Estaba sufriendo, era oficial. Estaba en crisis. No… no era posible. Era… era… un desastre, una catástrofe.
¡QUIERO INTERNET! (y que pare la lluvia. Me gusta la lluvia, pero no dentro de un barco).
– Calmate, -neesan, parecés adicta. Lo único que hiciste desde que llegamos fue jugar al buscaminas.
– ¡Lo soy!, eh, quiero decir, ¡no digas boludeces, no insultes la grandeza del buscaminas! – contesté con enojo fingido, tirándole la almohada por la cabeza– ¡y no me digas neesan!
– -neesan~
Me crucé de brazos como pude, en mi posición de tirada en la cama sobre mi estómago, y la miré con mala cara. Bien, bien. Distraerme del bamboleo del embarque…
Ana solo sonrió con cara inocente.
Bueno, tal vez no era tan horrible. El viaje era un bodrio, y seguía lloviendo, y el barco estaba lleno de personas que no conocía, sí, pero tenía la laptop, sí (no importaba cuántas veces Yuzuki o Ana intentaran sacarme del cuarto, había resuelto encerrarme ahí por lo que restara del crucero… o la batería de la laptop), a mis amigas, y el freezer del cuarto (aunque supongo que comer snacks de desayuno, almuerzo, merienda y cena puede volverse un poco molesto).
Por otro lado, la lluvia sigue golpeando las ventanas, lo cual no es muy tranquilizador… No me importa cuántas veces me hayan asegurado que los cruceros son increíblemente seguros. Soy paranoica. No me causa gracia. De hecho, creo que ni a la tripulación le causó gracia.
Sí es un poco más interesante aquellos detalles que me podrían proveer de algo de diversión: la relación entre Aori y Ootori-san, por ejemplo. Por otro lado, no es tan agradable ver los sutiles celos de Ana hacia Fuyube-san. Y… ¿es ilusión mía, o acá flotan corazones en el aire? Nota mental: preguntarle a Fuyube-san sobre su relación con Fuji-san.
¡Pero en serio, ¿qué, este barco no va a dejar de balancearse?! Se está volviendo MUY molesto, y MUY intranquilizador.
No, calmate. Calmate, calmate, calmate.
Me clavé las uñas en la yema del dedo medio. El dolor, una sensación bastante más agradable en este caso, reemplazó al miedo, y solté.
– Fuyube-san –pregunté, como al pasar– ¿trajo…?
ドキ
Doki Doki Survival
Prólogo
ドキ
Sentí como si alguien me hubiera pegado una cachetada muy fuerte, la cama desapareció de debajo de mí y sentí el dolor de rodar por el suelo. Cuando abrí los ojos, habiendo golpeado en el ángulo entre la pared y el piso ya aún encajada ahí, la habitación inclinada veinte grados, vi, como en una foto, en el tiempo congelado, milaptop partida a la mitad, unos metros adelante, la pantalla en negro, algunas teclas negras desparramadas por el suelo gris. Fuyube helada detenida en el movimiento de atarse la corbata y sentada en el suelo, con los ojos abiertos e increíblemente pálida. Ana sosteniéndose contra la pared blanca, ahogando un grito, lágrimas cayéndole por las mejillas. Kamui-san agarrada de la puerta del baño, temblando.
Intenté levantarme inmediatamente, pero el barco volvió a su posición original, y volví a caer. Sentía que iba a vomitar mi corazón en cualquier momento, y el miedo me ahorcaba, como si alguien me hubiera tomado del cuello y me hubiera levantado el aire.
Repentinamente, el llanto desgarrador de las alarmas del barco apuñalaba mis tímpanos. Conseguí, con bastante dificultad, comandar a mi pulgar y mi dedo medio pellizcar la yema de mi índice con suficiente fuerza como para que sangrara. El dolor tapó a mi miedo y, aunque temblorosa aún, pude ponerme de pie sin mayor dificultad.
– Mi-, estás sang…– tartamudeó Ana, la voz ahogada, la cara ligeramente verde.
– No importa – contesté, sorprendida ante lo clara que salió mi voz. Bueno, relativamente clara: estaba algo aguda, y algo ronca, y algo temblorosa, y bastante rápida, pero intenté disimular todo eso–. No importa –volví a decir, más lentamente y más fuerte, para que se me escuchara por sobre las alarmas–. ¿Pueden moverse? Salgamos de acá.
Fuyube se levantó, temblando, al igual que Ana. Yuzuki corrió, y las cuatro salimos temblorosas al pasillo de piso de madera y paredes crema con cuadros en donde pude ver por un segundo el contraste de las señales de emergencia brillando en rojo. Corrimos hacia las escaleras y comencé a oír el ruido de pasos rápidos sobre la madera bajo el grito de las alarmas, un ciento de ellos, y voces asustadas. Puse un pie en el primer escalón, el movimiento del barco molestando mi equilibrio, y me impulsé hacia el segundo y hacia el tercero, las alarmas omnipresentes; escuché un grito atrás de mí. Me tomé de la baranda y me di vuelta en el mismo movimiento, vi a Fuyube colgándose de la misma baranda, sentada a lo largo de tres escalones. Tenía un raspón bastante feo en la rodilla que sangraba, y Yuzuki la tomó del brazo para levantarla, pero aún parada, Fuyube no se movía; de repente estalló en un llanto ruidoso que acompañaba las sirenas. Se tapó la cara con las manos. El barco seguí tambaleándose, mi mano perdía agarre por la transpiración.
– ¡Yuzuki, arrastrala! – grité sobre el ruido, profundizando la herida de mi dedo, pero ya antes de escucharme la había tomado del brazo y había reanudado, un poco más lento, un poco más asustado, el subir por las escaleras que se balanceaban.
Terminó esa escalera y tomamos otra llena de gente que subía como hormigas. El ruido no dejaba escuchar mucho. La gente repentinamente dejó de subir, se oyeron vagamente unos gritos en el piso de arriba. Di la vuelta y bajé como pude con mi equilibrio afectado, me encontré con que un varón de pelo largo y uniforme rojo estaba llevando a Fuyube en la espalda. Al llegar al último escalón volteé para comprobar que me siguieran y comenzamos los cinco a correr a lo largo del pasillo; a lo lejos, en el medio, una chica se tropezó con un hombre; ella siguió camino mientras él se quedó sentado en el suelo, sin moverse. Cuando estábamos cerca (el piso seguía moviéndose, y correr se hacía trabajoso) reaccionó (vi que llevaba anteojos, tenía el pelo castaño claro, y llevaba traje) y se dirigió hacia las otras escaleras con nosotros. Estaban más vacías, y logramos subirlas rápidamente sin más que un pequeño tropiezo (a mis espaldas oía el aliento entrecortado de quien llevaba a Fuyube, y los sollozos de ella, y los comentarios ahogados de Ana).
Apenas salimos al aire libre (lo primero que sentí fue el viento helado que disparaba una cortina de agua contra el rostro y la piel, impidiendo ver y hasta respirar) una ola más fuerte inclinó aún más el barco. El de pelo largo se cayó al suelo en la cubierta empapada rodando entre la lluvia, Fuyube quedó tirada en el medio del camino. Unas personas se acercaron a ellos.
– Vayamos al barco –ordenó amablemente nuestro otro agregado masculino. No llevaba ya los anteojos.
Yuzuki negó con la cabeza, yo la miré un segundo y salí corriendo sin voltear atrás. Él me siguió, un hombre de la tripulación indicaba con gestos exagerados la ubicación de los botes. Entré y esperé que él entrara, cosa que no sucedió. Antes de que pudiera siquiera ver por qué, alguien más subió (otra chica) y el pequeño barco fue lanzado al mar desde metros de altura. El golpe de mi estómago contra mis pulmones encontró su equivalente en el de mis glúteos contra el asiento al tocar la embarcación el mar, que se movía, y se movía, y se movía. Si el crucero se bamboleaba, esto parecía una montaña rusa, y daba la sensación de que en cualquier momento iba a darse vuelta. Vi una enorme mancha de sangre en mi pollera, y dejé de lastimar mi dedo. La sensación al sacar las uñas fue horrible, e inmediatamente empezó a doler más; pero ya no era el dolor agudo autoinfligido que me tranquilizaba, sino ya un molesto, pulsante y omnipresente dolor que apretaba la zona e iba al ritmo de mi corazón. Respiré hondo, contuve el aire durante unos segundos y exhalé. Los gritos a mi alrededor potenciaban mi miedo.
– ¡Gente – grité sobre las olas, el llanto y la lluvia azotando las ventanillas–! ¡Por favor, escúchenme!
No sabía si habían o no bajado el volumen de sus sollozos, el ruido externo y mis nervios me impedían comprobarlo. Sin embargo, me pareció que algunas personas me miraron.
– Antes que nada, por favor, inspiren… sostengan el aire… – conté hasta 5– exhalen. Bien. ¿Se sienten un poco mejor? –no hubo respuesta, y tampoco la esperaba. Repentinamente algo se me había atorado en la garganta, aguardé un segundo para continuar–. No importa qué parezca, este barco no se va a dar vuelta –aseguré, más bien intentando convencerme a mí– y no estamos tan lejos del puerto. No hay dudas de que van a encontrarnos. Seguro. Así que, no se preocupen. Estos barcos tienen comida y agua. Y una radio –traté de hacer memoria. En mi paranoia había leído y releído las especificaciones de todo el equipo de emergencias mil veces–. Así que, eh, por eso, no se preocupen– al mirar por fin vi que eran todas mujeres– Eso, tranquilas.
Al terminar, más a falta de algo más que decir que por sentir que había llegado a una conclusión, me pregunté cuántas realmente me habían escuchado. Ida la distracción, noté como a mi alrededor, lo poco que podía ver con la mísera lamparita del barco, que tan solo creaba una pequeña aura a su alrededor color amarillo sucio y unas líneas de rostros y bocas abiertas, y lágrimas, que bien podrían haber sido mi imaginación, las cosas parecían torcerse y distorsionarse. El movimiento del barco… no, el miedo, en realidad, me estaba mareando seriamente, e hice algo que nunca había hecho: comencé a rezar. Comencé a rezar a todos los dioses que conocía. Mis oraciones no tenían forma ni coherencia, pero murmurarlas en voz baja, los ojos cerrados, intentando, contra todo lo que me gritaba mi razón, creer que había alguien del otro lado escuchándome con total tranquilidad, tener al menos algo con lo que distraerme, fue lo que me permitió pasar ese infierno de minutos convertidos en horas, de gritos, de llanto, de náuseas, y de la incertidumbre tan tangible y abominable de si estaría viva a la hora siguiente.
Sentí un tercer golpe a mis órganos internos, esta vez más suave y horizontal. El barco dejó de moverse, aunque habíamos quedado ligeramente inclinados. Nadie dijo nada, alguien abrió la puerta y todos se apresuraron en salir. Fui la última en abandonar el barco: de ese ya había empezado a conocer su ruido de madera crujiendo con las olas y su el eco dentro de las paredes de la lluvia sobre las ventanas; sin embargo, afuera me esperaba una tumba desconocida. ¿Dónde habíamos caído? Finalmente, con una pequeña esperanza que mi razón que conocía el dolor de la desilusión no conseguía apagar, me levanté de mi asiento, tomando el kit de supervivencia (alguien lo había abierto, y pesaba) y sacándolo del lugar. La calidez que había dentro del barco de nuevo me fue arrancada por el mismo viento helado y la misma lluvia, solo que esta vez me arañaba la espalda mientras caminaba alejándome de la costa hacia las voces de la gente. Estaba increíblemente oscuro, como si alguien me hubiera tapado los ojos, pero olía a lluvia y a árboles. Mi dedo dejó de latir, dormido por la frialdad del agua. La ropa se me pegaba a la piel. Para mí, que amaba la lluvia, esta era una linda tumba, tal vez mejor que cualquier otra, aunque bastante anónima y algo prematura. Pero con la lluvia apedreándome la espalda, ¿para qué servía luchar, si podía simplemente cerrar los ojos y dejar que la arena mojada me cubriera ayudada por las olas?
~Miyod