Sentí un tercer golpe a mis órganos internos, esta vez más suave y horizontal. El barco dejó de moverse, aunque habíamos quedado ligeramente inclinados. Nadie dijo nada, alguien abrió la puerta y todos se apresuraron en salir. Fui la última en abandonar el barco: de ese ya había empezado a conocer su ruido de madera crujiendo con las olas y su el eco dentro de las paredes de la lluvia sobre las ventanas; sin embargo, afuera me esperaba una tumba desconocida. ¿Dónde habíamos caído? Finalmente, con una pequeña esperanza que mi razón que conocía el dolor de la desilusión no conseguía apagar, me levanté de mi asiento, tomando el kit de supervivencia (alguien lo había abierto, y pesaba) y sacándolo del lugar. La calidez que había dentro del barco de nuevo me fue arrancada por el mismo viento helado y la misma lluvia, solo que esta vez me arañaba la espalda mientras caminaba alejándome de la costa hacia las voces de la gente. Estaba increíblemente oscuro, como si alguien me hubiera tapado los ojos, pero olía a lluvia y a árboles. Mi dedo dejó de latir, dormido por la frialdad del agua. La ropa se me pegaba a la piel. Para mí, que amaba la lluvia, esta era una linda tumba, tal vez mejor que cualquier otra, aunque bastante anónima y algo prematura. Pero con la lluvia apedreándome la espalda, ¿para qué servía luchar, si podía simplemente cerrar los ojos y dejar que la arena mojada me cubriera ayudada por las olas?

ドキ

Doki doki Survival
Día Cero

ドキ

Pero, al acostarme sobre el suelo, la arena se me metió en la herida, y el agua me impidió respirar. Es cierto, morirse no es una decisión. Era un proceso que iba a tener que atravesar. ¿Estoy dispuesta…? No, no quería morir. No quiero morir todavía.

Me levanté casi de un salto, la arena raspándome la piel (enseguida, sin embargo, la lluvia se llevó casi toda). Cerré los ojos, aunque me eran casi inútiles en la oscuridad, e intenté encerrar mis miedos y pensar qué hacer. Lo primero y principal era alejarse de la costa, pensé apretando mi mano sana en un puño intentando alejar el dolor en los dedos. Intenté gritar, pero la lluvia me tapaba. Además, ¿cómo saber para dónde teníamos que ir?

Me acordé del kit había quedado abandonado en la arena. Tanteé, y sentí algo que parecía una linterna. Toqué un poco más y encontré el interruptor, que prendí. Pude ver, o mejor dicho, adivinar la arena, pero sobre todo me dolió el reflejo de la luz fortísima y blanca sobre las gotas. Levanté el haz de luz; la lluvia no dejaba ver mucho, pero al menos, luego de unos pasos, llegué a poder identificar que el mar estaba a mis espaldas y, adelante, había… algo. Caminé unos pasos más, alguien me tocó el hombro. Era una persona que no conocía. Luego de mirarla seguí avanzando, hasta que entendí lo que se paraba frente a mí.

– Un bosque –dijo por sobre la lluvia mi compañera, y moví la linterna hasta que se iluminó la base de los árboles–. Veo un camino.

Esforzando la vista y acercándome, tenía razón. Un espacio de metro y medio, aproximadamente, era la entrada a un camino que se perdía entre la oscuridad y la lluvia unos metros más adelante. A los costados, marcando el límite, había piedras prolijamente ordenadas.

– Por ahora volvamos –dije, dándome vuelta.

– Deberíamos explorar primero. Cambia mucho la situación. Podría haber alguien.

– Si nos perdemos no hay vuelta atrás –contesté, ojeando nuevamente lo poco que podía ver del sendero.

La otra estaba en claro desacuerdo, pero no se opuso, y se lo agradecí profundamente.

– Podríamos al menos refugiarnos bajo los árboles –comentó.

– Avisémosles al resto primero.

A lo lejos vimos otro haz de luz como el mío acercándose hacia nosotras. Esperamos, la lluvia tapándonos los oídos, y el frío mordiéndonos los dientes. Finalmente el portador del haz de luz llegó a una distancia razonable.

– Hay un camino – gritó mi compañera fortuita a la persona que se acercaba, señalando. Dirigí mi linterna hacia el sendero. Los dedos dejaban de dolerme, pero para comenzar a entumecerse.

– Ya veo. Juntemos al resto primero –dijo una voz grave. Tal vez si no hubiera estado temblando hubiera tenido la oportunidad de sentir mi estómago darse vuelta. Pero no, estaba demasiado congelado.

– ¿Oshitari-san? – apenas terminé de pronunciarlo sentí una luz en mi cara, y cerré los ojos instintivamente.

– Ah, . Sí, soy yo. Perdón.

Nuestra conversación terminó ahí. No era relevante al momento, pero ciertamente me calmó bastante. No tenía tiempo de actuar como una estúpida colegiala enamorada: estaba feliz de saber que tenía alguien en cuya inteligencia podía confiar. Esto iba más allá de los afectos y las hormonas. Esto era en serio. (Mi corazón, al que el temporal no había afectado lo suficiente, sin embargo, estaba dañando seriamente mi orgullo al escaparse de mi resolución.)

Seguimos a Oshitari-san (al menos, a la luz de su linterna, que parecía volverse sólida en las gotas, y que en realidad servía más como guía que como iluminación).

Un rayo.

Contra la arena de un beige grisáceo se cortaron las sombras de la gente dispersas en un radio de unos veinte metros. A lo lejos, unos 100 metros, parecía haber otro grupo. De los que estaban más cerca, muchos estaban sentados en la arena, la gran mayoría se hallaba encogida en la posición del llanto. Algunas personas estaban agachadas a sus lados, presumiblemente consolándolos. Dos personas peleando quedaron congeladas en la luz. Y cerca de nosotros, probablemente nuestro destino, un grupo de gente parada y quieta, imponente en el caos reinante.

La luz se apagó igual de repentinamente. No habíamos abandonado la marcha.

– …contrar refugio –terminó una voz masculina que no pude identificar cuando estuvimos suficientemente cerca. Oshitari-san dirigió el haz de luz hacia sí mismo.

– ¿Quiénes estamos? – preguntó, y no me había dado cuenta de que estaba tan cerca de mí.

– Atobe, Hyoutei –contestó Atobe-san, cuya voz estaba mucho más aguda que de costumbre. Oshitari-san lo señaló brevemente con la luz, y así siguió con cada uno de los que hablaron.

– Inui, Seigaku – la voz le tembló en el “ga”. La luz que se reflejaba en sus anteojos hacia doloroso mirar.

– Tachibana… eh, Fudoumine.

– Yukimura de Rikkaidai.

– Oshitari, Hyoutei – volvió a hablar, y volví a sentir el haz de luz sólida, está vez no tan directamente en mi cara.

, Hyoutei.

Ahora la linterna se dirigía a mi compañera.

– Yamazaki de Rokkaku.

– Como decía, tenemos que… –continuó, supongo, Inui-san, pero Oshitari-san lo iluminó con la linterna, Atobe-san levantó la mano para indicarle que se callara y señaló con la cabeza a su izquierda. Moví mi linterna hacia allí.

– Soy Yanagi, de Rikkai.

– Renji –saludó Inui-san.

– Seguí – ordenó Atobe-san. Inui-san asintió, aunque la rudeza lo ofendió claramente.

– Hay que buscar refugio, de eso no hay duda –al decirlo recordé la lluvia que caía, pero ya no la sentía en mi cuerpo entumecido (o al menos no como lluvia, sino más bien como una presencia que me robaba todo el calor de la piel), solo la escuchaba, y la veía en ese pequeño camino de la luz de las linternas.

– Las chicas encontraron un sendero que se interna en el bosque –comentó Oshitari-san.

– ¿Qué tipo de sendero? – nos preguntó Yanagi-san.

– Eh… de un metro y medio. Construido por el hombre.

– ¿Estás segura de eso?

– Había piedras a los costados. No sé de ningún animal que haga eso –contesté algo ofendida. Quise agregar que era posible que hubiera alguien en la isla, pero no quería hacerme responsable de unas palabras tan fuertes.

– Vayamos ahora mismo.

– No –dijo Atobe-san–. Si dejamos a estas personas solas, van a matarse entre sí. Reunámoslas primero. Oshitari, andá a buscar los kits de los otros tres barcos. , tratá de juntar a la gente.

– ¿Te parece que van a escucharme? Están desesperados. ¿Qué les digo?

– ¡Que se junten, maldita sea! ¡Hacé como quieras, pero hacelo! ¿O acaso tu cerebro no te da para eso? Eh, ¿sos imbécil?

Sentí el impulso de tirarle la linterna metálica en la cara, pero me contuve.

– Está bien –respondí, mi voz amenazante pero baja, de modo que la tormenta la ahogó. Aún así mi respuesta era obvia, y nadie necesitaba ni quería escucharla.

La gente estaba dispersa, al menos así era cuando el rayo cayó, y recordaba vagamente dónde estaban. La gente se acercaba a mí atraída por la luz cuando me veían acercarme, y me recordaron a moscas. En esa situación desesperada, mi humor negro seguía acompañándome. No sé si era bueno.

Escuché unos gritos y los seguí. Me encontré con un grupo que no había visto antes.

– ¿Qué pas…?

Todos rodeaban algo tirado en el suelo, e iluminé esa cosa. Pero no era una cosa, era Aori, pálida, muy pálida, con los ojos cerrados. El grupo tapaba la lluvia. Tenía la cara llena de arena, al igual que el frente del uniforme, por lo cual deduje (inintencionalmente, en realidad) que había caído de estómago al suelo. Alguien le estaba tomando el pulso.

– Está viva – dijo, y recién ahí noté que respiraba. Inmediatamente, un hombre con una gorra negra se acercó corriendo. Apartó la gente, levantó a Aori del suelo.

– Todos ustedes –nos ordenó– vayan… – y volteó hacia donde estaban Atobe-san y compañía, pero parecía perdido. Debía estar buscando la luz de la linterna.

– ¿Con Atobe-san y los demás? –pregunté, para asegurarme. Asintió–. Síganme, entonces –y comencé un trote rápido.

Pronto se comenzó a formar un grupo al lado del grupo que discutía. Fui a buscar más gente y los guié; en el cuarto viaje me tropecé con Oshitari-san, quien empezó a hablar al grupo.

– Los barcos –casi susurró, sin aliento–… Los barcos ya no están… en la costa –terminó la oración lo más claro que pudo–. Se los llevó el agua.

Atobe empezó a insultar a varias personas sin demasiado sentido.

– ¿Los kits de supervivencia?

Silencio.

– Hay uno tirado en la playa –recordé. No era mucho, de hecho; era casi nada, pero al menos significaba que la esperanza no estaba totalmente perdida. Aunque me esforzaba por no tenerla.

, seguí juntando gente –me mandó nuevamente Atobe-san–. Inui, contá a los que están acá.

Esta vez obedecí sin decir una palabra, preguntándome si al contar los números cerrarían. La arena empapada me dificultaba mucho la marcha.

Una vez que no vi nadie más cerca de mí (está vez fue más fácil, ya que podía pedirles que siguieran la luz, la de la linterna de Oshitari-san. Cometí, sin embargo, el error de decirlo con esas palabras la primera vez. Luego de darme cuenta del doble sentido lo cambié) encaminé hacia donde creía recordar que había otro grupo de gente. Los dedos me dolieron al moverlos, pero tenía que hacerlo o la linterna se me iba a escapar del agarre débil y entumecido. Luego de una caminata por las insoportables casi arenas movedizas una voz me llamó.

– ¿Quién sos? –me preguntó directamente.

de Hyoutei. ¿Usted?

– Tezuka, Seigaku. ¿Dónde está el resto de la gente?

– A mis espaldas hay muchos. No sé si falta alguien más. ¿Cuántos son acá?

– Treinta. El mar se llevó el nuestro bote –asentí, acallando los gritos de la desilusión.

– ¿Podría pedirles que me sigan?

– Sí, ya los traigo –desapareció, o eso deduje, un segundo. El mar seguía negro… no sentía mi cuerpo, salvo las orejas, que me dolían como si me las estuvieran retorciendo. Escuché las voces de la gente acercándose– síganme por favor.

Caminamos casi en silencio. Me pareció que ya no había casi nadie en la playa. Me costó encontrarlos, pero llegamos al grupo de gente, que se había refugiado bajo los árboles. Yanagi-san tenía la linterna y detuvo a los recién llegados para contarlos. Sí, treinta.

– ¿El resto?

– Noventa –respondió, alejándose del grupo en el bosque de manera que no pudieran escucharlo y acercándose, en cambio, a Oshitari-san, Atobe-san y el resto–. Están todos los de cuatro botes, pero falta gente. Es decir, falta uno al menos.

– No es seguro que la corriente los haya traído acá.

– ¿Qué bote falta? – preguntó Inui-san.

– El último– concluyó Yanagi-san. Era una simple cuestión de lógica. Inui-san hizo un ruidito ahogado, o tal vez fue la lluvia.

– Bueno… parece que lo único que nos queda hacer es seguir ese sendero –dijo Oshitari-san.

– ¿Qué sendero? – inquirió Tezuka-san, que acababa de acercarse al grupo.

– En el bosque, supuestamente hecho por personas – aclaró Atobe-san. Tezuka-san parecía disgustado.

– ¿Por qué no lo siguieron?

No lo encontramos apropiado – contestó cortantemente Oshitari-san–. Sin embargo –dijo en un tono más amigable–, creo que ahora es nuestro único curso de acción.

– Así parece. Deberíamos enviar un grupo de exploración.

No había notado la presencia de alguien más hasta que habló. Era la misma persona que había levantado a Aori, por cierto, ¡Aori!

– ¿Cómo está Aori? –exclamé, pisándole los talones al final de su oración.

– ¿Aori? Ah, ¿la chica esa? Sigue desmayada, pero viva. Ahora, volviendo al tema…

El grupo quedó conformado por Tachibana-san, Tezuka-san y yo. El primero tenía una buena visión, el segundo conocimiento de supervivencia y yo… yo no sé muy bien qué tenía, más allá de ser pequeña y poder meterme en lugares chicos. Tal vez, simplemente, tenía demasiada adrenalina en sangre como para quedarme quieta.

El camino era un lodazal (algunas personas hicieron preguntas cuando pasamos, personalmente quería saber qué estaban haciendo mis amigas pero detenerme no me pareció buena idea), tan difícil de pisar como la misma arena. Si en la arena me hundía, acá la suela de mis zapatos resbalaba, pero luego de unos metros conseguí habituarme y no tropezarme tanto; aún así, era agotador y molesto. El camino, además, era igual sin importar a dónde mirase, y me hacía preguntarme cuánto habríamos avanzado realmente. Cada tanto, unas pequeñas ramas se extendían frente a nosotros, era complicado esquivarlas debido a nuestra inestabilidad, pero estaban verdes y podíamos doblarlas fácilmente (si hubieran estado un poco más secas podríamos haberlas roto, en realidad). Ya no era una ilusión ni una pequeña incomodidad: el barro estaba haciendo la marcha abominablemente lenta y agotadora, y el agua salpicaba en los árboles y caía sobre nosotros. Sin embargo, seguimos, por quién sabe cuánto. Algo tenía que haber. Y de lo contrario, pensaba yo, y tal vez pensaban también ellos, de lo contrario encontraríamos la muerte acá, solos, sin tener que soportar la desesperación de nuestros amigos y compañeros. Sería un fin egoísta, pero sería un fin pacífico.

Sin embargo, quien encontró su fin fue no nosotros sino el camino, cuando las piedras a los costados se ampliaron y separaron, como la boca de un río llegando al mar. Seguimos avanzando en lo que creíamos que era línea recta. Caminamos unos metros más. De repente, ya no era tierra lo que iluminaba la luz, sino un extraño gris artificial. Parecía… parecía un escalón de concreto, me estaba gritando mi mente. Levanté un poco más la luz, deseando profundamente que sí, que fuera eso, que no fuera una ilusión, que no fuera una piedra. Vimos el borde perfecto en noventa grados, y más arriba había otro escalón, y el comienzo de una puerta de madera hinchada, pero de madera, y tan humana, y cercana, e irradiaba luz, más luz que mi linterna, y era una luz cálida y fuerte. Mi cerebro se apagó, y solo pude ver la puerta. Tezuka-san intentó abrirla, pero efectivamente la madera se había agrandado por la lluvia y el marco le quedaba chico. No importaba, la tiraríamos abajo si era necesario… y eso hizo Tachibana-san. Un golpe, dos golpes, tres golpes y la puerta cayó bajo su peso, las bisagras rompiéndose allá donde la pintura se había saltado, carcomidas por la sal del mar.

No sentir la lluvia me hizo, paradójicamente, temblar: fue la repentina corriente de aire sobre mi uniforme empapado (agradezco profundamente llevar siempre calzas y una remera debajo de la camisa) que se me pegaba a la piel. Los zapatos se habían llenado de agua y pesaban, e incluso hacían un ruido extraño al pisar. Me corrí el pelo empapado que se me pegaba a la cara, y ojeé con la linterna la habitación. Parecía el hall de un hotel, pero de un hotel abandonado: el empapelado de la antes lujosa habitación estaba a la ruina, lleno de manchas de humedad, la madera de la pared, una pequeña mesa y el escritorio de recepción había perdido el brillo y ahora se pudría bajo la humedad, el vidrio azul del florero estaba opaco (excepto en su interior, donde parecía cubierto de gelatina, y el agua desprendía un olor que inundaba la habitación), el cartelito de “recepción” había perdido su gloria y ahora lo cubría una gruesa capa de polvo, una mosca muerta pegada sobre la segunda E. Las paredes atrapaban el ruido de la tormenta y el viento y parecían darle vida, una vida ahogada y reducida. Y aunque me había prometido estar tranquila, y ser racional, y aunque estaba lejos de casa y sola, y aunque nuevamente no sabía si iba a estar viva a la hora siguiente… aun así, o tal vez por eso mismo, estaba inmensamente feliz al punto de que sentí, o creí sentir, una lágrima caliente bajarme por las mejillas heladas. Atrás de mí escuché la respiración entrecortada de quien intenta contener el llanto. Me “sequé” las lágrimas con mi manga empapada, y reanudé la labor.

Lo primero que me llamó la atención, a la hora de decidir, fue el escritorio de recepción. Era una curiosidad desacorde a la seriedad de la situación, pero nunca había visto qué había atrás de uno de ellos… Ninguno de los otros dos presentes se opuso cuando me vio acercarme a éste, y al agacharme tras él encontré, además de una gran cantidad de polvo e insectos, papeles y una lapicera, y un interruptor. Este último estaba, en realidad, contra la pared, pero lo ocultaba el mueble. Sin pensar en descargas eléctricas, lo presioné.

Sobre mi cabeza, algo hizo un pequeño ruido, y titiló una vez, titiló dos veces, y a la tercera ya no se apagó. Al levantar la vista vi que parecía una luz fluorescente, pero no lo era exactamente; al pensar mejor entendí que se trataba de una luz de emergencia. De la sucia lámpara se extendía una luminiscencia fría y débil, pero suficiente como para iluminar los contornos del cuarto. Más allá de la luz, era importante lo que implicaba: un generador eléctrico, por más malo que fuera, y en funcionamiento.

– Tachibana-san, Tezuka-san, ¿sería posible que alguno vaya a avisar sobre el descubrimiento? Ya no necesitamos la linterna, si hay luz.

Tezuka-san fue el que tomó la linterna. Unos pasos sobre el suelo de madera, y desapareció en la furiosa noche.

-san, tenés el dedo lastimado –exclamó Tachibana-san, y recordé mi pobre yema. Asentí, y murmuré un “lo sé, no es profundo”– ¿Estás segura? Podría infectarse…

– Está bien, no se preocupe –no parecía muy convencido–. Prometo tener cuidado con lo que toque.

– Está bien –concedió–. Sigamos adelante – sugirió señalando la habitación contigua, que parecía ser un salón. Asentí, y al entrar descubrimos que el interruptor de luz de recepción parecía también aplicarse a esta habitación. Era, efectivamente, un salón de estar, aunque su verdadero propósito era ser el punto de unión entre varios pasillos (que, presumiblemente, irían a las habitaciones), las escaleras y el hall. La escasa luz nos permitió distinguir las líneas generales de un par de sillones que, en su momento, debería haber sido de un color bordó, pero que ahora habían tomado el tono de la tierra. En la pared frente a nosotros unas enormes puertas invitaban a pasar. No había ninguna otra cosa destacable sobre el cuarto (salvo quizás los siempre presentes cuadros de marcos gastados y vidrios opacos), y Tachibana-san se enfiló hacia el pasillo que terminaba en la oscuridad. Pronto, sin embargo, hallamos otro interruptor, y otra patética pero útil lucecita se encendió. Mi compañero empujó la primera puerta del pasillo y se abrió, el sistema de cerradura de tarjetas desactivado; la habitación era bastante amplia, con dos camas separadas, y habría sido realmente hermosa de no ser por la humedad que arrasaba una vez más con el empapelado. Las colchas de las camas, con un sobrio estampado en tono tierra, no habían escapado ni a ella ni al polvo, pero se veían acogedoras y tuve que luchar contra la tentación de tirarme sobre ellas, alergias y todo. Aparte de las camas (¡eran somieres!), había dos mesas de luz con sus respectivos veladores (ninguno prendía, sin embargo), un escritorio con su silla y un baño. Dentro de este, cuyos mosaicos se habían opacado, un espejo sucio, una bañadera, un inodoro y un lavamanos. El hotel era íntegramente de estilo occidental. Sin realmente pensar demasiado abrí la canilla, y para mi enorme sorpresa salió un chorro inestable de agua turbia.

– Debe ser lo quedó acumulado en el caño –dije, pero el agua seguía saliendo, volviéndose de a poco más limpia y más constante–. ¿Habrá una bomba?...

– ¿Napas subterráneas?

– Tal vez. Sería más lógico que filtrar agua de lluvia. Y es otra razón para tener un generador eléctrico de emergencia.

Tachibana-san meditó mis palabras.

– Me pregunto por qué abandonaron el hotel.

– No tengo idea… –contesté, aunque lo cierto es que tenía una o dos o tres o cuatro. Todas hipótesis sin fundamento, por supuesto.

El “sin fundamento” me duró poco, aunque ninguna de mis ideas era correcta. Al volver sobre nuestros pasos decidimos, en vez de seguir la escalera, entrar a las grandes puertas del salón. De no haber sido por los reflejos rápidos gracias (¿o tal vez fuera al revés?) al tenis, bien podríamos haber caído en ese enorme hoyo sin fondo lleno de agua barrosa en cuyos alrededores volaban nubes de insectos, especialmente mosquitos. Bueno, eso ciertamente explicaba muchas cosas, pensé cerrando inmediatamente las puertas, deseando que mi sangre permaneciera dentro de mi cuerpo.

– Supongo que estas son nuestras queridas napas. ¿Tal vez los constructores sufrieron la furia de los dioses de esta isla? –reí algo nerviosamente, a falta de otra cosa que hacer. Me preocupaba que el edificio se nos cayera sobre las cabezas, en realidad, pero si había aguantado desde que lo abandonaron (meses de seguro, uno o dos años tal vez), solo muy mala suerte podía causar eso. Bueno, aunque la Ley de Murphy existe.

Antes de irnos de la habitación miré aquello que no se había tragado el agujero. Aparentemente, la utilidad original era un comedor. Lamentablemente, ahora era un lugar clausurado.

Comenzamos a subir las escaleras de mármol blanco dejando gotas de agua a nuestros pasos, como babosas. Al segundo tramo, sin embargo, escuchamos cómo una ola de voces invadía súbitamente el edificio, rebotando en las paredes. Bajé corriendo y me encontré con el resto de los, bueno, náufragos. Todos estaban en un gran estado de excitación, y era ciertamente ruidoso, y molesto, y por alguna razón me enojaba como si el hotel fuera de mi propiedad o como si tuvieran que detenerse y alabarme. Me encargué de acallar todos esos pensamientos inmediatamente, pero preferí aún así no acercarme más al grupo. Tachibana-san me tocó el hombro.

– Hay tres pisos más, todos con habitaciones. El último está inundado, al igual que parte del pasillo del tercero.

Asentí silenciosamente. Podía escuchar al de la gorra, el que había levantado a Aori, pedir silencio al igual que Tezuka-san y Atobe-san. Sus intentos eran en vano, y más que calmar a los presentes parecían irse enfureciendo ellos mismos. Alguien chifló, y el sonido agudo tomó a todos por sorpresa, logrando por fin un silencio más o menos respetable. Volví a notar la lluvia.

– Ah, mucho mejor, mucho mejor –dijo Yukimura-san, sonriendo como siempre–. Tachibana, -san, ¿nos contarían qué hay acá?

Tachibana-san tomó la posta y comenzó a describir el salón y las habitaciones que habíamos visto. Comentó el estado del comedor. La gente gritó cuando aclaró que había agua corriente. Explicó que el cuarto piso estaba inundado e inutilizable, y se escucharon varios insultos ahogados.

– ¿El resto de las habitaciones, las de los otros pisos?

– Salvo el polvo, son perfectamente utilizables. Vi de dos y tres personas, supongo que también debe haber de cuatro.

La sonrisa de Yukimura-san se extendió y se volvió, evidente aún bajo la escasa luz, más sincera.

– ¿No hay nada más? –preguntó una persona con anteojos y el uniforme de Shitenhouji. Medité un segundo y entendí a qué se refería.

– Nos falta revisar un pasillo, el de la izquierda. Tal vez haya algo más –contesté. El hotel tenía que tener un depósito.

– Alguien vaya a revisar. Tachibana, -san, cuenten bien las habitaciones. El resto quédese acá– ordenó Yukimura, y aunque hubo varios gritos de queja, nadie se opuso firmemente.

Tachibana se dirigió inmediatamente al pasillo derecho. Abrimos las puertas una por una y contamos las camas. Cuatro, cuatro, cuatro. Cruzamos al otra ala, cuatro y cuatro; y una puerta metálica abierta. Parecía que sí, efectivamente habían encontrado el depósito. Cuatro y cuatro. Cinco habitaciones de cuatro. Está bien, está bien, podía recordarlo (aún).

Subiendo las escaleras de mármol nuevamente (las gotas que me caían por la espalda iban dejando un nuevo rastro de agua) me encontré con un pasillo idéntico al anterior, mismas paredes beige y misma alfombra bordó, solo que no estaba dividido por la sala. El interruptor funcionaba. Doblamos a la derecha y volvimos a abrir las puertas. Tres, tres, tres, tres, tres, dos, dos, dos… ¿pero eran realmente de dos? Ya no eran somieres, y a Tachibana-san también le llamó la atención, por lo que se acercó más. Lo vi agacharse y tirar, una tercera cama salió de debajo de otra. Mismo con la otra cama. Volvimos a revisar las que habíamos supuesto de dos, el caso era el mismo: cuatro camas, dos escondidas. Entonces, eran cinco de tres y… cinco de cuatro. Bien, siguiente piso.

Las escaleras eran ahora alfombradas, la baranda dorada brillaba bajo el polvo. La luz de este piso también estaba en condiciones, o al menos tanto como el resto. Al llegar al tercer piso sentí el ruido de pisar agua. En la alfombra se extendía un pequeño río que bajaba muy suavemente por las escaleras del cuarto piso y amenazaba con extenderse al segundo. Mismo proceso. Somieres. Dos por habitación. No había extras, y eran diez habitaciones una igual a la otra, la única diferencia era dónde estaban las manchas de humedad y el número de la puerta, nada más. Antes de subir tomamos una sábana de una de las camas y la pusimos, hecha un rollo, frente a las escaleras que bajaban. Mi compañero comenzó a bajar.

– ¿No vamos a ver las de arriba?

– Ya estuve ahí. Está todo empapado y oscuro, me parece que estalló una cañería. Las camas están colapsadas y llenas de agua y, probablemente, los colchones estén atacados por larvas.

No me convenció mucho su respuesta, o mejor dicho, el tono en que la dijo, y tuve la sensación de que no era esa su verdadera razón. Parecía apurado en volver. Lo seguí preguntándome interiormente sus razones, y bajó las escaleras lo más rápido que pudo, conmigo detrás manteniéndole el endemoniado paso (las suelas mojadas resbalaban peligrosamente sobre el mármol, así que tuve que bajar la velocidad al llegar a ellas).

– Son 35 habitaciones, pero podemos usar 25 –escuché que le decía a Yukimura-san. Vi que había gente reunida alrededor de unos de los sillones del salón y allá fui, dejando que Tachibana-san dijera lo que quisiese. Apenas identifiqué la masa que yacía sobre, esta vez, el sillón, las habitaciones me parecieron de poca y ninguna importancia. La exploración me había distraído, pero pronto recordé que había algo que debería haberme estado preocupando, y eso era el estado de Aori (repentinamente la culpa me dio una pequeña puñalada). A juzgar por la emoción a su lado y la palidez y confusión en su rostro, parecía haberse acabado de despertar. Y a su lado, para terminar de tranquilizarme, estaban, en perfectas condiciones, Ana, Yuzuki, Ayumi… no podía ver muy bien entre la gente, pero supuse que se hallaba allí todo el equipo. Sentí como si me hubieran sacado un peso de encima, y entendí que, si bien de mi conciencia había desaparecido, mi subconsciente había estado barajando posibilidades desde que me alejé del grupo. Estábamos bien. Oh, estábamos bien. Era increíble. Era magnífico. Era casi onírico. (Salvo que Ana estaba ahogando a Aori en un abrazo demasiado fuerte, pero bueno, eso también demostraba que estaban bien. Ayumi, en cambio, no dejaba de hablarle.)

– Tameba-san, déjela respirar… –le pedí a mi kouhai, que atosigaba a la pobre a preguntas. Respiré hondo, ella estaba hundida en el sillón, vencida, y le puse una mano en la frente–. Aori-chan, sé que estás en Babia, pero, ¿te puedo abrazar?

–…Claro, –me contestó con una voz débil que me asustó un poco.

Le di un abrazo rápido, como para comprobar que no era una ilusión, aunque en realidad quería decirle lo contenta que estaba de que estuviera bien, y de que todas estuviera bien, y de mil cosas. Pero…

De todas maneras, apenas la solté fue Ana quien la volvió a abrazar, esta vez poniéndola de pie, y luego Tameba-san, y Yuzuki, y hasta Fuyube la sostuvo un momento, y Ana de nuevo… Atajé finalmente a Aori, que apenas mantenía el equilibrio, y decidí no soltarla hasta que se pasara la emoción general, o iban a matarla.

– ¿A dónde estamos? –preguntó, mientras la tenía en pie–… y, ¿a dónde está la capitana?

¿La capitana…? ¿Hikaruoka-san? ¡No está acá! ¡¿Qué le pasó?!

Tameba-san comenzó la explicación:

–La capitana se había dado la cabeza contra el lavamanos –QUÉ. Soy una imbécil. No debería haber salido corriendo, debería haber mirado antes, debería haber cuidado más a mi…–. Tiene una herida horrible –mierda mierda mierda–, y Shishido-senpai está por ahí intentando que se mantenga despierta. Y… no sabemos muy bien. Es una isla algo pequeña con un hotel abandonado…

–Mierda, Dios existe –dijo Aori, la voz un poco más clara.

Fuyube-san salió corriendo. Al seguirla con la vista vi que se acercaba a Mukahi-san, quien estaba en el otro extremo de la habitación, al lado de un sillón donde… Dios mío, Hikaruoka-san está cubierta de sangre…

Mukahi-san se acercó corriendo, y me obligué a apartar la vista de mi capitana. Era demasiado grotesco, e iba a perder el equilibrio.

–Ah, gracias al cielo, Aori, estás bien. Shishido sino iba a matarme…–dijo con voz temblorosa Muhaki-san. Ughh, sentía náuseas…

–Gakuto, compañero de barco –dejé de abrazar a Aori, y volví a sentir el aire frío sobre mi ropa mojada–. ¿Estás bien?

–Se supone que sí –pausa–. Ah, ya vuelvo… le voy a avisar a Ootori –un mosquito me zumbó cerca del oído– …e estás bien, el tarado flasheó que te habías muerto…– y volvió a irse. Aori empezó a llorar, aunque estaba sonriendo.

Senté con cuidado a Aori en el sillón. “Vuelvo en un segundo”, le dije, aunque no suficientemente alto como para que me oyera, y lo sabía. Me preparé mentalmente para sacar mi mejor estoicismo, e hice una pequeña, estúpida carrera de diez metros a donde estaba Shishido-san con mi capitana sentada en el sillón.

– ¿Hikaruoka…-san? – pregunté, y me miró con ojos más vivos de lo que esperaba.

– ¡! ¿Estás bien? ¿Cómo está Aori? ¿El resto?

Parpadeé. No solo estaba más energética de lo que esperaba, sino más que mí misma, y me tomó procesar lo que había dicho, el frío atacándome.

– En el equipo no parece haber más heridos. Aori está bien. No sé nada sobre el resto de la gente salvo que no parece faltar nadie –Shishido-san le dirigió una mirada muy clara de “te dije”–. Usted… ¿está bien?

– He estado mejor –sonrió– pero no me pasa nada. Si quieren los ayudo en algo…

– Ni se te ocurra –le contesté inmediatamente, más por reflejo–. Imagínese qué pasaría si empeorara –sonreí de una manera que sé que suele dar miedo a la gente–. No querrá ver el equipo en mis manos, ¿no? Aunque tal vez, pensándolo mejor… Es decir, “capitana ” suena tan lindo…

– Ya entendí, –me interrumpió–. Está bien, voy a descansar –dijo como si le estuviera pidiendo algo totalmente incoherente y desubicado–. ¡Pero la capitana soy yo!

– Sí, sí, capitana Hikaruoka… por ahora –me di vuelta y empecé a caminar. Tal vez me gritó algo. Hikaruoka-san me había despertado la curiosidad sobre el estado del resto de los presentes (“…me pregunto dónde estará Oshitari-san…”, murmuró secretamente mi cerebro, y mi otra parte lo calló, pero no lo suficientemente rápido). Busqué a Yukimura-san, quien parecía haber tomado las riendas de la situación. Estaba hablando con alguien sobre la distribución de habitaciones. Ootori-san se acercó y le pidió algo que no llegué a escuchar, Yukimura-san señaló a su izquierda y Ootori-san siguió su indicación. Esperé… y esperé. Finalmente Yukimura-san dio por terminada la conversación y volteó a mirarme.

– Perdón por la tardanza. ¿Qué pasa? –su voz llevaba tanta confianza en sí…

– Ah… este… ¿cómo están todos? –pregunté intimidada, repentinamente, por sus ojos calmados y fuertes, dándome cuenta de que toda mi ropa se transparentaba por el agua. No que la escasa luz permitiera ver mucho, pero…

– Bien, la mayoría. Hay algunos heridos, pero ninguno realmente grave –sonrió.

– Hmm… Ya veo, muchas gracias… –asentí, algo decepcionada por la poco específica respuesta. Bueno, Yukimura-san tampoco lee mentes.

– ¿Algo en especial que quieras saber? –…pero yo estaba siendo demasiado obvia. Tal vez lo que se transparentaba no era la ropa sino mis intenciones. Me niego a admitirlo, sin embargo, y volví a mi yo controlado.

– No, no. Ah, sobre el depósito… ¿qué sucedió al final?

– Ah, cierto. Tengo que hacer el aviso. Creo que ya no hay nada más que ver, de todas maneras.

Yukimura-san volvió a chiflar, y me tapé los oídos instintivamente. Quién hubiera creído que una persona de aspecto tan débil pudiera producir un sonido tan increíblemente agudo y doloroso. Ah, ya me había vuelto a olvidar de la lluvia…

–¡Atención! –gritó, y se apagaron los últimos murmullos. Era sorprendente la autoridad que emanaba su postura erguida, que, a pesar de la ropa y el pelo mojados, era estática e imponente–. Soy Yukimura Seiichi, alumno de tercer año del departamento de secundaria de la Universidad Rikkai. Soy también el capitán de mi equipo. Con la ayuda de todos conseguimos reunir ciertos datos que quiero que todos conozcan.

“En primer lugar, el hotel. El hotel tiene, aparte de este, tres pisos más. El cuarto está totalmente inundado, así como parte del tercero. Cuenta  con este hall, con el salón, con un comedor tras esas puertas, una cocina, un depósito y treinta y cinco habitaciones.” De las cuales un cuarto está supuestamente inutilizable, sí, blablabla.¡ Tengo frío! “El suelo del comedor está parcialmente colapsado. Sin embargo, entrando por el otro lado del hotel se puede acceder a la cocina. Tiene gas, pero el horno no funciona bien. Hay una habitación refrigerada donde encontramos una buena cantidad de carne, congelados y lácteos. Como no es seguro que vayan a durar más de media semana si no se controla, la cocina permanecerá custodiada por Fudoumine.” Comida. Cierto, comida. Es extraño, pero me había olvidado de qué significaba este vacío que me está haciendo colapsar el estómago. “También hay varios enlatados en el depósito. No solo eso, incluso hay medicamentos, artículos de higiene personal, elementos de limpieza, toallas y toallones apolillados y unos lavarropas que no funcionan. Serán felices de saber que hay hasta Raid.” Tiene que ser un chiste. Esto es genial. Es el perfecto ejemplo de desgracia con suerte. Mucha, mucha, mucha, mucha suerte. Una cantidad ridículamente estúpida de suerte. Está bien, vamos a morir, pero al menos vamos a poder comer helado antes. Tiene que haber helado. “De todas maneras, si intentamos mantener la grilla metálica de las ventanas cerrada, así como las puertas afuera y las del salón, no creo que lo vayamos a necesitar.” Eso debe interpretarse como ‘tienen estrictamente prohibido correr la protección de las ventanas o dejar abiertas las puertas, so pena de muerte’, supongo. “Estuvimos organizando las habitaciones. Son 25 utilizables, con un total de 75 camas. Hay 5 en el primer piso y 10 por cada piso superior, el cuarto está inundado.” Por fin llegamos a lo interesante… (¿es posible que no me haya dado cuenta del sueño que tenía…?) “Hay algo de comer en los kits. La repartición la controlará Ibu Shinji, de segundo de Fudoumine. Si no desean comer nada por el momento, pueden retirarse directamente a sus habitaciones. La organización es así. Hyoutei equipo femenino excepto Tameba Ayumi, habitación 3, primer piso.” ¡¿Voy a… dormir… con… todo… el equipo?!... Bueno, no debería quejarme… es una cama, después de todo… “Hyoutei equipo masculino menos Atobe Keigo, habitación 2. Fudoumine…”

No me molesté en escuchar lo que seguía ni en averiguar a dónde iba a ir Tameba-san, simplemente me alejé de Yukimura-san enfilada directamente a la habitación tres. No estaba segura cuál de los dos pasillos era, al final entendí que tenía que ser el derecho (si en el izquierdo estaba el depósito…) y, como zombie, caminé hacia allá. Era la última. Empujé la puerta sucia que se abrió con un chirrido, sin molestarme ni en cerrarla me senté en la cama, pateé mis zapatos que cayeron quién sabe dónde y me saqué la ropa mojada (salvo la ropa interior) que colgué rápidamente del caño de las cortinas de la bañadera y me metí en las sucias pero suaves (aunque la sensación de la tela contra la piel mojada era desagradable) frazadas de la primera cama que vi. La almohada tenía polvo pero era suave, y mullida, y de repente simplemente me sentía flotar en ese mundo que no es ni de sueños ni de vigilia.

 

 

 

 

 

… Me duele el cuello…
… Alguien me está abrazando…
... Estoy muy incómoda…
…Alguien ronca…
…Quiero… mi espacio… personal…
Abrí los ojos aunque me encontré con la oscuridad, recordé vagamente haber sentido lo mismo unas horas antes. Me dolía la cabeza y me sentía atrapada. Bueno, lo estaba: a mi alrededor vi una masa de gente dormida en las más diversas posiciones. Alguien que no llegué a identificar estaba apoyando su peso sobre mi brazo. Alguien más me empujaba en las costillas. Tenía las piernas dormidas.

Me levanté en silencio, intentando que toda la gente a mi alrededor no se despertara, no sé muy bien para qué. Me sentía ligeramente mareada. Me arrastré a lo largo de la cama pisando un par de personas hasta que sentí que terminaba, me senté y me deslicé al suelo. La madera crujió bajo mis pies. Estaba fría.

Caminé hasta el baño, recordando de a poco dónde estaba y qué había pasado. Apreté el interruptor, pero la oscuridad siguió igual de densa. Toqué las paredes, lo único que me permitía orientarme, hasta que me hallé las cortinas de la bañadera. Conseguí bajar de un tirón mi camisa y mi pollera, que aún estaban húmedas, pero mi poca razón me pedía vestirme (las piernas, que habían empezado a reaccionar, me cosquilleaban desagradablemente). No me puse las medias y mucho menos los zapatos, que ni siquiera recordaba haberme sacado. Respiré hondo y salí del baño, aún guiándome por las paredes. Encontré la puerta y salí de la habitación.

Me había despertado un poco más, pero no estaba muy segura de a dónde ir. Pensé en los sillones del salón, pero al salir del pasillo y mirar (alguien había dejado la luz del hall y del salón prendidas), ya estaban ocupados. Maldije internamente y comencé a subir las escaleras, que luego de soportar el paso de tanta gente empapada, estaban más resbaladizas que nunca, y más frías también, al punto de congelarme aún más mis ya de por sí helados pies. Me tomé de la baranda y subí. Apenas llegué a terreno nivelado presioné el interruptor de la luz. Tanto el primer piso como el segundo estaban increíblemente silenciosos, y agradecí la alfombra. En el tercero, en cambio, cada paso era un chapoteo molesto sobre la alfombra llena de hongos. Era asqueroso y puse mi voluntad en no prestarle atención, pero apenas me olvidé de acordarme de ignorarlo simplemente no recordé que estaba pisando hongos y agua sucia.  Claro, cuando me di cuenta de eso volví a acordarme y a notar lo resbaladiza que se sentía la alfombra bajo el agua. ¿Y ahora? Podía volver, y era lo más sensato, pero el aire frío me había despertado, y seguí subiendo la escalera, el chapoteo siempre presente. Llegué al famoso cuarto piso, que, pese a mis ilusiones, no solo sí tenía luz sino que además se veía exactamente igual que el resto, solo más húmedo. Un pequeño pero constante chorrito de agua se deslizaba por la pared, generando ondas en el agua del suelo. ¡La tormenta! Corrí una ruidosa carrera a lo largo del resbaladizo pasillo y miré por la ventana. Sentí como si alguien me golpeara la cara. La noche era negra e, ida la tormenta, los pájaros emitían cantos espontáneos. Para mí, la isla era la tormenta, y verla así me tomó por sorpresa. Era demasiado paradisíaco, demasiado poco dramático, demasiado agradable. Me alejé de la ventana que se empañaba con mi aliento y entré a la habitación a mis espaldas.

La luz del pasillo era algo tétrica y definitivamente insuficiente, pero mis pies, al menos, pudieron decirme que el charco se extendía hasta el interior de la habitación. Me adentré más en el cuarto, y de repente sentí que mis pies se secaban contra la alfombra. El charco terminaba unos metros más allá de la puerta, lo cual, por otra parte, tenía sentido, siendo esta una de las habitaciones más alejadas. El agua había podrido las patas de uno de los somieres, pero el otro estaba más allá de donde yo estaba parada, más cerca de la pared exterior, y más lejos del agua. No veía muy bien, y me dio un “poco” de miedo la idea de acercarme y que una maraña de gusanos blancos me trepara por las piernas, pero cerré los puños y decidí ser la chica valiente que supuestamente soy. Bueno, el somier estaba en pie, pero no me iba a acostar sobre él aún. ¿Quién tendría las linternas? Pensemos, pensemos. ¿Qué dijo Yukimura-san?... “los de Fudoumine van a cuidar la cocina” bueno, ellos deben tener una. ¿La otra?… Está bien, lo admito, no tengo idea.

Me senté en una esquina seca de la habitación. Volvía a estar mareada. Empecé a repasar lo que había pasado. Había cometido tantos errores en el camino… había tantas cosas que quería hacer y que, a la vez, no me hubiera atrevido. Me abracé las piernas, meditando súbitamente cuánta diferencia habría entre quedarme en mi incómoda posición en una habitación desconocida en una isla salvaje salvo por un pequeño, patético hotel en la oscuridad, y la muerte.

 

Abrí los ojos sin recordar haberlos cerrado, y me tomó unos segundos recordar. Recordar, nuevamente, qué hacía en este hotel, pero, mayormente (ya que ese hecho había ganado omnipresencia en mi mente), qué hacía en esa habitación específicamente que ahora, bajo la luz rojiza del amanecer, parecía en llamas. Me puse de pie apoyándome en la pared. El somier seco parecía en tan buen estado como el de la habitación tres… crucé la habitación hasta el baño, mojándome los pies, tomé el jabón y lo tiré sobre la cama. Ningún insecto ni ser vivo mutante hizo acto de presencia. Me acerqué más al somier y levanté con la punta de los dedos la frazada y… ¡¡La re puta madre cómo duele!! … sentí un pinchazo en mi índice. Miré la herida, no tenía mal aspecto, pero dolía. De todas maneras, hice la nota mental de ponerme alcohol después.

Reanudé mi tarea de levantar cuidadosamente la frazada que cubría el colchón, esta vez usando el dedo medio en vez del índice. Nuevamente, no hubo seres mutantes, momias, o cadáveres escondidos. El colchón parecía en perfecto estado, también. Momento de la última prueba: pateé el colchón (no pensaba meter las manos entre la base y el colchón superior hasta que no estuviera segura), que cayó al suelo. Bajo la luz roja vi el polvo suspendido en el aire, pero no había ni gusanos ni insectos ni, reitero, creaciones de Frankenstein. Suficiente para mí y mi exhausto cuerpo: levanté el colchón del suelo, lo devolví a su lugar, abrí la ventana (que aún mantenía, por suerte, su rejilla anti-insectos intacta) para que se fuera el polvo, sacudí la almohada y me tiré en mi encantadora e individual camita, sintiendo el colchón acomodarse a mi cuerpo. Esta vez no me molesté en desvestirme, después de todo, la ropa ya estaba casi seca. Abracé la colcha, me volteé de manera de quedar de espaldas a la luz, y decidí ignorar todas las malditas contracturas que el estrés y mi ¿siesta? contra la pared me había regalado. Nuevamente entré al limbo de ni el sueño ni la vigilia. Comenzaba a tener aquello que precede al sueño profundo, esas visiones irreales de las que aún se puede escapar, y comencé a olvidar que estaba soñando. Vi piedras caer sobre un lago, haciendo un chapoteo regular, y detenerse. El lago se tranquilizó, y un viento cálido me tocó la oreja.

– Ohayou… – mi oído dolió ante el sonido, bajo, grave, susurrado.

– ¡LA RE PUTA MADRE! – grité saltando de la cama, enredándome con las frazadas y cayendo de boca al suelo. El corazón me dolía (y el estómago, que me reclamaba comida). Bajo la luz ahora amarilla del día, vi a un triunfal Oshitari-san mirándome. No sé qué gesto tenía. Luego de darme cuenta de quien era, me mareé demasiado para pensar.

Traté de ponerme de pie, para lo cual debí primero desenredarme, detalle que se hacía más difícil cuando sabía que a dos metros tenía al reverendísimo hijo de perra de Oshitari Yuushi, un maldito ser humano que me sacaba de quicio con su sola presencia. Porque me gustaba demasiado. Y no me causaba gracia.

Mucha menos gracia me causó cuando lo vi (una vez pude sacarme las telas de encima) acostado sobre mi mía cama de mi pertenencia. Me paré y me quedé mirándolo con el mejor gesto de indignación que pude lograr. Él simplemente tiró de las frazadas que habían quedado en el suelo y se tapó con ellas, para luego decidir que hacía demasiado calor.

El somier hizo un pequeño ruido cuando se dio vuelta ligeramente para mirarme.

– Buenas noches, – sonrió, y cerró los ojos. (No tengo idea de cuándo se sacó los anteojos. No estoy segura de que los tuviera cuando subió.)

Se veía tan pacífico en MI, repito, MI, cama, el maldito. El hijo de pta que venía a revolverme la vida todos los días. El que me obligaba a no ser yo, o el que me obligaba a serlo, o el maldito reverendísimo…

Sin pensar demasiado crucé el cuarto con pasos largos y furiosos, tomé el toallón blanco del baño, lo tiré al suelo, esperé a que se empapara, lo levanté (chorreaba) y se lo arrojé sobre la cara (lo que provocó un satisfactor sonido, como de un cachetazo, que era lo que quería darle realmente), para luego irme de la habitación cerrando la puerta de un golpe (y quedarme del otro lado esperando alguna reacción). Escuché que el toallón volvía a caer al suelo sin más que una risa baja, sexy, y medio dormida. Golpeé la pared húmeda, y mi índice lastimado no me lo agradeció. Maldito Oshitari Yuushi.

Bajé con el mismo enojo las escaleras, salté la toalla al comienzo de las del tercer piso, atravesé las del segundo, las de mármol y entré a la habitación tres frustrada, donde mi lugar en la cama había sido ocupado. Aún enojada me escurrí como pude y hundí la cara en el colchón, ya que no tenía almohadas cerca. “Maldito Oshitari”, pensé, intentando sacarme de la cara la odiosa sonrisa.

No me movía. Alrededor mío oía el compás de la respiración de demasiadas personas. Alguien se movía, lo que provocaba una pequeña oleada de “hmmm” quejosos, y luego el relativo silencio interrumpido por el inhalar. Exhalar. Inhalar.

 

 

¿Cuánto tiempo habría pasado ya? Bien podría haber sido un minuto, una hora, un día, una vida. Moví la mano. Alguien se acomodó. Empecé a sentir el ruido de la respiración en mi oído.

Estoy cansada, estoy harta. Nos vamos a morir, ya está. Ya fue. ¿Para qué voy a resistir esta tortura? No quiero. No tengo por qué.

Volví a levantarme. De nuevo escuché gemiditos de queja, que me irritaron, me irritaron profundamente. Volví a salir de la habitación. ¿Y ahora? El hotel a la tenue luz del día apaciguada por nubes y árboles se veía incluso más desesperanzador, las sombras largas, el frío que se extendía.

Una persona se acercó por el pasillo. Era… uh… uno de los que estaba conmigo cuando llegamos al hotel…

– Ahh… tú eres…

– mi voz hizo eco en el pasillo gris.

– Ah, sí, sí. Tachibana Kippei. Estuvimos…

– Ya sé –dije bajo, temerosa pero molesta, y él interrumpió su oración.

– Hm… tendríamos que ir preparando el desayuno… ¿por qué no me acompañas a la cocina?

–… – No tengo la fuerza para oponerme. No tengo las ganas, no tengo las razones. Además…

Se veía tan estúpidamente feliz. Tan estúpidamente superficial. ¿Acaso no entendés? ¿No entendés, idiota? Como un niño. No trates de esconderlo. Tenés que saberlo. No seas optimista. Miralo así: eventualmente, te vas a morir. Podés sufrir hasta el último momento trepando por las nubes… o podés evitarte la caída cuando te des cuenta de que oh, serás un cadáver dentro de muy poco. Te queda menos tiempo de vida que un enfermo de cáncer terminal.

Y estás tratando. Sos más valiente que yo, Tachibana. Quién soy yo para “matarte”.

– Está bien.

– ¡Gracias, -san! Vamos, vamos.

A dónde vamos, realmente…

Pero lo seguí. En la cocina estaban dos personas más: una de pelo largo, oscuro y, antes de la lluvia y el desastre, lacio; y una chica de más o menos mi edad. Llevaba una hebilla en el pelo.

– Tachibana An, segundo año, un gusto.

, tercer año… igualmente…

– Ibu Shinji, segundo año, un gusta conocerla… –y el resto de sus palabras (el gran resto) se vio ahogado por el ruido de cacharros siendo movidos.

Me esperaba un LARGO día.

 

 

~Miyod