Atobe Keigo siempre había sido del tipo de derrochar dinero por doquier. Pero, realmente. En serio. Por favor. ¿Organizar un festival para el cumpleaños de su mejor amigo? El chico no tenía ningún tipo de límites, se dijo a sí misma la muchacha conocida como .

            –Te reto –comenzó Shiraishi Kuranosuke de repente, sonriéndose con malicia– a animarte a pasar por el Castillo Embrujado.

Lo que pasa en el castillo se queda en el castillo.

            –Kura-kun, eso no es ningún reto –replicó , orgullosa de sí misma, hasta que Shiraishi señaló a un grupo de chicos vestidos de uniforme blanco y marrón adentrarse por el castillo. Ahí su cara cambió completamente, y Shiraishi tan sólo sonrió más–. Sos la peor escoria sobre el planeta, Kuranosuke.

            –¿Hmm? –Tooyama Kintarou inquirió curiosamente, jalando la mano de la joven–. ¿ -chan, qué pasa? ¿Tenés miedo de los monstruos?

            –No, pero ––

            –¡Eso es bueno, porque vas a venir conmigo! –decidió Kintarou infantilmente, aferrándose de su senpai rubia con fuerza–. ¡No tenemos que dejar que los monstruos nos atrapen! Aunque, no te preocupés –el pelirrojín entonces sonrió y se señaló con el pulgar–. ¡Si le quieren hacer algo a -chan, se las tendrán que ver conmigo!

            –Y yo que pensé que hace un segundo estabas asustado… –comentó Shiraishi, manos en su cadera juguetonamente–. ¿Y, ? ¿Qué decís?

            –Ya te contesté –replicó abrupta y amenazadoramente–. Sos la peor escoria del planeta. O sea, yo me animo y todo, pero… –y desinfló el estómago, dejando la parte superior de su cuerpo colgar–. ¡Kuranosuke! ¡No me quiero encontrar con los de mi ex-escuela!

            –¿Por qué no? –inquirió Chitose Senri, mirándola de reojo, habiendo estado escuchando la conversación hace rato–. ¿Te echaron por escupir a alguno? –agregó entonces, en tonito de broma.

            –No.

            –¿Entonces?

            dirigió su mirada hacia Chitose, esperando encontrarse con la del chico, pero eso no fue posible, ya que el suave “clac, clac, clac” de sus zapatos de madera ya se estaba adentrando al castillo junto con Oshitari Kenya, Ishida Gin y Zaizen Hikaru.

            –¿Así no más? ¿Te acobardás con la simple mención de tus ex-compañeros? –Shiraishi preguntó, divertido.

            –Bueno… es que uno de ellos –

            –¡ -chan tuvo una historia de AMOR~! –se regocijó Konjiki Koharu, dando saltitos tomado de la mano con su compañero de dobles.

            –¡Ay! ¿Como nosotros? –y ahí, Hitouji Yuuji prosiguió a hacerle ojitos.

            Normalmente a le habría dado gracia, pero la situación ya estaba sobrepasándola.

            –Vamos, Kin-chan –arrastró al aludido–. Metámonos ahí adentro antes de que mate a alguno de tus compañeros de equipo.

            Quienes, de paso sea dicho, estaban haciendo tal escena que llamaban la atención de todos los presentes. Shiraishi se había estado esperando esto, aunque quizá las cosas saldrían diferente a lo que él esperaba: después de todo, hacer que admitiera que todavía sentía algo por su ex-novio ex-compañero Akazawa Yoshirou. Bueno, si no sentía “algo”, por lo menos, se podía decir que todavía no lo olvidaba o perdonaba. Nos inclinamos más por la segunda.

*-*-*

            había intentando con todo su corazón memorizarse el mapa iluminado a luz de vela al principio de todo el camino, pero sabía más que nadie que se lo olvidaría al cabo de cinco minutos, cuando intentó prevenir que Kintarou entrara en una locura temporal y zarandeara a una sirvienta zombi por los aires.

            –¡Kin-chan, no tenés que matar a los monstruos! ¡Son personas disfrazadas! ¡Personas! – enfatizó esto último mientras reprochaba al joven pelirrojo. Su forma de fantasiosa de ser podía llegar a convenir en ciertas situaciones (como cuando Shiraishi lo amenazaba con sacarse las vendas de su mano si no dejaba de molestar. Sí, Shiraishi le había dicho a Kintarou que detrás de sus vendas, su mano estaba envenenada. Lo cual podría bien ser posible. Quién sabe para qué Shiraishi utiliza esas vendas, realmente), pero, en otras, era un fastidio. No importaba, porque a medio le divertían sus locuras, pero a veces, sencillamente, se pasaba de la raya. Y si hasta consideraba que se pasaba la raya, eso significaba que realmente lo hacía.

            –Kin-chan… por Dios… –suspiró ella, apoyándose contra una de las paredes de pseudo-piedra y cayendo suavemente para quedar sentada en el suelo.

            –Pensé que tenías algo en contra de “Dios”, -chan…

            –¡Ni me lo recuerdes! – pidió, y de repente ahogó una risita satisfecha–. Esa porquería de escuela, Saint Rudolph… con todo su regimen católico… la verdad, que soy una persona más feliz desde que me fui de ahí. ¡O sea, me ponían notas por discutirle a las profesoras en clase!

            Kintarou atinó a levantarla, jalándole del brazo –Bueno, eso no me extraña, pero, ¡movete! Tenemos que llegar antes que Kuranosuke y los otros.

            Cuando por fin accedió y se puso de pie, cerró los ojos (lo cual realmente hacía poca diferencia, porque la ambientación del castillo hacía que no hubiera casi nada de luz) para calmarse un poco. Suspirar. Pensar en que no tenía por qué encontrarse con sus ex-compañeros. O con su ex, y dejémoslo ahí. ¿Cómo se le había ocurrido meterse con ese bueno-para-nada, de todas formas? Lo único en su cabezota morena era tenis, tenis, tenis, quejas, quejas, tenis.

            Entonces, volvió a mirar a sus alrededores, y en la penumbra-casi-oscuridad total notó que… bueno, que no veía a cierta cabeza pelirroja por ninguna parte. Y casi desespera. No es que tuviera tanto miedo, pero se suponía que la gracia de estar en una casa (castillo, como sea: con Atobe, todo era a gran escala) del terror era, bueno, estar aterrorizada. Y lo estaba. Un poco.

            –¿Kin-chan? –llamó, esperanzada de que quizá el joven se había ido a pegarle a algún tipo de monstruo y que estaba por ahí cerca–. ¿Kin-chan?

            Su llamado hizo eco por extenso, casi pareciendo interminable, corredor. En las catacumbas del castillo: ahí comenzabas tu aventura, y debías, de alguna forma, trabajar tu camino hacia arriba, donde te daban una medallita y bajabas por un ascensor hasta abajo de nuevo, y continuabas tu recorrido por el festival de Atobe. Claro, siempre estaba la forma fácil: llorarle a uno de los monstruos hasta que este se apiadara de tu alma y te enseñara una salida alternativa.

            no iba a hacer esto. No. Absolutamente no. Prefería pasar un mal rato que salir corriendo, asustada. Tenía bien en cuenta de que todo esto era una mentira, de todas formas.

            Pero… el techo tan cerca de su cabeza, el pasillo tan oscuro. Quién sabía si en algún momento se bifurcaba: las llamitas en cada una de las velas colocadas cada tanto en las paredes parpadeaban de vez en cuando, y no te proporcionaban mucha luz. Tan sólo la suficiente para poder ver la palma de tu mano, pero nada más.

            tragó saliva audiblemente, e intentó otra vez:

            –¿¡Kin-chan!?

            –¿Sssssíííí…?

            El grito que largó en ese preciso momento debió de haber aturdido al zombi/muerto vivo/vampiro/etcétera que había intentado atacarla, ya que ni se molestó en seguirla, sonriéndose satisfechamente, sabiendo que su trabajo había terminado. , por su parte, corrió y corrió por el interminable laberinto, pero pronto su marcha se frenó en cuanto se dio cuenta de algo obvio: esto era tan sólo un juego para niños, diablos. Todo era mentira. Todo está bien. Ya… ya.

            –¿ ?

            Y la aludida largó una larga fila de insultos dirigidos hacia el dueño de esa voz por decidir hablar tan abruptamente y hacer que su corazón se saltee unos latidos.

            La joven volteó lentamente, y…

~¿Quién querés que sea tu príncipe? Akazawa Yoshirou o Chitose Senri?~