Preludio

        Creo que desperdiciamos nuestras vidas desde el primer momento en el que respiramos. Seguimos llenando nuestros pulmones de aire continuamente, como sin darnos cuenta de que cada respiro podría ser el último que demos… no, con la soberbia seguridad de que habrá otro respiro más. Con el ego hinchado, nos creemos el ser más perfecto sobre la Tierra. En realidad, no somos más perfectos que una planta, y sorprendentemente, no menos frágiles. ¿O es que ser humanos nos da el derecho de fumar? ¿O es que ser humanos nos da el derecho de robar? ¿O es que ser humanos nos da el derecho de arruinarnos? ¿O es que ser humanos nos da el derecho de tirar la vida a la basura? ¿O es que tenemos que saber que vamos a morir para realmente disfrutarla?

Entre la luz que caía entre las densas hojas, estabas sonriendo.

Un pequeño libro se extendía en las palmas de tus manos,

mientras con un bonito dedo marcabas las palabras.

Creí que con aquella sonrisa, cualquier cosa podría ser salvada…

Se desvaneció bajo el delimitado cielo,

el recuerdo de ti en aquellos tiempos.

Dentro del sueño que forjé, lo vi,

aquel cielo era...

Leeca

Crescendo

        La recostaron sobre la cama cuidadosamente, y por unos quince minutos no hizo más que quedarse ahí, con los ojos cerrados, luciendo como una incorruptible muñeca de porcelana. Pálida como una, inmóvil como una. Tras el marco de la puerta, una tímida cabeza pelirroja se asomaba y miraba como la nodriza la atendía. Kikumaru Eiji apenas podía comprender qué sucedía, o qué le estaban haciendo, o por qué la niña contorsionaba su rostro en agonía. Lo único que entendía era que ella no era como las demás chicas de su edad. No salía a jugar todos los días. A veces, cuando lo hacía, de repente, tan feliz como parecía en un momento, frenaba, cesaba de correr y comenzaba a llorar, como si algo le doliese. Eiji no podía hacer nada al respecto, excepto obcecadamente quedarse esperando hasta que le dieran permiso de pasar al cuarto.

        La mucama le echó una duradera mirada al pelirrojo, llena de una especie de agridulce angustia, antes de retirarse.

        -chan estaba demasiado cansada como para abrir los ojos, pero Ei-chan se quedaría a su lado, aunque no volviera a abrirlos. Ei-chan siempre la cuidaría. Ei-chan siempre cuidaría a -chan.

*~*~*

        El sol le pidió permiso a las copas de los árboles para pasar por entre sus hojas. Con el susodicho concedido, entibió el rostro de una joven de unos trece años. Los párpados se arrugaron un par de veces antes de abrirse por completo y, arrojando las sábanas descuidadamente por ahí, apoyó pies desnudos sobre una suave alfombra. Refregó sus ojitos castaños para que se adaptaran a la tenue luz. Se puso de pie, y su camisón se colgó de su figura. Ojeó lastimosamente el uniforme que colgaba con prolijidad de la manija de la puerta cerrada del armario. , su amiga, aseguraba con fervor que éste le quedaba perfecto, pero eso no era lo que la preocupaba. Pasó sus dedos por la fina seda del moño rojo. Y, así sin aviso previo, se desplomó sobre la alfombra.

        Pasos apresurados por las escaleras: la nodriza reconocería aquel amortiguado ruido del cuerpo de la joven golpeando contra el suelo aunque ya estuviera sorda de tanto escucharlo.

        Irrumpió en el cuarto.

        –Señorita ––

        –Estoy bien –aseguró , recostada sobre el suelo, pero aún aferrada al moño carmesí–. Ya tomé la decisión. Hoy iré a la escuela, no importa qué tan mal me sienta.

        La criada hubiese deseado no escuchar eso, pero sabía que terminaría escuchándolo tarde o temprano –Señorita…

        arrugó el ceño, aguardando la reprimenda.

        –La ayudo a vestirse.

        La muchacha sonrió apenas, con alegría temporal. Seguramente la reprenderían en algún momento, pero por ahora, era su primer día de clases y se hacía tarde.

*~*~*

        –¿No estás cansado, Ooishi? –con un movimiento gatuno, Kikumaru Eiji se desperezó estirando los brazos–. En las próximas horas tenemos matemáticas, y yo tengo tanto sueño, nya, que ni voy a poder pensar~

        –Eiji, yo no soy de tu división –recordó su compañero de dobles pacientemente, pero esbozando una pequeña sonrisa.

        –Oh, es verdad –reconoció el pelirrojo al instante, y comenzó a buscar a alguien con la vista–. ¿Fujiko-chan? ¿Dónde estás? ¡Quiero quejarme de matemáticas contigo! –y salió corriendo a los saltos, en búsqueda del aludido.

        Oishi largó una risa breve, la cual se apagó rápidamente al levantar la vista. Una joven de ojos nostálgicos le devolvía la mirada, y el vicecapitán no sabía por qué, pero aunque nunca la hubiera visto antes, pudo reconocerla al instante.

“Ella. La verdad, la extraño mucho, pero… no sé, ¿crees que ella me extrañe? No, no, eso no importa”, recordaba a Eiji decir mientras le mostraba un portarretratos, “Lo único que me importa es que esté bien. Ojala… siga estando bien…” – y si no era ella la chica de la cual hablaba Eiji, entonces era una escalofriantemente parecida. Poseían la misma mirada… triste y torturada.

        no se lo quedó observando, aunque sí notó él le estaba clavando una mirada muy particular. En todo caso, ella no sería descortés. Pasó por lado del mirón con serenidad, y siguió vagando por los pasillos de la escuela.

        Unas chicas se le acercaron cuando se estaba alejando, observó Ooishi. Y eso fue todo lo que vio, porque su vista fue bloqueada por un par de ojos centellantes.

        –Eiji, me asustaste –Syuichirou se echó hacia atrás, mirando por breves instantes a su amigo, pero su vista inevitablemente terminó siguiendo una melena castaña que se perdía entre la multitud–. Ah, esa… –atinó a señalarla.

        –¿Qué? –Kikumaru se dio vuelta rápidamente, pero no visualizó nada fuera de lo común–. Nya, Ooishi, ¿qué viste? –inquirió, con ambos preocupación y curiosidad.

        –Nada –su compañero de dobles agitó la cabeza para salirse del trance–. Na… nada.

        Aunque a Eiji se le escapó una mirada escéptica, si Oishi proclamaba que no pasaba nada, entonces, nada pasaba. Jamás dudaría Kikumaru de la honestidad de su amigo. Pero un comentario no pudo evitar hacer…

        –Así digas que no fue nada –dijo Eiji, con su ademán distraído de ser tocando de inocencia las palabras–, te juro, Ooishi, parece que te hubieses topado con un fantasma.

        Recordando la belleza frágil y pálida de la joven, el vicecapitán rió sonoramente. “Bueno”, musitó para sí, “Casi.”

*~*~*

Interludio

        Aquél día no había podido ir a la escuela. Después de su desmayo, el estrés le fue tal que le gritó a su nodriza para que saliera de su habitación, que por favor no la viera en ese estado, que ella aún podía pararse. Y su cambio de humor había asustado tanto a la joven sirvienta, que ésta no hizo más que disculparse y retirarse del cuarto, dejándola a , por pedido propio, ahí tendida. La frente le ardía, y el cansancio no le dejaba acumular fuerzas para ponerse de pie. Recordó la razón por la cual aún retorcía una seda roja en su mano, y se dijo que éste sería el día en el que volvería a Seigaku, que ella no volvería a internarse en una clínica, y juntaría toda su voluntad para verlo de nuevo.

        Eso hizo: el día siguiente ella ya había llegado a deslizar la pollera por su cintura antes de tener un mínimo mareo, pero eso no la detuvo. Estaba mejor que ayer, después de todo, y con esa ingenua ilusión la limusina partió camino hacia Seishun Gakuen.

*~*~*

Decrescendo

        El viento crispaba en remolinos, levantando en vuelo un par de hojas peltres. Para ser un día de otoño, no había un frío indeseable en el aire, el clima agradable, el cielo con pequeñas sombras de nubes. No llovía, pero sí se olía la humedad. Una tarde apacible y como cualquier otra, un día que no se merecía contener tanta tristeza. En un cementerio había una sonrisa borrada, un sueño roto en miles de millones de pequeños pedazos que ahora se subían arriba de la brisa y volaban lejos. Ahí estaba la persona que se había negado a asistir al velorio, y que por primera vez venía a enfrentarse con el gigante tenebroso más grande que jamás había acechado sus pesadillas:

        Una pequeña estatuilla de grafito.

        Kikumaru ahogó un respingo, y los ojos se le empaparon de pedacitos de ayer que precipitaban, como cascadas, en forma de lágrimas.

        No pudo soportarlo, y giró sobre sus talones, queriendo huir. El valor lo tomó firmemente de las piernas y lo sujetó al lugar. La negación, tan cautelosa y compulsivamente mantenida en pie, se desmoronó en frente de sus propios ojos, pero éstos ya estaban ciegos de tanto llorar. Las reminiscencias le asaltaron la mente de a cien por vez, y lo único que hizo durante los diez minutos que sollozó, sentado sobre el suelo y abrazándose a sus piernas, fue eso: recordar.

        –¿Te duele, el suero?

        Eso había sido lo mejor que Eiji había podido titubear, estupefacto ante una joven de aspecto deleznable, labios de tinte amarillo, mejillas enrojecidas por la temperatura y los ojos forzosamente cerrados. había jurado no hablarle nunca más, pero no le pareció prudente intentar mantener esa promesa, no ahora.

        –Siento una presión… –indicó ella, levantando la otra mano y señalándose el antebrazo, donde la aguja, aunque prolijamente cubierta de vendas, le perforaba la piel–, pero no es nada. Ya me acostumbré.

        El zumbido de la estática rellenó oportunamente el silencio, y Eiji apartó la vista. No quería salir con el recuerdo de esa pila de huesos de piel amarilla de la clínica, le gustaba imaginarse a en todo su esplendor, con los cachetes rozagantes y el alma llena de vida. Eso que se retorcía entre las sábanas, quemando de fiebre y aguantando las ganas de llorar, llena de milimétricos agujeros que recorrían sus brazos desnudos, eso no era, no podía ser, jamás sería su querida amiga.

        Al hablar, sin embargo, ni la fatiga presente en su voz la dejaba mentir. No podía ser sino ella. Y eso a Eiji lo volvía loco.

        –Sé que -chan está muy enojada conmigo… –comenzó el pelirrojo, pero un mínimo gesto como podía serlo una fruncida de ceño por parte de ella, lo frenó.

        –Kikumaru-san, me van a sacar el bazo dentro de unas horas. Necesito que entiendas. No quiero escucharte.

        Jamás enterado de aquella información, Eiji abrió los ojos de par en par. Los de ella también se agrietaron, pero brillando de un muy poco saludable tono de ámbar que hacía juego con sus labios. El muchacho escuchó las palabras de varias veces en su mente, en todas haciendo un énfasis en “Kikumaru”. Ella no solía decirle así. ¿Tan enfadada estaba?

        –-chan, ¡lo que viste…!

        La muñeca (porque ella se sentía una más que nunca antes, y se repetía a sí misma esta denominación todo el tiempo, esperando que su cuerpo llegara a creérselo y dejara de agonizar) llevó una temblorosa mano hasta los botones que erguían o reclinaban su cama, tanteó un poco, e hizo sonar la advertencia para las enfermeras.

        –Perdón –dijo cuando una de las previamente dichas le pedía educadamente al pelirrojo que se retire. No vivió para entender que debería haberlo dejado quedarse.

        Tan iluso había sido. Tal soñador sátrapa. Tal egoísta enamorado.

        Un día después de la operación, una prolija cajita escondida tras la espalda, un par de nudos sin atar formados en la garganta. Eiji aguardó pacientemente hasta que lo dejaron pasar a la habitación, y ahí, pura y pálida como el resto de su entorno, descansaba , semi-erguida sobre la camilla. ¿Qué le diría ahora? ¿Le preguntaría cómo estaba, si le dolía? ¿Valían la pena esas preguntas? Lo que importaba en ese momento era ocuparse de asuntos más inminentes, ¿verdad?

        Eiji sacudió la cabeza, no era el momento para hablar así. No había ningún asunto urgente, puesto que no iba a morir. Y como tal era el caso, cualquier día de su pacífica existencia en el mundo era perfecto para contarle todo lo que debía decirle. Lo cierto es que había cuestiones más importantes para decir que otras… pero no por eso sería ésta la última oportunidad para decirlas. No señor.

        lo sintió. No había sido difícil: olía a veterinaria. –¿Eiji?

        Por lo menos no estaba más enojada, el joven pensó, el rostro iluminándosele. Ella no lo estaba mirando, los ojos pesadamente cerrados, pero él le sonrió. –-chan, te ves mejor.

        –Mamá vino a visitarme –dijo ella, los dedos entrelazados en su regazo, apretándose cada vez que el dolor era demasiado para soportar–. Tenía mucho trabajo… así que eso me hizo muy feliz.

        –Me imagino –respondió Eiji al instante, muy alerta, queriendo hacerle saber a la muchacha que él la estaba escuchando con atención, queriendo hacerla sentir que en ese momento era el centro de su universo. Queriendo que sea feliz. Es asombroso como la intuición humana huele con más precisión los últimos momentos…

        –También vino . Ayer – suspiró, y contuvo el impulso de palparse debajo de sus costillas. La enfermera vendría pronto con otra dosis de calmantes. Paciencia–. Ella ya me explicó todo. Creo que se me nubló la vista, por eso no supe - ¡ah!

        Eiji se precipitó encima de ella al verla contorsionar el rostro de dolor, pero una débil mano sobre la suya lo frenó.

        –Es el bazo –se explicó respirando hondo, muy hondo–, bueno, no, porque no lo tengo más… cre-creo que entendiste…

        Y el jugador de tenis se hizo hacia atrás, comprendiendo que no tenía nada bueno para decirle a la persona que más lo necesitaba. Comprendiendo que era un nadie cuando de la voluntad del universo se trataba. Y comprendiendo, también, que vaya cruel universo sería éste, que sentía la necesidad de hacerle eso a un inocente.

        Pero nada de eso importaba. ¿Por qué? Porque se pondría mejor.

        –¿Cuánto tiempo más tienes que quedarte acá, -chan?

        –No sé –susurró ella, intentando pensar en la respuesta que debía darle al joven, pero el dolor imposibilitándola de cualquier proceso lógico. Era demasiado–. Como mi enfermedad hace que me cure más despacio… quizá un poco más… pero… pero no mucho…

        “Mi enfermedad”… nunca cambiaba. Después de tanto tiempo, jamás había querido decirle a Eiji el nombre exacto. ¿Sería que eso hacía las cosas más asimilables para ella? El pelirrojo nunca se había atrevido a preguntar.

        –Yo tenía algo para darte… -chan, ¿es un mal momento?

        –Cualquier momento es bueno –dijo la chica, en un tono misterioso. Dígase la verdad, no había tenido mayores complicaciones aún, pero se tenía muy poca fe.

        Y Eiji reveló la caja que había estado escondiendo, colocándosela sobre las manos, esperando que la joven la sienta. Como el muchacho no sabía los riesgos de la operación, tampoco le parecía coherente preguntar si se había quedado ciega. Por todo lo que estaba enterado, podría bien haber sido alguna de las contraindicaciones de la cirugía. , sin abrir los ojos, la trasteó con las yemas de los dedos, abriéndola lentamente, explorando su interior y sonriéndose. Hubiese querido reír, pero sabía que sólo resultaría en una punzada de dolor.

        –¡Esto! –exclamó con su hilo de voz, sosteniendo el regalo en frente de sus ojos para luego abrirlos–. Pensé que lo había perdido en la mudanza. Qué… qué sucio que está.

        –Un día lo dejaste en mi casa. Me olvidé de devolvértelo… y desde entonces, la salud de -chan no ha hecho más que empeorar –explicó Eiji, apenado y culposo. volvió a pronunciar su sonrisa.

        –Está bien –dijo, un dedo trazando el ribeteado del vestido del gatito–. No tienes la culpa de nada.

        Aunque eso hubiese sido cierto, más verdadero aún era la afirmación de Eiji: el bienestar de la joven estaba yendo en picada, y estaba a punto de salirse del gráfico y tomar valores negativos. , esto, no sabía cómo decirlo.

        –Hay algo que quiero que sepas… Eiji.

        El joven inclinó la cabeza hacia un costado. –¿Nya?

        –Me van a hacer unos estudios mañana, quieren descartar una posibilidad –comenzó , intentando mantener la paz interior por sobre todas las cosas–. Por eso, es probable que no regrese al colegio por unas dos semanas… y este asunto que tengo, no puede esperar tanto.

        No sé si llegue a decírtelo dentro de tanto tiempo. No sé si esté viva para ese entonces.

        –¿Estudios? –repitió Eiji, preocupado, puesto que después de eso no había podido escuchar nada más–. -chan, ¿qué tienes…?

        –Es mi anemia, como siempre. Tú ya sabes, no es muy peligrosa –despreocupó , de repente sintiendo un dolor en el alma que no tenía nada que ver con su cirugía de bazo–, pero quieren ver que no se pueda convertir en algo peor. No importa… Ei-chan… –ella se ruborizó muy sutilmente, pero por lo menos de un rosa perlado y no un amarillo ámbar, lo cual indicaba una mejora, Eiji pensó–. Suena tan raro decirte así. ¿No eres mi senpai?

        –¿Lo soy? –el joven se llevó un pensativo dedo a la boca–. ¡Es verdad! Se ve que hace tanto que -chan no asistía al colegio, que ya me había olvidado…

        La muchacha dobló el ceño, y Eiji se arrepintió instantáneamente de haberle recordado de sus ausencias. Ese pensamiento, sin embargo, no duró mucho.

        –Ei-chan –dijo , apretando el peluche con fuerza entre sus dedos–, he estado teniendo muchísimo miedo. Aún así, cada vez que pensaba en Ei-chan, aún después del malentendido con -chan… me sentía más fuerte, ¿sabes? Y me puse a pensar –abriendo los ojitos y mirándolo al pelirrojo, derramó un par de lágrimas de felicidad–. Lo triste que estaría si no te tuviera… ¿acaso, es que eso no se piensa sobre las personas que a uno le son muy queridas? Entonces, Ei-chan…

        –-chan, estás hablando como si te fueras a morir –comentó él, en un tono alarmado y hostil–. Por favor no hagas eso.

        –Ei-chan, ¿es raro que sea la chica la que deba decir esto? Pero, es que Ei-chan me gusta mucho. Por eso…

        –¡ -chan! –exclamó Eiji. Y de repente, aquellas voces fueron tan sólo ecos del pasado, risas de niños que repicaban en las penumbras de la permanencia de la memoria, relojes que frenaban, como aquél que había dejado de hacer sonar sus manecillas el momento preciso en el que Kikumaru dejó las flores al pie de la lápida.

        El reloj de la ilusión.

        Abrazándose al frío pedazo de granito como debería haberlo hecho ante el cuerpo huesudo, amarillento y con hematomas púrpuras de , simulando con una mano tocarle aquél suave cabello que con la terapia habrían muerto sus células hasta resquebrajarse y caer, comparable no con las hojas de ese otoño sino con la piel seca en una herida, Kikumaru se disculpó por haberle hecho tanto caso, por haberle creído a que dos semanas después tendrían su primera cita, y que podría por fin abrazarla y besarla como se debía. ¿Qué había sido sino una soñadora, convencida que no decirle sobre el cáncer y la quimioterapia habría de proteger sus quimeras infantiles por siempre?

        Un solo consuelo: la imagen angelical de la chica mientras él se despedía. Una fotografía antigua en la que ella, aún con un suero de sangre clavado al antebrazo y el pecho vendado, mantenía aquella belleza inmaculada de una muñeca, la que perdería con facilidad justo al día siguiente…

Compendio

        Lo único que supo al despertarse fue que necesitaba vomitar. La garganta ardiéndole, intentó una maniobra apresurada para bajar de la cama que resultó en ella tumbada sobre el suelo, la intravenosa, al no alcanzar el tubo hasta su brazo, despedazándole la piel y saliéndosele. Sus costillas chillaron de agonía, en parte por la debilidad de sus finos huesos, y en otra parte por la sensibilidad en las terminaciones nerviosas que habría destrozado la cirugía de bazo. Temblando de miedo y a causa del burbujeo punzante en su estómago, intentó pensar en su amiga , en lo irónico que ésta hubiese querido robarle a su querido Eiji, ahora su novio; en la situación que ella había malinterpretado, todo recordándolo con una risa que se le borró al regurgitar sobre la bata de hospital.

        Las lágrimas acumulándosele en los ojos, comenzó a llorar, y aunque el diafragma le golpeaba los nervios sensibles y lanzaba relámpagos de dolor a la cabeza cada vez que hipeaba, siguió aferrada a las sábanas de la camilla, sollozando, recordando que mañana tendría otra sesión de terapia, y que esto se repetiría hasta que pierda todo su cabello, vomite todos sus intestinos, y se le hierva la sangre hasta morir, porque no había forma de que algo así sirviese para curarla, era un simple complot para hacer que muera más rápido. El pánico y la taquicardia la invadieron, quiso ponerse de pie pero le faltó el aire; los huesos le crujieron, estaban demasiado frágiles como para poder sostenerla.

        Lo que comenzó como un pequeño ataque de pánico llevó su corazoncito a la extenuación, y tuvo una falla cardiovascular mientras lloraba por su mamá. Los enfermeros la encontraron instantes después, muerta sobre la fría cerámica.

Tu sonrisa va lentamente desvaneciéndose…

Aori

03/09/08

Para aquellos con curiosidad científica, lo que sufría la protagonista era leucemia (o cáncer de sangre), diagnosticado tardíamente (a entenderse, uno de los síntomas de la leucemia es la anemia, síndrome un tanto menos agresivo que el primero).

Entre otras cosas, lo que vio Ooishi aquél día de clases fue una ilusión. Interpretar a gusto.
El título de la DN se debe a la canción homónima de Gackt, Leeca.

Quise hacerlo un poco más romántico, pero es que éstas cosas no son románticas… ¿si los hice llorar, era mi cometido?