Lo que a le gusta denominar su “período feliz, amable y frágil” duró desde fines de primer año hasta mitad de tercero. Cada vez que se acuerda, intenta borrar muchas cosas que hizo y dijo de su cabeza, más le es imposible, y sólo provoca que el fuego de estos recuerdos se haga aún más inextinguible. De pronto, se había olvidado de lo que significaban esas palabras que alguna que otra vez había pronunciado su mamá: todos esos sermones sobre la personalidad y la estética de una dama, la estética de una dama y la personalidad.

              ¿Dama? Ya no se sentía más una dama, se sentía una doncella. Era una joven, pura y graciosa doncella (o así la hacía actuar Mizuki, el muy hijo de su madre). Caminaba con un aire altanero, se cuidaba el cabello, hablaba suave y elevaba el meñique al tomar té. Casi todo lo que su mamá había querido que hiciera, realmente, exceptuando quizá la parte de susurrar todo lo que decía y comportarse como una delicadita. Retomamos: culpa de Mizuki. Se sentía bien, tan bien poder decir “Soy la única amiga de el enigmático Hajime”, que no estaba segura de haberse sentido así antes.

              Sí, estaba colmada de felicidad. Sí, ahora sonreía y las personas le devolvían el gesto. Y sí, también era muy frágil.

Excéntrico.

           Capítulo Anexo 2.
(adj.) Deleznable.
( que se rompe o deshace fácilmente. )

              Pero, frágil o no, estaba más que segura de una simple cosa: Mizuki no la rompería. Eran dos personas delicadas, y se entendían a la perfección por eso mismo. Ambos managers de sus respectivos equipos de tenis desde segundo año, ambos educados al punto de ser capaces hasta de tomar el té con la reina de Inglaterra, ambos reconocidos pero venerados fanfarrones. Y la única diferencia era tal vez la más terrible: aquella que Mizuki le advirtió cuando le mencionó a la joven su teoría de las escuelas católicas. Estaban los incorregibles, fríos, manipuladores y sombríos como Mizuki Hajime, y los puros, inocentes y leales como . Mizuki no sabía ni cómo ni cuándo había pasado, pero las recurrentes oscilaciones en la personalidad de su amiga manager (yendo desde fría y temperamental a dulce y temperamental a… bueno, delicada y temperamental, pero Mizuki juraba ver la clara diferencia entre éstas) se habían calmado, y el péndulo había frenado apuntando a una nueva faceta de : la pseudo-calculadora. La misma que de pronto acompañaba a Mizuki cuando éste se iba por ahí a espiar a otros equipos (aunque el moreno sospechaba que esto era por lástima a Yuuta, principalmente) o que ya sabía exactamente cómo Mizuki actuaría.

              O algo así. Un día, le erró al cálculo.

              sabía que su exclusivo amigo le tenía un fuertísimo rechazo al sol. Sabía que siempre llevaba protector en su mochila, y que a menos que fuera realmente necesario, intentaba no desabrigarse mucho. Nunca había pensado mucho en esta costumbre suya, pero la recordó cierto día de calor a fin de año, en Marzo, en el que ni los cerezos que comenzaban a adquirir brillo hacían que se pueda ignorar el hecho de que no se podía estar afuera por mucho tiempo si se apreciaba la salud de uno. Ese día, Saint Rudolph fue invitada a participar de un torneíto inter-colegial bastante mal organizado, pequeño, y pobretón. Aún pese a todos esos adjetivos desmenuzadores que llevaba, un torneo era un torneo, y sabía bien lo importante que era para Mizuki, por eso le prometió expresamente que iría verlo. De tanto analizar al chico y a sus relaciones con los demás, consideraba tener una relación bastante especial con él, y por eso se figuró que no estaba mal el gesto de llevarle un parasol para cubrirlo del erosivo calor.

              Llegó a las canchas un tanto exhausta, deseando haberse quitado la maldita chomba del uniforme antes de salir de los dormitorios, pero el acordarse del quitasol había sido mucho más importante que su vestimenta en el momento, así que, sencillamente, se le olvidó por completo hasta no mucho después, cuando ya era demasiado tarde. Ella también quería usar la sombrilla, así que se figuró que no estaba mal pedirle permiso a Akazawa para sentarse con Mizuki en el banco del entrenador y compartirla.

              Cuando se sentó, sin embargo, Mizuki se tensionó y sorprendió a la vez.

              –¿ -san? ¿Qué… qué haces acá?

              –Hola, Mizuki-kun –saludó mientras abría el parasol, proporcionándoles una fresca y muy necesitada sombra–. Aa, Akazawa-kun me dejó pasar… ¿cómo va el partido?

              –… andate.

              La joven le dio una sonrisa de “no-entendí-bien”.

              –… ¿qué?

              –Que te vayas, -san. No sos parte de mi escenario.

              dejó caer su mandíbula, al igual que el brazo que no sostenía la sombrilla, que rebotó, inánime, contra su falda. Sí, era cierto que su presencia estaba causando que más y más miradas se concentraran en ellos… pero también era cierto que jamás había sentido tanto odio intrínseco en sus catorce años de vida.

              –Eso… ¿eso es todo lo que tenés para decirme?

              –Sí –Mizuki la miró como tal, pero a la vez preguntándose qué demonios quería escuchar–. Perdoná, pero estás distrayéndome y distrayendo a mis jugadores.

              –Mirá vos.

              Al ver que le temblaba la mandíbula, Mizuki le arrugó el ceño –¿Qué te pasa?

              Cerró la sombrilla, cerró los ojos e intentó no llorar. Lamentablemente, en vez de explotar para dentro, explotó para afuera mientras se paraba:

              –Me pasa que parece que te importo un carajo, Hajime.

              –Un ca - no, no me importás un bledo –Mizuki respondió, ligeramente preocupado y definitivamente confundido ante qué podría haber hecho que la joven le ponga esa cara de desquiciada que tenía ahora. ¿Tenía que ser ahora? ¡En medio de un partido…!

              –Tenés razón, por ahí un bledo te importo, pero un carajo seguro que no – refutó. Se sentía frustrada, como si la hubieran hecho revolcar por el piso y tragar tierra. Se sentía estúpida, porque después de tanto tiempo, aún era una nada en la agenda de Mizuki. Pero, más que nada, se sentía devastada: no cumplía con sus expectativas, no estaba dentro de su escenario, sus parámetros, sus estándares, malditos estándares, maldita su preciada concentración y maldito su egoísmo.

              –Pará - ¿qué?

              –No, no voy a parar – lo apuntó con un tembloroso dedo. Hasta el referí se preguntaba si echarla del área de juego o no, pero aún sabiendo esto, no la afectó mucho–. Me cansás. Me cansás porque lo único que hago es venir con la mejor intención, y me bajás de un hondazo como si encima te tuviera que decir que sí y agachar la cabeza e irme.

              –¡No ves el escándalo que ––

              –¡En todo caso, es tu culpa! –la joven le gritó aún más fuerte. Ya estaba. Hecho. Ya la había roto en mil pedazos. Ya la había hecho perder la compostura, ya basta, ya no quería escuchar más, ya no quería decir más…–. ¡¡Sos la persona más innatamente estúpida que conocí en mi vida!!

              Y aún pese al portazo que le dio a la reja, al murmullo general, al hecho de que ningún jugador había estado prestando atención al juego y al insulto que le acababa de largar, a Mizuki Hajime no se le ocurrió ir a buscarla. Decidió, simplemente, que era su culpa por ser demasiado complicada y por tomarse a mal su… ¿pero, qué le había dicho? ¡Absolutamente nada! Y sin con una persona no se puede hablar, mejor no hablarle. Eso, y el partido, por ahora, pesaba más.

···

              Daidouji Michiru tan sólo sabía dos cosas: una, la acababan de sacar de un empujón de su propio cuarto; y dos, su compañera de dormitorio había estado llorando desde ya hacía más de quince minutos, en los cuales Michiru no desistió de su obcecación en llamarla y golpear la puerta.

              –¡ -senpai! –vociferó, pero decidiendo que sería la última vez que lo haría, percatándose de que quizá era un tanto irritante insistirle tanto para que le abriera, y se quedó callada, con el oído pegado a la madera, intentando escuchar algo que evidenciara que su senpai seguía allí dentro (porque había entrado con tal seriedad aterradora que no era tan loca la idea de que hubiese aprovechado el momento a solas para tirarse por la ventana).

              –Ara, ¿Michiru-chan? –se sorprendió una joven que estaba allí mientras aquello acontecía–. ¿ -san aún no sale?

              –No–replicó Daidouji, afligida–. E~to… ¿Debería llamar a un adulto?

              –No… es mejor dejarla en paz –opinó la otra chica.

···

              Mizuki no consideró en ningún momento del partido la posibilidad de dejar la banca por cuestiones tan triviales como una estúpida discusión. Que estaba algo extrañado y preocupado por el previo comportamiento de la chica, no se podía negar – pero más por el por qué diantres se había enfadado que por el hecho de haberla hecho enfadar en sí.

              Bueno, qué importaba. Ya tenía demasiada experiencia (cortesía de Hoshiko y Tsurara-neesan) con estas cosas – bastaba con un par de días para que la situación calmare y ya, suficiente. Probablemente, y juzgando por la personalidad de , ni hiciera falta disculparse.

              –¿Daidouji-san? –la llamó Mizuki con su voz teatralmente casual, logrando asustar (pero efectivamente llamar la atención) a la susodicha–. Disculpame. ¿La has visto a -san? –(primero lo primero: asegurarse de que todo estuviera medianamente bien).

              –¿Senpai? E~to… –Michiru terminó de unir las piezas del rompecabezas mentalmente, sin mucha dificultad. ¿Sería que…?–. Anou… la última vez que la vi…

              Mizuki descartó el titubeo de la kouhai como culpa del no saber qué excusa poner para no decir la verdad, considerándolo, en vez de eso, una esperada reacción ante su tono de voz y aspecto físico –¿Hai? –presionó un poco más.

              –Hoy estaba… algo… –Michiru se pasó una mano por la frente, visiblemente incómoda–. E~to…

              Pese a haber largado un suspiro exasperado, Mizuki intentó no dejar transparentar demasiado lo nervioso que lo ponía el que la muchacha no fuera capaz de armar una oración de corrido– ¿A dónde está? ¿Dónde la viste por última vez? –inquirió, sonando bastante menos paciente y encantador que hace cinco segundos atrás.

              –En el cuarto. E-es el trescientos once, en el tercer piso de nuestro edificio.

              Mizuki le dedicó una sonrisa –Gracias. Por cierto, ¿qué tal estaba, anímicamente hablando?

              –Anou… no debería entrometerme, pero –Michiru se tensionó–. ¿Le ha hecho algo Mizuki-senpai a -senpai? Porque…

              ¿Tanto tiempo le había hecho perder hasta soltar lo que debía? –Comprendo. De nuevo, gracias, Daidouji-san.

              Y Mizuki emprendió un paso ligero hacia el edificio de las chicas – no importaba cuánto alboroto seguramente causaría al llegar… en todo caso, se había buscado el drama ella misma.

···

              La muchacha despertó de un salto, ahogándose en sus propias lágrimas, tosiendo y convulsionando en el suelo, junto con un par de almohadas. No pasó mucho tiempo hasta que pudo recordar por qué se había quedado dormida en tal estado, y luego de que la imagen traumática asaltara su mente comenzó a sentirse mal de nuevo. Bueno, “mal” quizá era una palabra demasiado suave como para expresar lo mucho que le ardían los ojos: se sentía patéticamente miserable, como si considerara su culpa el haberse creído tan estúpida e inocentemente que era una amiga cercana de ese hijo de puta.

              Sí. Hijo de puta. Y lo pensaba sin miedo – eso era llana y puramente lo que él era. Después de tanto tiempo queriendo agradarle, de la felicidad y de las mariposas en el estómago que le provocaba el saber que había alguien con quien ella podía ser amable tan solo porque ella quería serlo, ¿eso era lo último que tenía pensado decirle? ¿“Andate, me distraés, no sos parte de mi escenario, no pertenecés en mi vida?

              Le dieron un par de golpes a la puerta –¿ -chan…? ¡ -chan! ¡Alguien quiere verte!

              ¿Sería el muy bastardo? No, qué idea ridícula, mirá si de todas las personas del mundo, él. tenía más que en cuenta que, en el hipotético caso en el que lo picara el bicho de la curiosidad, vendría a pedir explicaciones (ni siquiera darlas), no a disculparse. Aún pensando que el hecho de que realmente estuviera Mizuki tras la puerta era tan fantasioso que hasta podría ser cierto, el desmoronamiento emocional que sufrió la chica cuando giró de la perilla, tiró y vio su cara –con el cutis pálido y perfecto como siempre, los ojos de ese precioso negro azulado y el finamente enrulado cabello– le hizo pensar que iba a desmayarse ahí, sin otro pretexto que el de esperar caer en sus brazos. Tal vez, si no hubiera estado enamorada del insolente ese, hubiese hecho algo más productivo, como gritar, pegarle o patearlo, pero para lo único que alcanzó la mínima pizca de valor y autoestima que le había quedado en su alma fue para agachar la cabeza y darle un hombrazo al pasar. Acto seguido, una mano fría como la sangre que corría dentro de sus venas le quemó la piel de la muñeca, a la que tomó con fuerza.

              –¡I~YA! – chilló, y, a partir de ahí, los murmullos de los espectadores aumentaron en volumen. La llorosa muchacha intentó empujarlo, apartarlo, lo abofeteó y se retorció incontables veces, porque lo que menos quería ahí y en ese momento era tener que escuchar su melódica voz y ––

              – -san, basta. ¿Qué ––

              –¡No! –exclamó, empapada en nervios y lágrimas, aún sacudiéndose–. No quiero que me hables, n-no… –cayó contra la pared a causa del forcejeo y, al sentarse de golpe en el piso, se abrazó a sus piernas, balbuceando una larguísima sarta de insultos e incoherencias. Mizuki se dio cuenta que recién entonces terminaba de entender por completo a la joven, y se sintió (irónicamente) engañado. Le echó una mirada severa que no devolvió, escondida tras la seguridad de su cabello.

              –¿Qué fue lo que dije? –inquirió Mizuki suavemente, con esa extraña sensación de que debería estar arrepentido y no lo estaba.

              –¿¡Me estás cargando!? – apretó los párpados, porque hasta teniéndolos escondidos y fijos en el suelo podía verlo, siempre podía verlo, siempre presente en los rincones de sus ojos–. V-vos me odiás, ¿no?

              –¿Q - cómo? –Mizuki estuvo a punto de arrodillarse a su lado, pero se detuvo a sí mismo a tiempo–. ¡No, claro que no, -san! ¿Perdiste la ––

              –Entonces, ¿por qué me dijiste eso? –le ladró/inquirió la chica, frenando tan sólo por la necesidad de romper en una tos histérica, causada por sus propias lágrimas–. ¿Por qué no me querías tener cerca? ¿P-por qué todavía no te caigo bien?

              –Si no me cayeras bien, te aseguro que no estaría pasando por esto –fue la calma respuesta del moreno, quien, acto seguido, le dedicó una mirada fulminante a las chismosas que se habían quedado cuchicheando detrás, como si esta fuera la mejor escena de la novela favorita de media tarde (pensándolo bien, reconoció Mizuki, más o menos…)–, así que por favor, calmate y…

              –¿Esto tampoco era parte de tu escenario? ¿Eso hacías? ¿Me analizabas, nada más? – había levantado la vista con la estúpida ilusión de encontrarse con aquél bello rostro luciendo arrepentido. No. Estaba más serio que nunca, hostil, severo. Abrió la boca para hablar, pero su ensayado y musical discurso fue abruptamente interrumpido–. Sos un e-egoísta hijo de puta, Hajime. S-si no te importa, ¿por qué no me ––

              –¡Sacate esa ridícula idea de que no me importás de la cabeza! –vociferó Mizuki, pero pronto arrepentido por elevarle la voz–. Si todo esto fue porque te pedí que te vayas de la cancha, perdón. Eso sí: comprendé que todavía no sé por qué diablos me estoy disculpando.

              –E-es que no dijiste - no dijiste sólo eso – no tenía término medio. Ahora que había elevado los ojos para mirarlo, no podía dejar de hacerlo–. D-dijiste que te distraía y que - que no era parte de tu vida - porque no te importa lo que me pasa o deja de pasar, ¿no?

              –¿Eh ––

              –Te doy igual. Nada más querías a alguien para molestar, que amigo ni amigo. Una persona co-como vos no - no se merece tener ni un solo amigo, n-ni uno…

              –Por lo visto, tenés razón.

              –¿Ah?

              –No me lo merezco. Y sé que a veces parece que no, pero reconozco mis defectos. Yo lo que soy con las personas, pero también sé que con vos nunca lo fui.

              –Sos un manipulador egoísta, Hajime, y lo fuiste conmigo.

              Por primera vez en la discusión, Mizuki lució como si le hubiera afligido algo de todo lo que la chica había dicho. Hubo un breve silencio, hasta que él rió amargamente y admitió:

              –Mierda… era distinto cuando me enumeraba mis defectos yo mismo. Que alguien me lo diga tan claro - “manipulador egoísta” - es algo…

              Se pasó una mano por el pelo. Demasiado tarde, pero recién ahora entendía. Nunca se lo habían dicho, pero no es que él realmente no sabía que quizá enseñarle a Fuji Yuuta ese movimiento estuvo mal, o que intentar convencer a Kaidoh Kaoru de que era un estudiante de su escuela cuando tuvo amnesia temporal estuvo pésimo, o, sin ir más lejos, que se pensara que podía decirle cualquier cosa a y que ésta bajaría la cabeza estuvo mil veces peor.

              –N-no puedo sentir culpa por lo que hice - es como soy, y te estaría siendo injusto si te mintiera y te dijera que estoy arrepentido, pero… –al diablo con todo, decidió Mizuki mientras se arrodillaba a su lado, mirándola tiernamente a los ojos–. No quiero que llores. No por mí.

              –No me p-pidas es-eso – replicó en una voz baja y débil, tomando bocanadas de aire, ya que con su nariz se le hacía imposible respirar–. P-porque así seas u-un manipulador egoísta, no sos malo. Bue - bueno, no sé si es así, p-pero yo no t-te puedo ver como un - una mala persona…

              Mizuki juró nunca decírselo a nadie, pero lo que sentía era verdad y su expresión lo delataba: tenía los músculos de la frente contraídos con culpa. Sacó una pañoleta del bolsillo de su pantalón y lo apoyó con cuidado en el rostro de la chica –Soplá.

              le murmuró un “No seas…” seguido de algún tipo de discurso ininteligible, tomó el pañuelo ella y lo pasó por toda la cara, luego sonándose la nariz. Cuando terminó, lo dejó en el suelo, y acabó fregándose la nariz con la muñeca en una forma poco femenina y no muy aconsejada para actuar frente a Mizuki (pero eso ahora le importaba entre poco y nada) –Siento que te tendría que odiar, pero no - no me sale.

              Y menos teniéndolo así de cerca. Se puso aún más roja de lo que ya estaba por efecto del prolongado llanto, y dejó de hacer que su vista pasara de un ojo de Mizuki al otro para posarse en sus labios. Aunque se veían tentadores, lo último que tenía pensado hace la joven era besarlo… por lo que le cayó como sorpresa el que él lo hiciera en su lugar. Fueron unos tres segundos – o sea, hasta que reaccionó y lo empujó, sentándolo en el suelo. Acto seguido, se puso de pie con una cara que lo acusaba de algo así como “Me acabas de cagar la vida”, y, antes de que supiera lo que hacía, salió corriendo. Mizuki se rió. Pese a que no lo parecía, sí, había vuelto a la normalidad.

···

              Después de más de una semana evitándolo, sus (condenados sean) puestos como managers de sus respectivos equipos los habían juntado en un mismo espacio de nuevo. dudó por un momento antes de abrir la sombrilla, pero terminó abriéndola de todos modos, y sus dedos rozaron tímidamente con los del chico. Ambos sintieron una descarga de electricidad frente al tacto, por lo que Mizuki Hajime retiró su mano. La joven lo miró con un tinte decepcionado en el rostro, pero Mizuki la sorprendió apoyando sus dedos en su mejilla.

              Sonrió –Gracias.

              Suspiró para tranquilizarse –¿Por qué?

              –Por perdonarme –replicó Mizuki con obviedad, y cambió de tema rápidamente–. ¿Y? ¿Contra quién?

              –Mirai Gakuin. ¿Y ustedes?

              –Seishun Gakuen –al enredar un mechón de cabello en su dedo índice, comprendió, sin palabras, lo que Mizuki había querido decir: “No puedo esperar” –. ¿Están nerviosas?

              –¡Nah! ¿Y ustedes?

              –Voy a sincerarme contigo: quizás lo esté, un poco –Mizuki guardó su mano en el bolsillo, por lo que volvió a hacer una mueca–. Hoy me enfrento con el hermano mayor de Yuuta-kun, ¿sabías?

              –¿El hermano de…? Ese tipo… jamás lo he visto, pero no sé, por lo que dice Fuji-kun, me da la impresión de que no me caería bien en persona.

              –Veremos qué pasa.

              –Bueno, tú probablemente ya lo sepas, ¿verdad?

              –Nfu, ¿supongo?

              Una sonrisa se instaló en los labios de la muchacha. Se ensimismó en sus pensamientos, murmurando: –Típico... –no se dio cuenta que Mizuki ya había dejado la seguridad del parasol que compartían para caminar delante de ella. En su duda sobre si seguirlo o no, el moreno volteó y le tendió una mano.

              –Saa, te o. [1]

              no lo pensó una segunda vez.

(s. m.) Final.

 [1] – “Bueno, [dame] tu mano”. Frase así como matadora de Mizuki cuando se pone a bailar con vos en el Gakuensai [juego de PSP2]. Créanme, después de DOS veces de hacer la historia completa y unas CIEN de reiniciar la PSP, fue sublime escuchar esta frase. Casi me muero T_T

Aori.