El camino a seguir es claro, y está hacinado con gente de cabeza gacha e ideales rotos. Aunque quisieses levantar la vista, la mano de Dios te lo impide, empujando tu nuca con el dedo, obligándote a mirar el asfalto, donde lo único que distingues son los pies de los demás y las pequeñas piedras que de vez en cuando pateas.

              ¿Cómo sería poder volar, sin ningún tipo de restricción, sobre aquél camino? Sortear todos los obstáculos, elevarse por sobre los demás e ir rápido, más rápido que nunca, porque el viento que embolsa en tus alas es lo único que puede frenarte. El celeste claro del firmamento es tuyo.

              En el mar de mil personas llamado colegio, ¿cuántas probabilidades hay a favor del encuentro de un par de extraños?

Fragmentos de Cielo.

1              (No creas lo que tus ojos te dicen)               1

              Solo alguien con ganas de llamar la atención se teñiría el cabello de ese color, pensé. En el momento, no se me ocurrió relacionarlo con algún aspecto psicológico de su personalidad, como siempre suelo hacerlo, sino que lo consideré un acto de insolencia, siendo la prejuzgada que soy tan desgraciadamente a menudo. Nunca supe, tampoco, qué tenía la pluma que había cautivado mi atención, cual péndulo hipnótico. Probablemente había pertenecido a una apresurada paloma, y por tanto, no tenía nada de especial. Sus colores eran aburridos, y poseía marcas de pisadas. ¿Habría sido simplemente eso? La tentación de tomarla y dejarla limpia…

              De cualquier manera, fue ese el momento en el que me lo encontré. Un joven que reconocía de haberlo visto un par de veces, uno de esos rostros que le son tan peculiares a uno que uno no se los olvida.

              Nos quedamos mirando. Ambos, él agachado y yo arrodillada, todo por una pluma. No sabíamos qué decir ni qué esperar, porque, lógicamente, lo último que hubiésemos esperado era encontrar a alguien que compartiera aquél simple, compulsivo deseo de levantar la pluma.

              –Aa…

              Me reí nerviosamente –¿La querés? Tomá, por favor –“No sé ni qué hago levantándola.”

              –Sí, es que… las… colecciono –dijo. Su voz era menos suave de lo que esperaba que fuera, sonando hasta algo altanera y varonil–. ¿Vos - vos también?

              Mi subconsciente me avisó que sería estúpido contestarle que no, porque sería necesario pensar una razón más profunda. Así que, haciéndole caso, le repliqué lo que bien era una mentira, pero en el momento no importaba porque estaba segura de que no volvería a verlo jamás. –¡Sí! Qué coincidencia, ¿no?

              No contestó que sí, sino que se trabó con sus palabras. No parecía tímido, pero estaba nervioso. –¿La… la querés? Yo ya tengo una pluma de paloma. Eh, creo.

              –No, no, por favor –me negué rotundamente, haciendo gestos apresurados con las palmas–. Quedatela. Está bien.

              –Si insistís… –tomó la pluma del piso, la empujó dentro de su mochila, y ni siquiera se reverenció cuando pronunció un murmurado “gracias”. Yo, en cambio, sí me incliné, siempre educada y amable. Si eso había valido como primera impresión, quería que fuese una buena.

☷☷☷

              Por razones desconocidas y ajenas a mí, gente cuyas caras no reconocíamos entró a mi división y obligó a que se hicieran cambios. A mí y a otro compañero nos dijeron algo sobre que “había demasiada gente aplicada en la división C” y, sin plantearnos más pretextos que ese, fuimos a parar en la “D” justo para el comienzo del nuevo año.

              Quise matarme. ¿Encima de todo lo que había costado, no iba a recibirme con los compañeros con los que ya me había forzosamente encariñado? Los directivos de Hyoutei me estaban haciendo una broma horriblemente pesada. Para empeorar varios asuntos, el compañero con el cual me habían trasladado… no me iba ni me venía. Sólo sabía que había sido el encargado de curso durante primer año, y no mucho más que eso. Por si las miradas incómodas que nos echábamos cuando nos daban las noticias no hubiesen bastado, su pedido al profesor de “presentarnos por separado” tiene que haber vendido nuestras circunstancias.

              –Gusto en conocerlos –sonaron, entonces, un par de aplausos desganados. Tragué saliva y me paré en el frente, tomando la posición de mi indiferente compañero.

              –Soy , anteriormente alumna de segundo año “C” –dije, en una voz clara y formal–. Espero poder llevarme bien con ustedes… e - eso es todo.

              Se me clavaron un par de miradas expectantes, las cuales fueron en su integridad ignoradas al hacerme paso hacia el asiento que me había sido indicado ––

              ––  Y lo vi. Con su mirada insolente, su pelo insolente, y una boca volteada hacia abajo, una irritación causada por el sueño. El mismo chico de hace un año, ligeramente cambiado y masculinizado por el sutil accionar del tiempo, y ––

              Haciendo de cuenta que yo no estaba ahí. Mirando hacia otro lado. Ignorándome. “Bueno, claro”, me dije. ¿Quién recordaría una joven con la cual se cruzó una sola vez en la vida? Al pasar, noté que su cuaderno poseía una portada negra, adornada con marcador cuasi líquido, en plateado:

              “Alas”. No cabía duda, era el mismo pelirrojo del año pasado, el “coleccionista de plumas”, ese por el que poco después de conocerlo adopté la costumbre de, al ver un fragmento de un ala apoyado sobre el suelo, levantarlo, soplarlo y hacer de cuenta de que le daba vida.

              Era él. Lo afirmo con toda la certeza. Era él, y ahora, yo estaba sentada detrás de su cabeza insolentemente pelirroja.

☷☷☷

              –Che, vos.

              No sabía si sentirme insultada o halagada. Erguí mi vista, la que siempre estaba sumida en mi cuaderno de notas, y le inquirí, con ella, qué necesitaba.

              –Ah, bien. No, quería saber si los rumores sobre vos eran ciertos –repuso–. Dicen que estás siempre tan metida en tu mundo, que nunca escuchás a nadie.

              Me sorprendió y dolió a la vez. –¿En serio dicen eso?

              –La fría pero bonita -chan –recitó, sonriendo maliciosamente, haciéndome sonrojar hasta la médula (porque, llámenme ignorante y despreocupada, pero no tenía idea de que se decían tales cosas)–. Amable y aparentemente perfecta. O eso dice Yuushi.

              –Decile a Yuushi-san -que no sé ni quién es- que no utilice ese adjetivo, por favor –repliqué, obligándome a mí misma a mantener la calma, pero encontrándolo difícil. Arrodillado sobre su asiento, mirándome con atención minuciosa… ¿quién era este tipo?

              –Tenés razón. Es demasiado para una pobre piba. “Perfecta”.

              –Precisamente, Desconocido-kun.

              –Mukahi Gakuto.

              –Eso. Mukahi –agradecí el tener con que llamarlo–, decime, ¿ya te aburriste de boludearme?

              Alzó las cejas, teñidas de pelirrojo al igual que su –válgame la redundancia, pero no encuentro otra expresión que “totalmente insolente”– cabello. Lució inocente por un segundo, pero yo no había nacido ayer. –¿Eh? ¿Bo… boludearte? ¿Quién intentó boludearte acá?

              Me puse de pie, decidiendo que no tenía tiempo para tonterías que me recuerden mi estúpidamente mala reputación en la escuela. Estaba bien, supongo: era un lugar para aprender, no para hacer amigos y distraerme. Pero, de vez en cuando, venía uno de estos sabelotodo que pensaban que podían tratarme de estúpida, hablando palabras altaneras.

              –, ¡esperá! –repicó su voz cuando estaba saliendo del aula. Acostumbrada a ignorar, seguí mi camino–. ¡Uff, piba! ¡Empezá a distinguir tirar onda con boludear!

              Frené. Mi sangre se congeló de a poco, y la culpa comenzó a hacerse su lugar en mi pecho, pero, riéndome, la sacudí. –¿”Tirarme onda”?

              Me había volteado… este chico, más vale que se sienta afortunado. Me devolvió la mirada, como si nada le importase, pero se le notaba que su intención no había sido decir esas palabras.

              –Está bien, supongo que no sería interesante si no la complicás –repuso, vanidosamente levantando el mentón. Pronto ahogó una risa, y sus ojos me miraron como si yo fuera un pobre, pobre perrito inocente–. Mentira, no te estaba tirando onda, no te des tanto crédito. De hecho, nada más quería ver si podía mantener una conversación con vos. Debo ostentar el record.

              –Lo único que ostentás es un ego del tamaño del Fuji-san –dije vorazmente, y volví a sentirme mal. No estaba bien. Debía controlarme y contestar como lo haría una educada, amable, tierna niña de mi edad… alguien que no tiene problemas, alguien que está bien consigo misma y con el mundo; y por tanto, también replica bien, controlada, con buen humor ––

              ¡Bah, eso no soy yo!

              –Bueno, ¿es verdad lo que digo o no?

              Mascullé. Por Dios, este tipo…

              –¡No! –casi grito, y mi medidor emocional sube. Me estoy descontrolando, y lo sé. ¿Una persona que acabo de conocer me hace esto? ¡Quién es ese en mi vida! Es tan solo un insolente… maldito… hijo de su madre…             

              … record… ¿un record en minutos hablados conmigo? ¿Por qué? Es decir, si me hablás, acciono en consecuencia, ¿no…? No soy un androide. Puedo hablar con la gente, la gente puede hablar conmigo. ¿Verdad? Eso es lo que quiero creer, porque eso es lo que soy… no soy una mala persona…

              –No –volví a atajarme. No iba a llorar, no en frente de este insolente–. No. Si me hablases bien, te contestaría bien. El único problema acá es tu pobre habilidad social. ¡Seguro que no podés ni decir tres palabras sin que la otra persona se sienta insultada!

              –Y vos directamente no hablás tres palabras si por vos fuera, punto. Tenemos ambos un problema –una sonrisa. ¿Por qué? ¿Era una broma, y yo no lo sabía? ¿Me estaba tratando de estúpida otra vez?–. De cualquier forma, venía a decirte algo íntegramente distinto. Pero tenía que romper el hielo, viste ––

              –¿Qué mierda querés?

              Se calló, mirándome, asustado. Tragó saliva, y continuó:

              –Te acordás de mí, ¿no? Una vez me diste una pluma. Me olvidé de vos para cuando te volví a ver por la escuela, pero cuando entraste a mi curso terminé recordando lo que quería. Resultaba ser que sí tenía una pluma de paloma en mi colección.

              Sacó algo de su bolsillo.

              –O sea que puedo devolverte esta. Por derecho, es tuya.

              La dejó en el suelo.

              –La apoyo acá porque, sinceramente, tengo miedo de que me muerdas. Avisame cuando te desenojes.

              Mi respiración repicó contra las paredes del pasillo, agitada. Pellízquenme y díganme que este pibe NO está intentando ser amable conmigo. No puede ser, no existe amabilidad en esta escuela. Eso, y sumado a mi siempre presente teoría de que el ser humano es, por naturaleza, maligno…

              –No… no estoy enojada –aseguré, pero sí estaba temblando del frío. Un par de manos sudorosas tomaron la pluma del suelo, y para cuando me di cuenta, Mukahi ya estaba alejándose. Podría haber sido una persona más, otro pobre idiota que no había permitido que se me acerque, pero…

              –Nos vemos.

              –¡No, esperá!

              Por alguna razón, no pude permitir que su figura se deshiciera en la penumbra de la media mañana. Después de todo, ¿dónde estaba esa yo que siempre está convencida de que las personas merecen segundas oportunidades?

Aori