Vamos a ser analíticos.

            Siendo analíticos, esto no está tan mal. Supongamos que lo pensamos un montón de veces: crucero, COMIDA GRATIS (… es lo que más me gusta de los viajes éstos. Sí, soy una glotona), oportunidad para conocer gente (pfft), posible situación en la que el chico que te gusta esté en malla…

            Y frenemos ahí. Nos sonrojamos, y nos damos un golpe en una mejilla. Tu mejor amiga te nota y te pregunta qué ñocos te pasa. Sonreímos y decimos que nada.

            ¿Están lo suficientemente metidos en mí? Bueno…

            Dudo que alguno de ustedes sufra de fobia social… ay, no, no le puedo decir así. Lo cierto es que todavía no es una fobia social, pero me gusta exagerar. Y algo que es aún más cierto es que no hay escapatoria alguna. Hay que conocer o conocer, porque todas tus compañeras estarán conociendo. No te querés quedar atrás.

            Entonces, te dan la mano. Te incomoda el contacto físico, pero es tu mejor amiga y no le querés decir nada. Siendo arrastrada… chocás contra algo.

            –¡Perd ––

            El joven frena. Su expresión es de sorpresa, y no te está mirando. Parece haberte disculpado. Por eso, suspirás.

            –¡Aa, Sugisaki-san!

            Ana-c han tuvo un patatús. No sé bien por qué, Ana no tiene patatuses seguido.

            –¡Fuji-kun! –se sorprendió. Nos echó una rápida mirada (véase: Yuzuki, Miyo y yo), y todas estábamos con la misma cara de “¿Y si explicás?”, así que eso hizo –. Es el chico con el que siempre me cruzo en el micro.

            Hubo un “Ahh” general.

            –Sabe, no lo había pensado, Sugisaki-san –dijo el tal “Fuji-kun” con algo de vergüenza, y con la furtiva vista en sus compañeros, no fuera cosa que subieran al barco sin él–, que usted estaría aquí. De cualquier forma, es bueno verla, y… ¡santo cielo, Fuyube!

            La aludida, que se había atrasado porque se había ido a quejar con Gallagher por la cantidad de tiempo que nos tenían a todos esperando (o algo así entendí), abrió mucho los ojos, y en ellos se leyó claramente la palabra “M!@#$%”.

            –Fu… ¡Fuji-kun! –manejó Fuyube-chan, pero la sorpresa aún no le devolvía la capacidad de manejar más que eso.

            –¿Cómo has estado? No sabía que jugabas… así que equipo de tenis de Hyoutei… ¿sabés? Cabe la coincidencia de que aniki preguntó por vos el otro día.

            –¡Ah! –la morena miró hacia otro lado, buscando ayuda, pero como no miró a nadie en particular, no la encontró. Eso, y todas nos habíamos quedado heladas ante su comportamiento (especialmente Ana-chan) –. Mi… mirá vos. Si… la verdad es que… bueno, así que Saint Rudolph. ¿Qué tal?

            –Bastante bien, pero… ah, creo que debería ir con mi escuela… –al parecer, no fue el único en percibir el aura negra que cubría a Ana-chan–. Sí ––

            –¡Oh, pero si sos Fuji chiquito! ¡Jugué con vos una vez! ¿O no?

            Jirou se había despertado.

            –Akutagawa-san… sí, así es…

            –¿Holiday-senpai, me acompañaría al baño?

            Sólo Ayumi-chan y yo volteamos para ver la otra escena que estaba teniendo lugar. Creo que Gallagher la miró con hostilidad y le masculló algo sobre que habían ido hace cinco minutos, y Fuyube-chan bajó la cabeza, yéndose sola. Justo cuando Ayumi-chan iba a correr tras ella, la frené.

            –No sé, no me suena a buena idea –le dije en voz baja. La muchacha dudó unos segundos antes de asentir con la cabeza, pero sin dejar de seguir a la cada vez más pequeña figura de Fuyube Hirara.

            Justo como por acá toda la situación comenzó a aburrirme horriblemente, y hay como un gran lapso de tiempo en el que no pensé ni hice absolutamente nada. Suelo tenerlos, especialmente en las situaciones tremenda e irremediablemente aburridas como la espera antes de subir a un barco, avión, etcétera.

            Le sonreí a Choutarou y marché hasta el camarote que compartía con Nemu-buchou, Gallagher-san y Ayumi. Partamos desde ahí, es mucho más divertido. Que me había quejado por el hecho de que no me haya tocado con mis mejores amigas no se los voy a negar, pero una decisión de Sakaki-sensei era una decisión de Sakaki-sensei, y no estaba a punto de atreverme a contradecirla. Además, y dicho sea de paso, una organización basada plenamente en el azar resolvía muchos problemas (“¡y, pero yo quiero estar con X!” “¡cambien a X por Y!” “ah, pero, así, X se queda sola”, y etcéteras), por lo cual termino resolviendo que quizá no me molestaba tanto que me haya tocado con quien me tocó.

            Nemu(¿ru? Dios, díganme que no) hizo ruido al desplomarse sobre la cama. Ayumi frunció el ceño, pero abriendo la boca, gesticulando una sonrisa. Gallagher-san, por su parte, empezó a acomodar sus Manolo Blahnik por escala cromática en el gigantesco armario que nos habían concedido.

            Me fue bastante inverosímil que, así como de repente recién habíamos llegado al barco y teníamos todavía el simulacro de emergencia y explorar el barco y todas esas ridiculeces por delante, un instante después (o eso pareció) ya faltaba tan sólo media hora para la cena formal. Las chicas estaban cada una por su lado: Nemu dándose una ducha para despertarse, Ayumi-chan peinándose en el medio del camarote, Gallagher-san… Dios sabe dónde, y yo, por mi parte, me miraba al espejo mientras intentaba planchar, con las manos, las arrugas en mi camisa. Estoy enamorada de mi uniforme, pero no le digan a nadie. Es mi pequeño moe. Supongo, igual, que los que me conocen ya saben esto, puesto que no sé dibujar otra cosa que chicas en uniforme…

            –-senpai, ¿ya está vestida? –Ayumi me miró de reojo, y de pronto cayendo sobre su cama–. ¿No falta un rato, todavía?

            –Me gusta vestirme para ocasiones… entonces, termino vistiéndome demasiado temprano –repliqué, ajustándome las medias para que estuvieran las dos a la misma altura y, acto seguido, gateando por el camarote en busca de mis zapatos–. Me he llegado a vestir una hora y media antes de un evento. Es algo inevitable para mí.

            Ella, todavía lo más campante en su pantalón de pijama abultado y fresca camisita para dormir, obviamente no entendía. Vestida de celeste y blanco, tenía un aura de inocencia que no podía evitar sino envidiarle. Tal vez, si yo despidiese ese halo de ángel, me dije, le interesaría un poco a Choutan. De hecho, parece el tipo de chicas que le gustan a Choutan. Eso me deprime un poco… y no, mi no muy presente autoestima no me ayudaba.

            –Pero senpai no necesita nada para lucir bien –comentó casualmente, sonriéndose–. No se preocupe tanto.

            Tan Ayumi-ish. Le basta con ver a una persona con cara medio triste que lo primero que hace es intentar devolverle los ánimos. A veces me pongo a pensar… bueno, muchas veces he querido delinear su perfil de personalidad, pero me cuesta. Siento que cada vez que me dice algún cumplido, se le va un poco de su propio ego…

            –Ayumi-chan, vos tampoco necesitás nada para verte bien –le devolví, por lo cual dejó de polvearse la nariz y me miró, asustada–. Fufu. ¿A quién le querés gustar?

            –¡A nad ––

            Sin piedad. El barco, cuyo suave mecer venía empeorando con el tiempo (pero eso era normal, estaba lloviendo afuera. Nada de qué preocuparse), dio un golpe brusco, y Ayumi y yo salimos volando, aterrizando una encima de la otra.

            –¡Senpai! –gritó en la oscuridad, y lo próximo que volví a ver fue su rostro, alarmado y espantado, arriba del mío, cuando volvió la luz–. ¿¡Q-qué fue es ––

            Se dispararon todas las alarmas habidas y por haber, al unísono con mi corazón, que, junto con mi estómago, dio un vuelco. Sentí que la presión se me fue a nivel submarino, porque lo primero que hice yo, siendo y orgullosa de ese nombre, fue entrar en pánico.

            –¿¡AYUMI QUÉ M***** PASA!? –censurado por cortesía al lector, pero no pude sino maldecir. Se me vinieron muchas cosas a la cabeza mientras que soportamos otro sacudón más, las dos sin poder levantarnos del piso, y Ayumi-chan, en vez de contestar la pregunta que yo había chillado, recordó una cuestión un tanto más importante.

            –¡POR KAMI-SAMA, BUCHOU ESTÁ ENCERRADA EN EL BAÑO!

            –¿¡SE ENCERRÓ!? –le grité, no porque necesidad hubiese, sino porque… no. No, Nemu-buchou, no nos haga esto. Ayumi y yo nos dirigimos miradas y gateamos hasta la puerta del bañito, golpeando, girando la perilla, pateando…

            … pero nada.

            –¡BUCHOU, POR LO MENOS CONTESTE! –Ayumi, llorando, comenzó a golpear la puerta, darle piñas, desquitándose. No se escuchaba ni un susurro desde el otro lado, y no sabíamos qué podría haber pasado. Lo intuíamos, sí, porque evidentemente debía de estar desmayada, pero la idea de Hikaruoka Nemu desangrándose tras la puerta nos asustaba tanto que ninguna de las dos lo dijo–. Buchou…

            –¡Nemu! –balbuceé, más bien, supliqué, y volví a intercambiar miradas con mi igual de asustada kouhai. De pronto, sin embargo, Ayumi se llenó de decisión y me tomó por los hombros.

            –Voy a i-intentar hacer que buchou reaccione, o tirar la puerta abajo –tembló, estremeciéndose, llorando. Con los gritos desgarradores de las alarmas y la agitada voz del capitán, que ahora sonaba por todo el barco, era imposible escuchar sus susurros entrecortados, así que le leí los labios–. Usted váyase. Dígale a alguien que venga a ayudar, pero váyase.

            –Pero Ayumi –llorisqueé, sin saber qué hacer–. ¿A quién busco? ¿Me llevo algo? ¿A dónde voy?

            –¡Senpai, por favor, use su sentido común! ¡Busque a un hombre, llévese lo que sea que tenga en una mochilita y váyase a la cubierta!

            –Mi sentido común, ah, sí, mi sentido común –dije, quizá muy rápido. ¿¡Qué sentido común, amiga!? No lo tuve nunca, menos lo voy a tener ahora–. Ya voy entonces, ya voy…

            Me paré con dificultad y comencé a dar vuelta el camarote. En cuando encontré la familiar mochilita negra que me había servido como equipaje de mano, sin pensar, la agarré y no le metí nada dentro (esperando que tuviese lo necesario). Comencé a arrastrarme por el piso en búsqueda de mis zapatos, por lo cual Ayumi reaccionó:

            –¡SENPAI, NO ES TIEMPO DE ESO!

            –¡Pero ya tengo uno! –le devolví mientras me lo ponía a la fuerza, y de repente visualicé el otro. Un minuto más y ya había salido disparada por la puerta, por uno de los pasillos, corriendo, corriendo las escaleras. Se agitó el barco de nuevo y tuve la suerte de haberme sujetado de la baranda, porque si no hubiese caído dos pisos de cabeza. Me puse a llorar, lloré mucho. Apenas pude recuperarme para cuando estaba al aire libre, sintiendo como el viento me despeinaba y embolsaba mi pollera, pero o seguía ciegamente corriendo.

            –¡!

            Debo de haber sido muy divertida, puesto que por girar con un solo pie me fui de mambo al suelo. Shishido Ryou me ayudó a levantarme, y mi primer instinto fue clavarle las uñas, porque por fin sentía esa protección masculina que yo tanto necesitaba.

            –Ryou… es… es terrible…

            –, calmate –me pidió, intentando estabilizarme de pie, pero dificultoso. Sudor frío caía por su lastimado rostro, y noté un moretón que probablemente no se había hecho hace mucho–. ¿A dónde están los demás?

            –Gallagher-san… no sé –y por dentro insulté con fuerza, porque la incertidumbre del “no saber” me estaba matando–. Ayumi-chan se quedó en el cuarto… Nemu… buchou… estaba duchándose, y cerró la puerta, no nos contestaba, no sabemos qué ––

            Miro a su alrededor, por lo que me silencié. En cuanto divisó a alguien, gritó:

            –¡GAKUTO, VENÍ, ACÁ!

            El pelirrojo, empapado en lágrimas aterrorizadas y temblando como hoja, en vez de salir corriendo como yo lo esperaba, se nos acercó.

            Shishido se soltó de mí, y yo me resistí. Si había algo que quería, era que alguien me abrace. Sentía que estaba a punto de desmayarme en cualquier momento, y por eso quería que alguien me frene antes de caer contra el suelo…

            –Te dejo a cargo de –le dijo Shishido al acróbata, el cual lo miró con una cara que claramente decía, “NO PUEDO CONMIGO MISMO, ¿¡ENCIMA QUERÉS QUE PUEDA CON ELLA!?” –. No, en serio, la que te re mil parió, quedate con ella, me tengo que ir ––

            –¿¡A dónde te querés ir ahora, tarado!? –le ladró Gakuto mientras Ryou seguía luchando para que yo me suelte de él.

            –Tengo que ir… tengo que buscar a Nemu y a Choutarou –expresó, serio. El barco dio otra sacudida, pero ésta mucho más leve, por lo cual pudimos sostenernos los tres, apoyándonos en la pared más cercana–. Gakuto –Shishido le dijo, muy serio, y por la fuerza de la inercia siendo empujado contra el pared, usando la poca voluntad que le quedaba para luchar en contra de esto–. Por favor, no puedo dejar a sola, ¡pero Nemu está desmayada, encerrada en un baño!

            Gakuto se mordió el labio inferior, y refregó con una mano un par de lágrimas y gotas de lluvia fuera de su campo visual. Cuando terminó de hacer lo dicho, la estiró hacia mí –Vení conmigo.

            No me evocaba mucha seguridad, pero cualquier miembro del género masculino me servía en este momento. Convengamos que estaba sensible. Sensible, nerviosa, hecha una pelota de histeria con la presión baja y seguramente un ataque de pánico amenazándome.

            –¡Ryou, esperá! –lo frené con mi voz, y se volteó–. Si ves… si ves a Choutarou y el barco se está hundiendo… yo sé que es pesimista, pero si se hunde, preguntale si quiere ser mi novio ––

            –¡, dejá de pelotudear y andate! –me gritó Shishido, pero más por nervios que por enfado. Se le veía la ansiedad en su anormalmente pálido rostro; y yo también hubiera estado así, si me hubiese acordado que no sabía dónde estaban mis mejores amigas, pero mi cerebro no quería pensar en ese momento–. Gakuto, la puta madre, sacala de acá.

            –¡Estoy intentando, mierda, pero es difícil cuando la chiquita pesa cinco kilos más que yo! –dijo eso porque yo me había sentado a sollozar. Verdad verdadera: si intentaba pararme, probablemente me fuera de cabeza al piso y volara por la borda hacia el mar.

            –, ponete de pie –me ordenó Ryou, tomándome del brazo tan fuerte que me dolía. Se sacudió de nuevo, y él se dio contra la pared, probablemente haciéndose un nuevo moretón en el brazo–. , ¡ponete de pie y salvate!

            –Pero, decile ––

            –¡YO LE DIGO A CHOUTAROU, PERO CORRÉ, PEDAZO DE ––

            Nuestro mundo por poco se da vuelta, inclinándose peligrosamente hacia un costado. Me frené con los pies, pero terminé tomando la mano de Gakuto (porque si por mí hubiera sido yo salía volando), quien estaba fuertemente sujetado de un vaya-a-saber-qué saliendo del piso. Shishido, con esa fuerza que yo admiro tanto, logró resistir y semi-gateó hasta las escaleras de dónde yo había venido, desapareciendo tras una puerta en la pared. El barco se estabilizó y Gakuto, llorando casi tanto como yo, me logró incorporar, al fin.

            –Agarrame bien –me dijo, con miedo a perderme. Nuestras manos se juntaron, apretándose, descargando los miedos que cada uno tenía. Yo sólo pensaba en dos cosas: la primera, que nos íbamos a morir, y la segunda, las probabilidades que tenía Shishido de bajar bien la escalera. ¿Y si se cae en el medio? ¿Y si simplemente resbala, se tuerce la nuca, tuc, hasta luego, Shishido Ryou? Mi corazón le rogó a mi cabeza que parase, pero mi estado mental me inducía a seguir, seguir imaginándome esas situaciones tétricas, de gente muriéndose y ––

            – y llegamos a visualizar el bote salvavidas. Si por mí hubiese sido, me hubiese quedado atrás esperando, pero Gakuto, sin miedo (o bien, todo lo contrario: con demasiado miedo y apresurado por estar a salvo) comenzó a golpear los hombros de la gente amontonada hasta que nos condujo cerca de donde el personal del barco te ayudaba a subir.

            Me tiró de la mano y empujó hacia adelante. Pasé primero, pero agarrada con una fuerza sacada de Dios-sabe-dónde a mi compañero pelirrojo. Un tipo, antes de subir, lo paró.

            –¡Primero a las mujeres, mier ––

            –¡ES UNA MUJER, TARADO! –chillé, y creo que Gakuto jamás me insultó tanto con la mirada en su vida. De cualquier forma, mi ataque de psicosis de medio milisegundo y consecuente grito dicho en tono de loca le permitió pasar.

            Nos sentamos, exhaustos y temblando, tanto del frío como de la sobrecarga nerviosa. Gakuto se puso a llorar con más fuerza que antes, y yo lo acompañé.

            –U-una mu… mujer… en serio, , ¿me ten-tenías que hacer eso…?

            –Fu-fue la mejor idea que tuve en mi vida, así que callate –escondí el rostro entre mis manos, pero, cuando vio que lo soltaba, Gakuto fue el que enlazó un brazo suyo con uno mío. Creo que nunca en nuestras vidas nos habíamos llevado tan bien.

            –Tengo frío…

            –¡Ya sé, yo también! –de los zapatos me había acordado, y del buzo no. De verdad, no lo puedo creer, no puedo ser lo suficientemente gansa nunca, ¿no? –. Hace frío y ¡¡AY, CARAJO!!

            El bote salvavidas se dispuso a bajar, con un estruendo que me paralizó el corazón y que hizo que Gakuto clavara las uñas en mi brazo de tal forma que, estoy segura, me dejaría cicatrices luego.

            Pero las cicatrices no me importaron mucho cuando se me cerró la garganta y entré a tener, ahí no más, como si encima de todo lo que me estaba pasando me lo MERECIERA, un ataque de pánico, que, dicho sea de paso, no tengo desde los once años, ¿¡así que, qué onda!?

            –¿? –exclamó Gakuto, aterrado, porque se ve que me vio dificultosa. Yo respiré. Respiré muy hondo. No me llegaba el aire. Me muero, me muero acá, me muero ya ––

            “, mantenete. ¡Escuchame! ¡Respirá!”, me habría dicho Ryou. Suena estúpido, pero en ese momento, eso me calmó. Seguí pensando. ¿Qué más, qué más?

            “, no maquines, no hagas eso con tu cabeza, ¡no quieras adivinar el futuro! ¡No te aceleres! ¡Respirá!”… y esa, Nemu-buchou. Capitana… gracias…

            “¡-chan! -chan, por favor, tranquilízate…” …Miyo-chan… ¿a dónde estás?

            “-senpai. Está bien, usted estará bien…”

            –Gakuto –terminé por decir, aunque no tenía nada que ver, y no sé cómo me salió, porque me ahogaba–. Gakuto - Gakuto, abrazame.

            –Te estoy abrazando, pelotuda –exclamó, y en ese momento volví en mí misma, y me di cuenta de que sí, tenía razón, y que no sólo estaba Gakuto llorando y sosteniéndome, sino otra persona cuyo rostro bien no podía ver palmeándome la frente.

            –Es un ataque de pánico, se le pasará, pero avisame si se desmaya o le cuesta mucho respirar –dijo, en una voz suave y tranquila, y luego lo sentí alejarse–. ¿ALGUIEN MÁS NECESITA AYUDA?

            –¿Y ese?

            –Yukimura Seiichi… ya sabés, el capitán de la Rikkai Dai… hace un rato que nada más da vueltas por el barco, viendo si hay gente mal…

            –¿Ha-hay alguien más que conozcamos…?

            –…no vi a nadie…

            –Gakuto… tengo miedo…

            –Yo también…

            Íbamos al son de la marea, dando tumbos de acá para allá, meciéndonos con fuerza. Casi daba la impresión de que éramos un grano de arroz en una maraca, y que estábamos a merced de quien la agitara. Gakuto concilió el sueño despatarrado sobre mi regazo, mientras que yo permanecí con los ojos cerrados, pero bien despierta, durante todo el trayecto. De a ratos mi mente se escapaba a otro lado, pero cada vez que volvía a mi cuerpo se encontraba con que éste se hallaba en un estado deplorable: la sien presionada, los ojos ardiéndome, la cabeza matándome, los oídos tapados y la respiración cortada y a bocanadas. Mi presión se mantuvo peligrosamente baja, pero se ve que alguien que quería torturarme hizo que no me desmayase, de modo que sentía cada ola que se nos deslizaba por debajo y nos arrojaba hacia donde ella quisiera, algunas hasta colándose por las ventanas y entrando a molestar.

            Estaba lo suficientemente despierta como para entender que, no sé cómo, unas largas horas después, tocamos lo que parecía ser tierra firme. Vi a las figuras de Jirou y de Fuyube deslizarse fuera del barco, pero tenía la garganta tan tomada y lloraba de tal forma que me vi imposibilitada de gritarles. Sacudí a Gakuto para que me dejara ponerme de pie y eso hice, caminando como zombi hasta la salida del barco.

            Al poner un pie afuera, el mundo se tiñó de negro.

 

 

~ Aori