La
décima noche
La luz del sol se colaba forzosamente entre las hojas verdes, oscuras, que se encimaban estáticas frente a la nimiedad del viento. Pequeñas manchas de día se acumulaban sobre la piedra que parecía haberse contagiado un frío intenso que hacía del sol una simple estrella perdida en relatos oníricos y paisajes nevados, una pluma volando sobre el cielo antártico, desintegrándose en luminosidad neblinosa y helada. Los oídos eran sordos, los ojos ciegos, las manos insensibles. Se sentía sentada en una butaca de un cine, rodeada de fantasmas, mirando una película pasada a través de una catarata de pétalos blancos y tules negros. La sombra de la piedra vertical se hizo más y más larga hasta que de las manchas de luz no hubo más rastro que pequeños fragmentos de piedra caliente. En el abrazo del viento encontró más consuelo que en aquellos que tomaban fuerza de las emociones humanas, teñidos de egocentrismo, de interés, de tristeza, de arrepentimiento, de enojo o de lastimera compasión. El sol se incendió paulatinamente como fénix, consumiéndose lentamente en agonía, lanzando al fenecer finalmente un grito desgarrador que solo ella pudo escuchar y al que reaccionó redoblando sus sollozos extendidos en atemporalidad, tal vez por compasión, aunque más probablemente por asociación. Su cuerpo se estremecía, la nada y la eternidad los separaban. Recordó (o reconstruyó, mejor) las escenas del romance, propio y ficticio, batallas apasionadas en las que el ego se fundía disolviéndose en el vapor efímero sin más razón que la más profunda y exquisita locura. Testigos ciegos nacieron las estrellas como todas las noches, sabiendo que morirían al amanecer, y ella se preguntó, calentando con su cuerpo, y pronto con su sangre, la piedra demoníaca, la prueba innegable, qué pensaban de su futuro. Poseída por un odio y una energía repentinos golpeó con fuerza la lápida que sangró polvo. Su puño, en cambio, liberó sangre que salpicó la frialdad, enfriándose y calentándola. Un juego de dioses y demonios olvidados en el tiempo y perdurando en la memoria.
Se desplomó nuevamente, su respiración calmándose poco a poco. Escuchó bajo la piedra el llamado de su amado, pidiéndole compañía, y con tranquilidad sonriente cerró los ojos entregando sus cabellos al viento, su cuerpo a la tierra y sus lágrimas a la piedra en la décima noche.
ad
infinitum ∞ ad nihil