexys”.
-Es difícil estar sin una raqueta de tenis.- la corrigió.- Pero, dentro de todo, fue una experiencia interesante. ¿Y usted?- Quizás si insistía lo suficiente podría enterarse de la verdad o no de los rumores.
-¿Yo? De vacaciones de Portugal. En el colegio no cambiaron muchas cosas. Ganamos los últimos campeonatos de rugby, football, hockey y tenis. Pasamos a Rikkai Dai por encima.- sonrió orgullosa. – Y, bueno…- dudó, sonrojándose violentamente. Qué demonios le pasa ahora? No debería poder verse tan adorable… No es justo.- Bueno, supongo que deberías saberlo… No es que yo… Bueno lo que pasa…-
-, ‘soltalo de una vez’.- la apremió Atobe, frunciendo el ceño.
-Soy la manager del equipo de tenis de Hyotei.- ‘soltó’ finalmente la joven.
-Está bien.
-¿Huh? ¿‘Está…bien’? ¿Así nomás?
-Yuushi me dijo que t- le iba a pedir que se hiciera cargo del equipo cuando yo no me fui.- le explicó Atobe sonriéndole.
-Mm… Bien. Ok.- le sonrió ella.- ¿Cómo está tu madre? Me comentaron que tuvo un colapso nervioso cuando te vio de nuevo… No suena como ella, pero tenía que preguntar.-
Atobe tensó los músculos al oír aquello, y apretó las manos con fuerza hasta que sus nudillos estuvieron blancos.
-Oh, madre está bien. No fue un colapso nervioso, fue un colapso post-operatorio.- replicó él con resentimiento.
lo observó en silencio. Conocía toda la historia de sus padres, y odiaba verlo así. La preocupaba, la última vez que Atobe había peleado con su madre tan fuertemente para obtener una reacción así, él había terminado en el hospital con una muñeca rota por no medir la fuerza de la raqueta al golpear una de las pelotas del automático.
Al demonio, sí, se había acostado con la hueca de su prima, pero no podía odiar completamente a Atobe Keigo.
Ella se estiró sobre la mesa para rozar el dorso de su mano con sus dedos suavemente, y sonreírle.
-Pensá que con suerte le explota una silicona.- rió la joven. Con suerte, podrían volver a ser como antes.
Atobe la miró unos instantes antes de estallar en carcajadas, a las que enseguida se unió .
-Sos algo de no creer, .- sonrió, entrelazando sus dedos con los de ella.
~ Izzy