-No.- interrumpió la chica.- Me niego. No pienso hacerlo y no hay forma posible de que me convenzan. Ni siquiera alguna con potencialidad para eso. No, no, no y no. Búsquense otra, yo tengo una vida. Así que no. No.- negó con la cabeza para poner énfasis a su negativa, decidida a no dejarse convencer por ese grupo de demonios sádicos curiosamente denominados por el común de la gente como “el equipo titular de tenis de Hyotei”. Bueno, para ser más exactos, en ese momento eran “el equipo titular de tenis de Hyotei sin el capitán”, lo cual, para , no confería ninguna mejora en su condición de demonios sádicos.
-¡-chan! ¡¡Por favor!!- insistió Jirou Akutagawa, zarandeándola del brazo derecho suavemente. La muchacha de cabello castaño negó nuevamente con la cabeza, desistiendo de liberar su brazo tras intentarlo durante todo el recreo del almuerzo.
--chan, no es tanto como parece.- continuó Ootori Chotarou, esforzándose en convencerla como los demás.
-¡No!- repitió , pasando sus ojos de uno a uno. No pensaba darse por vencida, ni siquiera cuando frente a ella tenía la mejor colección posible de caritas imitación de la del Gato con Botas de Shrek que cualquiera pudiera encontrar.
--chan, sos la única capaz de hacerlo a la perfección.- comentó Oshitari Yuushi, apelando al orgullo de la chica. continuó en su posición pese a eso.
-No. Estoy comenzando a dudar de sus aptitudes psicológicas.- dijo ella.
-¡!- se hartó Gakuto Mukahi.- ¡Tiene que haber algo que pueda convencerte!-
-No, no lo hay. Desistan.- aseguró .- No hay nada en este mundo ni en los que haya que me convenza de ser la manager del equipo masculino de Hyotei.-
-*NO*-
-Demonios…- masculló la muchacha castaña molesta.- Demonios, demonios, demonios… Y sádicos. Sádicos torturadores manipuladores y consentidos… Malditos sean. Malditos demonios, malditos papeles, maldito el tenis…-
caminaba por uno de los pasillos laterales del edificio del colegio Hyotei Gakuen con ocho carpetas prolijamente acomodadas en sus brazos. Los archivos de los titulares… debatió por unos momentos la idea de alterarlos, agregar algo como que Oshitari Yuushi era un ex convicto, o que Akutagawa Jirou era narcoléptico. Al fin y al cabo, se lo merecían. Por obligarla a ser la manager. Malditos manipuladores. ¡Como si no fuera suficiente tener que ocuparse de la escuela, de la casa y de su entrenamiento en danzas!
De aquella conversación, ya habían pasado dos semanas. Dos semanas de tortura constante para la muchacha. Los titulares eran agradables, la mayoría, y se llevaba bien con ellos. ¡Pero de ser su amiga a vigilar sus agendas, programar los partidos y organizar sus entrenamientos había una gran diferencia! Ni siquiera tenía claro cómo era que había terminado aceptando semejante locura... Ahora tenía también que hacerse cargo de los 200 chicos que admiraban obcecadamente al más odioso e insoportable ser en todo el universo: A…
-¡-…TOBE!- escuchó el chillido femenino desde la esquina frente a ella, y lo primero que se lo ocurrió fue alejarse del medio del pasillo. “Mejor prevenir” se dijo mentalmente. Y como era común últimamente, tuvo razón. Dos segundos después aparecieron cinco chicas con sonrisas tontas rodeando a un muchacho realmente atractivo, que pasaron cerca de ella y doblaron en el siguiente pasillo.
De nuevo, la tentación. Quizás podría agregar que “ore-sama” en realidad era adoptado, que en realidad venía de… ¿el Bronx? Nadie se lo creería. Quizás lo dejara sólo en que era adoptado. Y que había pagado cuantiosas sumas de dinero para tener las notas que tenía, o incluso que había tenido “relaciones inadecuadas” con la profesora de alemán y latín…
-Mocosa.- escuchó que la llamaba una voz refinada que destilaba orgullo y superioridad. La castaña cerró los ojos con fuerza al instante “1…2…3…4…”--baka.- “5…6…7…8…”. abrió un poco uno de sus ojos, pero el chico seguí allí, como una figura de la aristocracia francesa del Rey Sol. “No funciona. A ver… ¿Peter Pan, Peter Pan, Peter Pan?”.- Ore-sama ahora está convencido de que la mocosa tiene un serio problema mental, algún retraso en sus aptitudes cognitivas.- “Tampoco.”
-¿Qué querés, Atobe Keigo?- suspiró derrotada. Sus métodos de niña para hacer desaparecer a los monstruos de la casa del vecino le habían fallado; por primera vez.
-Ah~n, la mocosa puede hablar.- comentó el muchacho burlón, falsamente sorprendido. Su mente analítica debió obligarse a sí misma a mencionar el “enana” en lugar de algún otro de los epítetos con los que la llamaba mentalmente, e inconcientemente.
-Si, “ore-sama”, la mocosa puede hablar.- repitió ella. Atobe frunció el ceño, por alguna razón, no le gustaba para nada que la enana le llamara ore-sama; sería por la mirada de ella cada vez que lo pronunciaba, sería por el tono condescendiente que ella le infligía, o sería porque la única chica medianamente interesante y con la que podría llegar a plantearse con un mínimo de seriedad la idea de salir con ella, de todo el colegio, era la más odiosa e insoportable de todas. Eso mismo, odiosa e insoportable, nada de bonita, atractiva, encantadora, sexy… “No. Nada de eso. Ore-sama no puede pensar eso de una mocosa.”- Qué es lo que quiere, oh, el gran ore-sama?-
- Ore-sama vino porque Sakaki-kantoku le pidió que buscara a la irresponsable manager, y ore-sama aceptó porque la manager es una mocosa enana que a lo mejor se había perdido entre los zócalos.- Atobe habló manteniendo su sonrisa perfecta, sin ningún gesto de burla o superioridad, cosa que molestó aún más a la castaña.
-¿Oh, gran ore-sama, le parece que esa es manera de tratar a sus súbditos?- preguntó la chica haciendo una reverencia exagerada que hizo que Atobe frunciera el ceño en señal de disgusto; nunca encontraba la forma de responder a esas frases, y si había algo que Atobe odiaba, era no poder responder a un ataque.
lo miró despreocupadamente, imaginando que de pronto, el muchacho que tenía en frente se ganaba una beca a… a Tumbuktú, o a la punta del Himalaya, y no tenía que verlo nunca más hasta graduarse. Pero, lógicamente, ningún Atobe dejaría que su benjamín paseara su preciado trasero (preciado y bastante lindo, aunque nunca lo admitiría en voz alta) por algún lugar de tan bajo contenido aristocrático.
Nunca se había llevado demasiado bien, desde el primer día del año anterior, cuando llegó de intercambio de Inglaterra. Atobe había supuesto que, por lógica, la bonita muchacha de baja estatura pero de perfecta y llamativa complexión caería rendida ante la perfección de ore-sama. había supuesto que, por lógica (y hormonas), el atractivo japonés ídolo del tenis, caería rendido a sus encantos.
No hace falta aclarar que ninguno de los dos acertó, más bien todo lo contrario. Cuando Atobe iba a “obsequiarla con su presencia”, la chica se le rió en la cara. Y cuando iba a “consentirle una sonrisa”, el chico la dejó hablando sola. No, definitivamente no se habían llevado bien. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a no ser admirado, aunque sólo fuera por “una sola insignificante persona”, y actuaron en consecuencia: sencillamente pasaron a simular odiarse mutuamente. Pero en verdad, encontraba intrigante a Atobe, y Atobe encontraba atrayente a .
-Ore-sama no cree que llegues siquiera al status de “súbdito”. Pero si es algo que tanto te place, ore-sama verá qué puede hacer al respecto.-sonrió el muchacho triunfante, convencido de que no habría forma de que la orgullosa chica aceptara eso tranquilamente; entonces él podría decirle que no era una dama, y ella le respondería algo hiriente, y él podría abandonarla victorioso, al menos por una vez.
-¡Oh, eso sería taaan tranquilizador!- chilló , imitando a sus fanáticas, sacudiendo los brazos como si estuviera en un ataque de histeria. Atobe suprimió un gesto de berrinche mentalmente, pero no estaba dispuesto a darse por vencido. se acercó más a él, todavía actuando como una de esas chicas que lo seguían a todos lados, y agarró las manos de él, dejando caer los archivos, mirándolo con ojos falsamente emocionados.- ¿De verdad harías eso? ¿Por mí? ¡Oh, ore-sama, no sabés lo feliz que me hace que me tomes en cuenta!-
-… Es lo menos que puedo hacer por una mocosa enana irresponsable que se relaciona con mis súbditos.- dijo el muchacho, siguiéndole el juego hasta encontrar algo que la silenciase, sin soltarse del agarre de la joven. Tenía manos de dedos largos y delgados, demasiado blancos, como ella, suaves y cálidos, como los acolchados de terciopelo francés que usaba en invierno… Tan confortable…
se detuvo a menos de dos centímetros de su rostro, y al ver por primera vez sus ojos tan de cerca, se detuvo y frenó su actuación. Era tan lindo cuando estaba callado que casi era una pena que tuviera esa boca… tan seductora, tan apetecible, tan… No pudo completar su pensamiento, porque con un rápido movimiento el chico se había agachado y había dejado en nada la distancia que los separaba, uniendo sus labios con suavidad.
Atobe no supo en ese momento por qué lo hizo, y tampoco lo supo después, cuando lo meditó estando solo, pero era algo sobre lo que no quería indagar lo que lo impulsó a besarla, porque allí, repentinamente callada, con los ojos brillantes y sus manos sobre las suyas, se veía encantadora. Y al ver que ella no se apartaba, se soltó para poder pasar sus brazos por la cadera de ella, aceptando la invitación de sus labios entreabiertos de profundizar el beso, mientras dejaba sus manos sobre el pecho del muchacho.
Unos momentos después, el momento se había terminado. Ambos se separaron, entre asustados y sorprendidos, mirándose desorientados. lo apartó con violencia, empujándolo, y Atobe la soltó como si le quemase.
-¡Esto nunca pasó!- aseguró , alejándose del chico lo más posible.
-¿… Nunca?- Atobe sonrió afectadamente: finalmente había encontrado un talón de Aquiles en la castaña ( y se negó rotundamente a admitir que también era el suyo).- Pero acaba de pasar…- agregó infantilmente.
-¡NO! No pasó. No pasó nada, Atobe Keigo. ¡Y nadie se va a enterar de eso!- chilló ella, apartándose de él cuando él se le acercó burlón.
-¿De que no pasó nada?- preguntó él divertido.
-¡Exacto! Nada. Ahora, si me disculpás, tengo que ir a llevar esto a…- se agachó para recoger los informes, pero Atobe fue más rápido y se interpuso en su camino; la chica levantó la vista enfadada, exigiendo una explicación con su mirada.
-No te disculpo. Vos me besás, jugás con mis sentimientos, ¿y después decís que no pasó nada?- dijo melodramáticamente, algo tan impropio en él que pudo asegurar que estaba maquinando algo. Algo que no sería para nada placentero para ella.
-¡¡YO no te besé!! ¡¡Fuiste v…!!- La muchacha suspiró para contenerse, si él maquinaba algo, era mejor mantenerse lo más madura posible.- A ver, Atobe Keigo. ¿Qué es lo que estás buscando?- demando saber.
-¿Yo? … Nada. Nada en absoluto.
-Eso es mentira, siempre estás buscando algo, por más ínfimo que sea.
-Entonces me corrijo, no busco nada que se relacione directamente con vos. Sólo voy a contar cómo la “orgullosa ” finalmente se rindió a mis encantos.
-¡¡¿ESTÁS LOCO?!! ¡¡YO NO ME RENDÍ A TUS ENCANTOS!! Además, ¡¿DE QUÉ ENCANTOS HABLAS?!- chilló ella furiosa, sin notar la mirada de regodeo que se plasmó en los ojos de Atobe.
-Los encantos a los que te rendiste. Yo estaba caminando tranquilamente por un pasillo, cuando vos te acercaste, y yo te saludé educadamente, como haría cualquier caballero. Pero no estuviste satisfecha con eso, y tiraste los archivos al suelo sólo para tirarte encima de mí y besarme.
-¡Eso es mentira!
-No, no lo es. Y todos lo van a creer, porque soy irresistible.- Atobe tentó su suerte al decir eso, porque corría el riesgo de que ella se le riera en la cara; era obvio que Atobe Keigo, ¡“ore-sama” por amor a dios!, NO podía caer tan bajo como para entrar en cotilleos baratos. Afortunadamente, la chica no estaba dispuesta a arriesgarse.
-¿Qué es lo querés?- masculló derrotada. A Atobe se le iluminaron los ojos.
-Que estés a mi servicio… ¿un mes? Sí, me parece justo.- sonrió el chico.
-No tientes tu suerte, podría ponerte cianuro en tu bebida.
-Está bien. Una semana. Una semana, a partir del lunes, todos los días, y el fin de semana te quiero a las 8 en la puerta de la casa de ore-sama.- Atobe lo pensó un momento, y luego añadió, tras ver la expresión de completo desaliento de la muchacha.- Para que compruebes vos misma que ore-sama no es un tirano, te concedo las horas de clase para que sigan igual, pero ore-sama no quiere ningún tipo de insulto ni mal trato.-
-… ¿No hay ninguna otra cosa? ¿Ninguna?- pidió, casi rogó, , pero Atobe se mantuvo firme.
-No, ninguna.
-… Hecho…- suspiró , dándose vuelta y dejando a un Atobe sonriendo triunfante.
***
El lunes por la tarde, les dirigió su peor mirada de odio a los cuatro chicos que tenía delante. Ellos tenían toda la culpa, especialmente el baka de Kansai con su sonrisa parecida a un lobo. Oshitari se encogió de hombros, manteniendo su sonrisa. Jirou y Gakuto la miraron sin comprender. Y Shishido simplemente se dedicó a juguetear con su lápiz.
-Los odio.- dijo ella, cruzándose de brazos y dándoles la espalda. Las clases habían terminado y el entrenamiento comenzaba en quince minutos.
¿--chan, qué pasó? – quiso saber Jirou, pasando su brazo por los hombros de la chica para que lo mirara.
-No te incumbe, pero es tu culpa. De todos ustedes.- se quejó .
-No entiendo.- dijo Gakuto, mirándola fijamente, por si quizás podía lograr sacar algo claro del rostro de la chica. Ella iba a replicar algo, pero en ese momento apareció frente a ellos la razón de sus desgracias. El muchacho le indicó que le siguiera, y , contiendo las ganas de ahorcarlo, se acercó lentamente a él.
-¿Qué pasa, Atobe Keigo?- preguntó ella. Los cuatro chicos la observaron sorprendidos, estáticos en sus lugares, lo suficientemente lejos como para no oírlos.
-¿Estás a mis servicios, lo olvidaste?
¿Cómo podría olvidarlo, si estuve todo este tiempo maldiciéndome por aceptar esta locura?
-No, no lo olvidé. ¿Qué querés?
-¿Ah~n? Hay que corregir ese comportamiento, -chan.- sonrió el chico.
-NO me digas “-chan”… ore-sama.- dijo la chica, intentando sonar lo más servicial que podía. Respiró hondo antes de decir:- ¿Qué es lo que desea ore-sama?- acompañado con una pequeña reverencia. Atobe, antes de hablar, chasqueó los dedos, señal para que su equipo empezara a entrenar en ese preciso instante.
- Quiero que estés a mi lado después del entrenamiento, y que vayas a mi casa después.- supo que, pese al tono del chico, era una orden.
-Como gustes, Atobe.- masculló , tragándose el odio junto con su orgullo. Malditos fueran todos y cada uno de los 200 miembros del equipo de tenis masculino. Sí, todos, incluidos los de primer año que recogían las pelotas.
***
La semana pasó extrañamente rápido. Las horas de clases era relativamente normales, y luego del entrenamiento, ambos se dirigían a Atobe Manor. Pasaban allí la tarde, casi siempre sentados en silencio, mientras ella escribía o redactaba sus tareas y él la ayudaba o se tiraba, elegantemente por supuesto, a leer en algún sillón. Luego, la rutina variaba de día en día. A veces, la madre de Atobe la invitaba a quedarse a comer (hecho que Atobe agradecía mentalmente), a lo que ella aceptaba. Otras veces, ambos se quedaban hasta tarde leyendo y Tsutomu despertaba a la señorita y la acompañaba a su casa. Una vez, Atobe se había quedado dormido, tan adorable, despatarrado en un sillón, y se había procurado una manta para taparlo. Y siempre, o casi siempre, Atobe la llevaba hasta su casa en la limusina, mirándola entrar a su casa como un niño mira la vidriera de Harrod`s.
Sin embargo, Atobe se deleitaba teniendo a la chica corriendo de un lado para el otro; la había obligado a prepararle la comida, a darle masajes (NA: en la espalda, no sean mal pensadas!), a hacerle algunas tareas. Pero, con todo, no estaba satisfecho. Quizás, aunque no quisiera admitirlo, era el hecho de saber que ella se mantenía a lu lado sólo por que él la había obligado y no por voluntad propia. Y eso dolía, aunque él no quisiera aceptarlo.
, por su parte, había llegado a conocer cosas de Atobe que nunca había creído posible. Cosas como la expresión de sus ojos cuando se sentaba en su sillón favorito en la Sala de Atobe Manor a leer algo de Goethe, o como fruncía el ceño en disgusto cuando alguien mencionaba algo en contra de la pesca o de Seigaku, o la sonrisa natural que esbozaba cuando pasaba por la puerta del estudio de su madre cuando creía que nadie lo miraba, o el esfuerzo que le suponía ocuparse del club de tenis. Era un Atobe nuevo, completamente diferente al ególatra narcisista al que estaba acostumbrada. Y le gustaba.
Ambos había generado una relación extraña, pero habían pasado del odio simulado a la convivencia pacífica a preocuparse por el otro. Al menos hasta el fin de semana.
***
-Nunca caminás, ¿verdad? ¿Tus preciados piececitos no soportarían el esfuerzo?- preguntó irónica, sentada con las piernas cruzadas en el asiento lateral de la limusina negra de la familia Atobe. El chico que estaba sentado frente a ella sólo se encogió elegantemente de hombros, porque, desde luego, el que él se encogiera de hombros nunca podría ser tan vulgar como si lo hiciera cualquier otro. Ella lo miró de reojo, antes de buscar alguna otra cosa para criticar, porque se negaba fervientemente a que le gustara cualquier cosa que perteneciera y/o se relacionara a Atobe Keigo.- ¡Y además de buen gusto, tampoco tenés purificador de aire? ¡Por Merlín, sos millonario!-
Era sábado, un sábado caluroso. Atobe había quedado en buscarla por la entrada del colegio a las 8 de la mañana, pero no se había dignado a aparecer hasta las 10:45. Y, lógicamente, se había enojado tanto que había tirado por la borda toda la anterior semana.
-¿-chan, nunca vas a dejar de quejarte? Comienza a dolerme la cabeza por tu cháchara. Pensándolo mejor… Directamente, callate.- demandó el muchacho, enojado con ella por el cambio de actitud respecto a él, pero, orgulloso como era, nunca se disculparía por su “pequeño” retraso. La castaño lo fulminó con la mirada, pero decidió hacer como había dicho; no fuera a ser que se le pasara por la cabeza la idea de contar por todo el colegio lo que NO, de ninguna manera, en lo absoluto, había pasado.
Atobe la observó divertido pese a su enfado como nunca hubiera imaginado poder. La chica hacía tales expresiones para demostrar su desagrado que eran en extremo hilarantes. Y algunos minutos después, la limusina se detuvo en el hall exterior de la gigantesca casa.
-Amo Keigo.- saludó un hombre adulto vestido de traje impecable negro de cuello mao, dirigiéndole una leve reverencia en señal de respeto. Atobe descendió de la limusina, y el mayordomo ayudó a a hacer otro tanto, bajo la atenta mirada del chico, que tuvo que contener las ganas de prorrumpir en poco dignas carcajadas al verla confusa, sin saber si podía hablar o no.
“Nunca creí que sería divertido tener una mascota entrenada… Pero con así, puedo darme una idea…” pensó Atobe con cierto morbo, internándose en su casa seguido de cerca por y el mayordomo.
-Tsutomu, vamos a estar mi cuarto. Y no queremos ser interrumpidos.- dijo Atobe, tomando a la chica de la mano y conduciéndola hacia el ala de la casa que él denominaba “mi cuarto”. lo miró sorprendida, aunque él ni cuenta se dio. Había pasado todas las tardes de una semana en su casa y nunca había entrado al cuarto de Atobe. De hecho, ni siquiera sabía dónde estaba ubicado.
El castaño, por su parte, estaba inmerso en sus pensamientos, y la agarraba de la mano casi sin darse cuenta, sintiendo la calidez de su piel. Le hubiera gustado sacudirla, sí, para que le explicara porqué estaba TAN enojada.
, ni bien puso un pie dentro, pensó que llamar “cuarto” a ese conjunto de salas era casi un insulto. Ellos estaban en la sala central, pero a su alrededor se abrían otras tantas ambientadas de acuerdo a su fin. A la derecha había una biblioteca de enormes proporciones, separada por unas cortinas abiertas de terciopelo rojo oscuro. Junto a ella, lo que supuso que sería una sala de juegos, dado que podía ver una mesa de pool y otra de póker. A la izquierda tenía una puerta cerrada que debía conducir al baño y junto a esta, otros dos cuartos cerrados. Y todo decorado esplendorosamente, con todo el lujo y el buen gusto posibles de comprar.
-¿Te gusta lo que ves?- La voz de Atobe sonó a su izquierda, y cuando se dio vuelta para encararlo, se encontró con el muchacho a medio vestir, sólo con un jean claro. le sostuvo la mirada, pero él pudo apreciar el leve sonrojo de la chica y sonrió encantado.
-Ahora, no. Pero tu cuarto está… bien. Aunque eso no te halaga a vos en absoluto, sino a tu decorador de interiores. Dale mis felicitaciones por el cuarto… Y por soportarte a vos, también.- sonrió al hablar, Atobe se abstuvo de decirle que él se había encargado de decorar todo y ambos desviaron la mirada, y en lugar de eso se acercó a la chica y la arrastró hacia un silloncito que había a los pies de la gigantesca cama adoselada de roble tallado.
-Quiero que me ayudes en algo.- pidió él, sonriendo con una condescendencia que ella encontró insultante.
-No sé ni para qué lo pedís, es obvio que no puedo negarme. ¿Verdad?- quiso asegurarse de que no había forma de negarse antes de rebelarse mentalmente, sólo por si a Atobe se le daba por convertirse en un ser benevolente. Cosa que ni por lejos sucedió así, dado que el muchacho esbozó una sonrisa victoriosa y le puso entre las manos una caja azul.- ¿Qué es esto?-
-Abrilo, .- ordenó Atobe acompañando sus palabras con un gesto despreocupado de su mano.
-… Sigo sin entender qué es esto, A- ore-sama.- dijo ella. De la caja sacó un bouquet de orquídeas púrpuras sujetas con un lazo dorado en forma de brazalete. lo miró intrigada, era obvio lo que era, pero no podía entender para qué se lo daba a ella, o en qué tenía que ayudarlo.
-…Creí que quedaba claro.
La chica abrió los ojos sorprendida, eso sí que era nuevo; nunca antes había visto a Atobe titubear, y mucho menos bajar la mirada. Pero no pudo burlarlo por ello, algo se lo impidió, y en su lugar se incorporó y se ubicó a su lado.
-¿Con qué querés que te ayude, ore-sama?- suspiró, sabiendo que luego terminaría por arrepentirse. Atobe sonrió triunfante y con superioridad cuando posó sus ojos en ella.
-La madre de ore-sama insiste en que ore-sama debe tener una cita para el baile de Primavera. Y decidió darle a ore-sama un ultimátum: o escogía ore-sama, o lo hacía ella. Y si elegía la madre de ore-sama, seguramente iba a escoger a Marino Sugiwara.- entendió, desde luego que entendió; Marino era la presidenta del club de fans de Atobe, y una de las chicas más ricas e insoportables de todo Hyotei (todo, desde jardín de infantes hasta la universidad) además de la hija de uno de los asociados a Atobe Industries.- Y ore-sama prefiere ir con vos que con esa…”chica”.-
-Atobe…¿Me estás invitando como tu cita al baile de Primavera?- preguntó, casi chilló, .
-Sí. ¿Todavía no te queda claro? Si preferís, ore-sama puede pedir que te hagan un esquema…- dijo el chico burlón.
-No es necesario, Atobe ¬¬. Es sólo que…- La muchacha dudó sin entender la razón. ¿Qué era lo que pasaba? ¿Acaso la ponía tan… nerviosa la propuesta de Atobe? ¿O era que, en definitiva, realmente le desagradaba la idea de ir al baile con él? Sinceramente, no tenía la más mínima idea.
-Entiendo.- aseguró Atobe y ella lo miró intrigada.- Claro, es lógico. Estás deslumbrada por la perfección de ore-sama, es entendible.- Como respuesta, soltó un chillido de exasperación.
-¡No es eso! ¡Son las orquídeas!
-¿Qué tienen de malo?- quiso saber Atobe, con cierta preocupación.
-¡Nada!
-¿Entonces?
-¡Atobe, por Kami-sama! ¡Son de la nueva especie descubierta en Nueva Guinea! ¡No tenías que comprar algo tan caro y con potencialidad de ser ilegal!
Atobe se quedó unos segundos en silencio, procesando lo que acababa de decirle. Lo primero que se le ocurrió era cómo era que había identificado las orquídeas, y enseguida después, que eran ilegales. O algo así.
-¿Cómo que ilegales?- soltó inconcientemente, y luego se golpeó la frente mentalmente. Baka…
-Sí, ilegales. Están protegidas por el Fondo…- comenzó a explicarle , pero Atobe, que había seguido analizando lo que ella le había dicho antes, la interrumpió.
-¿Te importa que compre algo caro e ilegal?- inquirió.
-¡Sí!- respondió sin pensar, sonrojándose violentamente cuando comprendió lo que había dicho, y puso a trabajar sus neuronas para encontrar una excusa creíble.- Sí, porque…- Piensa, piensa…- Porque… si vas preso, entonces no tendríamos capitán en el equipo de tenis, y entonces la responsabilidad de encontrar otro recaería en mí, y no puedo ocuparme de eso. Ya tengo suficiente con como están las cosas ahora.-
-Ah~n. ¿Así que no estás preocupada por Ore-sama?- sonrió Atobe, una sonrisa maquinadora de esas que esbozaba cada vez que quería demostrar su superioridad.
-N-No. En lo… absoluto.- murmuró ella, alejándose del chico. Atobe sonrió aún más y se acercó de nuevo.
-Si te gusta pensar eso, Ore-sama está bien con ello.- sentenció.- Pero si te interesa saber, Ore-sama compró las orquídeas porque le parecieron bonitas, y porque la pareja de ore-sama no podría llevar algo poco digno.-
-Humph. O sea que la invitación sigue en pie.- suspiró mientras volvía a acomodar el brazalete en la caja azul.
-¿Acaso ya tenés pareja? No me parece probable, seguramente pensabas obligar a Jirou a que vaya con vos.- rió burlón el castaño, sintiéndose morbosamente complacido al ver la llama amatista de furia brillar en los ojos de la muchacha.
-No sé ni para qué preguntás, si de todas maneras no me queda otra que ir con vos.- respondió tras inspirar profundamente varias veces para hacer desaparecer los instintos asesinos que se apoderaron de ella.
-En realidad…- Atobe titubeó, y se odió por eso.- No tenés que aceptar si no querés.- completó, evitando mirarla. Pero no pudo controlar su genio y agregó, con orgullo y soberbia:- Puedo conseguir a otra que sea digna de Ore-sama.-
La castaña iba a replicar con algo hiriente, pero se contuvo cuando Atobe pronunció la última frase. “Otra que sea digna de Ore-sama”… Eso llevaba implícito que la consideraba digna de él, y cualquier chica en Hyotei, cualquiera fuera su edad, sabía lo difícil que era llegar a ese nivel. Y entonces pensó su respuesta. El capitán engreído había titubeado en su presencia y le había dejado a elegir a ella lo que prefería hacer; era un cambio muy grande para el comportamiento usual del chico.
-Está bien…- suspiró .
-¿Qué?- dijo Atobe sorprendido y ella dibujó una sonrisa incierta.
-Que sí, Atobe. Voy a ir al baile con vos.- repitió.- Pero, antes quiero que me confirmes algo.-
-¿Qué?- repitió él, sintiéndose repentinamente estúpido por el monosílabo. O eso se obligó a creer, porque no había posibilidad de que ese sentimiento de autocompadecimiento fuera a causa del sonrojo que no estaba en sus mejillas, y mucho menos que el inexistente sonrojo se debiera al dulce tono con que , por primera vez, había aderezado sus palabras dirigidas a él.
-Bueno, dos cosas en realidad.- se corrigió, sonriéndole levemente. Siendo la chica madura y honesta que era, no tenía sentido mentirse a sí misma: desde el preciso instante en que Atobe le había dado la posibilidad de elegir, algo había cambiado entre ellos dos.-¿Por qué yo?-
-¿Por qué vos?- repitió Atobe.-Porque estoy seguro de que sabés comportarte en un evento público y que no vas a avergonzar a ore-sama. Y porque sé que te encantaría ir conmigo, .-
Keigo susurró su nombre contra el cuello de ella, porque mientras hablaba se había deslizado a su lado y había pasado sus brazos por la cintura de ella, atrayéndola hacia sí. No había podido resistirse, y el temblor que sintió en el cuerpo de la muchacha cuando la abrazó fue prueba suficiente para asegurarse de que a ella le importaba ore-sama más de lo que demostraba. Lo que resultaba un alivio, porque si después de pasar horas a la madrugada para encontrar unas malditas flores lo suficientemente hermosas resultaba que ella le tiraba calabazas, él mismo se hubiera encargado de hacer la vida de todos sus seres cercanos un verdadero infierno sólo porque él estaba molesto.
-A-Atobe… basta…- murmuró , intentando zafarse de él.- No…-
-¡Por Kami, !- estalló Atobe de pronto con frustración, soltándola para encararla.-¿Qué te pasa? Es obvio que te gusto.-
-¡Precisamente!- exclamó , y él la miró con incredulidad.
-Eso no tiene sentido.- sentenció Keigo con sus manos en la cadera.- Te gusto, y dejé claro que me gustás… ¿Y eso es lo que te pasa?-
-…Es que no está bien que me gustes.- sentenció a su vez, copiando el gesto de Atobe sin darse cuenta.
-¿Por qué no?- quiso saber el castaño, comenzando a molestarse.
-Porque no.- repitió ella.
-…- dijo Atobe en tono amenazador, y la chica se dio por vencida.
-¡Está bien, está bien! Es porque estaría mal.- Atobe guardó silencioso, esperando que prosiguiese su explicación, y ella, rendida, continuó.-O sea, sos Atobe Keigo. Y yo soy…Bueno, yo, una bailarina. Y no está bien que empecemos a sal… que haga… No está bien, porque empezó mal.- terminó ella por temor a seguir contradiciéndose. Atobe continuó mirándola analíticamente un largo rato.
-Sigue sin tener sentido, …- apuntó finalmente.
-Bueno, no todos podemos ser tan perfectos como vos.- le espetó ella molesta, interrumpiéndolo, cruzándose de brazos.
-… Pero no me importa.- continuó Atobe como si nada, mientras la agarraba de ambos antebrazos y la acercaba hacia su cuerpo nuevamente.- Voy a besarte.- anunció, y uniendo el dicho al hecho, se inclinó sobre ella y unió sus labios a los de ella.
tardó en reaccionar, y cuando lo hizo, ya había empezado a responder al beso sin darse cuenta. Pasó sus brazos por el cuello de Atobe y entreabrió sus labios para darle paso a la lengua exigente del chico. Él, al sentir el permiso tácito de ella, la estrechó más contra sí y profundizó el beso, apasionadamente.
Segundos después, ambos se separaron acalorados, y se miraron algo sorprendidos. Atobe fue el primero en sonreír, dedicándole su sonrisa de siempre, la que demostraba su superioridad, pero más dulce que antes, y ella no pudo evitar respondérsela.
-Creo que… puedo apelar. Creo que, al fin de cuentas, no puede estar tan mal…- rió traviesamente, deslizando sus manos en torno a la cintura del chico, pasándolas por el borde del jean.
-Exactamente.- sonrió Atobe, jugueteando con sus manos en la espalda de la chica.
***
Las semanas que siguieron las pasaron entre sus falsas discusiones en público y sus encuentros a solas. Los compañeros de él, que a fuerza de curiosear se habían enterado de que algo escondían, algo como una apuesta o algo por el estilo, no sabían cuánto duraría, y ninguno de los dos tenía la más mínima intención de explicar las cosas por el momento. La confrontación sería el día del baile.
***
Día que no tardó mucho en llegar. Atobe había pasado a buscarla por su casa, y se había quedado mirándola embobado, su conciencia felicitándolo por haber escogido tan bien el color de las orquídeas. estaba hermosa en su vestido púrpura bordado en dorado (NA: de la colección Privè de Armani, naturalmente), y le sonrió a Atobe cuando pasó a su lado y lo arrastró de la mano hacia dentro de la limusina negra.
Habían llegado a horario (es decir, después de que todos hubieran entrado ya para causar la debida impresión que era necesaria por ser Atobe), y ni bien habían puesto un pie en la escalera agarrados del brazo, todos los ojos se habían posado en ellos. Y si no lo tenían claro todavía o eran lentos para procesar información, el beso que Atobe le plantó en la boca a fue más explícito que el “manténganse alejados de ella porque es MI chica” que en verdad significaba. Aunque deberían acostumbrarse, ahora eran la pareja del momento.
-Humph.- frunció el ceño después de pasar casi media hora soportando a Atobe pavonearse, y hasta había llegado a amenazarlo con irse a Osaka con Oshitari si seguía así, pero nunca hubiera creído que arrastrarlo hacia sus compañeros de equipo sería tan… incómodo.
-¿Así que -chan terminó cediendo a Atobe-buchou?- quiso saber Jirou, armando un mohín con sus labios.
-¿Cómo fue? ¿Atobe-buchou te obligó, verdad?- agregó Gakuto con seguridad.
-¿De verdad te gusta Atobe-buchou, -chan?- continuó Jirou.
-¿Por qué lo mantuvieron oculto?- se unió Oshitari, sonriendo afectadamente.
-¿Es por qué Atobe-kun te obligó, verdad?- insistió Gakuto.
-¿No querían llamar la atención?- añadió Choutarou, y cuando todos voltearon a mirarlo sorprendidos, se sonrojó levemente.- Gomen... Felicidades, eso quería decir.- le sonrió, pero no pudo responderle porque Atobe la interrumpió.
-NO la obligué a nada. Y si siguen con esto, van a correr 150 vueltas a las canchas en el próximo entrenamiento. Por cada pregunta.- anunció, y los demás, por temor a que cumpliera su amenaza, se alejaron de ellos, deseándole suerte a para lidiar con Atobe Keigo.
-… Sólo pensá esto, Kei-chan. Todo empezó porque pasó algo que NO pasó.- rió con picardía. Keigo no pudo más que reír ante la ocurrencia de su ahora novia, y la abrazó, inclinándose para besarla. Otra vez.
EPILOGO
Sayaka Atobe estaba sentado en una mecedora del siglo XV en el balcón de su cuarto, observando lo que a primera vista era el extenso jardín, aunque sus ojos estaban centrados en una pareja que correteaba por el laberinto riendo a carcajadas. Esa escena logró sacarle una sonrisa mientras sostenía su celular dorado (NA: Obviamente, la edición especial del Motorola de D&G, que es el que yo quiero) cerca de su oído, esperando que contestaran.
-Moshi moshi.
-Rinko, funcionó.- anunció la mujer, hamacándose suavemente.
-Claro, con el ultimátum, no podía fallar.- Rinko , la mujer del otro lado de la línea, sonrió encantada.
-Oshitari-kun fue de mucha ayuda.- agregó Sayaka.
-Oh, sí. Claro que lo fue. Me sorprende, no sé cómo se las ingenió para que mi hija aceptara ser la manager del club de tenis.- dijo Rinko asombrada.
-Hay cosas sobre las que no vale la pena indagar. Lo importante es que…
-Todo salió como lo planeamos.
~ Izzy