Terminé de hacer la cama de Syusuke. ¿Qué puedo decir? Era lo menos que podía hacer por él y su familia mientras me quedaba allí: ordenar un poco la casa, no importa no molesto que me fuera.
Examiné su cuarto. Era más o menos normal si ignorábamos los cáctus que se encontraban dispersados por toda la htación. De todas las cosas que hay en este mundo, ¿se le ocurría coleccionar cáctus?
...supongo que eso es lo que lo hace una persona tan peculiar, pero de cualquier forma...
[ni] [fuji shuusuke] [cáctus]
Comencé a levantar las macetitas de las plantas con espúas una a una, limpiando abajo de ellas.
Ya sé lo que estarán diciendo: ¡No eres su esclava! ¡No limpies su htación porque sí!
Me justifico con que Syusuke está cocinando abajo durante la ausencia de su hermana y madre, y yo simplemente elegí limpiar la casa antes que cocinar. Seguro, cocinar me gustaba más, pero lo que menos quería era intoxicar a Fuji–senpai.
Ahora, lo que sí no sé es si él me va a intoxicar a mí.
Casi predeciblemente (como si supiera que me iba a pasar algún infortunio en algún momento), quise tomar un cáctus con mis manos, me pinché, ahogué un pequeño gritito y del susto lo dejé caer.
El tema es que con él cayeron unos dos o tres cáctus más... sobre mis pies descalzos.
Ahí sí lancé un grito bastante formidable. Además de que el cáctus con espinas más grandes se había clavado en mi pie, queriendo sujetar otro que había caído, lo tomé con mis manos. Suerte la mía, ¿no?
Se sintieron pasos apresurados por las escaleras.
–-chan, ¿¡daijoubu!?– sentí la voz de Syusuke, quien frenó en seco viendo la posición en la que estaba.
Me limité a reirme con nerviosidad.
–Hola Fuji-senpai– saludé, aguantando el dolor.
–¿Cómo...?– frunció el ceño. No entendía bien que pasaba –¿Cómo terminaste así?
–Estaba... ordenando...– expliqué, con lágrimas en los ojos. El dolor había cesado bastante, sin embargo –Y no sé, se me cayeron encima...
Negó su cabeza en señal de disgusto, aguantando una risita.
–Ay, -chan...– murmuró. Se lo veía a punto de estallar de risa –Qué desastre hiciste.
Pensé que estaría enojado o molesto, al decir verdad, pero no.
–Perdón– me apresuré en disculparme –Te desorganicé la colección de cáctus.
–No hay problema, no hay problema– respondió, arrodillándose en el piso junto a mí –Déjame que te ayude a sacártelos.
–No, no, puedo sola– dije, tomando el cáctus que se hayaba en mi pie y tirando. Largué un chillidito: sin duda dolía –¡Ayyy!– me quejé, lloriqueando –¡Me duele!
–Exagerada. No te preocupes, sobrevivirás– aseguró con una sonrisa.
–Ya sé que no me voy a morir– solté –Pero duele.
–Ya me lo dijiste– repuso pacientemente, y se dispuso a tirar del cáctus –Piensa que es como una vacuna. Aguanta la respiración un segundo, piensa en otra cosa, y estarás bien.
–Prefiero pensar que no es como una vacuna– gemí a causa del dolor punzante. No muy fuerte ni mortal, pero sí bastante molesto –Me aterran.
–¿A ti qué no te aterra, -chan?– chasqueó sus los, y tiró.
Cerré los ojos. El dolor no era mucho, pero la porquería era que el cáctus no quería salir de mi pie.
–Tranquilízate– dejó de tirar por un segundo –Vamos de nuevo.
Y tiró otra vez, arrancándome un gritito.
–Ya sale– parecía que me estaba sacando un bebé mas que un simple cáctus –¡Ahi está!
Y por fin, salió.
–Me imagino que podrás deshacerte del que tienes en la mano– me miró. Yo ni me había molestado en quitarme el que estaba clavado a la palma de mi mano, así que eso hice.
Quise pararme, pero me encontré con lo mucho que me dolía el pie cuando intenté.
–Debes tener espinas– se levantó –Voy a buscar una pinza...
–No, ¡pinza no!– supliqué –N-no me gusta la pinza. ¿No puedes hacerlo con las manos?
–Pero podría lastimarte o enterrar las espinas aún más en tu piel– apuntó. Diablos, tenía razón... –-chan, es una *pinza*. No te pasará nada.
–Sí, pero...
–Creo que duele más si te depilas las piernas con una máquinita, y por lo visto, eso sí lo puedes soportar. ¿O no?– logró convencerme (pero no es verdad eso que no me duele la máquina esa de porquería.)
Desistí y dejé que se vaya al baño. Volvió con el objeto en sus manos.
–Dame tu pie– indicó, así que eso hice –No te voy a hacer doler, te prometo.
–¿Y si me lo hago yo?– sonreí, intentando resistirme.
–¿Y si tú misma te entierras las espinas?– repuso, siempre en lo correcto.
Odio que tenga razón...
Contemplando la situación, y ahogando un pequeño gemido cada vez que me sacaba una púa, me puse a pensar. Esto es idiota. Vergonzoso, y estúpido. Debo estar quedando como una tarada, tenerle miedo a que me saquen algo con una pinza... pero pensándolo bien, jamás me gustó...
–Ya está– finalizó –No fue para tanto, ¿o sí?
–No– negué, suspirando.
–¿Ves? Eres una exagerada– demostró con su típica sonrisa –Ahora, dame tu mano.
Hice lo pedido, y comenzó a sacar los pinches de la previamente aludida.
–Me supera como llegas a este estado, –chan– comenzó a decir –Me hubieras dicho y yo ordenaba.
–Es que soy muy torpe– bajé la cabeza, avergonzada –Fue una reacción en cadena... se me había caído uno solito, pero de la nada cayeron cuatro...
–Como sea– se levantó. Lo copié –Ya está.
–Perdón– murmuré –¿Los tenías en algún orden particular? Porque los desordené todos...
–No, está bien, estaban puestos al azar– me despreocupó –No hay problema, no te sientas mal. Yo me encargo.
O sea que cuando quiere, puede ser bueno y comprensivo... *cuando quiere*.
–Te debo parecer estúpida– dije, prácticamente pensando en voz alta –No puedo creer que me pasan estas cosas.
Sonrió ampliamente –No, estúpida no. Graciosa.
–¿Te doy gracia?– me sorprendí.
–En algún sentido, sí– escuché su risa. Jamás pensé que sería tan agradable a mi oído.
Me reí yo también: me fue inevitable.
Y cuando me apoyé de nuevo en el estante sin darme cuenta, se cayó otro. No, no cerca de mi pie, por suerte. Pero sí había sido el que estaba arriba de todo, así que al caer, se rompió la maceta.
Syusuke me miró, sus ojos plenamente ertos.
–A–ah...– me llevé una mano a la boca –P–perdón...
–Dejaste de ser graciosa– se puso serio –Me debes una maceta.
–¡Perdón!– chillé, temblorosa –¡No quise...!
Se rió de nuevo.
Me lo quedé mirando.
–Bromeaba. No hay problema– dio una sonrisa –Pero sí me debes una maceta.
–Lo sé– bajé la vista –Lo siento. Déjame que te ayudo...
–¡No, no, no!– se apresuró en decir –Tú... ve... abajo. Yo ordeno– sonrió –¿Sí?
–Sí– asentí con pesadez e hice lo que me pidió, sin atreverme a objetar nada más.
~ Aocchi