No dormí las horas que me corresponden por derecho, y encima tengo que soportar a esta manga de mocosas histéricas enamoradas, poco profesionales y melodramáticas. Cuando uno piensa que la vida no lo puede tratar peor, sin embargo, es cuando peor la vida te trata.
Está bien. Puede que yo haya estado irritable. Puede ser. Supongamos que no lo voy a negar.
–Sushi gratis –repitió, mirándome de costado–. , ¿hola? Te dije que ahí hay sushi gratis.
Les eché una mirada asqueada a los menjunjes de algas marinas y cosas raras –… vayamos por los sándwiches de queso, Ryou.
Ahogó una risa para evitar recibir el ojo asesino por parte mía (me irritaba que se riera. Porque sabía que no era por los sándwiches – era por mí, por mí y mi cara de dormida, toda hinchada y… ugh), pero eso fue exactamente lo que recibió. Al final, habíamos recorrido todo el barco para decidir que, entre toda la comida gratis, queríamos más sándwiches. Somos tan espantosamente estándar que damos pena, Ryou y yo.
Pero era de esa forma y siempre había sido de esa forma. A mí solían gustarme los sándwiches de pollo y curry… hasta que llegó Ryou. El hijo de su madre arruinó mis hábitos alimenticios. Gracias a él, soy perfectamente capaz de vivir a base de sándwiches de queso y chicles de menta, que, por cierto, es lo único que tiene en su casa ––
–– por Dios, qué hijo de perra.
Shishido’s Side, prólogo.
–Tenés la etiqueta de la remera afuera –le espeté, y Ryou se dio vuelta. Puso cara de miedo, y, con una torpe mano, intentó arreglar el error. ¿Cómo le dan una raqueta a este tipo? He visto chimpancés con más habilidad en las manos–. Vení –ordené, acercándome y poniéndome en puntas de pie para llegar a esconder su molesta etiqueta.
No voy a hacer un comentario sobre “oh, cómo me hizo el corazón”. Porque, sí, tengo su cara a menos de medio milímetro de distancia de la mía y, ¿saben qué? No siento absolutamente nada. Este es el momento en el que desmiento todas las acusaciones estúpidas de esas melindrosas que acepté en el equipo sobre una historia romántica entre mi amigo de la infancia y yo. Cada vez que lo miro, no puedo dejar de pensar en lo mucho que NO me gusta. Siempre tan desprolijo, haciéndose el kakkoii… ¡además, por favor, yo me bañaba con esa cosa! ¿¡Cómo podría posiblemente gustarme!?
–¿Tengo alguna imperfección más, ? –Ryou ya me cargaba. Que se ría mientras pueda. Con esa apariencia no va a conquistar a nadie, lo aseguro acá y ahora.
Lo miré apreciativamente, de los pies en la cabeza. Mi ojo crítico captó una sustancia extraña en su remera y se la jalé, trayéndomela más cerca, probablemente dejando en descubierto su estómago. Las chicas de Saint Rudolph que nos pasaron por al lado me lo agradecieron.
–Te ponés una remera que está manchada. Qué bonito –rasgué con mi uña la porquería X que se presentaba como una manchita marrón en su remera roja–. … ¿esto es chocolate?
–… quizá lo sea –meditó, y el hecho de que lo haya pensado me decía que evidentemente la mancha tenía su tiempo y necesitaba buscar el momento en sus archivos de memoria, lo cual me lleva a decir: ¿¡cómo empaca una remera que obviamente está sucia!?
Acto seguido, le quité la gorra (¡ese caldo de piojos! ¡Ugh! Bah, ¿tendría Ryou piojos? Si los tiene, juro, juro porque me llamo , que le prendo fuego la casa), lo peiné con los dedos y se la volví a poner como la gente normal se la pone. Él me contradijo y volvió a deslizar la visera hacia atrás.
–Si hoy llevás puesto eso a la noche formal –lo amenacé–, juro que te boxeo, Shishido Ryou.
–No me cabe duda –revoleó los ojos. Es un maleducado–, y, , por favor, no soy tan ciruja. Con el uniforme nunca uso gorra.
–Quién sabe, viniendo de vos… –le devolví y me adelanté.
¿La verdad de las verdades? Yo no soy mucho mejor que él. También tengo las piernas llenas de moretones, una curita en la mejilla por haberme cortado con mi propia uña, varias cicatrices en los dedos de aquellas veces en las que tenía que coser algo roto, y si me dejara estar, sí, sería una Shishido Ryouko. Pero la otra verdad es que yo me cuido, me cambio todos los días de curita, arreglo el pelo, tapo los moretones con medias, y otra larga sarta de cosas que mi amiguito ni se gasta en hacer. Y eso hace la diferencia. Nadie dice que no puede ser ni accidentado ni distraído porque yo también lo soy, pero, ¡por favor! ¡Orden! ¡Limpieza! ¡Valores estéticos!
–… me muero de sueño.
Ryou me alcanzó un sándwich –Tenés cara. ¿Por qué no dormís un rato?
–Sería peor…
–Es verdad –le dio un mordisco a su emparedado, y no pude evitar sino observar que, entre todas las cosas, no sabe masticar. Es… tan asquerosamente masculino–. Bueno, ¿por lo menos, date una ducha así volvés a la vida?
Fruncí el ceño –¿Qué, estoy demasiado irritable?
–… –su rostro me dijo lo que estaba a punto de soltar– Y, mirá, , yo no te quiero decir nada, pero…
ドキ
ドキ
De más está decir, terminé bañándome. Cuando entré de golpe al cuarto, sintiendo el helado viento del aire acondicionado azotarme en el rostro, Ayumi dio un saltito y Aori me miró, aterrada. No sé dónde estará Holiday. No sé si quiero saber.
Suspiré, cerrando la puerta con cuidado detrás de mí –Me voy a dar una ducha…
Pero lo dije en un tono medio ebrio, así que no creo que me hayan entendido. Supongo que captaron el punto cuando me encerré en el baño y dejé correr el agua. Les doy crédito hasta ahí.
Me desvestí, algo anonada por el calor de la ducha, pero recibiéndolo bien, puesto que el frío que hacía en la habitación era insoportable (esa es Aori, lo sé. Le gusta matarnos a aire acondicionado). Sentí mis músculos relajarse suavemente, golpeados por el agua, y, de pronto, tuve que sostenerme de la pared, porque el barco empezó a tambalearse más de lo normal. A juzgar por el súbito mal clima que se había apoderado del sol a la tarde, sin embargo, esto era perfectamente normal. Dejé que el suave vaivén de las olas me arrullara mientras que la lluvia de agua tibia masajeaba mi espalda…
Salí de la ducha unos quince minutos después, con cuidado de sujetarme de la pared y apoyar un pie en la felpuda alfombra. Otro lo acompañó, y pronto estaba con una toalla en mis manos, secando mi cuerpo y cabello. El frío me puso la piel de gallina, así que, decidiéndome a no insultar a Aori (y como verán, de mucho mejor humor que antes), tomé las cosas que había lanzado en el suelo y comencé a vestirme. La camisa se me pegó a mis empapados omóplatos, y tuve que levantar la toalla del piso y usarla para limpiar el espejo empañado y así poder apreciarme mejor. Crucé la corbata de raso rojizo frente a mi pecho y la até en un seguro y prolijo nudo. Acto seguido, busqué mi pollera, deslizándomela por las piernas y calzándola a la cintura. Los pies me crujieron de frío. Que esperaran, les dije, puesto que las medias estaban afuera ––
De lo primero que tuve conciencia fue de la luz cortándose, dejándome en una peligrosa oscuridad. El próximo paso fue sentir que caía inevitablemente, pies resbalando en el suelo que yo misma había mojado con las gotas cayendo de mi cabello. Después de eso, se me hizo difícil distinguir qué vino primero y qué después. Lo único que sé es que de repente el estómago se me achicó, sentí que estaba bajando por una montaña rusa, y que mi cabeza golpeó contra algo y comenzó a gritar, a arder, a quemar.
Como todo buen golpe, al principio lo sentía, pero no sabía qué era con claridad. Respiré hondo, muy hondo, y mientras yo me sentaba en el suelo la luz volvió a encenderse, y lo que sentía como un simple ardor detrás de la cabeza se transformó en lo que parecían un par de manos tratando de abrírmela al medio, penetrando mi cráneo y hundiendo sus dedos en mi masa cerebral. La vista me tembló y los gritos de afuera me opacaron los oídos, y lo último que vi antes de cerrar mis ojos fue el borde del lavamanos, manchado con un líquido negruzco y cuasi rojizo.
“No.”
Me frené a mí misma, volví a abrir los ojos, respirando, agitada. Estaba arrodillada, pero mi torso, incapaz de mantenerse erguido, chocó contra una pared. No sabía cuál pared, es más, podría haber sido una puerta.
“Debo de estar delirando”, me dije, porque el dolor que sentía en la cabeza era completamente anormal, y ya hasta me estaba creyendo que veía machones de sangre en mi camisa. Me reí, me reí como una maldita loca mientras llevaba una mano a la nuca, intentando demostrarme, ves, estúpida, ves que no te pasa nada ––
Mis dedos sintieron algo húmedo. Húmedo, pegajoso y tibio. Retiré la mano, y la vista me tembló de nuevo al ver que la manchaba mi propia sangre.
–… mierda…
La puerta comenzó a sacudirse. El ruido me hizo presión en la sien, y mi cerebro amenazó con explotar. Desesperada por que alguien callara la maldita puerta, intenté gatear hacia ella, pero sólo logrando deslizarme torpemente, como si fuese un animal en agonía a quien le cortaron las piernas. No pude encontrar la suficiente fuerza como para levantar el brazo, y mi mano me cubrió la cara, empapándomela de sangre. No tenía agua para echarme y no dormirme, así que seguí usando mi sangre como sustituto, como quien se echa un manojo de agua en el rostro a la mañana para despabilarse.
Gris, gris, borroso, gris, casi negro casi negro casi ––
“No, . , escuchame. ¡TARADA, MANTENETE DESPIERTA!”
Mi consciencia funcionaba mejor que yo. No sé por qué, sólo sabía que si me dormía, de este sueño no me iba a despertar. Tenía una herida horrible. Me dolía. Pero yo NO iba a cerrar los ojos. ¿Quién soy, si cierro los ojos? Ciertamente, nadie digno del título de “capitán”. Ese orgullo, tan sólo esa pequeña gota de orgullo que no quería dejarse ir, eso me mantuvo viva.
Negro de nuevo… pierdo las fuerzas, me duele todo el cuerpo, ya no es la cabeza sola. La cabeza, sí, es lo único que me sangra, pero me duele todo el resto… me echo en el rostro un mejunje de lágrimas y sangre. Me lo limpio con una manga. Arruiné mi uniforme. ¿Tendré que comprar otro cuando vuelva? No es que no tenga dinero, pero no puedo ser semejante despilfarro de plata para mis padres. No sólo me estoy muriendo, sino que soy una mala hija. Soy una mala hija con vida corta. Dirá en mi epitafio: “Aquí descansa , una mala hija”…
Negro.
¡No! ¡Hay colores, aunque sea el gris del suelo mezclado con el rojo de mi sangre! ¡Hay vida! ¡Hay un torneo que ganar! Hay un año que aprobar… una gata esperando que yo la adopte y le ponga “Meian”… un esposo esperando que le prepare su desayuno, y ahí estaré yo, la siempre perfecta hija, la siempre perfecta capitana, la entonces perfecta madre y mujer…
Gris, negro. Luz, más luz, mucha luz. La luz titila. El barco se sacude. Me arrulla.
Despierto una fracción de segundo después con una tos espasmódica, retorciéndome como pez fuera del agua. La cabeza no deja de zumbarme en los oídos, partiéndomelos con la fuerza del huracán que azotaba fuera. Una idea tétrica pasa por mi cabeza: aunque resista, aunque sobreviva hasta desangrarme sobre las aún húmedas baldosas, aún así, si nadie me viene a buscar… me moriré aquí. Si ni Aori ni Ayumi intentaron derribar la puerta, significa que me moriré aquí. En el momento no razoné que la gran cuestión era que el barco de hundía, pero mi subconsciente lo sabía. Lo sabía, y me lo recordaba con cada puntada de dolor que sufría mi cabeza.
–…justo yo… una muerte patética… no es ni siquiera irónico… quizá me merezca una muerte así…
Mis dedos, aún ensangrentados, se movieron, cual arañas, por el piso frío, y comenzaron a escribir: “… … dejo todo… en manos… de…”
El charco de sangre emanando de mi nuca alcanza mi mensaje. Lo mezcla en una masa uniforme de líquido rojo. Se esfuma todo lo que quería decir. Me quiero dar vuelta y arrastrarme, ir un poco más lejos, volverlo a escribir ––
–– pero el mundo se derrumba. Veo negro, y no sé qué hacer para no verlo. Ahora me duele la frente, y un poco el tabique. Algo me empuja, me aplasta al suelo. No quiere irse. Tengo los ojos bien abiertos, pero lo único que veo es negro ––
–¿¡!?
Me encontraron. No iba a desangrarme ahí, y morirme sola como un perro. Me encontraron… oh, gracias…
“Acá.”
Toso audiblemente. Rasgo el negro con las uñas. No es negro, tan sólo está tapándome la vista. Qué raro yo, que nunca veo más allá…
Me sacan un peso de encima, literalmente. Vuelvo a notar rastros de luz. Por las lágrimas, veo una figura. No supe quién era inmediatamente, puesto que mi vista aún se tambaleaba, pero su olor era familiar. Me toma entre sus brazos, e inmediatamente sé que le acabo de manchar la remera de sangre. Sé que remera es. Cuando estiro una mano para tocarla, reconozco el chocolate que hoy no pude sacar…
–Ryou… no, no me mires –supliqué. Para mí era importante. Me imaginaba a mí misma, toda pálida, asquerosamente sucia, moqueando, llorando, el rostro lleno de sangre, y no quería, no quería que alguien sepa que yo, que podía ser semejante cosa desagradable… no quería que esta fuera su última imagen de mí…–. Soy un asco. P-por favor, no… me … mires…
–, escuchame. –me zarandeó. El cuerpo me arde por el sacudón–. No te duermas, ¿está bien? Necesito que te quedes conmigo. ¿Te podés parar?
“Ayudame”, le ruego con la mirada. No sabía si me podía parar. Sí sabía que me dolía absolutamente todo.
–Mierda. Carajo… qué debería hacer… –pude oler su nerviosismo. ¿Qué debía hacer? Ni yo sabía. De pronto, lo sentí apoyarme con cuidado de vuelta en el suelo y levantarse. Volvió, atándome algo a la cabeza.
–Mm… ¿qué… es?
–Una toalla –replicó con ligereza en la voz, y pasó un brazo mío por sus hombros, una mano sosteniendo la mía y enderezándome y la otra tomándome fuertemente de la cintura–. No sé si podés caminar o no, pero vas a caminar, .
Avanzó. Las rodillas se me vencían al pisar, pero, con la ayuda de Ryou, pude avanzar, aunque sea torpemente, hacia mi salvación. Hacia un lugar donde el fresco aliento del mar te azotaba en el rostro…
–Acá hay unas escaleras. Tené cuidado…
–¡Shishido-san!
Yo no volteé, porque la fuerza no me daba tanto, pero la cabeza de Ryou giró con una rapidez que podría haberle roto el cuello. Sabíamos de quién era la voz, y a mí no me entusiasmó tanto, pero jamás vi a Ryou tan feliz en toda su vida. Y miren que estuve con él durante su vida, pero…
–Choutarou –exclamó. Le caían lágrimas por el rostro. Esa persona orgullosa que yo siempre conocí… ¿a dónde estaba? A veces, no sé si el anormalmente alto kouhai le había hecho un bien o un mal al mejorar su actitud. Siento que me arrebató al Ryou con el que me peleaba cuando era pequeña.
–Shishido-san –volvió a repetir éste, la voz temblándole de alegría, y lo sentí arrodillarse cerca de nosotros. No sabía bien a dónde estaba, la vista aún me temblaba…–. Suba a -senpai encima de mí.
–Pero, Choutarou ––
–Shishido-san, no hay tiempo.
Sólo yo entendí qué pasaba acá. Ryou no quiere dejarme con Ootori porque eso significa que me está dejando porque él no puede conmigo. Maldito orgulloso… es igual a mí…
Sin poder quejarme, Ryou se libró de mi brazo, y me zarandeó, como bolsa de papas, para poder estabilizarme y recostarme sobre la espalda de Choutarou. Instintivamente, le enredé los brazos alrededor del cuello. El tomó mis piernas con cuidado y se las calzó a la cintura. Un pequeño golpe de viento, y se levantó (recuerdo patéticamente haberme sentido en la cima del mundo cuando lo hizo. En serio. Creo que si me caía desde ahí arriba, me rompía un brazo).
–¿Seguro que estás bien?
–Aún tengo energía de sobra –expresó el kouhai. A pesar de la sangre y las lágrimas que me cubrían el rostro, pude sentir algo más, una fragancia impregnada al cuello de Ootori que me confundió bastante. Olía a un perfume que mi papá usa, y de pronto recordé todas esas cosas sobre la mala hija y el epitafio. Sentí inconfundibles saltitos apresurados. Estábamos subiendo las escaleras. Sabía que Ryou me lo inquiría con la mirada, pero yo, de todas formas, no tenía pensado dormirme. No iba a dejar que se escribiese “mala hija” en mi epitafio. No. Con un respingo olí a papá de nuevo…
–-senpai, no se duerma –me aconsejó Ootori. No iba a hacerlo, pero, a veces, sonaba tan tentador…
–, la puta madre, ¡abrí los ojos! –eso necesitaba yo. Razón número quichicientos por la cual no podría estar, y mucho menos digerir, a alguien como Ootori: necesitaba que me traten mal, porque si no, no entendía.
–Los tengo abiertos, tarado –le respondí de mala gana. El cuerpo ya no me dolía: estaba completamente entumecida por la agonía. Pasé a tener mucho frío, que se incrementó cuando la lluvia comenzó a azotarme contra la espalda. Ya no era la tibia ducha. Era helada. Helada como había quedado la habitación después de que dejáramos a Aori encargada del control del aire acondicionado.
–¡Permiso! ¡Tenemos a una herida! –vociferó Ootori, haciendo, sin mucho esfuerzo, su camino por entre la multitud. Mis ojos se arrugaron al recibir el estímulo de luz de uno de los botes de emergencia. Los entrecerré. La posición les era cómoda. Sueño, mucho sueño, aún más frío…
–, no te duermas –volvió a comandar Ryou. Le agradecí con los ojos bien abiertos.
–Por acá –dijo Ootori, tomando rumbo hacia el bote que estaban llenando de gente. Unos alumnos de lo que parecía ser Shitenhouji se subieron primero, y yo, vagamente distinguiendo las figuras de la gente, me acordé de una gran cuestión.
–Esperá, Ootori, por favor –le supliqué. Él frenó, y también lo hizo Shishido, mirándome, ambos, confundidos e impacientes–. ¿Y mi equipo? Soy la capitana, no podría posiblemente dejarlas…
–Aori está bien –aseguró Ryou, jadeando–. Ayumi… no me acuerdo quién era que se la llevó, un tipo que pasó por la habitación… no sé las dem ––
Un sacudón. Pegué un grito, pero el moreno fue el único que cayó, quedando despojado de su gorra. Ootori nos mantuvo en pie, con una fuerza admirable. Ahora entiendo por qué son compañeros de dobles… ¿quizá yo también tenga que aprender algo de Ootori…?
–¡RYOU! –chillé, viendo que había rodado y ahora estaba a unos metros, varias personas esquivándolo, otras sin querer pasándole por encima–. ¡POR DIOS, RYOU!
Se levantó. Por eso es mi ídolo. Nunca va a dejar de esforzarse… no importa qué… él se volverá a levantar, y seguirá luchando… ¿por qué no puedo ser más como él…?
“Vayan subiendo”, nos dijo con sus labios, al ver que se estaba perdiendo en un mar de histeria y no podía llegar hasta donde estábamos. Yo me largué a llorar más fuerte. Ahora, por alguna razón, quería tenerlo a mi lado, darle la mano y decirle que iba a venir conmigo si no quería que lo boxease. Pero estaba tan lejos… tan lejos… ¡mierda, Ryou, apurate, vení! Ootori notó que yo había empeorado, y su voz resonó entre los gritos para calmarme: –Él estará bien.
–Sos un tarado –lo insulté. Fruncí la nariz para dejar de moquear, pero el tabique me insultó a mí–. Andá a buscarlo, ¿¡no ves que no va a llegar!?
–¡Yo le confiaría mi vida a Shishido-san! –me devolvió, molesto y obviamente ofendido, mejorando su tono cuando entendió que estaba hablando con una senpai–. Y él - él va a llegar. Pero primero está usted. Necesitamos… conseguir a alguien que la ayude… ¡OIGAN, PERMISO, DÉJENOS PASAR!
Habíamos llegado. Ootori me soltó, dejándome caer, y por un segundo pensé que realmente iba a dejar que me estampe contra el piso (la expresión en su rostro era tal, que no me hubiese sorprendido). Sin embargo, tragándose todas las cosas que me quería decir, me sostuvo fuertemente, ayudándome a bajar la escalera y luego a entrar al barco. La vista se me volvió a nublar. Negro… abrí los ojos.
–Ootori, no veo nada…
Sentí su mano en mi hombro, y la otra en mi cintura. Estaba nervioso, y se notaba en cómo temblaba su cuerpo, pero aún más en lo mucho que me dolía su apretón. Descargando tensiones en mí, maldito cobarde. Pero era lo único que tenía en el momento, y era lo que me salvaría, así que… lo único que debía hacer… era…
Me llevé puesta una butaca y me tambaleé. Ootori se negó a soltarme. Hubo movimiento, un par de voces, y caí en los brazos de alguien mucho más suave y gentil, con menos fuerza, o bien, menos necesidad de liberar sus nervios haciéndome daño.
–Dejamela a mí –dijo una voz femenina. Sonaba como mamá. Me costó mucho no dormirme en sus brazos. Intenté tener un razonamiento que nunca tuve en la vida: sueño igual muerte. Si me duermo, me voy a dejar ir. Me voy a matar. Y no pienso morir, soy la capitana. ¿Qué ejemplo doy si me muero? No, aguarden, ¿qué ejemplo estoy dando ahora? Soy un asco, estoy hecha un asco…– ¿Cuáles son sus nombres?
–Ootori Choutarou –respondió el aludido, ahogando un escalofrío–. Y ella es -senpai. So… somos de Hyoutei.
–Ah –dijo la voz–. Yo… Igarashi Mae, Shitenhouji. ¿Qué le pasó…?
–N-no sé. Fíjese en la cabeza. Tiene un golpe horrible.
Tomé aire.
–… salí de bañarme, y me caí… luego de eso, Ryou me tiró una puerta encima…
–¿Y qué te lastimaste, -san?
–… la… nuca…
Pero no era necesario hablar. La joven ya me había estado palpando suavemente con sus manos, intentando buscar el problema, y cuando frenó, supe que lo había encontrado.
–Gracias por ponerle la toalla en la cabeza… bueno, no le cortó la hemorragia, pero por lo menos tengo con qué trabajar… –las yemas de aquellos delicados dedos volvieron a posarse sobre mí–. Te voy a hacer un poco de presión, -san. No te asustes.
Me recostó boca abajo en el suelo, desatando la toalla. Pronto, sentí como me quitaba el cabello de la herida y presionaba la zona con los dedos, pero no directamente. Quizá estuviese la toalla entre medio ––
–– el dolor no me dejó pensar. Por unos segundos, el cerebro amenazó con explotarme de nuevo. La presión que aplicaba era constante y confiada, y, con el tiempo, me dejó de doler mi herida, entumeciéndose junto con el resto de mi cuerpo.
–¡!
Esa voz… pero no podía voltearme, se supone que tenía que quedarme quieta, ¿no?
–Señor, ¡por favor, aléjese! –pidió Igarashi, la santa alma que me estaba salvando–. La presión… debo mantenerla constante… no me distraiga…
–Van a soltar el barco pronto, ya se está llenando –dijo Ryou. Me calmó saber que lo tenía cerca, aunque no sabía cuánto–. Tené cuidado con eso, me parece que nos largan sin piedad al mar…
–No importa. Unos diez minutos más… ¡diablos! ¡Me olvidé de tomar el tiempo!
–Yo tengo reloj –dijo otra voz masculina.
–Gracias, Ken’ya. ¿Hora?
–Son las ocho y dieciocho –el reloj chilló–. Y diecinueve.
–Bien, avisame cuando sean ocho y veinticuatro. Y cruzá los dedos para que el barco espere eso.
Siguió presionando, y conforme pasaban los segundos mi cabeza se acostumbraba más, yo respiraba con más tranquilidad y mi cuerpo se sentía menos adolorido. De pronto, y justo cuando el controlador del tiempo anunciaba que eran “y veintidós”, el barco dio una sacudida, mi estómago recibió un golpe de aire y caímos unos metros de golpe. Ahogué un grito, cerrando los ojos, pero negándome a gritar. Mi curadora se mantuvo firme en su trabajo, aún cuando volvimos a caer de nuevo, las cadenas que nos sostenían sonando estrepitosamente. El proceso se repitió un par de veces, en las cuales me recordé lo mucho que odiaba las montañas rusas (hecho que jamás le dije a nadie). Finalmente hubo un impacto contra una colcha líquida, y el barco se tambaleó y comenzó a flotar con la voluntad de las olas, peligrosamente violentas.
–Y veinticuatro –dijo finalmente aquella voz masculina que no conocía.
–Bien. Ahora, … digo, -san –comenzó a decir mi médica. Se la notaba algo nerviosa–, tengo que desinfectar la herida y no hay nada más efectivo que el alcohol.
Suspiré, incómoda y tensándome, sabiendo lo que eso significaba. Varias veces en las practicas y en mi niñez había tenido que lidiar con el maldito alcohol… uno pensaría que con tantas ocasiones bastaría…
–Si querés, tomale la mano.
No sabía a quién se refería, pero gruñí, obviamente insultada. Si cerraba los ojos y me olvidaba del dolor, seguramente estaría bien. Pero ahora, ¿aferrarme a la mano de alguien? ¡Eso es completamente inaceptable! ¡Triste, patético ––
La mano que encerró la mía a la fuerza temblaba. Mis ojos seguían sin ver con claridad, pero supe de quién se trataba, y me sentí el doble de humillada.
–Primero voy a poner yodo –dijo la voz femenina. Yo di un respingo, porque la verdad es que no tenía ni idea de qué se trataba, pero sí sabía que sonaba igual de horrible que “alcohol”. Aún así, no sentí absolutamente nada cuando lo aplicó (si es que lo hizo, porque no podía ver) –. Ahora, voy a poner… alcohol… Avisame cuando estés lista, ¿sí?
No estaba lista parada nada, y aproveché que el cabello me tapaba el rostro para soltar un par de lágrimas. Si hubiera palabras para expresar lo que odio esto… me puse a temblar, pero lo mío no era una cuestión del dolor que estaba a punto de sufrir, sino de el hecho de que estaba a punto de ponerme a gritar como una niñita en un bote de emergencia lleno de gente.
–Largalo… de una vez… –dije, y Ryou me apretó la mano.
Volcó un chorro de la sustancia en mi herida, y, automáticamente, comencé a retorcerme y a lloriquear a gritos. Intenté manejarlos, convertirlos en simples gemidos, pero me ganaban las ganas de morirme y seguía gritando como una maldita loca, todo mientras pensaba, por sobre el fuego que me estaba quemando: “Debo estar luciendo como una estúpida, soy una ridícula, ¿qué diría Atobe? La capitana de femeninos, con miedo al alcohol… llorando como si tuviera cuatro años…”
–… ya está, está bien.
Lo estaba. El alcohol seguía burbujeando, pero ahora era mínimamente soportable.
–¿-san?
Haya sido por esa voz o no, me di cuenta que no era que no podía ver, sino que tenía apretados los ojos, llenos de miedo. Me daba lástima a mí misma. De cualquier forma, la voz femenina me dio permiso para levantarme con cuidado y me senté, arrodillándome (gracias a la pollera, no podía manejar ninguna otra posición). Tras la penumbra casi ni pude distinguir el rostro de mi salvadora, pero un haz de luz iluminó al joven del reloj, rubio y… familiar… ah, sí, es el primo de Oshitari, con razón. Miré hacia mi otro lado: Ootori me había sonreído y se había marchado a tranquilizar a la multitud, y Ryou…
Ryou…
~ Aori