Cuatro cascabeles eran sus objetivos.

Cuatro cascabeles para ciento ocho personas divididas en cincuenta y cuatro grupos.

Atobe Keigo se había encargado personalmente, con motivo de su buen acto anual, de organizar una curiosa fiesta navideña[1].

A las doce, las luces se apagaron y el escenario se iluminó.

– Hay cuatro cascabeles escondidos en la mansión –anunció apenas se callaron (unos diez minutos). Ignorando los gritos de “¿¡y qué nos importa!?” que se escucharon por el fondo, prosiguió–. La electricidad de todo el lugar acaba de ser cortada. Sobre la mesa principal hay linternas –todos se abalanzaron a tomarlas, y varios gritos de “no alcanzan” se escucharon entre los empujones, golpes y porrazos. Atobe ignoró cada uno de los gritos, ofendido por haber sido interrumpido–. Como decía, van a ser divididos en grupos de dos.

– ¿Qué tenemos que hacer? – inquirió una voz anónima.

– Por supuesto, encuéntrenlos. Los grupos son… –quince minutos después…–… y Amane Hikaru.

A esa altura, todos entendían porqué el número de hombres y mujeres era sospechosamente parejo. La gran mayoría se lanzó a la búsqueda con mayor o menor voluntad. Los premios de Atobe siempre era prometedores…

– ¿Y yo? – preguntó a Atobe , la única que no había sido nombrada.

– Seguime – contestó, tomándola de la muñeca y llevándola a un cuarto bastante oculto…

 

Cascabeles

– La probabilidad de que cortar la luz haya tenido que ver con la ubicación de los cascabeles es de 51% – informó Inui a , su compañera en el extraño evento y, curiosamente, vecina, entre otros detalles.

– … Lo cual nos deja con un 49% de que haya sido solo para dar ambiente – contrarrestó ella, ojeando la Palm (su versión del cuaderno de Inui).

Apenas abandonaron el salón principal se encontraron con velas iluminando el amplio pasillo. Intercambiaron miradas que en código animé incluirían una gotita sobre sus cabezas.

– … 100% a que es por el ambiente –dijeron al unísono, actualizando sus datos con total sincronización.

Inmediatamente luego, analizaron las probabilidades por cuarto de que allí estuviera escondido un cascabel. Pero la mansión era grande, muy grande, y los porcentajes eran todos bastante similares…

– ¿Qué hacemos? – preguntó con un ligero temblor en su voz, sin saber cómo decidir.

Inui no contestó, en el mismo estado.

 

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– Y estoy seguro que esto no es casualidad, pero quién hubiera creído que él tendría esos datos, después de todo Hyoutei ni siquiera tiene alguien que recoja datos; bueno, en realidad en Fudoumine tampoco hay nadie, me pregunto si realmente influirá en la fuerza del equipo, pero no creo, después de todo Hyoutei no tiene a nadie y Seigaku y Rikkai sí y todos son equipos muy fuertes, más que nosotros; es una lástima que hayamos perdido en nuestro último año, realmente lo siento, sobre todo por Tachibana-san, porque para él es su última oportunidad porque ya está en---

 – ¿¡VAS A CALLARTE, SHINJI!? – gritó, harta del constante balbuceo.

Ibu la miró como si no hubiera entendido lo que había dicho.

– No veo porqué te molesto –fue interrumpido antes de que pudiera lanzarse a otro monólogo Guiness.

– ¡Es molesto, simplemente! –se desesperó– Es un constante bla bla enfermizo que, para colmo, no sale del tenis. ¿¡No tenés alguna otra cosa de la que hablar!?

– … ¿Cómo qué? El tenis me interesa. No se me ocurre ninguna otra cosa que me interese más que el tenis.

– Yo qué sé… cosas como… como… – Ibu interiormente se muería (sí, muería. Demándenme) de curiosidad. Encontrándose a punto de decir cosas que no quería, se sonrojó y, con un suspiro molesto exagerado, prosiguió marcha hacia cualquier sitio lejos de Ibu. La ponía nerviosa, por varias razones.

 

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– ¿Pasa algo, -san? –preguntó con voz sinceramente preocupada Yagyuu Hiroshi deteniéndose en su camino hacia… bueno, lo que encontraran primero.

negó con la cabeza, pero la verdad es que las sombras móviles que las velas proyectaban la intimidaban. Parecían personas…

Hiroshi no parecía convencido.

– ¿Quiere llevar la linterna?

Intentando ignorar las sombras acechantes y la cercana presencia de “él” (resáltese con marcador, birome, brillitos y corazoncitos) negó con la cabeza.

– Está bien…

Lo que se hubiera escuchado en la mente de Yagyuu, si hubiera tenido parlante incorporado, hubiera sido un “… KAWAIIIIIIIIIIII” que, por supuesto, no exteriorizó en lo más mínimo. Sí apoyó una mano sobre el hombro de a manera protectora. El repentino contacto la hizo temblar ligeramente, y estaba indecisa sobre si debía desear desaparecer o, por el contrario, permanecer allí el resto de su vida…

– Es un hermoso lugar…

– S-sí…

– El piso es de mármol italiano, me parece.

– Ah… No sabía…

Silencio. Intento de conversación cuarenta y ocho, fracasado. De nuevo.

 

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– No sabía que tenías toda la casa vigilada –se sorprendió al descubrir que el cuartito era nada más y nada menos que un cuarto de control con la pared cubierta de monitores. Un criado le ofreció un snack (no cualquiera, por supuesto, uno digno de los Atobe y preparado especialmente por un chef, con ingredientes traídos de los rincones más recónditos del… Universo) que tomó sin apartar la vista de los monitores.

– ¿Segura que no lo esperabas? –preguntó, la arrogancia reflejada en su (sexy!) voz.

rió un poco.

– Bueno, en realidad, me sorprendió no haber encontrado cámaras en esta habitación –señaló uno de los monitores–. Estoy perdiendo el ojo, ¿eh?

Esta vez fue turno de Atobe de quedar perplejo.

– ¿Revisaste toda la casa sin que me diera cuenta? –dijo en un tono más bien retórico. no contestó, simplemente se limitó a pedir otro “fuera lo que fuera eso” al criado, quien se lo proveyó inmediatamente.

– Son tiernos – comentó, señalando un par de monitores–. Por cierto, ¿dónde escondiste los cascabeles?

Atobe sonrió misteriosamente, negándose a decirlo.

 

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– No está en este sector de la habitación –informó , terminando de revisar el último trofeo.

– Tampoco en este.

– ¿Vamos al patio?

El patio era realmente hermoso, y no había escapado de las velas ni de, por supuesto, la “búsqueda del cascabel”. Sin embargo, su enorme tamaño evitaba sentirse incomodado aún con unas veinte personas dando vueltas. El agua helada de la pileta[2], al fondo, en la lejanía, reflejaba el cielo nublado. se abrazó. Hacía frío, la mansión estaba climatizada pero, por supuesto, el aire libre no. Repentinamente sintió el peso de un abrigo caer sobre sus hombros. “Voy a buscar allá, vos buscá acá” escuchó de boca de Inui. Sin contestar con más que una sonrisa, tomó los bordes del abrigo y comenzó a inspeccionar el pasto.

 

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Habiéndose “deshecho” de Ibu (más específicamente, habiéndolo enviado a buscar al cuarto contiguo), se apoyó contra la pared. Se sentía estúpida, eternamente idiota. No podía entenderse. ¿Qué la llevaba a no matarlo? ¿Por qué soportaba párrafos y párrafos de cháchara sin importancia? ¿Por qué realmente lo escuchaba? Casi encontraba entretenidos sus monólogos. Al principio era como tener una radio, una especie de ruido de fondo que le recordaba que no (Dios no lo permita) estaba sola. ¿Qué había cambiado? Por alguna extraña razón, dejó de ser tan solo una radio. Era… bueno, una persona. quería callarlo y quería que hablara. Que se alejara pero que la buscara. Que la ignorara pero que quisiera conocerla. Sentía la urgencia de patearlo, darle una cachetada, gritarle lo molesto que era y cómo lo…

“Dios mío”, pensó con cara de absoluto horror, cayendo en cuenta de lo obvio. Respiró hondo, miró el techo, golpeó la pared, maldijo por el dolor en su mano y fue a buscar a Ibu. Lo encontró callado, revisando las velas, aunque parecía no estar realmente pensando en cascabeles....

 

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–… Hermoso –murmuró sobrecogida admirando el cuadro que se revelaba ante sus sentidos. Era perfecto, pero no con esa perfección soberbia y lejana. Llamaba como las sirenas a formar parte del bosque blanco cubierto de nieve, pedía que alguien marcara con huellas el suelo impoluto, que sacudiera las ramas de los pinos, o que simplemente se abrigara bajo ellas y admirara, en pacífica unión, los copos brillantes caer.

Hiroshi, por su lado, se sentía absorbido por algo más cercano, más palpable, como era el rostro admirado de que parecía haberle robado la luz a la nieve del cuadro. Los ojos abiertos, el cuerpo estático, las manos tocándose frente a su pecho, parecía un ángel congelado en el tiempo. La timidez ya no parecía reflejarse en su mirada, y Hiroshi quiso asegurarse de que no era solo un sueño. Sin poder contenerse acarició con suavidad el rostro de , sorprendiéndola y sacándola de su pequeño mundo nevado.

– Perdón –se disculpó, desorientado ante sus propios actos, e inmediatamente reanudó la búsqueda del cascabel.

 

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– Keigo, me sorprenden estas ideas tuyas – rió notando sin dificultad la turbación del rostro de Tezuka en el canal #39.

– Gratamente, espero – comentó reclinándose por sobre ella, quien estaba sentada en única silla (curioso que hubiera solo una, ahn?) y cambiando de canal. Atobe bajó la vista para encontrarse con con una enorme sonrisa plantada en la cara–. ¿Pasa algo en especial?

– Nada, nada –contestó aún sonriendo con un tono intencional que ponía en evidencia que nada era lo que no pasaba.

 

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Inui, arrodillado al borde de la pileta, llamó con un gesto disimulado a . Había encontrado el cascabel…

En el fondo de la pileta. Al fondo dofón.

– Está nevando –murmuró frunciendo el entrecejo. Inui se puso de pie y miró a su alrededor, como comprobando si alguien más se había dado cuenta. Desgraciadamente, sí: Momoshiro y su compañera venían corriendo a toda velocidad. La decisión se reflejó tras los anteojos de Sadaharu y, entregándoselos rápidamente a , (“¡la probabilidad de que te enfermes es de 78%! ¡Ni se te ocurra!) se tiró al agua helada heladísima heladisísima de una.

Emergió segundos después, tiritando pero con el cascabel en la mano.

– ¡Baka! –gritó , buscando alguna toalla.

De fondo, Momoshiro no llegó a frenar y se ganó involuntariamente una zambullida ártica.

 

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– … Shinji… – llamó, su coraje tambaleándose por algo así como la primera vez en su vida. El aludido la miró en gesto de pregunta, pero no dijo una palabra. Extraño–. Ehm… Yo… Yo quería saber… eh… qué te gusta hacer.

Ibu la miró, entre decepcionado y en estado de *sweatdrop*.

– Me gusta jugar tenis, escuchar música y jugar Lexideta – contestó, conciso.

– … Estás actuando raro –concluyó.

– ¿No te molestaba que hablara tanto?

– No… Bueno, sí… Pero… – se dio vuelta, quedando cara a cara con la pared, las velas en el medio – … Pero de todas maneras… Yo… –tensión–. … … DIOS MÍO, ¡UN CASCABEL!

Shinji retrocedió un paso, esperando todo menos eso.

– ¡Estaba adentro de la vela! ¡Increíble! ¡Vamos, Shinji, volvamos al salón principal!

Ibu, aún sin procesar demasiado, decidió simplemente dejarse llevar por ella. Después de todo, ir tomados de la mano no estaba nada mal…

 

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– Ya… Yagyuu-san – dijo –, realmente ya no sé dónde buscar… Es probable que ni siquiera esté en esta habitación – acabó con un susurro.

Hiroshi sabía que ella tenía razón. En busca de ideas se apoyó en la ventana. Con sorpresa notó que el paisaje exterior era bastante similar al del cuadro que tanto le había gustado a . De hecho, era casi una copia.

Su brazo tocó en algo duro, sobresaliente al apoyarse sobre el umbral de la ventana. Era una extraña saliente pintada de dorado, pero no era un cascabel. Con una repentina sospecha, caminó unos pasos hacia atrás. Por alguna extraña razón (¿el juego de sombras de las velas quizás?) la bolita dorada parecía estar como debajo del umbral. Y si el umbral era el borde del cuadro…

Yagyuu deslizó una mano debajo del cuadro y lo encontró ligeramente levantado respecto a la pared. Pronto consiguió aferrar el cascabel tintineante.

 

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– Bueno, supongo que el juego ya terminó – dijo Atobe, sonando algo decepcionado.

– ¿Hm? ¿Y el cuarto cascabel?

Con una sonrisa soberbia, Atobe sacó una cajita escondida tras un monitor, pero no hacía ruido. Extrañado, la encontró vacía.

– Quien ríe al último ríe mejor, Keigo –sonrió haciendo sonar el cascabel que había hallado–. Mada mada da ne. ¿Cuáles son los premios?

– Pensaba regalarles un pase libre para el lugar que ellos eligieran, siempre y cuando estuviera relacionado con nuestro “imperio”.

– Hum… entonces, ¿yo también elijo?

– Es lo justo, ¿no?

– ¡Quiero un pase libre a tu casa! –rió, dándole un beso en la mejilla y saliendo de la habitación. Antes de cerrar la puerta, le recordó que no podía negarse. Era su premio navideño. She found the jingle bell, right?[3]

 

 

~Miyod

[escrito el 25.12.06, entre las 5 y las 7 hs.]   

[1] (podría explicarlo yo, pero no voy a hacerlo mejor y me va a tomar más tiempo =) ) http://en.wikipedia.org/wiki/Christmas_worldwide#Japan

[2] Aclaro que no me cuesta nada, “piscina”.

[3] “Encontró el cascabel, ¿no?”